oct 14 2010

F for FAKE (Fraude): ¿Todo es ilusión?

Orson Welles se lanzó a escribir y dirigir este documental (falso documental) que no deja títere con cabeza. El planteamiento es sencillo: ¿Hasta dónde el arte es arte? ¿Quién sabe de algo en este mundo? ¿Es objetivo algo que no sean las matemáticas? ¿Es la ficción una realidad que engatusa por ser un disfraz más real que la propia realidad?
Este documental de Welles es tramposo y propone sentarse a mirar sin inocencia alguna. El mundo es un enorme truco de magia en el que se puede creer o no. Toma relevancia el montaje del material como maquinaria que permite hacer real lo imaginado o difuminar el mundo hasta que parece un decorado sin importancia en el que ocurren cosas que, creídas, se convierten en nuestro entorno más cercano. Un espectador no avisado o alguien que decide creerse lo que cuentan porque sí no entenderá nada de esta cinta.

Y, por esta razón, nos encontramos ante un trabajo exigente para el que observa y, a veces, excesivamente confuso. Hay zonas brillantes que se mezclan con otras que dilatan en exceso un tempo narrativo ya endeble desde el principio; Welles, contenido en exceso pasa a tener un protagonismo demoledor que impide centrarse al espectador; todo va y viene de un extremo a otro evitando los tránsitos más agradables.
Se plantea muy pronto el asunto y se soluciona con mucha demora, van apareciendo propuestas demoledoras que deberían estar desde el principio y desaparecen como por arte de magia. Un documental incómodo y fallido aunque se arrastre una idea excelente.
Además de Welles, Oja Kodar aparece con una belleza brutal para plantarse en la última fase de la obra (tal vez la más brillante) y recrear junto al director el falso encuentro de Pablo Picasso con su abuelo; la música de Michel Legrand pasa desapercibida y François de Reichenbach acompaña durante todo el documental al director.
Mitos que se vienen abajo por su falsedad. Y, de paso, arrastran al documental a tierra de nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 7 2010

Un hombre y una mujer. Inolvidables (3)

Todos los amores se tiñen de lo que pasó antes. Miedos, recelo, angustia o prudencia se heredan de relaciones anteriores a la que se vive. Y todas las relaciones son muy parecidas. Comienzan bien y terminan mal. Porque todas acaban. Pronto; a mitad de camino por cansancio de una de las partes o de las dos o de las tres; o por muerte de uno de los enamorados. Como el amor es cosa de uno (nunca de dos), como en el amor das o recibes lo que puedes entregar o lo que están dispuestos a entregar, como esto es lo que es y está todo inventado (aunque los enamorados crean que lo inventan cada día), pues pasa o que pasa. Acaban mal. ¿O acaban bien? Tal vez sea al contrario.
Claude Lelouch filmó, a mediados de los años sesenta, Un hombre y una mujer. Una excelente película que habla más de lo que rodea una relación sentimental que de la propia relación. Por eso, por no caer en los clichés habituales de este tipo de películas (rozándolos, eso sí) consigue una propuesta original y muy efectiva. Salva ese escollo que pondría en peligro su propuesta con un uso de la voz narrativa más que sobresaliente. El peso de la narración va pasando de un personaje a otro aunque mantiene, con claridad y sin fisuras, el protagonismo de un narrador que reúne la conciencia de los dos personajes principales. Esto se llama narrador de alternancia limitada (lo digo para los amigos de coleccionar nombres y esas cosas). Para ello utiliza el recuerdo de los personajes en forma de imagen y sin su intervención (hablada) directa, los cambios de la imagen que va del color al blanco y negro y una voz en off totalmente explicativa que soporta el hilo narrativo cuando Lelouch explota el entorno de los personajes. Conocemos los amores anteriores, que tanto marcarán el que se establece entre los personajes, a través de imágenes recordadas por ellos (en color cuando la felicidad es el estado más habitual de la pareja, en blanco y negro cuando esa relación se puede truncar o desaparecer). Veremos cómo la nueva relación va construyéndose siempre en blanco y negro (es una tragedia). La voz en off explicará qué pasó realmente puesto que los personajes no pueden saberlo al encontrarse en situaciones extremas. En fin, un entramado narrativo de lo más elaborado. Sorprende que el recuerdo de ella, incluso cuando trae la tragedia a cuestas, no pierde el color. Pero se justifica cuando comprobamos que ese amor no desapareció con la muerte de su marido. Ella siente que su marido está vivo.

Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant son los protagonistas. Sus interpretaciones se pegan mucho a lo que el conjunto de la película exige. La música de Francis Lai es, sencillamente, inolvidable. La fotografía precisa y efectiva. En conjunto la película es deliciosa.
Contar lo que rodea el amor desde dos personajes viudos y alimentados por el recuerdo o la convivencia con la muerte a través del peligro, es una forma de aproximarse a ese territorio muy inteligente. Entre otras cosas porque es desde ahí desde donde funciona pasado, presente y futuro. De modo convencional suele quedar oculto ese pasado (los enamorados se vuelven tarumbas y les da por mirar hacia delante exclusivamente), un tiempo que impregna todo y condiciona las relaciones sean cuales sean.
Una magnífica película para disfrutarla mientras se comparten las palomitas.
© Del Texto: Nirek Sabal

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