abr 6 2014

La gran belleza: la gran película

No encuentro otra manera de comenzar esta crítica más que comparando La gran belleza, última película de Paolo Sorrentino, con La dolce vita, de Federico Fellini. O decir que La gran belleza es La dolce vita del siglo XXI. Comenzando por comparar los títulos de ambos films: un artículo femenino, un modificador directo de un sustantivo, y el sustantivo: belleza y vida, respectivamente (Fellini fue bastante más pretencioso, y ya se ve en ese sustantivo; Sorrentino es bastante más sensible y reflexivo). Ambas, coproducciones ítalo-francesas y películas de más de dos horas de duración. Ambas, con una despampanante figura femenina que en realidad no hace mucho a la trama, pero que modifica la película en la compañía que le hace al antihéroe: Sabrina Ferilli para la película de Sorrentino, y la ya sabida Anita Ekberg en la de Fellini. Es evidente, y además sabido, que La gran belleza homenajea a la mencionada película de Fellini. Pero una diferencia: Fellini no ganó el Oscar a mejor película de habla no inglesa con La dolce vita (lo ganó con algunas otras) mientras que Sorrentino sí que se lo llevó recientemente.
Sin quitarle mérito a Fellini, que lo tiene por otras cosas, la verdad es que La gran belleza es una película mucho más llevadera, su personaje protagonista es mucho más interesante; es una película más reflexiva y por supuesto, mucho más poética; y en mi opinión, carece del efecto de aburrimiento que desprende la La dolce vita. Sin embargo, es también una película sobre el hastío; la diferencia es que no es traspasado al espectador sino que se queda en los personajes para que podamos sentir y reflexionar con ellos, pero sin aburrirnos.
Sí, ese es el tema de ambos films: la desazón, el desabrimiento, el hastío, la pesadumbre, la insipidez… ¿de qué? De la vida burguesa. De la vida. De la belleza. ¿Qué hacer? ¿Cómo pasar las horas? ¿Para qué? ¿Con quién? No nos queda más remedio que hacernos un poco de compañía y mirarnos a la cara, dice Jep Gambardella, personaje interpretado por Toni Servillo (¡excelente interpretación!). Se trata de un escritor que ya no escribe, un escritor que llegó a Roma con veintipico de años y decidió ser el rey de la mundanidad. Y ahora, sumergido de lleno en esa mundanidad, ya no decide, solamente padece, la padece.
El comienzo de la película deslumbra: Raffaella Carrá remixada, en una fiesta a toda cocaína, luces, humo y hasta una strepteaser a la que nadie mira, en oposición a una música coral y magníficas escenas poéticas de Roma; escenas que son realmente un poema visual. Es el ruido de la fiesta que intenta tapar lo que de día no puede disimularse: la nada que los inunda (Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, dice la voz en off del protagonista). Fiesta que se repite noche tras noche para demostrar que igualmente siempre se vuelve a esa nada. Jep Gambardella lo dice en una escena agridulce, como casi todas, a la mujer que trabaja en su casa en las tareas domésticas: que Flaubert quiso escribir sobre la nada y no pudo, cómo poder entonces él (Tú no eres nada, le dice la voz de una niña desconocida, que se oculta). La película es de un tono entre cínico y ácido cuando no es melancólica y poética; maneja un sentido del humor perfecto en una medida justa.
Jep Gambardella se propone volver a escribir, pero sobre todo se propone no darse el lujo de perder el tiempo haciendo cosas que no desea a sus 65 años. ¿Pero qué es lo que desea? No por nada la película abre con una cita del texto Viaje al fin de la noche de Céline. Porque nos adelanta el viaje imaginario. El viaje interior para una búsqueda de sentido. Los únicos trenes que vemos en la película son los trenecitos que forman bailando en las fiestas que organiza este escritor en la terraza de su ático, frente al Coliseo. Justamente, esos son los trenes que no conducen a ninguna parte.
Jep Gambardella lo tiene claro, y tal vez por eso tanta melancolía: la belleza viene en destellos, el resto es decadencia, miseria y desgracia. Y ahí habitan estos personajes, miembros de la alta sociedad, con tanto tiempo perdido (y aquí Proust, otro escritor nombrado en la película, que obsesiona a uno de los personajes -el que no casualmente acaba suicidándose- en lo que respecta a este tema del tiempo y la muerte) aunque tanto tiempo todavía por perder: cada día, cada noche. Bla, bla, bla (…) En el fondo, es solo un truco: así termina, y me permito decirlo porque no estoy diciendo nada más que más blablabla; solo un truco para la magia de esta maravillosa película, visualmente impecable, reflexiva, profunda, honesta, frontal, pero poética y metafórica, feroz y real, pero onírica y por supuesto, apaciblemente bella.
© Del Texto: Flor Bea


oct 3 2013

El espejo: Tarkovski desde la butaca

Si en mi pasado 37 cumpleaños me hubiesen regalado la biografía ilustrada y en varios tomos de Andrei Tarkovski, no hubiese conseguido más información de su vida que viendo El espejo desde la butaca negra de muelles desafinados que un invierno R me regaló y desde la que, de la forma más lenta y sosegada posible, he padecido, otra vez, la nostalgia de un cine que ya no existe.
Si hubiese leído su biografía en la tumbona de un hotel de la montaña entre lagartos y pinsapos me hubiese entusiasmado y animado a darle un repaso a su filmografía, desde luego, pero nada que ver con las emocionantes impresiones nocturnas que me han aportado las imágenes de una vida que su propio dueño ha elegido titular Zerkalo y contar en fotogramas, y que yo reservo para madrugadas tranquilas y dilatadas.
Como la palabra poesía está ya tan desgastada por los millones de poetas que salen, cada vez más, por todas las esquinas, y como yo estoy cada vez más mayor y más maniática, y la tengo tomada con los adjetivos, entre otras muchas cosas, voy a prescindir del término poético, que quizá podría definir esta película, y voy a tratarla como la autobiografía de un señor maravilloso llevada a la experimentación cinematográfica que a mí me parece que es. Cómo la historia personal que, camuflada bajo las catastróficas circunstancias de la época, sólo puede contarla así, de esa forma maravillosa, alguien que la ha vivido y que además tiene el buen gusto y la inteligencia de saber transformarla en una película que cumple con todos los deberes de la investigación cinematográfica, incluido el espectáculo. Alguien que no sólo se sirve de las propias imágenes que le sugieren sus recuerdos, sino que insiste y explota los sonidos que, tal vez, muchos años antes, retumbaron estrepitosamente en sus sueños. Que utiliza los poemas que le quedaron de herencia como instrumento narrativo en una película que no se sabe muy bien si surgió de esos poemas o al contrario. Que hace un cine optimista, dónde todo es posible y dónde todo está perfectamente justificado por su carácter onírico y surrealista, capaz de hacernos levitar en blanco y negro sobre la mesa del comedor y hacernos ver todas esas cosas que no se ven. Además de colaborar en la destrucción de las viejas formas experimentando con las nuevas, y además de hacer con el cine filosofía, y literatura, y metafísica, y poesía, y hasta pintura, que se podría decir de muchos planos. Porque el cine está para hacer todas esas cosas, y para estudiarlo fuera de las escuelas y para salvarnos de imbéciles como Spielberg y otros deficientes del montón.
Otra vez veo El espejo y otra vez compruebo que el cine ha muerto, como murieron los tyrannosaurus o las tortugas sapos. Otra vez pienso que menos mal que nos quedan las toneladas de celuloide remotas que nos dejaron tipos como Tarkovski, o como Bergman, o como Fellini, o como unos cuantos más, para hacernos levitar con sus espejismos en una butaca negra de muelles desafinados y no dejarnos correr nunca sobre el espejo como ciegos.
© Del Texto: Sonia Hirsch


mar 27 2013

Zorba el griego: Celebrar la vida

A pesar de todo, la vida hay que vivirla. Lo mejor que sea posible. Pase lo que pase, sea donde sea. Porque el mundo tiene una característica que no podemos salvar como si no existiera: el mundo es dual, todo tiene su contrario, lo mejor da paso a lo peor y esto, antes o después, cede el puesto a lo mejor. Lo importante es estar vivo y sentirse así. Incluso la muerte ha de tomarse como una cosa más que integra la vida.
Esto podría servir como resumen de la propuesta de Michael Cacoyannis. Zorba el griego pretende hablar del mundo como lugar en el que se pueden presentar todo tipo de posibilidades. Y, sobre todo, un lugar que sigue su curso de forma independiente a lo que le puede suceder a un ser humano concreto. El mundo puede ser una ratonera asquerosa y, al mismo tiempo, un palacio impresionante para cualquiera.
Para narrar su historia y profundizar sobre todo esto, Cacoyannis contó con lo preciso. Un escenario árido en el que parece que nada puede sobrevivir salvo la pobreza y la falta de posibilidades. La única zona con vida (un bosque) pertenece a un monasterio; es decir, es propiedad de Dios (esto lo dice el protagonista en un momento de la película), propiedad de lo que el hombre no puede tocar ni controlar. Pero un escenario en el que hay vida. En el que hay vidas que contar.
Contó con varios personajes profundos en su psicología encarnados por un reparto de lujo. Zorba es Anthony Quinn. Un hombre capaz de afirmar que vivir es un problema, que sólo la muerte no lo es; un hombre que ve en los desastres esplendor. El joven escritor Basil es Alan Bates. Un hombre apocado, encorsetado por los prejucios sociales de un mundo envuelto en sí mismo. La viuda solitaria y deseada por todos los hombres del pueblo es Irene Papas (más guapa no puede ser una mujer). Una mujer que desea vivir lo que es un gran amor y que está condenada desde antes de nacer a no poder experimentar lo que es eso. La dueña del hotel Ritz del pueblo (una casa destartalada y mugrienta) es una extraordinaria Lila Kedrova. La madame del pueblo. Vieja, sola, casi ridícula. Zorba representa el ímpetu, la vida vista desde las ganas de experimentar, la mirada inquieta y rebelde, la valentía. Basil es la estúpida mirada del recato, del temor. La tragedia se encarna en la viuda solitaria; una tragedia inevitable, una tragedia que llega desde las diferencias entre hombres y mujeres. El pasado, lo imposible de un futuro soportado en el recuerdo y en la vejez es lo que representa la dueña del hotel.
Cacoyannis contó con un fotógrafo excepcional (Walter Lassally) y una dirección artística extraordinaria (la película recuerda el feísmo y naturalismo de Federico Fellini). La película se rodó, afortunadamente, en blanco y negro. El realizador estendió que eso que quería contar no se puede presentar de otro modo. Y contó con una banda sonora de Mikis Theodorakis maravillosa y que, pronto, se hizo famosísima.
Con todo eso rodó el director Zorba el griego. Una película sobresaliente. Llena de escenas que apestan a gran cine. La boda de madame Hortense es un ejemplo de ello.
Todas las líneas argumentales resultan tremendas y dolorosas. Hasta las más esperanzadoras arrastran miserias humanas, defectos del individuo, dolor, soledad. Aunque son las mujeres las que acumulan mayor peso trágico. Pone los pelos de punta pensar sobre los personajes femeninos de esta cinta. La viuda y su condena por no ser propiedad de un hombre. El botín en el que se convierte el hotel a manos de las mujeres del pueblo. La forma de mirar el mundo de su dueña, ese no querer morir y morir.
La película se soporta sobre un guión brillante (adaptación de la novela de Nikos Kazantzakis). Cada frase abre nuevas perspectivas al espectador y, aunque algunas de ellas suenan algo literarias, funcionan muy bien formando un conjunto coherente y lleno de sentido. La película está muy bien contada y finaliza con una escena memorable. Es posible que esa escena fuera la única posible. Es perfecta.
Cualquier amante del cine está obligado a ver esta magnífica cinta.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 17 2013

8 ½: La libertad de crear el universo

La libertad del artista es endeble cuando se propone crear. Sólo algunos hacen lo que creen que tienen que hacer, sin pensar en los que tienen alrededor, sin pensar en sí mismos (aspecto importantísimo por la dimensión que puede alcanzar). Y, da la casualidad, de que para crear es necesario ser libre. Completamente libre. O, al menos, creer serlo.
Este es el núcleo expositivo de 8 ½, película de Federico Fellini, al que no se le ha prestado toda la atención que hubiera sido necesaria. Es verdad que la película ataca el proceso creativo en su totalidad, pero es esa libertad al crear lo que arropa el conjunto.
8 ½ es una obra maestra. Desde luego, si el que escribe tuviera que elegir cinco títulos de entre todos los existentes, este no faltaría. Se ha tachado de inconexa, de incomprensible, de oscura, aunque me temo que el problema no se encuentra en la propia película sino en el espectador. Suele ocurrir que cuando lo onírico aparece y lo hace desde el uso del registro correcto, son muchos los que tuercen el gesto. Si a eso le añadimos la aparición del recuerdo, el gesto lo tuercen muchos más. Fellini sabía que sueño y recuerdo ocupan lugares muy próximos e incluso iguales. Al fin y al cabo es una ordenación de la realidad, más o menos consciente, que la desliza hasta lo deseado, lo odiado, lo que marca definitivamente el curso de una existencia. 8 ½ es una obra maestra narrada desde el sueño, el recuerdo y la realidad. Una película exigente.
Comienza la película con un sueño. Toda una declaración de intenciones. Del mismo modo que los grandes literatos dejan claro con un primer párrafo lo que viene a continuación, Fellini pone las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Vemos a Guido Anselmi (interpretado por un inmenso Marcello Mastroianni) atrapado en su vehículo y, a la vez, en un enorme atasco. Todos le observan. Quiere escapar y lo hace volando por encima de todo y de todos. Pero llegado a la playa se ve amarrado por una cuerda y alguien tira de él hasta que cae. Despierta. Por tanto, nuestro protagonista se ve acosado y sin libertad para hacer o deshacer a su antojo. Siempre hay algo que le hace regresar a ese lugar en el que depende de algo externo. Porque es necesario, vital, escapar para poder crear. De ahí viene esa sequía creativa de la que tanto se ha hablado. Guido bien podría ser el propio Fellini. Él lo negó a veces, otras lo dejó sin aclarar. Es lo mismo. Podría ser cualquier artista y Fellini lo era. Me parece estéril dar vueltas a este asunto.
A partir de esta primera escena, se irán encadenando imágenes que presentan los recuerdos de niñez, la realidad, más sueños y todo eso que no se podría contar de las ningunas de las maneras porque sería motivo de ruptura con el entorno. La sexualidad que encuentra el niño, cómo su educación (los que le educan) impide que lo encuentre sin tener problemas y crear prejuicios; los amores pasados que forman un todo (todas las mujeres componen un conjunto en el que cada una ocupa su puesto. El amor o lo que lo fue es uno solo); el mundo, visto por el artista, en el que todos somos personajes (incluido él mismo), en el que todos tenemos el aspecto impuesto por la mirada ajena; la presión a la que se somete al creador que es incapaz de hacer nada que tenga que ver con la motivación propia para que sea algo importante; el movimiento del mundo al son de una música que lo hace distinto y que nadie podría entender. Y todo esto se presenta de forma fragmentada; no existe lo lineal. La vida tampoco lo es si tenemos en cuenta el deseo, la fantasía o lo onírico. Eso distorsiona lo cotidiano y lo va decorando de un modo u otro, lo va descolocando todo.
Pues bien, nada de esto lo puede contar un artista sabiendo que forma parte de su realidad. ¿A quién puede interesar la vida privada de otro? A eso se le llama cotilleo, pero una obra artística está muy alejada de semejante cosa. Un artista transforma esa realidad consiguiendo convertir una verdad en una gran mentira que se recibe (por parte del espectador) como una realidad compartida desde la ficción. Dicho de otro modo, el artista crea desde su propia experiencia sin que esta aparezca de forma explícita. No hay otro camino. Y es aquí donde aparece la libertad. Fellini lo sabía perfectamente. Otra cosa es que, inevitablemente, muchos se vean reflejados en la obra. Pero eso es otro problema que atañe al que mira y no al que crea.
8 ½ está plagada de escenas inolvidables. Mi preferida es la que nos enseña a todas las mujeres que el protagonista ha conocido y que han tenido alguna importancia para él. Desde Saraghina que encarna su experiencia más lejana con la sexualidad, hasta Claudia que representa su amor más puro y verdadero por percibirlo como perfecto, pasando por Luisa (su esposa atormentada por la infidelidad, pero que en esta secuencia aparece como sumisa y encantada con lo que le toca vivir) o por su propia madre (a la que besa en un sueño anterior manifestándose un claro complejo de Edipo). Durante toda la película, vamos comprobando que Guido es incapaz de amar, no sabe cómo hacerlo. Ahora sabemos que lo único que quiere es que le entiendan, que comprendan que ellas, que todos, forman parte de un relato que acabará cuando él muera. Presten, también, atención a la escena del baile en el balneario. Se asemeja mucho al de Pulp Fiction (Travolta y Thurman).
Por cierto, no recuerdo una película que uniese y mostrase tanta belleza femenina. Anouk Aimée, Sandra Milo, Claudia Cardinale, o Rossella Falk son un ejemplo.
La película está filmada en blanco y negro. El resultado es grandioso. La gama de matices entre ambos colores es extraordinaria. La música de Nino Rota magistral (se puede escuchar a Wagner o la partitura del propio Rota arropando cada momento de carga expresiva como si fuera un guante). El montaje es de una inteligencia maravillosa. Y el guión hace que los personajes crezcan cada vez que abren la boca, que entendamos lo que supone el proceso creativo, de ese caos que se ordena milagrosamente para mostrar un cosmos completo.
Los artistas tienen una ventaja sobre el resto de las personas. Son capaces de crear un mundo en el que se pueden modificar todas aquellas cosas que no terminan de encajar. Miran y ven lo que otros son incapaces. Esa es la libertad. Crear un mundo a medida. Y si no está presente no hay nada que hacer.
Grandiosa película.
© Del texto: Nirek Sabal


dic 14 2011

La fuente de la vida: Una idea sencilla

En cine, como en cualquier otro territorio, los gustos personales son, eso, gustos subjetivos y con una relevancia más que relativa. Una película puede gustar o no. Y esto no la hace mejor ni peor. Conozco muchas personas que encuentran inaguantable el cine de Federico Fellini aunque el director italiano es un genio. No dejará de serlo, pase lo que pase, guste mucho o poco.
El problema no es que los gustos se arrimen o no a la obra. Insisto en que eso lo podríamos considerar inmaterial. El asunto tiene que ver, casi siempre, con la capacidad del espectador para entender un tipo de cine concreto. Y esto no convierte al espectador en un ser más listo o más tonto. Sencillamente, las películas, igual que las novelas, tienen un momento determinado. Si llegan a destiempo es difícil que se entiendan, se digieran o gusten. Advierto que en eso que llamo espectador incluyo a los críticos. A los de este blog también.
La fuente de la vida es una película difícil de entender. La propuesta es atrevida, lírica hasta más no poder y no se parece a casi nada de lo que anda suelto por el circuito cinematográfico. Por otra parte, no ayuda mucho un montaje (lo más flojo de la película) que abusa de las repeticiones buscando la suma de minutos de proyección sin una aportación clara de ese material que aparece sin un sentido claro. Hasta donde sabe el que escribe, parece que el presupuesto se quedó corto y el director, Darren Aronofsky, tuvo que hacer magia potagia para salir del paso. Y estas cosas no se pueden disimular. Sin embargo (llegan las buenas noticias), Hugh Jackman interpreta el personaje principal logrando, seguramente, el mejor de sus trabajos. Rachel Weisz (fotografiada espléndidamente) llena la pantalla de principio a fin. Esto, aunque no explica nada, ayuda a tener paciencia y poder descubrir de qué va la cosa. El despliegue en la iluminación es espectacular (esto se convierte en un arma de doble filo puesto que pudiera parecer que prima la forma sobre el fondo en algún tramo de la película). El guión del propio Aronofsky y de Ari Handel es mucho más sencillo de lo que parece. Es verdad que la acción transcurre en tres escenarios diferentes y las rupturas espacio-temporales son muy constantes, pero un espectador atento no debe tener problemas para hilar lo que le van contando. También es cierto que una lectura profunda que busque el sentido es más fatigosa y requiere un esfuerzo extra, pero esto pasa en cualquier película de calidad.
En definitiva, esta es una película que hay que saber ver y entender.
El director se apoya en una historia de amor, más que dramática, para abordar el asunto que queda por debajo de lo puramente narrativo. Algunos se han empeñado en afirmar que La fuente de la vida es un canto al amor o algo así cuando,en realidad, es una película que ataca la imposibilidad del ser humano para comprender nada de este mundo si no asume su lado espiritual. Lo material frente a lo espiritual, lo efímero frente a lo eterno, la muerte frente a una existencia eterna. ¿Es un vehículo el amor? Sí, pero sólo un vehículo. Igual que lo es para contar esta historia. Y se apoya en tres escenarios y tiempos diversos. La época en la que la inquisición imponía su ley en el mundo civilizado, el presente y un futuro lejano. La explicación de todo se encuentra es ese pasado, en lo que fuimos. El presente es incontrolable, es donde nos topamos con la finitud de nuestra existencia. El futuro es el que representa la perfección porque lo podemos imaginar, modelar a nuestro antojo. Pero, sin embargo, estos tiempos son lo mismo. Todo sucede en el mismo instante, tomo adquiere sentido en esa unión entre cuerpo y alma. El resto pasa a ser una anécdota. Aronofsky maneja como materiales narrativos la ciencia y la leyenda. Los enfrenta para que vayamos construyendo un puzzle en el que cada pieza es nuestra forma de entender esa espiritualidad. Y, técnicamente, utiliza planos detalle que invitan a confundir unas cosas y otras. Al fin y al cabo, son distintos objetos que simbolizan lo mismo. El director sabe que el mundo es simbólico y maneja la idea con acierto. Por eso mismo, una alianza de casado se pierde o una nebulosa llamada xib’alb’a encierra una estrella moribunda que cuando explote dará vida a otras estrellas. Ver esto y no buscar el significado es quedarse a medio camino. Y en la vida (otra idea que defiende el director) no hay atajos. Los caminos hay que recorrerlos sin intentar una trampa para acortar.
En definitiva, estamos ante una propuesta que defiende que el tiempo no importa. Porque el tiempo no existe si el hombre comprende que liberado de lo material todo puede llegar a ser posible, si convierte la muerte en una acto de creación de vida.
Este es una película que puede gustar mucho o muy poco. Algunas críticas intentaron ser demoledoras. Otras intentaron lo contrario. Esta es una película que en la superficie no dice nada aunque esconde una forma de entender las cosas muy interesante. El que escribe se queda con una sola cosa puesto que el resto se podría discutir durante muchas horas con la filosofía por delante. Y esa idea es muy sencilla: el ser humano no es Dios. Es humano. Pero puede elegir la forma de serlo y llegar a ser más persona en cada movimiento. Sencillo. Y muy olvidado en los tiempos que corren.
Una última cosa. La partitura de Clint Mansell es sencilla es su composición aunque aporta una capacidad expresiva fascinante. No dejen de buscar el matiz de la imagen atentos a cada nota.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube

mar 20 2011

Mujeres al borde de un ataque de nervios: El mundo en una coctelera

La influencia de Federico Fellini en el cine de Pedro Almodóvar es algo patente. Pero vaya, que no es nada del otro mundo. El cien por cien de los directores actuales están en las mismas circunstancias. Al menos los que saben hacer buen cine.
Fellini muestra una estética muy parecida a la de Almodóvar. Cutre, pueblerina; otras veces sofisticada; casi siempre unidas. Las bandas sonoras de sus películas son demoledoras (Fellini gana la partida al español en el territorio de la música original). Los diálogos de sus películas suelen ser extraordinarios por su extravagancia, por su inteligencia y por servir de soporte a la evolución de los personajes. La sombra de ambos, de sus egos enormes, atrapa cada escena que ruedan. Y si no es la sombra de sus egos son ellos en persona o su experiencia vital. El cine de ambos se funde en sus parecidos. Podríamos hacer una extensa lista llenando páginas enteras. Pero esto no es lo verdaderamente interesante. ¿Son genios del cine porque sus películas enseñan similitudes técnicas o estéticas? ¿Podríamos decir que los directores de cine son copias de los anteriores? ¿Es eso lo que quieren los nuevos para hacerse un hueco en el mercado cinematográfico? No a todo. Y si alguno lo cree puede ir pensando en dedicarse a otra cosa. Las cosas en el mundo del arte funcionan de otra forma. En las empresas puede ocurrir que un imbécil con dinero haga más dinero. En el del arte, el que es un desastre no se come una rosca.
El cine de Fellini y de Almodóvar confluyen en algo mucho más importante, en un nivel que muy pocos son capaces de transitar con acierto. Los dos agarran una parte del mundo; lo agitan con fuerza; logran aislar lo fundamental; lo colocan tal y como ellos entienden que es el mundo por debajo de lo que se ve; ruedan escenas y lo hacen universal. Dicho así, parece sencillo aunque, en realidad, es algo magnífico que sólo pueden hacerlo unos poquitos. Que, por ejemplo, los planos picados y contrapicados se utilicen para esto o aquello forma parte de la estética y de la técnica, pero eso lo podría llegar a hacer cualquiera con el proceso formativo adecuado. Que la banda sonora acompañe con perfección la imagen es cosa de los músicos y cualquiera puede contratar al mejor o pagar los derechos de autor de los mejores para usar sus temas. Que la iluminación sea perfecta tiene el mismo problema. Todo se puede solucionar salvo la genialidad del que mueve la coctelera y ordena el resultado.
El mundo ordenado tal y como lo ve cualquiera es un mundo patético y facilón. Es el lugar donde más estereotipos hay, es el lugar en el que peores escenarios puede uno encontrarse, es el espacio en el que mayor número de idioteces pueden oírse. Podría parecer que Fellini o Almodóvar reproducen eso. Y no. Nada más lejos de la verdad. Otra cosa es que representen realidades reconocibles, espacios comunes en los que su mensaje llegue con claridad al espectador. Es decir, la realidad es un vehículo, pero no es el mundo, no es el universo que todos pisamos. Si algo caracteriza el cine de estos genios es la constante huida que les lleva lejos de eso que conocemos como verdad.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es, posiblemente, la mejor película de Almodóvar. Es verdad que el director ha evolucionado en su cine hacia la exquisitez técnica. Eso es verdad. Pero al mismo ha retrocedido en sus películas posteriores en ese sentido último que manejaba al principio aunque mantiene niveles más que buenos.
Almodóvar llena la coctelera de normalidad, la disfraza de disparate y no la entrega, de nuevo, convertida en eso que arropa lo cotidiano aunque nadie está dispuesto a reconocer. El mundo es un conjunto de situaciones delirantes que convertimos en cotidianas para poder sobrevivir, para no sentirnos aislados ni volvernos locos. Y es que de eso va la película. Otra cosa es que no paremos de reír mientras la vemos. Tal vez nos hace tanta gracia porque no queremos que nos mate un ataque de pánico que siempre está sobre nuestras cabezas y que tiene que ver con lo que somos y no enseñamos.
Pepa e Iván trabajan juntos. Iván ha dejado a Pepa embarazada aunque no lo sabe. Ella le pide que deje la casa. La casa se llena de seres extraños que buscan explicaciones donde no las hay. Hablan de forma extraña y nos hacen reír. Escuchan música que nos hace reír. O llorar. Buscan lo que todos nosotros. Eso sólo nos puede hacer llorar.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es una película magnífica que todos deberían ver para entender lo que intenta Pedro Almodóvar cuando se pone detrás de la cámara. Carmen Maura, Antonio Banderas (¿este hombre sigue vivo, es el mismo que se pasea por Hollywood, se le ha olvidado eso de actuar?), Julieta Serrano y María Barranco forman parte del elenco (entre otros) y su trabajo es espléndido gracias a la dirección de actores de Almodóvar. La historia es fantástica y muy divertida. No dejen de echar un vistazo. Aunque sea por cuarta vez. Sigue mereciendo la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


dic 12 2010

Las noches de Cabiria: Poética exquisita

El mundo es rotundamente injusto con los inocentes, con los que rozando la ingenuidad pretenden hacer la vida de los demás un poco más dulce. De nada sirve la bondad, ni la preocupación por el prójimo. La vida es una selva y los habitantes de este mundo un compendio de sujetos que se mueven por puro egoísmo, donde no importa nada que no sea uno mismo. Te uso pero no me uses; Te uso pero no me molestes; Te uso pero no invadas mis espacios; Te uso y, cuando me canso, te tiro. Esa realidad, vigente hasta el mismísimo día de hoy, la reflejó como nadie Federico Fellini en su película Las noches de Cabiria.
María Ceccarelli es Cabiria (Giulietta Masina), una prostituta de los arrabales de Roma. Una mujer que, pese a la vida que lleva, es pura inocencia y sensibilidad. En sus andanzas por la ciudad, tropezará con distintos hombres, tres en concreto (aunque los relevantes son dos de ellos), que nos mostrarán las fatalidades con las que uno se puede topar. El primero de ellos, el actor Alberto Lázaro, que encarna la frivolidad, el lujo inalcanzable y el trato humillante; el segundo Óscar (François Périer) la compasión y la posible felicidad como engaño. Un paseo por el desastre personal. Pero Cabiria es capaz de sobreponerse a todo eso, pasar por encima de las humillaciones de los que se creen mejor que ella para seguir su camino. Un drama exquisito, poético.
Podría extenderme en los cientos de momentos que la película encierra, todos ellos de una profunda intensidad, pero creo, sinceramente lo digo, que nada de lo que escriba, puede llegar a ponerles en situación de lo que realmente son las escenas de una de las películas más bellas del cine. Giulietta Massina, esposa de director, está espectacular, una interpretación sobrecogedora como pocas. El contraste de un físico menudo, encantador, una cara que es capaz de decirlo todo y que contrasta con la angustiosa vida que le proporciona el director. Pasión y compasión, eso es Cabiria. El contraste constante entre la noche y el día, la vida disoluta de la prostituta y la vida deseada de orden y familia.
La fotografía, pese a ser una película en blanco y negro, tiene una luminosidad especial. Es capaz de trasladarnos desde lo sórdido y decadente a lo más puro y limpio. La música de Nino Rota es espectacular y consigue que cada uno de los momentos en que aparece, precisamente durante las noches, se conviertan en momentos especiales de la cinta.
Una de las mejores escenas, la noche final, la que finalmente cierra la película, la del desengaño, donde la realidad más tozuda se impone de nuevo pese a la sonrisa y a la mirada de María, unos ojos que, sin rendirse, me llevan a pensar que la dulce e inocente vuelve a situarse en la casilla de salida para que la vida la patee de nuevo. Un triste y poco esperanzador Game Over.
Se la recomiendo altamente, olvídense de pensar en neorrealismos, en si Fellini se rodeaba de actrices con físicos espectaculares para terminar casado con la mujer más menuda que encontró, olvídense de si el contenido narrativo de Las noches de Cabiria prima por encima de la psicología de los personajes, olvídense de todo ello y siéntense a gozar de una de las mejores maravillas del cine. Y es que, ya lo he dicho en otras ocasiones, Fellini me puede.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


sep 16 2010

Piratas del Caribe: Sobre la utilidad de una película de cine

Un adulto llega a su casa. Abre la puerta y quiere dejar atrás una vida de mierda. Se encuentra a su mujer en la cocina. Guisando. Ella está en paro desde un par de años atrás. En la habitación del fondo, los niños estudian o juegan. Han llegado poco antes. Después de un madrugón, un montón de horas de clase y un par de actividades de propina para que se hagan más listos. Y el padre, que quiere dejar una vida de mierda al cerrar la puerta de casa, les plantea que pueden ver una película. Que harán una excepción, pedirán una pizza por teléfono y comerán palomitas caseras que son las mejores. La madre deja las sartenes a un lado. Los niños sus juguetes o sus libros. El padre su vida de mierda. Miran la estantería. Tienen que elegir.
Por allí ven algo de Federico Fellini, algo de François Truffaut, Stanley Kubrick. Y tres películas juntas que sobresalen sobre las demás. Piratas del Caribe. Y es que quieren olvidarse de algunas cosas. No lo dudan.
Posiblemente, ese hombre tiene el resto de películas en su estantería porque le gusta el buen cine. Posiblemente, su mujer las ha visto con él porque le gusta el buen cine. Posiblemente, los hijos mayores ya han visto alguna de ellas. Pero todos eligen Piratas del Caribe. Cada cosa en su momento, deben pensar. Y es que el buen aficionado al cine sabe que hay películas que sirven para pensar, otras para perder el tiempo y otras para dejar la vida de mierda detrás de la puerta. Incluso que las hay que reúnen dos o más características. No es esta trilogía una castaña que se deja ver. Es verdad que la tercera entrega se pierde un poco entre efectos especiales y desdibuja a los personajes con tanto chiste encadenado, pero, en conjunto, la trilogía es muy divertida. Puestos a sacar faltas podríamos hablar de las limitaciones de un Orlando Bloom frío y aburridillo, de una Keira Knightley que parece estar más para vender revistas a los adolescentes que para hacer su papel o el pequeño disparate en lo que se convierte la trilogía a partir del final de la segunda parte. Pero no me da la gana. También hay que saber sentarse para divertirse. Esas posiciones tan rígidas en las que el espectador cinéfilo se quiere arrancar un brazo antes de ver algo que no le haga pensar me parecen una idiotez colosal. Se puede entender de cine, pero no se puede disfrutar de él si no se sabe discriminar cuando toca.
Johnny Deep es el capitán Jack Sparrow. Divertido, eficaz y creíble. Orlando Bloom es Will Turner. Un personaje que trata de evolucionar y no lo logra del todo. Aunque su historia de amor con Elizabeth Swann (Keira Knightley) mantiene buena parte de la tensión narrativa (a pesar de lo previsible que es desde casi el principio). Hector Barbossa es un pirata malo que no veas. Lo interpreta Geoffrey Rush. Todo un lujo. Y Chow Yun-Fat es el que hace de Sao Feng (otro pirata para echar de comer aparte). Más lustre si cabe.
Pues bien, todos estos actores (hay muchos más, claro, pero no se trata de redactar la nómina completa) interpretan una historia de piratas ambiciosa y muy espectacular. Va de más a menos. O de mucho a poco. Como quieran. Una historia llena de batallas, de amores, de traición, de efectos especiales, de hombres pez, de barcos fantasmas, de buques de guerra, de uñas llenas de mierda, de ron. Lo que venimos reconociendo como una película de piratas, de aventuras. Nada de pensar en nuestra sesuda mente, ni en nuestros trabajos tan importantes. Una de aventuras.
Me niego a decir nada en contra de esta trilogía. No me da la gana. ¿Lo tiene? Pues claro. Pero también lo tienen nuestras vidas y no nos tiramos por el balcón. Cada cosa cuando toca.
Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


mar 29 2010

Julieta de los espíritus: La gran excusa para poder ver caballos pastando

En una de mis incontables crisis nerviosas, cuando yo andaba de retiro espiritual, físico y social, y mi único contacto con el mundo consistía en las diarias y emocionantes tertulias con un inefable novelista al otro lado del planeta, encontré misteriosamente a “Julieta de los espíritus” junto con la prensa del día en una sala de urgencias de un fatídico hospital.
Podía haber encontrado “La pena y la piedad”, o “Quo vadis”, o cualquier peñazo de Spielberg. O qué se yo. Pero ese confuso estado mío de fuga mental constante, de surrealismo en estado puro y fantasías seudomísticas sólo podía atraer irrestiblemente un rompecabezas titulado “Julieta de los espíritus”. Toda una orgía de imágenes, de espiritistas, de colores disparatados.
Así que una tarde de invierno y mermelada, yo me metí en la cama con un caniche, un lunático Fellini y una desesperada Julieta Degli con la intención de no salir en mucho tiempo de ese ascético estado mío, de ese universo misterioso, de ese elenco de locos tan característicos procedentes de Rímini, la mayoría.

Me recreé especialmente en una escena onírica que vi compulsivamente durante días. En esta escena, la señora Degli, impecablemente vestida de blanco y con gafas de sol negras, disfruta de una soleada jornada de playa rodeada de unos pintorescos personajes hasta quedarse plácidamente dormida en su hamaca y sufrir un delirante sueño, que, horas más tarde, cuando yo preparaba mi habitual descafeinado con Orfidal de cada noche, me provocó un súbito estallido emocional y alucinatorio,del que todavía, casi tres meses más tarde, no me he recuperado. Créanme.
Con mirada y sonrisa esquizofrénicas, Fellini me cuenta, por fin en color, las peripecias místicas-oníricas de una mujer reprimida por la presión social, la iglesia y su círculo de relaciones, exactamente las mismas obsesiones del propio Fellini.
Julieta Degli tiene la suerte de pasarse una película entera alucinando entre sueños y sesiones espiritistas con la obsesión de descubrir la infidelidad de su promiscuo marido. Y así, tira de una interminable cuerda en la orilla y saca del fondo del mar y de su inconsciencia inagotables personajes fantasmagóricos con la esperanza de encontrar una respuesta, una señal secreta, que delate a Giorgio.
Yo, que no tengo marido ni promiscuos a la vista, tuve que inventarme mil excusas para para ver caballos pastando en el mar… Para tener una cuerda de la que tirar con todas mis fuerzas sin saber muy bien qué embarcación de chiflados me traería.
Caprichosa, inestable y absolutamente imprevisible como los vientos de Romaña, me dejé llevar por los sueños de Julieta, por sus pelucas multicolores, sus pamelas para el sol, sus celestiales columpios circenses… Tanto, tanto, tanto, que un maravilloso cortocircuito se produjo en mi apartamento arrasando con todas mis lámparas y visillos, arruinando mis juegos de copas, derritiendo mi nevera hasta fundir las únicas luces que me quedaban ya… Eran los espíritus de Julieta Degli aferrándose a mi nada…
Quiero concluir diciendo que este texto ha sido escrito en la misma sala de urgencias dónde encontré a Julieta y dónde laterá un hálito circense para siempre, que comparto con Fellini su percepción mágica del mundo, y que este tipo de “espéctaculo”, basado en la maravilla, en la fantasía, la burla, lo absurdo, la falta de significados fríos e intelectuales, es justamente el espéctaculo que me va a mí.
No quiero ver nunca más “Julieta de los espíritus”. Cuando la olvide, me la inventaré.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Lee Konitz – Luiza