jul 11 2013

Apocalypse Now Redux: Todo es un infierno

En 1979, Francis Ford Coppola entregó el espectáculo más abrumador, espeluznante y, si se quiere, extravagante, jamás filmado. El director echó el resto en este trabajo. Todo su trabajo, todo su talento y su prestigio se puso en juego durante un rodaje en Filipinas lleno de baches, falta de presupuesto y problemas diversos por doquier. Y el resultado fue una excelente película que, sin duda, está entre las mejores de toda la historia.
Francis Ford Coppola y John Milius escribieron el guión adaptando (muy libremente) El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Otra época, otra trama, pero manteniendo buena parte de la esencia del relato. ¿Cuál es esa esencia? Fundamentalmente, el regreso del hombre a su estado más primitivo puesto que todos somos lo mismo desde que el ser humano lo es, aunque disfracemos nuestra existencia de una forma u otra. Coppola traslada la historia de Conrad a la guerra de Vietnam, una guerra terrible en la que todo lo que sucede se confunde y termina siendo una misma cosa. La diferencia es el maquillaje, ese disfraz que justifica una crueldad o lo convierte en un acto atroz y punible.
Pero, también, del mismo modo que ocurre en El corazón de las tinieblas, el entorno es un personaje más, con su propia vida, con su coherencia, con su propio latido. Esto es algo que no puede olvidar el espectador.
El guión es espléndido. Alterna momentos de acción con otros de cierta tranquilidad, pero sin perder la tensión en ningún instante. Porque el personaje del coronel Kurtz (Marlon Brando) se va desarrollando sin aparecer hasta el final. Porque la evolución del resto de personajes va desarrollándose a la par. No se puede entender al coronel sin entender y atender a todos los que van apareciendo en pantalla. A todo lo que se enseña.
Desde el principio, Coppola hace una declaración de intenciones. El capitán Willard está siempre en el mismo lugar. Bien porque lo desea, bien porque lo sueña, bien porque, efectivamente, se encuentra allí. Replegado sobre sí mismo, ardiendo en su propio infierno. En él. Un hombre que se asoma al abismo de lo que es -Willard lo ha hecho- jamás regresa. Un abismo en el que todos tenemos parte o la totalidad. Lo sepamos o no.
Una fotografía impecable, una banda sonora convertida en símbolo y un despliegue de medios descomunal y bien gestionado son las señas de identidad de la película. La partitura de Carmine Coppola es inquietante, profunda; se salpica con temas de The Doors, Flash Cadillac, Richard Wagner y de The Rolling Stones, entre otros. La fotografía de Vittorio Storaro logra una conjunción perfecta entre luces, sombras y nieblas, que resaltan los estados de ánimo de los personajes a la perfección. Por otra parte el montaje de Richard Marks, Walter Murch y Gerald B. Greenberg (esta versión Redux la montó Murch) es una clase magistral. Por ejemplo, cómo presenta las escenas que van del ataque al barco en el que muere uno de los personajes hasta la salida de la plantación francesa, es extraordinario.
En Apocalypse Now Redux encontramos escenas inolvidables que ya están colocadas entre las más importantes de la historia del cine. También otras que no parecen ser entendidas del todo y son criticadas por romper el ritmo del conjunto sin aportar nada. Un ejemplo de las primeras es el ataque del regimiento de caballería. Helicópteros, música de Wagner y, sobre todo, el coronel Kilgore al frente de sus hombres. Robert Duvall interpreta el papel aportando una credibilidad impresionante. Y su personaje es el que aclara a Willard (encarnado por un Martin Sheen extraordinario) y al espectador algo fundamental: Si Kilgore está al frente de un regimiento nadie puede acusar a otro de estar loco o de ser un asesino (cosa que ocurre con Kurtz). Kilgore es capaz de arrasar una aldea para que sus hombres puedan practicar surf, no permite que un combatiente sea dejado a su suerte salvo que su propio interés aparezca y todo se reduzca a sí mismo. Es un ser cruel y terrible. Todos en Vietnam son así. Esta escena de la carga con helicópteros está rodada con maestría. Pocas películas bélicas han llegado a este nivel de claridad expositiva y de sentido en las escenas violentas.
El ejemplo de zona expositiva no entendida y criticada con dureza lo encontramos en la que va desde la llegada a la plantación francesa hasta que Willard y sus hombres la dejan atrás. Son muchos los que han dicho que es prescindible y que funciona como una explicación política de la trama. Nada más lejos de la realidad. Tras el ataque que sufre la lancha (la muerte de un compañero; las cartas que habían recibido todos excepto Willard que tiene, a cambio, un informe secreto de sus mandos; la cinta de la madre que escuchamos por encima del resto de sonidos, la pérdida del cachorro de Lance), los soldados descubren un reducto de lo que fue y ya casi no tiene relevancia, poemas recitados por niños, una mesa ordenada y limpia, el discurso vacío del que quiere repetir la historia y está condenado a ello con los matices imponderables. Descubren una buena parte de la realidad olvidada entre tanta locura, pero que sirve a Willard para ver otra parte de su universo (la iluminación es perfecta cuando nos lo enseñan deslumbrado, atónito), otra parte de la verdad. Todo se repite, todo es lo mismo. Una mujer viuda interpretada por Aurore Clément (misteriosa y envuelta por un aura brillante entre lo sucio) representa esa zona del ser humano sensible, conocedor de lo que es, de lo que fue y de lo que será. Es la normalidad narrada. Preparar la pipa (seguramente de opio) a Williard, como siempre hizo con su marido difunto, es el colofón. Y se presenta como casi irreal, tras la mosquitera, como un fantasma del recuerdo. Destaca, también Christian Marquand interpretando a Hubert de Marais. Desde aquí, queda claro que el enemigo no es el ejército de enfrente. Es la propia esencia del ser humano y el entorno, la naturaleza. La selva se muestra silenciosa, amenazante. Los ataques llegan desde ella aunque no vemos al enemigo que esperamos. Se va cerrando sobre el barco, sobre sí misma. A partir de aquí, todo alcanza profundidad, desesperanza. Un sentido que se forma desde la falta de él. Por tanto, de escenas flojas o innecesarias no podemos hablar.
Apocalypse Now Redux es una película perfectamente dirigida desde el punto de vista actoral. Ni uno solo de los que aparecen en pantalla está fuera de un nivel extraordinario. Incluido Marlon Brando al que algunos acusaron de imitarse a sí mismo.
Un espectáculo impresionante salpicado de momentos que deben contemplarse. El paso por el puente Do-Lung; el campamento en el que se encuentran las chicas Playboy, la ya mencionada carga de los helicópteros, el poblado de Kurtz. Todo en Apocalypse Now tiene importancia, todo es fantástico y hace mella en el espectador.
La versión Redux es muy larga aunque creo que, lejos de restar como se ha criticado tantas veces, añade interés al conjunto. Desde luego, si tienen la oportunidad de ver la película en pantalla grande, no la pierdan. Esta es una de las mejores películas de la historia.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 15 2011

Somewhere: La indolencia del buen cine

Puede que muchas personas, cuando vean que la directora de Somewhere es Sofia Coppola le pongan , a la película, la proa inmediatamente y huyan de las salas de cine como alma que se lleva al diablo. Son muchos los que no le perdonen ser hija de quien es (Francis Ford Coppola) y parece, porque son muchos que así lo creen, que tiene que ir pidiendo perdón por ello cada vez que dirige una película. Pero lo cierto es que Sofía Coppola, con una filmografía no demasiado extensa, ha creado una manera de hacer cine. Ese cine intimista que a algunos, sea hija de quien sea, nos gusta. Sofia Coppola hace un cine diferente, explica sus historias, las que ella misma escribe, de una manera absolutamente distinta y lo hace con una estética indiscutible.
Con SomewhereCoppola nos vuelve a poner frente al aburrimiento vital, al sin sentido del que tiene el éxito y el reconocimiento de los desconocidos y ha dejado de reconocerse a sí mismo porque su vida se ha convertido en una porquería que sólo se sostiene sobre más porquería. De esta manera, Coppola nos presenta a Johnny Marco (Stephen Dorff). Un actor de éxito internacional en mundo artificial, de lujo, de sexo de pago, y alcohol, por el que se arrastra sin ninguna voluntad, hasta que la convivencia, absolutamente accidental, durante unos días con su hija, de apenas once años Cleo (Elle Fanning) le coloca, de nuevo, en la casilla de salida en busca de un modo de vivir distinto.
La película se sucede contrastando los ambiéntes y los escenarios frios, caóticos, desordenados e incluso lúgubres en los que se alza como progatonista absoluto Johnny, con los luminosos, armoniosos que se suceden cuando los comparte con Cleo. Este juego de la puesta en escena reconcilia las dos realidades, la de un tipo perdido y la de su hija que, sin él, se encuentra igualmente perdida. La necesidad del encuentro, el compartir la vida desde lo que importa, el alejamiento de lo frivolo y superficial, eso es lo que muestra Sofia Coppola.
La parsimonia de su desarrollo, sin sobresaltos, sin grandes hechos que, aparentemente, marquen la vida de uno y otro, el padre y la hija, marcaran la evolución de Johnny desde su apatía y abandono, a una aparente, sólo aparente, toma de posición frente a su vida.
Si algún pero tengo que ponerle a la película de Coppola es el final, pero eso forma también parte del cine de esta directora, finales que nos dejan esperando algo que no va llegar nunca, el siguiente paso, ese que el protagonista dará, es el que imaginemos nosotros mismos.
La fotografía, como siempre, excepcional. La música escogida con un acierto absoluto, la mezcla de Phoenix, Bryan Ferry y Paolo Jannacci entre otros, acuna cada uno de los minutos de esta película. Una historia indolente para disfrutar una noche más indolente aún.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 24 2011

La conversación: Cuando la película es un personaje

La Conversación es un peliculón. No me extraña que recibiese la Palma de Oro el año 1974 en el Festival de Cannes. Acumula todo lo que una buena película debe sumar. Unas interpretaciones extraordinarias (la de Gene Hackman defendiendo el papel del espía Harry Caul es impresionante); una banda sonora envidiable (David Shire); un guión profundo, tenso, alejado de la ramplonería; una fotografía más que correcta; una planificación exacta. Y un personaje, sencillamente, descomunal. Porque La conversación es una película que se presenta como una propuesta de su director (un Francis Ford Coppola tocado por las musas. Esta película está rodada en la misma época que El Padrino o Apocalipse Now) que se apoya en el personaje. La película es un personaje.
Harry Caul es uno de los personajes mejor diseñados y más interesante de la historia del cine. El conflicto interno y su relación con el mundo aparecen desde el primer momento, van convirtiendo la película en una especie de jaula en la que se mueve un hombre que hace de motor para que todo se conmocione. Como una rata de laboratorio que corre sin cesar dentro de una rueda. Se perfila desde el diálogo, pero, sobre todo desde sus silencios; desde la relación con el resto del mundo; desde una religión casi enfermiza en la que Dios se ve como algo miedoso y al que hay que rendir cuentas cada dos por tres. Harry Caul es discreto, distante, solitario, frío, desconfiado, obsesivo, escurridizo. Todo lo observa desde una distancia suficiente que impide llegar a tener relaciones intentas con las personas o las cosas. Nada de intimidades. Es músico de jazz en sus ratos libres. Pero interpreta la música en solitario. Siente que está escapando siempre. Nadie le comprende porque no cuenta con nadie (excepto con Dios) para ser entendido. Pero Harry Caul tiene un pasado, no está solo en el mundo, siente la culpa agarrada a las sienes. Todo esto, encarnado en Gene Hackman se convierte en un personaje de una potencia arrasadora porque asistimos a la construcción de un alma que evoluciona, que soporta una trama sin problemas, que no dice una frase de más, que escucha y guarda silencios que el espectador puede interpretar conociendo al personaje. Magnífico.
La Conversación es una película que trata el tema de la culpa. Para ello se apoya en una trama que se va aclarando a medida que escuchamos una conversación entre dos jóvenes, en el pasado de Caul, en los peligros del éxito, en la confusión que puede generar el lenguaje si nos dejamos llevar por él y no por todo el entorno. La culpa y la soledad que se genera con ella.
Aparecen en pantalla un jovencísimo Harrison Ford, un correcto Cazale, Cindy Wiliams o Frederic Forrest. Todos muy bien dirigidos en sus papeles, pero con intervenciones cortas y que sólo sirven para iluminar al personaje principal. El despliegue de Hackman eclipsa todo lo demás.
Francis Ford Coppola dirige la película con maestría. Fue guionista y productor, también. El movimiento de la cámara es magnífico. Y algunos planos inolvidables. Comienza la película con un plano picado (es el que pueden ver en el vídeo que encontrarán al final del texto) que nos lleva directos al corazón del relato. Como en las buenas novelas en las que encontramos una primera página que agarra al lector para no soltarle ya; ese primer plano sumerge al espectador en un embrollo difícil de entender, pero que nos invita a continuar hasta el final. Así está planificada la película. Cada plano es el necesario, el justo. Por otra parte, logra sacar el máximo rendimiento de Gene Hackman. Ni un gesto nos hace dudar de la verosimilitud del personaje. Ni uno solo.
Por si era poco, la banda sonora es fabulosa. Y los efectos de sonido estupendos.
O sea, que lo tiene todo. Si no la han visto ya no dejen de hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 11 2011

Cotton Club: Cuando Ford Coppola se dejó arrastrar por el dinero y no por su intuición

No es lo mismo rodar El Padrino con música que rodar una película de gangsters, música y chicas. Las dos cosas las dijo Robert Evans, productor de Cotton Club, sobre esta película. Francis Ford Coppola, director, no lo tuvo claro desde el principio. Y por esa razón, casi seguro, ni consiguió El Padrino con música ni una buena película de gangsters, música y chicas. Cotton Club se estrenó y consiguió buenas críticas aunque la taquilla fue un desastre total. Eso es lo mismo que decir que le gustó a muy pocos y que sólo se fiaron de la opinión crítica algunos. Desde  luego, al que escribe le parece una película menor y con una importancia muy limitada dentro de la historia del cine. Salvo la banda sonora de la película que rebosa música del enorme Duke Ellington (eso es apostar a caballo ganador), todo es mediocre, todo se puede olvidar un par de minutos después. Destaca, también, la interpretación de Gregory Hines haciendo un bailarín que se abre camino en el mundo del espectáculo. Bueno, en realidad, también destacan Richard Gere y Bob Hoskins por lo fatal de su interpretación. Todos los actores en esta película sobreactúan, parecen estar en otra cosa, se aburren, no se creen nada de lo que hacen o dicen y parecen estar deseando acabar. Ford Coppola tiene buena parte de culpa porque, aunque Richard Gere es lo que es y no se puede pedir más, las cosas se podrían haber hecho mucho mejor. Por ejemplo, no contratando a ese marmolillo. La puesta en escena trata de ser lo más de lo más y se queda en la línea de salida. El vestuario cuela así como el maquillaje. O sea, que más mediocre que otra cosa en su conjunto.
Lo que nos cuentan en Cotton Club es, efectivamente, una historieta de gangsters, chicas y música. Justo antes de la gran depresión, el local de moda es el Cotton Club. Allí se reúne lo mejor del baile y del jazz. Los malos quieren ganar mucha pasta y quedarse con las chicas guapas. Las chicas guapas quieren gastar mucho dinero y se quedan con los malos, pero desean que mueran lo antes posible para estar con los buenos y bondadosos. Durante la proyección mueren bastantes. Y, finalmente, la cosa queda preparada para que puedan ser felices.
De verdad que no se me ocurre un resumen más amable con la película. Tan sólo un detalle. Mientras Sandman Williams baila, el ruido de sus puntas metálicas y de sus tacones se funden con el ruido de las ametralladoras que escupen balas para acabar con los gangsters. Estéticamente lo mejor de la película. Una metáfora estupenda sobre lo que representa llegar al final de cada cosa. Unos a la muerte, otro al éxito, aunque el ruido de fondo es idéntico.
Cuando vi por primer vez Cotton Club me aburrí mucho. Un segundo intento buscando excelencias que algunos críticos habían encontrado, no hizo más que confirmar dos cosas: me aburrí del mismo modo y que algunos críticos hablan de algunos directores como si fueran infalibles. La tercera y última vez significó, para el que escribe, una especie de colapso cerebral. Todo tiene un límite. Hay mucho que hacer y con un par de oportunidades hubiera sido suficiente.
© Del Texto: Nirek Sabal
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dic 11 2010

El gran Gatsby: Un desastre lleva a otro mayor

Una mala lectura de una novela provoca que el lector no se entere de nada. Si da la casualidad de que ese lector se dedica a la adaptación de novelas para hacer películas de cine, el efecto se multiplica considerablemente, puesto que nadie se entera de nada. Desde luego, Jack Clayton hizo su película sin tener en cuenta lo que quiso decir F. Scott Fitzgerald en su novela (El gran Gatsby es una obra maestra convertida por muchos y muchas veces en una novelucha). Se parecen poco relato y película. Pero poquito, poquito. Alguien podría decir que eso es cosa normal, que cada cosa es independiente de la otra. Y es verdad. Pero la cosa cambia cuando te venden la cosa como la adaptación definitiva, cuando existe una clara vocación  (en esa película) de plegarse al original. Lo intentan, pero todo sale mal.
Hay que resaltar un par de aspectos (por ser económico, ya que podría estar escribiendo sobre esto durante horas) que hacen de la narración de F. Scott Fitzgerald un desastre si no se manejan con solvencia.
Por un lado, el narrador (Nick). El punto de vista es fundamental en la literatura. La intención de la voz es lo que orienta el conjunto. Desde la primera línea, el rumbo de la narración queda marcado si elegimos un narrador personaje, que sea objetivo o cualquier otro aspecto. En esta novela, Nick ofrece un discurso que esconde mucho detrás de lo que dice. Es tan importante lo que no enseña que resulta absurdo no tenerlo presente. Por ejemplo, el campo semántico que se encuentra junto a lo que tiene que ver con la condición sexual propia y de otros personajes se omite. Ni una sola palabra en toda la narración puede darnos pistas de forma explícita sobre este aspecto. Pero un buen lector, alguien que quiere llegar más allá de las palabras, descubre muy pronto que eso obedece a una intención clarísima. El momento en que podemos estar seguros de lo que sucede es durante la fiesta en el apartamento de Tom. Se nos presenta eso de lo que Nick no quiere hablar como un hallazgo que hace deslizarse al relato hacia territorios de gran excelencia literaria. Y eso que descubrimos es la homosexualidad del narrador. Más adelante comprobamos que esa intención le sirve para proteger su intimidad y la de otros personajes (no desvelo más). Esto en la película no aparece ni por asomo, claro. Y las consecuencias son enormes. Las historias no se parecen en nada.
El otro aspecto al que quiero referirme y que vacía la película de todo el contenido con el que Scott Fitzgerald había armado su relato es el famosísimo cartel que vemos en la carretera frente al negocio de Wilson. Ya saben, ese cartelón semidestruido que anunciaba los servicios de un dentista. Un gran dibujo representando unas gafas, unos ojos y anunciando el nombre del doctor. Aparece en novela y película. Una lectura errónea y moralista puede llevarnos a pensar que eso representa la mirada de un Dios que todo lo ve. Pero eso es, sencillamente, un disparate. En la novela representa la voz narrativa; si quieren suavizar algo esta afirmación, representa la labor del escritor. Ver a Dios en ese cartel es convertir el trabajo de Scott Fitzgerald en algo pequeño y sin importancia. Pero claro, estamos hablando de los norteamericanos. Suelen hacer estas cosas dado el nivel de estupidez moral que han desarrollado desde hace mucho tiempo. Por supuesto, en la película nos encontramos con esta lectura.
En fin, cualquier parecido entre la película y la novela es fruto de la casualidad. En este sentido, el desastre es absoluto. Pero alguien podría decir que soy injusto al fijar la atención en esto y no en otra cosa porque, al fin y al cabo, la película en sí misma es una realidad independiente, autónoma, respecto de la novela. Como eso es cierto, vamos con la película.
Jack Clayton nos enseña lo que era la sociedad burguesa que residía en Nueva York de los años posteriores a la Gran Guerra. No hay otra cosa. Es cierto que lo hace apoyándose en una historia de amor entre sus protagonistas: un gángster hortera podrido de dinero y una imbécil de tomo y lomo que pertenece a una familia adinerada (él es Gatsby (Robert Redford) y ella Daisy (Mia Farrow)). Todo está contado desde el punto de vista de Nick Carraway (vecino de Gatsby y que interpreta Sam Waterson), aunque el director lo modifica porque no tiene más remedio cuando quiere centrar el objetivo en hechos puntuales (el asesinato de Gatsby, por ejemplo, que, posiblemente, es de las pocas cosas que pueden salvarse de la película). Desde el principio, todo es brillante (el uso excesivo de filtros hace que hasta los dientes de los personajes tengan un brillo insólito). Esa luminosidad va desapareciendo a medida que la tragedia se acerca. La gente baila, bebe y, sobre todo, se aburre con los bolsillos repletos de billetes. Mucho dinero, poca inteligencia, poca reflexión. Fiestas, infidelidades, traición, estupidez, muertes casi obligadas (ya saben, la moral y esas cosas). Poco más.
Las interpretaciones son correctas. Mia Farrow haciendo de imbécil queda de lo más creíble. Robert Redford haciendo de imbécil con pistola queda de lo más soso. La puesta en escena que logra Francis Ford Coppola es lo mejor de la película junto al vestuario. De hecho es lo único que tiene bueno en su conjunto. El resto hay que buscarlo aquí y allí. Porque la banda sonora es muy floja. Las piezas que se toman prestadas están gastadas y se convierten en una partitura que hace juego con Gatsby. El guión va de lo excesivamente literario (la voz en off que corresponde a la narración de Nick es literal de la novela) a lo excesivamente idiota (esto hace juego con Daisy). Si los personajes evolucionan algo es gracias al clima que se genera con esa puesta en escena a la que me refería. Desde luego, los diálogos no les hacen avanzar. Es lo malo de hacer trozos una novela y colocarlos entre ojos brillantes y gilipollez.
La novela de Scott Fitzgerald mal leída se convierte en un tostón. Eso se lo garantizo a cualquiera. La película de Jack Clayton es una lectura horrible de esa novela. Garantía de por vida. El uso elegante y preciso de una cámara no convierte en algo bueno un auténtico disparate.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 17 2010

Las vírgenes suicidas: Una historia sobre la devastación

Dicen que Sofia Coppola es una pésima actriz  (se le reprocha su intervención en El Padrino  III). No digo que no, puede ser. Sin embargo, pese a los antecedentes que la preceden en ese campo, la verdad es que es indiscutible que como guionista y directora de cine, algunas cosas tiene que decir.
En el año 1999, Sofia Coppola adaptó para el cine la novela The virgins suicides, escrita por Jeffrey Eugenides unos años antes. Era su primera película. Las expectativas sobre la misma eran mayúsculas sobre todo porque se la esperaba a mata degüella por ser hija de quien es, Francis Ford Coppola.  Las críticas que recibió no se mantuvieron en un punto intermedio sino que oscilaron entre las que la elogiaron hasta el vómito y las que querían enviarla al paredón. Como digo, sin término medio. A mí, en particular, no me produjo ninguna sensación en especial. Quiero decir que podía haber quedado en una película de viernes noche, sin mayor trascendencia, pero debo reconocer que me gustó.
El argumento de la película es el impacto brutal que tendrá en la vida de unos muchachos de un pueblo llamado Grosse Pont,  el suicidio de las cinco hermanas Lisbon (Therese, Mary, Bonnie, Lux y Cecilia), las hermanas más admiradas de toda la localidad, por guapas y porque sus padres las tenían sometidas a una férrea vigilancia lo que las convirtió en el objeto oscuro del deseo de un grupo de adolescentes.
Los actores, muchos y variados, Kristen Dunst, James Wood, Kathleen Turner y Danny de Vito entre otros, no voy a mentarlos todos, para mí estuvieron soberbios, sobre todo Kathleen Turner, actriz desaprovechada donde las haya y que ha podido lucirse en algunas películas como Fuego en el cuerpo y esta misma.
He vuelto a ver la película apenas hace unos días. La he visto por fases. Me he dormido en distintos momentos y no porque la película sea aburrida, mala o cualquier otra cosa que me provocara caer en los brazos de Morfeo, no ha sido eso. Pero, en esta ocasión, quiza por verla en hora tardías, no he podido sustraerme a esa atmosfera oníricamente envolvente de la película que me empujaba a verla en un perfecto duermevela.
Existen diferentes cosas que me llamaron la atención desde la primera vez que la vi. Una de ellas la utilización como narrador de uno de los chavales que fue testigo directo de los sucesos que tan brutalmente golpearon, no sólo a la familia Lisbon, sino a toda la burguesía de una ciudad. Me resulto sorprendente. Quizá en este aspecto la película flojea un poco pues creo que optar por escoger a este personaje como hilo conductor de la historia hace que ésta se diluya terriblemente. Pensando en esta película, y en las posteriores direcciones llevadas a cabo por Sofia Coppola, creo que esta opción puede obedecer a la intención de la directora de distanciarse al máximo de los personajes femeninos de la historia. Por otro lado, creo que el contraste entre la candidez inicial de las jovencitas, divertidas, amigables, bellas y seductoras contrasta con la absoluta rigidez física y mental de la madre, personaje que borda Kathleen Turner, ha sido muy bien manejado. Observen como el físico de la madre no es más que la transformacion del angelical de las jovencitas, igual rubio, igual melena, iguales vestidos.
La fotografía y la banda sonora son aboslutamente deliciosas, una combinación de música de los setenta con la música de finales de los noventa. Incluye el tema Playground Love que los franceses Air grabaron expresamente para esta película. Una película a tener en cuenta como relato de una adolescencia que pasa de lo inocente a lo turbio en un abrir y cerrar de ojos.
En definitiva, un buen inicio para la carrera de Sofía Coppola pese a las críticas mordaces de algunos. Lo siento, es otra debilidad. Como conclusión decir que los sucesos devastadores ocurridos a nuestro alrededor, no dejan indiferente a nadie, si estos ocurren durante la adolescencia menos todavía, aquí tienen un ejemplo.
© Del Texto: Anita Noire

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ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

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