nov 20 2010

L. A. Zombie: Despropósitos junto al Cristo de Medinaceli

Bruce Labruce es un director de cine y fotógrafo nacido en Toronto, entre sus películas, puede ser conocida Husler White (1996). Sus reflexiones artísticas se sitúan en la marginalidad y es desde ahí, desde donde tenemos que juzgar esta cinta, L. A. Zombie, que protagoniza el actor Françoit Sagat. Ambos, actor y director, han flirteado con el porno gay.
L. A. Zombie es una película off, pero cargada de intenciones y de etiquetas: Serie B, por la utilización desinhibida de los efectos especiales (esos chorros de sangre de colores brotando como fuentes) y de las faltas de racord; porno, porque soluciona el relato acudiendo al máximo recurso de este género, la penetración; y gay por motivos evidentes. Es gore por una recreación de la cámara en lo visceral y lo orgánico que en algunos momentos se acerca a la performación.
Ésta Zombi en Los Ángeles, está diseñada como película de un culto que habrá que ver si tiene seguidores, aunque el director ha sido honesto consigo mismo y parece que ha contado lo que quería. Hay mucho homenaje al cine mudo y ausencia de diálogos en esta extraña historia que se sitúa voluntariamente en la frontera entre lo grotesco y lo ridículo. La música original de Kevin de Hoove y la música orquestal y de cámara de Mikael Karlsson, son potentes y perturbadoras y los efectos especiales y la dirección artística merecen una mención especial por lo delirantes.
Françoit Sagat, maquillado como zombi, gloriosamente desnudo, emerge del mar como un titán en una visión apocalíptica de la que arranca el filme, y continúa, en una narración bastante difusa, sodomizando cadáveres mutilados para devolverlos a la vida. Las imágenes cruzadas, mueven a una reflexión sobre el fetichismo, la marginalidad social y su estigmatización, por el retrato del natural de indigentes y perturbados entre los que evoluciona un Sagat en doble juego de personalidades, muy Jeckill y Hide.
L. A. Zombie es una película imposible de soportar para un espectador convencional y sin embargo, quien sabe a lo que se expone, encuentra más voluntad de provocación que transgresión real. Fue prohibido su pase en el Festival Internacional de Cine de Melbourne, en Australia, mientras que ha pasado por Sitges y por Madrid sin que nadie levantase una ceja.
El zombi termina la película llorando sangre en un enigmático primer plano que puede dar muchas claves.
No deja de ser curioso que, poco antes de comenzar el visionado en el Les Gai Cine Mad, el grupo que esperaba para ver las proyecciones en el auditorio Marcelino Camacho de CCOO, en la calle de Jesús, se uniera, casi, con la cola que se apuntaba al culto del Cristo de Medinaceli. Porque era primer viernes de mes, estamos a cien metros del Prado y ya se sabe que Madrid es lo que tiene: que me mata.
Tuve que hacer un esfuerzo para digerir el despropósito.
© Del texto: Ivor Quelch


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nov 3 2010

Homme au Bain: Reflexiones obligadas

El visionado de Homme au Bain nos produce toda una serie de interesantes reflexiones. El problema es que no nos las produce al terminar la proyección, ni siquiera mientras la estamos sufriendo, sino en vez de estar atendiendo a la película, porque nos estamos aburriendo… Pero nos las produce, al fin y al cabo.
La primera de todas es: dónde termina el cine y comienza el video doméstico ¿Cuál es la frontera? Descartemos que dependa del soporte, la calidad de la fotografía o el formato. Ya se considera cine todo lo susceptible de proyectarse en una pantalla.
Una de las delgadas líneas rojas, sin embargo, que separan a una grabación casera de una obra cinematográfica, es desde mi punto de vista, la voluntad de narrar. Una película tiene un planteamiento de base, sea el que sea, con todas las salvedades; un video doméstico se graba sin embargo, sin tener mucha idea de lo que se hace, al azar, por el principio de prueba-error y el resultado es inesperado y normalmente diferente a cualquier idea previa. Dependiendo de ese resultado, que puede ser exitoso, se decide -o no- mostrarlo, y se decide a quien.
Y ese es el principal problema de base de la película. Que se ha borrado esa línea.
Dos hombres emparejados se separan físicamente después de un acto sexual de una brutalidad evidente, pero interpretable. La cámara nos muestra lo que hacen después por separado. Lo que hace Emmanuel (Françoit Sagat), es dedicarse a follar con unos y con otros, pero –por encima de que esto nos interese o no- parece tener un planteamiento previo.
Una cámara doméstica sigue la vida del otro, Omar (Omar Ben Selem), un supuesto director de cine, manejada casi siempre por él mismo, en un viaje a Nueva York con su amiga Chiara (Chiara Mastroiani), que por cierto está horrorosa. Lo que allí les sucede es un video doméstico para ver –y comentar- entre amigos. No con nosotros. Porque el resultado de lo que hacen es el mismo que podríamos obtener nosotros si fuéramos a Nueva York con Chiara Mastroiani, (o solos, para lo que ella hace) siempre –claro- que nosotros encontrásemos también allí alguien con quien follar como Dustin (Dustin Segura-Suarez), un actor con una gran frescura.
Ese parece el resumen de los méritos del director: ser amigo de la Mastroiani (que tampoco es que sea Sharon Stone), encontrar por todas partes chicos con los que follar y que además se dejen grabar (porque Omar no es Shia Laboeuf) y en especial, conseguir la financiación suficiente para contratar al famoso actor porno gay Françoit Sagat -con un físico de una dureza impresionante y cualidades interpretativas ciertas-. Y estrenar.
Eso es todo lo que tiene el film. Y las reflexiones, claro, que continúan. ¿Por qué se hacen tan pocas películas no pornográficas con escenas de sexo explícito? ¿Por qué parecen hacerse solo en Francia (Recordemos Baise-Moi titulada en español sorprendente y acertadamente como Fóllame)? ¿Pasa una película a ser pornografía solo por estas secuencias, o debe de haber algo más como es la tradicional ausencia de guión? ¿Por qué no se ha hecho un corto para contar lo mismo? Como ven el aburrimiento, aliñado con cierta transgresión da bastante juego.
Y ahora, con todos estos ingredientes (y todas estas pollas), ¿Por qué nos estamos aburriendo tanto? No nos vamos a extender. Porque la película es pobre de contenido, está descuidadamente filmada y no tiene calidad narrativa, y porque detectamos algo oportunista que contrastamos en cuanto acudimos a nuestros documentalistas: que el director la rodó como un encargo de la comunidad de Gennevilliers, un atroz suburbio de la periferia parisina, seguramente con la intención de lavar la sucia cara de la banlieue con dinero público, y le pilló promocionando una película en la Gran Manzana con su actriz fetiche. Chiara, claro.
Vamos, como decía mi abuela (y ya sé que éste no es el mejor lugar para recordarlo): ¡Viva la Virgen!
Se agradece la caída de un tabú árabe y el guiño del título y del cuerpo de Sagat a la pintura del impresionista Caillebotte, Homme au Bain y a lo que significó en su momento.
No se cuestiona al Festival Internacional de Cine Lésbico Gai y Transexual de Madrid, en su quincena edición por programarla, es su misión y lo hizo también Locarno; y se excusa el desastre en la impresión de los subtítulos en el Ateneo, porque se pidieron disculpas sinceras y tampoco los diálogos eran abrumadores.
Me aburrí como una ostra.
© Del Texto: Ivor Quelch

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