ene 17 2014

Agosto: Catarsis familiar

Agosto es una obra de teatro que ha estado en cartelera en varias ciudades como Madrid y Buenos Aires, donde yo la vi. Su autor es Tracy Letts y las actrices que interpretaban a madre e hija protagonista de la historia en Buenos Aires eran nada más ni nada menos que Norma Aleandro y Mercedes Morán. Ahora se estrenó Agosto en los cines de Madrid y la veo una vez más, pero en esta ocasión en esta ciudad y a través de una pantalla, en dos dimensiones. El guionista es el mismo autor de la obra, Tracy Letts, y las mujeres protagonistas ahora son otras dos magníficas actrices: Meryl Streep, en el papel de la madre, y Julia Roberts, en el de la hija a la que me referí antes. El resto del elenco sigue pisando fuerte: Ewan McGregor, Chris Cooper y Juliette Lewis, entre otros.
Oklahoma, más de cuarenta grados centígrados de calor y un padre que se ausenta. Tres hijas que se movilizan para acompañar a su madre en esos momentos, las parejas de dos de las hijas y la hija adolescente de una de ellas; más una tía gorda, su marido y el hijo bobo. Por último, una chica que atiende las tareas de la casa, de raza india o native American. Todos alrededor de esta matriarca llamada Violet.
La película comienza con quien luego se ausenta: el padre y marido de Violet (Sam Shepard) contratando a la chica que cuidará de su esposa enferma de cáncer de boca. Y a los pocos minutos, esta Meryl Streep entra en escena, absolutamente demacrada, con una caracterización espectacular para una enferma de cáncer bajo los tratamientos de la quimio y los rayos. El padre, nostálgico, melancólico, como anunciándonos una despedida, cita a T.S. Eliot y ese plano inicial de la llanura seguido de su biblioteca se quiebra en la acidez, el cinismo y en el sarcasmo de Violet que irónica promete comportarse como una sweet sick.
Con el hombre ya ausente, los miembros de la familia se reunirán en torno a la mesa ovalada del comedor y se desatará la catarsis familiar esperable para este tipo de familias disfuncionales lideradas por una madre drogadependiente e hiriente y tres hijas con caracteres diferentes y situaciones amorosas particulares. El personaje interpretado por Julia Roberts es el de la hija de carácter fuerte, la que pone o intenta poner orden en la familia, la que acarrea con la culpa del dolor depresivo de su padre, pero también la loca, la abandonada y traicionada por su marido, la insoportable, la hostil, la que aleja a quienes más ama; la que se quedará sola, a pesar de todo y a pesar de nada. Las otras dos hermanas son, en cambio, más pasivas pero igual de independientes. Y ninguna de las tres querrá hacerse cargo de esa madre enferma y destructiva. El viaje, la mudanza a ciudades lejanas, es la alternativa de vida para cada una de ellas y ninguna renuncia a ello por la enfermedad de su madre, cosa que no nos hace pensar en ningún momento en egoísmo sino más bien en autoprotección, aunque la salvación al fin de cuentas no sea posible para nadie.
Como dice la narradora del libro La hora de la estrella de Clarice Lispector: Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?, los personajes de Agosto también oscilan entre el lobo y el cordero, el odio y la compasión, la comprensión y la intolerancia, la honestidad y la traición, la solidaridad y el ego, la esencia y la materia. La escena en la que la madre y sus tres hijas están sentadas en el jardín, en una hamaca, escuchando un relato de la infancia de Violet narrado por ella misma, es desgarradora: la lágrima que no llega a rodar por la mejilla derecha de Meryl Streep, la mirada resentida en la interpretación de Julia Roberts, la salida de escena de Julianne Nicholson y la ingenuidad repugnante y algo patética del personaje de Juliette Lewis es una y solo una de las tantas, tantísimas escenas que hacen que salgamos de esta sala de cine devastados, agotados y compungidos. Algunas risas permiten calmarnos durante la película, respirar con más soltura, pero este es un drama, un dramón, y se siente en cada uno de los poros de la piel incluso cuando rítmicamente suena Eric Clapton.
© Del Texto: Flor Bea


feb 11 2013

La sombra de la noche: Cuando el desenlace es eterno

Cuando una película es prescindible tenemos un problema. Si esa película trata de ser una narración que se mueve sobre el suspense, el problema es muy serio. Si, además, el desenlace (que intuimos a los diez minutos) se alarga y ocupa tres cuartos del metraje, sin justificación alguna, el cabreo del espectador puede llegar a ser morrocotudo. ¿Puede ser la cosa peor? Pues sí. Porque puede ser que la película sea una remake, casi exacto, de otra. Esto es La sombra de la noche.
El reparto de la película no está nada mal. Todos jovencitos que han terminado siendo famosos (Nick Nolte ya lo era y no tan jovencito). Ewan McGregor, Patricia Arquette, Josh Brolin, John C. Reilly y el mencionado Nolte. Estos son los principales actores. Correctos excepto Arquette que está horrible. Le ponen ganas y entusiasmo (Nolte algo más soso que los demás), pero con tan poca cosa entre manos que es difícil que la cosa funcione.
Ewan McGregor. Como ya pasaba en El vigilante nocturno, está dibujado desde el exceso. Puede ser una cosa u otra a la vez. Eso es algo que debería estar justificado absolutamente si queremos que sea creíble y, por supuesto, de justificación nada, ni rastro. Su amigo (el personaje de Brolin) es otro que puede ser sospechoso desde el principio, que puede ser un idiota o un héroe. Explicación para que esto sea posible: ninguna. El personaje de Nolte es un desastre absoluto. Se quiere disfrazar de incongruencia con un pasado que resulta más incongruente todavía. En fin, un desastre. El ritmo narrativo va de más a menos. Y las lagunas son inmensas. Además de una dilatación excesiva en el desenlace que aburre a las ovejas, hay cosas difíciles de explicar. Para ser más exactos, imposibles de explicar. Hay un momento en que Martin ve una serie de rastros de sangre, Los sigue y al final de esos rastros hay un cadáver. Avisa y, al poco tiempo (muy, muy poco) el cadáver está en su sitio (encima de una camilla que está lejos), todo está limpio como la patena y el que ha realizado todos los movimientos con el cadáver y la limpieza (luego lo sabemos) ha hecho todo esto quedando en perfecto estado de revista, como si saliera de la Pasarela Cibeles. Por otra perte, cuando el asesino (ya sabemos quién es) es descubierto en un piso durante una de sus faenas (matando meretrices y sacándoles los ojitos) deja que se escape el testigo y, como es normal en estos casos, se queda tranquilamente terminando el trabajito. De estas hay varias.
Prescindible. Mediocre. Pueden ahorrarse el esfuerzo. No perderán nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 16 2012

Lo imposible: Un tsunami lacrimógeno

La línea que separa lo emotivo de lo lacrimógeno es muy fina. Y dar un paso en falso entrando de lleno es lo prescindible, cuando se habla de esos asuntos, es un error garrafal.
Si dijera que Lo imposible es una mala película estaría exagerando sus defectos. Si dijera que es una obra excelente estaría siguiendo la estela de una campaña de marketing muy exagerada. Porque Lo imposible es una película más y no pasando mucho tiempo quedará por debajo de las obras maestras que es donde debe estar. Aunque arrase en taquilla durante las próximas semanas.
Desde el principio el director deja bien claro, por escrito y en pantalla, que la historia que va a contar es una historia verdadera. Lo cierto es que si este guión fuera producto de la imaginación de un autor cualquiera nadie la tomaría en serio, no sería creíble. Es un auténtico disparate. Pero lo cierto es que eso pasó y la actitud del espectador es asumir lo que le echen sin rechistar. De aquí llega el título. Y es al principio cuando la película tiene más fuerza. Narrativamente potente, con un ritmo que hace aumentar la tensión con rapidez hasta remover en el asiento a todos, parca en diálogos aunque suficiente. Pero a partir de las escenas del tsunami (muy bien rodadas y tratadas digitalmente con esmero) la cosa va derivando hacia el drama de una familia que podría contarse en otro ámbito, en otro momento, sin que se modificase nada de lo esencial. La emoción, la conmoción deja espacio a la lágrima fácil; los silencios de los personajes que se sustituyen con un sonido aterrador dejan paso a frases vacías y traídas por los pelos. Es la imagen, la zona visual la que mantiene algo elevado el nivel del conjunto. Todo esto se acompaña con una banda sonora fallida. No puede ser que un trabajo que aspira a ser algo grande utilice la música para que llores más, para que te fijes más, para que si no te emocionas con la historia te emociones por narices. Todo un arranque potente e inquietante se va diluyendo en nada.
Tom Holland es el joven actor que arrastra todo el peso interpretativo de la película. No lo hace nada mal. En este caso concreto, el director Juan Antonio Bayona, hace un trabajo sobresaliente con el actor. Naomi Watts y Ewan McGregor están más discretos. No es que parezcan aburridos, pero tampoco destacan de forma especial. Es verdad que el papel de Naomi Watts era difícil ya que estar metida en el agua para actuar es siempre desagradable y dificultoso. Eso es verdad aunque no puede servir de excusa para defender el papel de forma justita. Lo emocionante no viene de las interpretaciones. Llega desde un clima que el director logra muy bien en el primer tramo de película; cuando nada es exagerado ni buscado de forma artificial.
Los que sí tienen gran mérito son los técnicos de sonido, los técnicos de efectos especiales y visuales, los peluqueros y los maquilladores. Su trabajo es excelente sin paliativos y huele a lluvia de premios.
Lo imposible es una buena película. Muy entretenida. Pero con demasiados peros. Algún día, su director se arrepentirá de haber cedido ante las ganas de hacer taquilla. Tenía un diamante entre las manos y con tanta congoja lo ha dejado caer.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 22 2012

Big Fish: Vidas extraordinarias

Cualquier manifestación artística debe conseguir que los sentidos funcionen al máximo para que las emociones hagan saltar por los aires lo cotidiano.
Hacer de la vida; de una vida cualquiera, una vida de esas que todos tenemos; algo inolvidable para el que la vive, es cuestión de mantener las emociones en constante movimiento. Sólo así nos podemos sentir únicos y exclusivos, sólo así nos recordarán como seres especiales los que se sintieron del mismo modo mientras compartieron con nosotros cada minuto apasionado y apasionante.
Que yo sepa, la única forma de conseguirlo es fabulando, creyendo que lo inventado es cosa normal y lo normal cosa de sueños. Que yo sepa, la única forma de conseguir una vida extraordinaria es convirtiéndola en obra de arte. Parece cosa de escritores lo de inventarse vidas. Y no, los inventores lo que hacen es contarse, una y otra vez, la suya propia sin el pudor añadido de hacerla pública. Es algo que cualquiera puede hacer sin intentar vender libros. Esto sirve para los directores de cine, los escultores, los pintores o los artistas callejeros.
Tim Burton siempre me ha parecido un director irregular. A una película más que notable le puede seguir un pestiño absoluto, y a un pestiño una obra genial. Big Fish está entre las maravillosas. Por lo bien que describe el proceso creativo y su importancia, por lo bien que muestra cómo cualquier vida corriente puede ser extraordinaria, por lo bien que están los actores en sus papeles (Ewan Mcgregor, Albert Finney y Jesicca Lange especialmente), por lo claro que deja el espacio que ocupan realidad y ficción y el espacio que comparten ambas, por lo emocionante que es.

La película está llena de lugares fantásticos muy propios del cine de Burton, lugares fronterizos con la realidad y que pueden ser modificados si alguien cree que eso es posible. La película está llena de historias de amor y de amistad que se colocan, también, en la frontera en la que todo es importante o nada. La película está llena de aventuras que vivimos cada día, pero que no nos parecen nada del otro mundo, que se ven como insulsas y descargadas de cualquier emoción posible.
Algunos dicen que la película es un pastel lacrimógeno. Esta vez, me temo que están en un error. Hay que mirar desde la emoción cuando nos hablan de eso mismo. Plantarse ante cualquier cosa con lo intelectual por delante se convierte en un filtro imposible de sobrepasar. Lo intelectual puede quedarse escondido y no pasa nada. Y es una virtud saber hacer que desaparezca cuando toca. Además, ¿quién dijo alguna vez que la razón y el pensamiento (por profundo que sea) están reñidos con la emoción? Es al contrario.
Sería una pena dar pistas sobre la trama, sobre lo que representa ser un pez impescable, sobre donde deja Burton colocados los límites de una cosa u otra. Sería una pena que alguien (después de ver la película) se negara a plantearse que la muerte está pegada a la vida, que la alegría se arrima a la nostalgia o que el mundo es distinto a como lo vemos si hacemos un pequeño esfuerzo.
Una mínima capacidad de fabulación o ver una película tan exquisita como Big Fish nos permite convertir nuestra vida en algo colosal, en una obra de arte. Da igual lo que vean otros. Una obra de arte. Qué cosa tan grande.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 6 2012

La pesca del salmón en Yemen: Quedarse corto

Empezaré con los datos técnicos de esta producción para aquellos que van al cine en función de quien dirige una película o de quién la protagoniza. En este caso, La pesca del salmón en Yemen, está dirigida por Lasse Hallström y protagonizada por Ewan McGregor, Emily Blunt, Kristin Scott Thomas y Amr Waked. Este tipo de elección suele ser un fiasco, pero en fin.
Sin embargo, los que esperen encontrar una película del nivel de Las normas de la casa de la sidra del mismo director, pueden ir preparándose para encontrar algo completamente distinto, algo con bastante flojera aunque no por ello debe  dejar de reconocerse que tiene algunas cosas buenas. La primera la fotografía; la segunda, la fotografía y la tercera, pues también, la fotografía.
El argumento: Un jeque de Yemen, con residencia habitual en Escocia, aficionado a la pesca del salmón por los principios personales y morales que esa actividad encierra (¿?) pretende llevar hasta el Yemen esa actividad. Para ello contará con una asesora legal, con un funcionario gris del Ministerio y con una inversión multimillonaria que contará, inicialmente, con el visto bueno del Gobierno británico en un intento, de este último, de mejorar las relaciones árabe-británicas. Sin embargo, pese al enorme empeño del Jeque y la asesora, en algo tan estrambótico como intentar llegar peces de agua fría, que nadan contracorriente, a un país seco, sin agua y más bien inhóspito; las dificultades serán mayúsculas. En el interín, la vida del funcionario gris, descreído inicialmente del proyecto, con un matrimonio desastroso dentro de lo convencional; la vida de la asesora pendiente de una relación con un soldado destinado en Afganistán y desaparecido en combate; se desmoronará para convertir a dos seres absolutamente antagónicos en dos puntos de apoyo cruciales en sus vidas. Mientras tanto, desastres fluviales, alegrías, etc.
Hace falta rascar un poco para que, tras esa apariencia de película estúpida, se encuentre algo más. Porque el absurdo proyecto que tienen entre manos, es lo de menos. La esencia de la película radica en la necesidad de ir contracorriente para poder seguir viviendo, para no conformarse y tener fe, creer en la capacidad de uno mismo, en la de los demás.
Sin embargo, como digo, aunque el tema que pretende afrontar la película, que mezcla grandes dosis de humor con contenida emoción y tristeza, es ese y puede parecer un buen reto para una propuesta en el cine (como lo podría ser para cualquier otra cosa), se queda corta y lo mejor termina siendo la fotografía.
Una recomendación, si piensan verla, háganlo en versión original. Les parecerá un poquito mejor, seguro.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 22 2012

Trainspotting: Marcas para la eternidad

Hay películas que no dejan la más mínima marca en el que mira. Otras te divierten durante un par de horas y luego las olvidas. Nada de marcas. Las hay que, durante algunos días, consiguen que te plantees aspectos que, definitivamente, no quieres o no puedes modificar. Tampoco dejan nada más allá de pequeños rasguños. Pero también las hay que funcionan como bombas de relojería que explotan cuando te sientas a observar, que vuelven a estallar en cuanto te descuidas, que se quedan instaladas en cualquier lugar innacesible de la consciencia para quedarse por siempre jamás.
Hubo un tiempo en que creí que lo terrible de la vida estaba aislado de la zona más divertida; que la decencia se encontraba a un millón de kilómetros del territorio más sucio de la vida. Todo ocupaba un lugar aislado y exclusivo. Hubo un tiempo (soy hijo de la última etapa franquista y de la transición posterior) en que nos enseñaban un mundo pulcro y azucarado que nos creíamos de cabo a rabo. Pero hubo un tiempo en el que millones de muros se derribaron casi al mismo tiempo. Muros que no dejaban ver el mundo.
Y pasaron los años. Y llegó Trainspotting.
Aunque ya era una evidencia que el mundo era otra cosa; aunque las cosas se habían colocado en su sitio; fue el día que apareció una realidad pensada por muchos, pero que nadie había convertido en real con esa fuerza y con ese descaro. Si no me equivoco fue en 1996 (es igual) cuando Danny Boyle se plantó con su película dejándose de idioteces y pintando las cosas del color justo.
Ya sé que se habían estrenado cientos de películas durante los veinte años anteriores que intentaban hacer lo mismo, que Kubrick había rodado La Naranja Mecánica para desmontar este garito que llamamos mundo y que, cómo él, lo habían intentado muchos. Pero Trainspotting fue otra cosa. Todo era la misma cosa. Incluso las cosas eran lo contrario a lo que uno tenía grabado a fuego en el pensamiento.
Mark Renton (Ewan McGregor) corre camino de su destrucción. Sus amigos le acompañan. Se drogan, roban, no dan un palo al agua, desean que el mundo no pueda con ellos. Se divierten con cada paso que dan hacia el abismo.Vemos casas asquerosas, gente asquerosa, mucha droga (las escenas que enseñan el momento de meterse heroína son escalofriantes), mucha mierda y, de paso, mucho gilipollas. Usted y yo somos los gilipollas. Todo lo que representa la decencia, el trabajo duro, la familia unida y besucona, todo eso, es la parte gilipollas del mundo. Lo divertido es ser como Renton y sus colegas. El mundo es una mierda, así que yo lo pisoteo.

Renton logra desengancharse de la heroína, acceder a un puesto de trabajo y ganar un sueldo. Los amigos le buscan para que él sea su soporte financiero en el trapicheo con caballo. Y Renton, ya disfrazado de persona normal y decente, se la juega a todos. Es decir, logró ser fiel a sí mismo mientras era lo que llamamos un tirado.
Es curioso que ahora esa parte del mundo que el director pintaba como la parte gilipollas esté llena de droga, de capullos, de mala gente y de egoístas traidores. Al final, eran la misma cosa. Qué razón tenía.
La película es sensacional. La trama es trepidante, los actores están muy bien en sus papeles (sin excepción), el ingenio y la ironía (también el sarcasmo) inundan cada secuencia, McGregor destaca en su interpretación (mucho mejor que haciendo de Jedi), la estética es exáctamente la necesaria. En fin, es una maravilla. Se sufre de lo lindo con ella, pero, al mismo tiempo, las risas están garantizadas. Y es que, al final, todo es la misma cosa. Depende de lo que queramos hacer o ver, cambia. Reír, llorar, sufrir. Eso depende de cada cual ante lo mismo. Qué peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 2 2012

Beginners: Nacer, morir, empezar

Durante nuestra vida nacemos miles de veces. Morimos otras tantas. El primer nacimiento y la última muerte son las que suman en los registros civiles, los que nos afilian a la sociedad de forma oficial, pero son las innumerables muertes y vueltas a la vida las que nos aportan personalidad e importancia. Cada cambio, cada toma de decisiones (sea errónea o afortunada) nos hace ser otros, nos convierte en fantasmas que adoptan lo anterior como equipaje obligado. Al fin y al cabo, eso es lo que somos; nuestro propio equipaje, algo que debemos colocar perfectamente para que entre en el espacio que tenemos, casi a diario.
Nacer. Morir. Empezar.
Esto es lo que cuenta una de las comedias más infinitamente tristes de los últimos tiempos. Y lo cuenta para eso, precisamente para hablar de lo extravagantemente triste que es la vida entendida como sucesión de muertes y nacimientos. Aunque, lo grande de esta película también llega arrasando al convertir todo eso en algo agradable y divertido. Lo triste es divertido. También lo es aunque parezca mentira.
Beginners narra una historia disparatada. Está basada en una historia real y, por tanto, es mucho más disparatada que cualquier invención. Oliver (Ewan McGregor) es diseñador gráfico. Conoce a Anna (Mélanie Laurent) que es actriz. El padre de Oliver (Christopher Plummer) acaba de morir; la madre murió poco tiempo antes. Los padres de ella es como si no existieran. Oliver y Anna se conocen y desean amarse. Pero para que eso pase todo debe cambiar. Se deben convertir en fantasmas de lo que son. Y eso es duro. Oliver nos trae y nos lleva y nos saca de sus propios recuerdos. Quiere entender, que le entendamos, que ella entienda. Busca ser lo que es. Anna hace lo mismo. El padre de Oliver también (declara su homosexualidad a los 75 años después de una vida entera casado con una mujer y una vida aparentemente heterosexual).
Toda la trama se desarrolla apoyándose en las imágenes que Oliver va dibujando y que dan sentido a lo que va pasando, a lo que sucedió; apoyándose en fotografías de diferentes épocas, en nombres de personas relevantes. Y ese es un punto de apoyo muy inteligente que permite al espectador acompañar al personaje sin hacer grandes esfuerzos. Todo lo matiza una banda sonora muy apropiada que tiene un protagonismo justo. Y todo se redondea con las interpretaciones de los actores principales. El premiado Christopher Plummer está fantástico (su papel podría provocar cierto histrionismo y, sin embargo, se controla en todo momento consiguiendo un personaje creíble al máximo) y sus dos jóvenes compañeros de reparto -McGregor y Laurent- más que bien.
La película es muy, muy entretenida. Bajo la apariencia de comedia ligera sin grandes profundidades, el espectador que indaga encuentra cosas interesantes, ideas de importancia y puntos de vista diversos que convierten la realidad de los personajes en un lugar lleno de colores con significado propio. Y emociona que podamos tratar asuntos que fueron prohibidos (no hace mucho) con naturalidad, sentido del humor y sin complejos. Una película recomendable que se puede ver en familia y que garantiza un rato espléndido que deja su huella.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 19 2011

Casandra’s Dream: El precio de morir o vivir en paz

¿Qué precio pondría usted a su decencia? ¿Ha de ocurrir algo extraordinario en su vida para que ese precio cambie? ¿Salir del paso es suficiente razón como para modificar la vida de forma radical?
No conozco a nadie que no crea tener claras estas cosas. Al menos eso afirman con gran seguridad. Yo, desde luego, dejé de saber contestar a esas preguntas hace muchos años.
¿Debe castigarse la actitud de una persona o sólo si esa forma de entender trae consecuencias a otros? ¿Dónde está la frontera entre el delito y la falta?
Respuestas para estas preguntas ya son más difíciles de encontrar. Aunque los hay que también afirman con rotundidad que esto lo saben. Yo, ya lo he dicho, hace muchos años que dejé de intentarlo. Aunque siempre tenemos el cine Woody Allen para centrarnos mínimamente. En Casandra’s Dream aborda, otra vez, el asunto del crimen y del castigo, de lo mal hecho o de lo irreparable y condenable. Ya lo había contado en Match Point o Delitos y Faltas, por ejemplo.
Esta vez nos presenta otro asesinato, pero (como novedad) con la justificación absolutamente materialista. Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) necesitan dinero. Uno para pagar deudas de juego; el otro para cumplir con sus sueños especuladores. Ambos, además, quieren contentar a sus parejas (Hayley Atwell y Sally Hawkins). Aparece en escena el tío Howard (Tom Wilkinson), un cirujano adinerado que se ofrece a prestar ayuda aunque el precio a pagar es muy alto.
Woody Allen (guionista una vez más de la película que dirige) hace un despliegue de elegancia al narrar propio de un profesional con gran oficio (de lo que ha demostrado ser desde hace años y años).
Con una fotografía impecable aprovecha para enseñarnos la parte más amable de Londres. En este aspecto, recuerda ligeramente a su película (su excelente e inolvidable trabajo) Manhattan.
Logra mantener una tensión narrativa extraordinaria desde el primer momento. Esto que, dicho así, parece algo sencillo, es la zona más difícil de la narración en cualquier manifestación artística. Porque se debe armonizar la acción con el progreso de los personajes. No puede pasar algo sin que el personaje evolucione, no puede sufrir un cambio nadie si no pasa nada. Woody Allen consigue que eso llegue con naturalidad al espectador. Con naturalidad, credibilidad y solvencia.
La música acompaña la acción sin grandes alharacas, pero de forma exacta.
Como ya es habitual en el cine de Allen se hace presente una dirección de actores más que notable. Desde la primera secuencia en la que aparecen, los actores y actrices se instalan cómodos en la pantalla. No hace falta incidir sobre las excelentes interpretaciones de todo el elenco.
Arrepentimiento, miedo, los límites de la condición humana, los límites personales de cada sujeto, la culpa, la falta de ella, el no saber, el saber sin querer implicarse y consintiendo, la falta de conocimiento, la imposible marcha atrás y el fingir la personalidad de otro hasta que crees ser él; son asuntos que se mezclan en el guión para hablar de esa frontera que nunca sabemos situar y que puede cambiar nuestras vidas para siempre.
El orden de las cosas existe y si alguien las descoloca, algo o alguien, las dejará donde estaban. En su lugar exacto.
Ataca Allen todo esto desde lo implícito. Mucho de lo explícito parece ocultarse (a veces con movimientos subjetivos de la cámara de forma descarada) con el fin de cuidar esa estética tan distinguida que el director agarra y hace suya. No es necesario enseñar un cadáver para saber que alguien ha muerto.
Un nuevo ingrediente aparece en esta cinta respecto a las que ya trataban el mismo asunto. La ventana que queda abierta para siempre cuando alguien hace algo inusual y extraño. Cualquier repetición es posible a partir de ese momento. Y desde ese lugar, los personajes evolucionan a toda máquina hasta aparecer en plenitud. Como debe ser.
Allen logra un producto atractivo y convincente (tal vez se apresura algo llegado el momento del desenlace) y da una lección (otra más) sobre como se rueda una película de cine. Desde luego, no es la mejor de sus películas, pero si la firmara un desconocido estaríamos hablando del gran descubrimiento del siglo XXI.
Enretenida y una excusa perfecta para refexionar sobre eso que siempre negamos, sobre la posibilidad de traspasar la frontera entre el bien y el mal. Es una película de Allen, es buen cine. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 20 2010

El escritor de Roman Polanski o como intentar convertir un juego de niños en algo serio

Decir, a estas alturas, que El Escritor es una película menor en la carrera de Roman Polanski, no descubre nada nuevo.
Decir que para Ewan McGregor esta interpretación no significará mayor reconocimiento tampoco es ninguna sorpresa.  Y que se constatan las limitaciones de Pierce Brosman es algo poco original.
El escritor es una película previsible. Hasta el aburrimiento. Si el espectador ha visto un par de películas de este corte sabrá en el minuto diez (siendo generoso) lo que va a pasar del once en adelante. Está llena de clichés e incluso aparecen cosas ya vistas en otras ocasiones. Debe ser que la novela de Robert Harris (en la que se basa todo este desastre) les gustó mucho a Polanski. Será eso. Sabemos, desde muy pronto, los líos de alcoba que existen, los que existirán los intuimos; que en el manuscrito de la novela hay algo que es importante aunque la apariencia de ese documento sea inofensiva; incluso (los que ya hemos visto alguna película que otra) sabemos que los principios de los capítulos pueden tener un sentido si los unimos (el más casposo de los espías no utilizaría ese método por nada del mundo puesto que se conoce desde hace muchos años; sólo falta en esta película que alguien escriba con agua de limón y que aparezca el mensaje secreto al pasar un mechero por debajo). Los malos parecen malos, los buenos parecen buenos y los tontos son, realmente, tontos. Lo lamentable es que casi todos los personajes pasarían un casting con nota. Para tontos, digo. Pues eso, el guión roza lo estúpido. La fotografía es lo más notable. Más que nada porque el resto es muy limitadito y un buen trabajo parece el mejor de los trabajos. La música intenta acompañar la acción aunque, por ejemplo, si la cosa se pone chunga para los personajes, la música se pone histérica para el espectador. Algo así. Montaje, sonido, vestuario o decorados pasan desapercibidos.
Lo peor de todo es que todavía me pregunto qué es lo que Polanski quería ventilar con esta película. ¿Intentaría decirnos que allá donde miremos encontraremos un espía? ¿Que el poder del lenguaje es extraordinario? ¿Que la política es una mierda? ¿Que los malos son peligrosos? ¿Que los buenos mueren siempre a manos de los malvados? Es que no tengo ni idea y, me temo, que él tampoco. Desde luego, un tema de importancia y en el que se centra la carga narrativa no existe. eso se lo digo yo.
Seré buen fan de Polanski y lo dejaré aquí. Puestos a mirar las cosas cargado de energía positiva, El Escritor es una buena película para ver una tarde lluviosa de un domingo cualquiera. En casita, con la mantita sobre las rodillas, como preámbulo a una siesta de campeonato. Esto no se lo perdono señor Polanski.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 1 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras: El bostezo del Jedi

Perder el tiempo no puede ser bueno. Cuando sucede (al menos en mi caso) la sensación de desazón es tremenda. Si pierdes un rato, por ejemplo viendo una mala película, ese estado de ánimo no deja de ser pasajero. Poco depués la cosa no tiene importancia. Pero si, por ejemplo, filmas un tostón, la cosa ha de ser mucho peor. Los artistan saben lo que hacen. Si el producto final es bueno lo saben. Si es una castaña pilonga lo saben. Les garantizo que Grant Heslov, director de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, sabía lo que estaba haciendo al rodar la película y que es capaz de valorar el trabajo de un modo objetivo. Una castaña pilonga, pensará este hombre. Otra cosa es lo que diga en público, claro. El que crea conoce lo que hace. Y digo esto creyendo que sé de lo que hablo.
Heslov intenta una sátira sobre el ejército que se queda en una serie de gags faltos de gracia y que convierten la propuesta en un desastre monumental por aburrido. La falta de continuidad es alarmante. Las pocas ganas que le echan los actores al interpretar sus papeles es abrumadora. Y el grado de idiotez que deja ver el guionista es penosa.
Vamos a ver. En el ejército norteamericano se crea una unidad que aprovechará las capacidades psíquicas de los soldados para vencer al enemigo. Bob Milton es periodista (Ewan McGregor) y descubre, casualmente, la existencia de este grupo de militares con poderes paranormales. Tambien de casualidad, conoce a Lyn Cassady (George Clooney) con el que comienza un viaje a ninguna parte a través del desierto. Cassady es miembro de la unidad especial y disparatada. Se terminarán encontrando a hippie Bill Django (Jeff Bridges) que fue el creador de todo este lío y a un militar que logró desplazar a los dos anteriores siendo malo malísimo (este lo interpreta Kevin Spacey). Drogas, espíritu hippie, técnicas ridículas e ineficaces y muy poca inteligencia en los personajes. Tampoco le sobra al director ya le podría haber sacado mucho más partido a una idea muy divertida.
La película deja de interesar cuando acaban los créditos. Los del principio. Más o menos. Ni siquiera ese afán de los militares por convertirse en jedis puede camuflar la incapacidad narrativa del director.
Bueno, hay un gran mensaje oculto en cada secuencia. Es necesario creer en algo para conseguirlo. Bueno, son dos. La relación con el entorno es vital para el ser humano. Lo que pasa es que ya me lo sabía y no le he dado mucha importancia.
He vuelto a perder el tiempo. Qué desazón.

© Del Texto: Nirek Sabal.

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