jul 2 2012

Besos Robados: Definitivo Truffaut

Fabienne Tabard, Fabienne Tabard, Fabienne Tabard, Fabienne Tabard, Fabienne Tabard,Fabienne Tabard, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel, Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon…
…se repetía Antoine Doinel en pijama azul frente al espejo del baño en una indecisión absoluta entre un futuro de calma total y tranquilos desayunos en la cama con Christine y otro de mujeres maduras e intrigantes de las que acostumbran a dejar mensajes anónimos y corbatas de seda bajo la puerta. Señora, desde hace una hora contemplo estas corbatas que jamás me atreveré a llevar… Era la respuesta de Antoine a Fabienne en un comunicado urgente que vemos atravesando la ciudad, desde la oficina de correos pasando por un complejo recorrido de conducto subterráneo hasta llegar a manos de la señora Tabard, que, indiferente al telegrama, corre a colarse en la habitación de estudiante de Antoine prometiéndole que jamás se volverían a ver.
El currículum vitae de Antoine Doinel continúa su curso normal y previsto ya en aquellos años de Los 400 golpes. Invalidado en el ejército, comienza un recorrido laboral dónde va perdiendo un trabajo tras otro. El desarraigo de la infancia da paso a la desilusión, la búsqueda por alguna autoridad, no de cualquier tipo, sino exclusivamente afectiva y la necesidad de estrechar unos lazos duraderos dónde poder echarse a descansar.
Las dudas y titubeos en su relación con Christine son evidentes desde el principio. La madurez con que se enfrenta a esta relación, que, más que por amor parece motivada por la necesidad de un futuro de paz y sosiego, estalla en pedazos más adelante, en Domicilio conyugal, cuando se ven incumplidos todos sus fines matrimoniales.
Antoine Doinel parece seguir creciendo sin rumbo. Con la misma emoción que desea las cosas las termina desechando. Con esta fuerza contradictoria la probabilidad de satisfacción se hace imposible. La felicidad muy corta, la insatisfacción, eterna.
Durante toda la película un misterioso personaje de sombrero y gabardina persigue a Christine descaradamente por la ciudad. En la escena final, este personaje aborda a la pareja en un banco del parque dónde le confiesa a Christine que la ama desesperadamente. La pareja lo escucha perpleja. Pero esta perplejidad de la escena no radica en el contenido de la confesión, sino más bien en sus formas. El personaje hace su declaración de amor tal y como si recitase las páginas de un drama romántico, como un intruso recordándonos con su tono y su artificialidad que la bonita historia que hemos seguido durante casi 90 minutos es pura y únicamente ficción. …los demás son provisionales. Yo soy el definitivo asegura a Christine mientras ésta murmura al oído de Antoine, el provisional por excelencia: Debe estar mal de la cabeza…
Los protagonistas se alejan por una senda perfecta de árboles alineados mientras Charles Trenet tararea la lista de recuerdos que quedaron de los amores muertos. …fotos viejas, cartas en abril, besos robados…
Y estas son las líneas definitivas que subrayaba en rojo fuerte esta mañana muy temprano del definitivo Truffaut: El film del mañana será rodado por aventureros. El film por venir se me aparecería más personal aún que una novela, individual y autobiográfico como una confesión o como un diario íntimo. Los jóvenes cineastas se expresarán en primera persona y nos contarán lo que les ha ocurrido: eso podrá ser la historia de su primer amor o del más reciente, su toma de conciencia ante la política, el relato de un viaje, una enfermedad, su servicio militar, su matrimonio, sus últimas vacaciones, y eso gustará casi obligatoriamente porque será verdadero y nuevo. El film del mañana no será realizado por funcionarios de la cámara, sino por artistas para los que el rodaje de un film constituye una aventura formidable y exaltante. El film del mañana se parecerá a aquél que lo ha rodado y el número de espectadores será proporcional al número de amigos que posee el cineasta. El film del mañana será un acto de amor.
© Del texto: Sonia Hirsch


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jun 3 2012

La piel dura: Dar la razón a Truffaut

Revisaba ahora, mientras suena el programa El rincón de los niños, los fotogramas de esta bonita película de Truffaut que me emocionó y me inspiró tantas cosas una medianoche de risas cuando acababa de estallar una tormenta. Entre estos fotogramas encontré a Patrick besándose al fin con la chica que soñaba, a Gregory desplomándose  desde  un noveno piso para hacer pumba, a la autoritaria señorita Petit recitando textos de Moliére, al profesor Richet escribiendo Thomas con trazo firme en la pizarra.
Impresiona mucho, al menos a mí, que soy una impresionable aparte de una indiferente y una ajena al paso del tiempo, volver a retozarse en el verano del 76, las vacaciones del 76, los petos del 76, los escenarios, los amarillos, los felices azules del 76… Mis instintos, mucho más infantiles que maternales se manifestaron de la forma más curiosa. La infancia, maravilloso escondite dónde guardar secretos y trastadas, sigue tan latente en mí que a penas deja espacio para otros instintos protectores o maternales. Y si acaso existe algún rastro de ellos, existe solamente como ensoñación, de forma inmadura e inconsciente.
La encantadora atmósfera de un verano retrógrado demodé junto con el maravilloso sentido del humor de Truffaut, la naturalidad y la imperfección, que a posta se cuelan por todas partes, la simplonería total de los niños, incluso el gesto de alguno de ellos conteniendo la risa delante de la cámara, resultan ser al final el mismo discurso pedagógico de Los 400 golpes, dónde Truffaut se defiende otra vez de una infancia de asfixias y abusos y donde se recuerdan la diferencia  y la lejanía infinita entre niños y adultos.
El valor de la EDUCACIÓN y el respeto máximo a la infancia que recalca Truffaut en esta película y que yo destaco en mayúsculas debería ser una regla de obligado cumplimiento por encima de cualquier circunstancia, económica, familiar, política… Creo que la sociedad está muy ocupada en el cumplimiento de una serie de pautas erróneas que consideran las oportunas y convenientes para sus hijos, sus nuevas generaciones, su universo en general, olvidándose de esa educación básica regida por otros códigos, mucho más fundamentales, afectivos y profundos, de los que creo se está distanciando demasiado.
No tengo más que darle toda la razón al discurso de Truffaut, como siempre. Quizá los alumnos de parvulario deberían tener derecho al voto, a lo mejor hasta yo me animaría. Claro que no me hagan mucho caso, acabo de cumplir 5 años…
© Del Texto: Sonia Hirsch


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abr 25 2012

La noche americana: Homenaje y autohomenaje

Si una película representa el amor total por el cine, esa es La noche americana de François Truffaut.
El cine dentro del cine, la película total, el carácter permanente de la ficción rodada ante lo efímero de la vida, la mezcla de realidad y ficción que no es otra cosa que la propia realidad, la técnica enroscada en el imprescindible valor humano. Y las obsesiones de un autor que nos enseña su mundo desde el territorio del sueño, de la literatura y, por supuesto, desde el propio cine.
La noche americana es el nombre de la película y hace referencia a ese artificio que permite rodar a la luz del día escenas que parecerán rodadas en plena noche. Daybynight es como se llama el recurso técnico. Ya dice mucho ese título; es casi una declaración de intenciones. A través del rodaje de una película (este sería el filtro para apagar la luz) veremos la película. Es un extraordinario trabajo en el que se nos arrastra hasta la cocina del cine, hasta la cocina de la consciencia del propio director y, esto es estupendo, hasta la cocina de la propia película.
Lo que cuenta La noche americana es el rodaje en Niza de Je Vous Présent Pamela. Los inconvenientes del rodaje, los caprichos de los actores y actrices, el ejetreo del día a día, artefactos y artificios utilizados en el rodaje. Pero, también, nos cuenta el amor (bastante singular la visión; un amor muy a la francesa), el cómo lo artificial del cine se sustenta sobre las personas, la forma de construir un grupo humano que se deshace al terminar el trabajo. De paso, Truffaut, deja un sueño en el que siendo niño roba en un cine los fotogramas de la película Ciudadano Kane. Parece que es el robo del siglo, lo que dice mucho del amor que sentía este hombre por el cine. También, su forma de ver a las mujeres, las relaciones múltiples entre adultos y la infidelidad (es decir, sus obsesiones).
Y todo este estruturado en un guión muy bien armado del que el autor es el propio Truffaut junto con Jean-Louis Richard y Suzanne Schiffman. La acción se desarrolla, gracias a una escritura magnífica, con un ritmo pausado y detallista, sin trompicones a pesar de todo lo que se quiere contar. Es, por esta razón, por lo que el metraje es algo más largo de lo habitual. Eran los años 70.
En definitiva, La noche americana, es un homenaje enorme al cine. Si quieren al cine y a los que lo vemos. Un homenaje realizado con gusto y acierto, con una dirección actual sobresaliente (Jacqueline Bisset está estupenda y bellísima; Valentina Cortese creíble, lo que supone una gran y extraña noticia; y el mísmísimo Truffaut se desenvuelve bien; en general, todo el reparto está a la altura de una gran película).
La noche americana fue premiada con un óscar el año 1973. A la mejor película extranjera. Merecido. Tanto como este homenaje que se da y nos entrega Truffaut.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 4 2011

Los 400 golpes: De quién estuve enamorada

Esta es la historia de un hombre marcado por el recuerdo de una niñez atormentada, que llegó a ser el crítico más atrevido de París y el autor más sensible del cine contemporáneo (Dominique Fanne, 1972).
No he podido evitar cerrar mi libro y dejar por aquí algún rastro de esta película cuando he leído que Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) sufrió severas crisis depresivas provocadas por la muerte de François Truffaut. No he podido evitar que me afectase. ¿Hasta qué extremo de identificación puede llegar un actor con su personaje y con su autor para caer enfermo de tristeza tras su desaparición? ¿Acaso es posible crecer en la vida y en la pantalla y morir igualmente fusionado sin remedio a un personaje de ficción basado a la vez en su autor?
François Truffaut franqueó la fosa que separa al cinéfilo del cineasta con esta película dedicada a André Bazin y profundamente autobiográfica en la que detalla una infancia atormentada y carente de afectos, basada en los hechos, los libros y las películas que formaron parte de ella. Aquí nace Antoine Doinel que interpreta al niño que era Truffaut, para luego representar su juventud en Besos robados o su matrimonio en Domicilio conyugal. Antoine Doinel es Jean-Pierre Léaud y a la vez François Truffaut. François Truffaut es Antoine Doinel  y a la vez Jean-Pierre Leaud. Las mismas miserias que vivió Truffaut en vida las vivió Antoine Doinel en pantalla. A la misma edad fumaron los mismos cigarrillos, sufrieron los mismos castigos, robaron exacta Olivetti… El mismo travelling los persiguió en su misma carrera desesperada hacia el mar. El mismo objetivo congeló sus rostros en la orilla. Los dos renegaron de la sociedad, la familia, la educación. Leyeron los mismos libros, vieron las mismas películas.
Este triste cuento urbano sirvió de impulso definitivo a la nouvelle vague, dónde las panorámicas, los travellings, la cámara en mano y, en general,  un subrayado espíritu artístico unido a una interesante propuesta temática, se llevaron el premio a la mejor dirección en el festival de Cannes de 1.959.
La curiosa empatía existente entre François Truffaut y Jean-Pierre Léaud fue única en la historia del cine.
Jean-Pierre Léaud adopta a Antoine Doinel en Los 400 golpes para no abandonarlo jamás. Para Truffaut la vida era la pantalla y la muerte también.
Con su banda sonora, esa que escucho ahora, pero que ya me hubiese gustado escuchar en París en 1.950, retomo mi lectura sobre las severas crisis depresivas de Jean-Pierre Léaud sin dejar de preguntarme: ¿De quién estuve realmente enamorada todos estos años? ¿François Truffaut? ¿Antoine Doinel? ¿Jean-Pierre Léaud?
© Del Texto: Sonia Hirsch


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may 15 2011

La piel suave: Un recorte de periódico

En la página de sucesos de un periódico francés se anunciaba un crimen pasional ocurrido en una cafetería céntrica de París. Por lo visto, el conocido novelista Pierre Lachenay fue sorprendido cuando se disponía a tomar su aperitivo y asesinado por su propia esposa con un rifle que ésta llevaba envuelto bajo la gabardina.
Según fuentes secretas, los hechos se remontan a unos meses atrás cuando el famoso escritor volaba a Lisboa a dar una conferencia sobre Balzac y conocía a Nicole, una joven azafata de vuelo que le acompañaría en todo su viaje.
El famoso escritor, de carácter fantasioso y sensible, se dejó llevar por las bonitas medias de Nicole, sin darle mucha importancia a esta relación tan tierna e inmadura de fondo literario e idílico que poco tiempo después le llevaría a un fin catastrófico y desgraciado sin remedio.
A su vuelta de Lisboa, Pierre y Nicole continuaron su relación a escondidas de Franca, esposa de Pierre.
La Señorita, niñera de la pequeña Sabine, hija de Pierre y Franca, ha confesado que notó cierto nerviosismo en Franca los días previos al crimen, pero que se lo achacaba al reciente divorcio del matrimonio, cuando Pierre decidió largarse definitivamente con Nicole a un bonito apartamento.
La Señorita dijo no saber absolutamente nada de este idilio porque ella y Sabine se mantenían muy distantes del matrimonio, centrándose en las tareas escolares de la niña y en probar los modelos de trenza que copiaban de Vogue.
Cuando Pierre llamó a Nicole para darle la sorpresa de su inminente divorcio, quedó con ésta en el bonito apartamento que había elegido para residir juntos. Según los ancianos vecinos del 2ª Izquierda, que, aglutinados en la pared, escucharon toda la conversación, Pierre propuso ilusionado a Nicole la nueva vida que les esperaba juntos y la libertad de que disfrutarían en adelante sin más nadie que ellos mismos. Pero, sorprendentemente, Nicole rechazó la oferta porque se sentía mucho más atraída por la vida del frenesí y la aventura más que por una monotonía matrimonial demasiado comprometida para su corta edad.
Pierre, defraudado y patidifuso por la reacción de Nicole, abandonó enseguida el apartamento y buscó una cabina telefónica para llamar a Franca. Pero la Señorita le informó de que la señora Franca acababa de salir a la tintorería, así que Pierre dejó el recado de que esperaría a Franca en un café. Era un asunto urgente.
Según la Señorita, el señor Lachenay habló en un tono muy exaltado, atreviéndose, incluso, a confesar que le pareció que el señor Lachenay buscaba, urgentemente, una reconciliación con Franca.
Cuando Franca descubrió en la tintorería el resguardo de revelado de fotos que Pierre tenía en el bolsillo de su americana, se dirigió inquieta a la misma tienda de fotografía a recogerlas.
Mientras Pierre esperaba impaciente en el café, convencido de volver con Franca a la seguridad matrimonial olvidándose de más amoríos desenfrenados, Franca ojeó por las avenidas las cientos de fotos apasionadas de Pierre y Nicole durante los últimos meses, se dirigió perturbada a casa y cogió un rifle del armario que envolvió en periódico y escondió bajo su gabardina.
Los numerosos testigos que merendaban en el café dónde esperaba Pierre, coincidieron en la misma versión:
Una mujer con gabardina beige entró repentinamente en el café, inexpresiva y decidida se acercó al hombre que merendaba en la mesa del fondo, y, sin dejarle pronunciar una sola palabra, arrojó un puñado de fotografías sobre la mesa, disparándole inmediatamente al hombre con un rifle que sacó de su gabardina. El cuerpo muerto de Pierre cayó sobre las bucólicas fotografías y la mujer se dejó caer serena y sonriente a la espera de la policía.
La piel suave fue un recorte de periódico escrito y dirigido por el más maravilloso cronista de sucesos y el hombre con el que me hubiese casado solo para hablar de El lirio en el valle y otras maravillas de BalzacFrançois Truffaut.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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nov 29 2010

Topaz: Las cosas serias desde el ridículo

Si tuviera que dar el nombre de una película que vi siendo niña, de la que no entendí nada, pero de la que sea capaz de recordar alguna escena que me impactara especialmente; esa es, sin duda, es Topaz. Una tarde de domingo, con no más de diez años, en una sesión doble del cine de mi barrio,  fue cuando la vi. Y me enfadé porque yo no entendía nada y mis hermanos mayores hablaban sin parar de ella, sin que yo pudiera decir ni media.
Una película sobre la guerra fría, sobre espías, traiciones y un lío descomunal sobre secretos militares y políticos, sobre Cuba, sobre la ex-Unión Soviética y sobre todas esas cuestiones que durante años preocuparon al mundo y que un día dejaron de importar. Todo eso lo sé ahora, pero lógicamente no cuando por primera vez pude ver, en una sala de cine, de esas de reestreno, esta película dirigida por Alfred Hitchcok.
Creo que muy pocas personas la recuerdan y creo que muchísimas menos saben que es el genio del cine de intriga y suspense quien la dirigió. Creo que ni siquiera yo recordaría nada si no fuera porque me empeñé en tener una copia de esta cinta y, hace ya algún tiempo, me senté a buscar esa escena que recordaba con una claridad meridiana; la de una mujer a la que le sangra abundantemente y deja un rastro que la traicionará y la encaminará a un final fatal.
En 1962, un oficial de los servicios de espionaje soviéticos, Boris Kusenov deserta a Estados Unidos desde Dinamarca junto con su esposa e hija, llevando con el información sobre los acuerdos de misiles entre los rusos y Cuba, así como de la existencia de una organización llamada Topaz, controlada por los franceses, que pasa información de la OTAN a la a la Unión Soviética. Nordstrom (John Forsythe) es el agente de la CIA encargado de interrogar a Kusenov, y solicita la ayuda de su amigo, el agente francés André Devereaux (Frederick Stafford). El francés, junto a su mujer Nicole (Dany Robin), su hija Michèle (Claude Jade) y a su yerno, el periodista François Picard (Michel Subor) viajará a Nueva York, para trabajar en la investigación e interrogar al representante de Cuba que debe hablar ante la ONU. Tras un plan complicadísimo, Devereaux consigue robarle a Rico Parra (John Vernon), el representante cubano, los datos que permiten confirmar las sospechas sobre la existencia de Topaz y la fuga de información. Con todo ello, volará hasta Cuba, donde se encontrará con su amante, Juanita de Cordoba (Karin Dor), una espía contrarevolucionaria, relacionada también con Parra que terminará muerta a manos de éste último. Devereaux regresa a Francia y allí descubre que su mujer, Nicole, es la amante de Jacques Granville (Michel Piccoli), compañero suyo en la resistencia francesa. El yerno, Picard, por su lado, continúa sus investigaciones e interroga al funcionario de la OTAN, Harri Jarré (Philippe Noiret), quien aparece muerto al poco tiempo. Finalmente Picard muestra a la familia un retrato de Jarré y Nicole termina admitiendo que le conoce y, confiesa el nombre del jefe de Topaz, que no es otro que su amante Granville, el topo.
Topaz es una de las últimas películas que dirigió Hitchcok. Una película de traiciones en lo político y en lo personal. Una película que creo que no ha sido demasiado comprendida dentro de la filmografía de este director. La película está basada en la novela de Leon Uris (creo que por mi casa corre un ejemplar, comprada en una librería de lance por el mismo motivo que por el que adquirí la cinta, un impacto infantil).
Puede que una de las cuestiones que llama la atención en esta película es el hecho de que el director renunció a que la misma fuera protagonizada por actores de relumbrón y que apoyara gran parte del desarrollo de la doble trama de la película (la amorosa y la política) sobre los actores secundarios que intervienen. Puede que también sea que, por primera vez, deja de lado a su compositor musical habitual y se hace acompañar por Maurice Jarre o porque el guión, pese a quien le pese (incluso a Truffaut), es bueno, muy bueno.
En su día obtuvo unas críticas fatales (eso me dijeron mis mayores). Sin embargo, cinematográficamente hablando contiene unos estupendísimos planos que son incluso novedosos en la manera de filmar de Hitchcok (pese a que ya estaba llegando al final de su carrera). En todas y cada una de las escenas relevantes de la película encontrarán una doble intención, nada es lo que parece y eso, pese a que dicen que es la película menos hitchcokiana, nos devuelve al maestro una y otra vez.
En su día me impactó la mano sangrante. Hoy me quedo con la muerte de Juanita de Cordoba a manos de Parra. Una muerte vista desde arriba con un despliegue del vuelo de su falda morada que quita el hipo. Una de las imágenes más bonitas de toda la película.
Puede que esta cinta la guarde en mi haber por aquello de las cuestiones sentimentales pero se la recomiendo para que puedan ver como caricaturizando al mundo (no se pierdan el aspecto de los cubanos -todos toscos y, y el de los franceses muy refinados y preparados para dar para el pelo) pueden contarse cosas tan serias como lo hace el genio Hitchcok; la traición, se dé donde se dé, siempre tiene un precio.
Véanla.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 16 2010

Piratas del Caribe: Sobre la utilidad de una película de cine

Un adulto llega a su casa. Abre la puerta y quiere dejar atrás una vida de mierda. Se encuentra a su mujer en la cocina. Guisando. Ella está en paro desde un par de años atrás. En la habitación del fondo, los niños estudian o juegan. Han llegado poco antes. Después de un madrugón, un montón de horas de clase y un par de actividades de propina para que se hagan más listos. Y el padre, que quiere dejar una vida de mierda al cerrar la puerta de casa, les plantea que pueden ver una película. Que harán una excepción, pedirán una pizza por teléfono y comerán palomitas caseras que son las mejores. La madre deja las sartenes a un lado. Los niños sus juguetes o sus libros. El padre su vida de mierda. Miran la estantería. Tienen que elegir.
Por allí ven algo de Federico Fellini, algo de François Truffaut, Stanley Kubrick. Y tres películas juntas que sobresalen sobre las demás. Piratas del Caribe. Y es que quieren olvidarse de algunas cosas. No lo dudan.
Posiblemente, ese hombre tiene el resto de películas en su estantería porque le gusta el buen cine. Posiblemente, su mujer las ha visto con él porque le gusta el buen cine. Posiblemente, los hijos mayores ya han visto alguna de ellas. Pero todos eligen Piratas del Caribe. Cada cosa en su momento, deben pensar. Y es que el buen aficionado al cine sabe que hay películas que sirven para pensar, otras para perder el tiempo y otras para dejar la vida de mierda detrás de la puerta. Incluso que las hay que reúnen dos o más características. No es esta trilogía una castaña que se deja ver. Es verdad que la tercera entrega se pierde un poco entre efectos especiales y desdibuja a los personajes con tanto chiste encadenado, pero, en conjunto, la trilogía es muy divertida. Puestos a sacar faltas podríamos hablar de las limitaciones de un Orlando Bloom frío y aburridillo, de una Keira Knightley que parece estar más para vender revistas a los adolescentes que para hacer su papel o el pequeño disparate en lo que se convierte la trilogía a partir del final de la segunda parte. Pero no me da la gana. También hay que saber sentarse para divertirse. Esas posiciones tan rígidas en las que el espectador cinéfilo se quiere arrancar un brazo antes de ver algo que no le haga pensar me parecen una idiotez colosal. Se puede entender de cine, pero no se puede disfrutar de él si no se sabe discriminar cuando toca.
Johnny Deep es el capitán Jack Sparrow. Divertido, eficaz y creíble. Orlando Bloom es Will Turner. Un personaje que trata de evolucionar y no lo logra del todo. Aunque su historia de amor con Elizabeth Swann (Keira Knightley) mantiene buena parte de la tensión narrativa (a pesar de lo previsible que es desde casi el principio). Hector Barbossa es un pirata malo que no veas. Lo interpreta Geoffrey Rush. Todo un lujo. Y Chow Yun-Fat es el que hace de Sao Feng (otro pirata para echar de comer aparte). Más lustre si cabe.
Pues bien, todos estos actores (hay muchos más, claro, pero no se trata de redactar la nómina completa) interpretan una historia de piratas ambiciosa y muy espectacular. Va de más a menos. O de mucho a poco. Como quieran. Una historia llena de batallas, de amores, de traición, de efectos especiales, de hombres pez, de barcos fantasmas, de buques de guerra, de uñas llenas de mierda, de ron. Lo que venimos reconociendo como una película de piratas, de aventuras. Nada de pensar en nuestra sesuda mente, ni en nuestros trabajos tan importantes. Una de aventuras.
Me niego a decir nada en contra de esta trilogía. No me da la gana. ¿Lo tiene? Pues claro. Pero también lo tienen nuestras vidas y no nos tiramos por el balcón. Cada cosa cuando toca.
Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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