abr 19 2011

Casandra’s Dream: El precio de morir o vivir en paz

¿Qué precio pondría usted a su decencia? ¿Ha de ocurrir algo extraordinario en su vida para que ese precio cambie? ¿Salir del paso es suficiente razón como para modificar la vida de forma radical?
No conozco a nadie que no crea tener claras estas cosas. Al menos eso afirman con gran seguridad. Yo, desde luego, dejé de saber contestar a esas preguntas hace muchos años.
¿Debe castigarse la actitud de una persona o sólo si esa forma de entender trae consecuencias a otros? ¿Dónde está la frontera entre el delito y la falta?
Respuestas para estas preguntas ya son más difíciles de encontrar. Aunque los hay que también afirman con rotundidad que esto lo saben. Yo, ya lo he dicho, hace muchos años que dejé de intentarlo. Aunque siempre tenemos el cine Woody Allen para centrarnos mínimamente. En Casandra’s Dream aborda, otra vez, el asunto del crimen y del castigo, de lo mal hecho o de lo irreparable y condenable. Ya lo había contado en Match Point o Delitos y Faltas, por ejemplo.
Esta vez nos presenta otro asesinato, pero (como novedad) con la justificación absolutamente materialista. Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) necesitan dinero. Uno para pagar deudas de juego; el otro para cumplir con sus sueños especuladores. Ambos, además, quieren contentar a sus parejas (Hayley Atwell y Sally Hawkins). Aparece en escena el tío Howard (Tom Wilkinson), un cirujano adinerado que se ofrece a prestar ayuda aunque el precio a pagar es muy alto.
Woody Allen (guionista una vez más de la película que dirige) hace un despliegue de elegancia al narrar propio de un profesional con gran oficio (de lo que ha demostrado ser desde hace años y años).
Con una fotografía impecable aprovecha para enseñarnos la parte más amable de Londres. En este aspecto, recuerda ligeramente a su película (su excelente e inolvidable trabajo) Manhattan.
Logra mantener una tensión narrativa extraordinaria desde el primer momento. Esto que, dicho así, parece algo sencillo, es la zona más difícil de la narración en cualquier manifestación artística. Porque se debe armonizar la acción con el progreso de los personajes. No puede pasar algo sin que el personaje evolucione, no puede sufrir un cambio nadie si no pasa nada. Woody Allen consigue que eso llegue con naturalidad al espectador. Con naturalidad, credibilidad y solvencia.
La música acompaña la acción sin grandes alharacas, pero de forma exacta.
Como ya es habitual en el cine de Allen se hace presente una dirección de actores más que notable. Desde la primera secuencia en la que aparecen, los actores y actrices se instalan cómodos en la pantalla. No hace falta incidir sobre las excelentes interpretaciones de todo el elenco.
Arrepentimiento, miedo, los límites de la condición humana, los límites personales de cada sujeto, la culpa, la falta de ella, el no saber, el saber sin querer implicarse y consintiendo, la falta de conocimiento, la imposible marcha atrás y el fingir la personalidad de otro hasta que crees ser él; son asuntos que se mezclan en el guión para hablar de esa frontera que nunca sabemos situar y que puede cambiar nuestras vidas para siempre.
El orden de las cosas existe y si alguien las descoloca, algo o alguien, las dejará donde estaban. En su lugar exacto.
Ataca Allen todo esto desde lo implícito. Mucho de lo explícito parece ocultarse (a veces con movimientos subjetivos de la cámara de forma descarada) con el fin de cuidar esa estética tan distinguida que el director agarra y hace suya. No es necesario enseñar un cadáver para saber que alguien ha muerto.
Un nuevo ingrediente aparece en esta cinta respecto a las que ya trataban el mismo asunto. La ventana que queda abierta para siempre cuando alguien hace algo inusual y extraño. Cualquier repetición es posible a partir de ese momento. Y desde ese lugar, los personajes evolucionan a toda máquina hasta aparecer en plenitud. Como debe ser.
Allen logra un producto atractivo y convincente (tal vez se apresura algo llegado el momento del desenlace) y da una lección (otra más) sobre como se rueda una película de cine. Desde luego, no es la mejor de sus películas, pero si la firmara un desconocido estaríamos hablando del gran descubrimiento del siglo XXI.
Enretenida y una excusa perfecta para refexionar sobre eso que siempre negamos, sobre la posibilidad de traspasar la frontera entre el bien y el mal. Es una película de Allen, es buen cine. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 20 2010

El escritor de Roman Polanski o como intentar convertir un juego de niños en algo serio

Decir, a estas alturas, que El Escritor es una película menor en la carrera de Roman Polanski, no descubre nada nuevo.
Decir que para Ewan McGregor esta interpretación no significará mayor reconocimiento tampoco es ninguna sorpresa.  Y que se constatan las limitaciones de Pierce Brosman es algo poco original.
El escritor es una película previsible. Hasta el aburrimiento. Si el espectador ha visto un par de películas de este corte sabrá en el minuto diez (siendo generoso) lo que va a pasar del once en adelante. Está llena de clichés e incluso aparecen cosas ya vistas en otras ocasiones. Debe ser que la novela de Robert Harris (en la que se basa todo este desastre) les gustó mucho a Polanski. Será eso. Sabemos, desde muy pronto, los líos de alcoba que existen, los que existirán los intuimos; que en el manuscrito de la novela hay algo que es importante aunque la apariencia de ese documento sea inofensiva; incluso (los que ya hemos visto alguna película que otra) sabemos que los principios de los capítulos pueden tener un sentido si los unimos (el más casposo de los espías no utilizaría ese método por nada del mundo puesto que se conoce desde hace muchos años; sólo falta en esta película que alguien escriba con agua de limón y que aparezca el mensaje secreto al pasar un mechero por debajo). Los malos parecen malos, los buenos parecen buenos y los tontos son, realmente, tontos. Lo lamentable es que casi todos los personajes pasarían un casting con nota. Para tontos, digo. Pues eso, el guión roza lo estúpido. La fotografía es lo más notable. Más que nada porque el resto es muy limitadito y un buen trabajo parece el mejor de los trabajos. La música intenta acompañar la acción aunque, por ejemplo, si la cosa se pone chunga para los personajes, la música se pone histérica para el espectador. Algo así. Montaje, sonido, vestuario o decorados pasan desapercibidos.
Lo peor de todo es que todavía me pregunto qué es lo que Polanski quería ventilar con esta película. ¿Intentaría decirnos que allá donde miremos encontraremos un espía? ¿Que el poder del lenguaje es extraordinario? ¿Que la política es una mierda? ¿Que los malos son peligrosos? ¿Que los buenos mueren siempre a manos de los malvados? Es que no tengo ni idea y, me temo, que él tampoco. Desde luego, un tema de importancia y en el que se centra la carga narrativa no existe. eso se lo digo yo.
Seré buen fan de Polanski y lo dejaré aquí. Puestos a mirar las cosas cargado de energía positiva, El Escritor es una buena película para ver una tarde lluviosa de un domingo cualquiera. En casita, con la mantita sobre las rodillas, como preámbulo a una siesta de campeonato. Esto no se lo perdono señor Polanski.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 1 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras: El bostezo del Jedi

Perder el tiempo no puede ser bueno. Cuando sucede (al menos en mi caso) la sensación de desazón es tremenda. Si pierdes un rato, por ejemplo viendo una mala película, ese estado de ánimo no deja de ser pasajero. Poco depués la cosa no tiene importancia. Pero si, por ejemplo, filmas un tostón, la cosa ha de ser mucho peor. Los artistan saben lo que hacen. Si el producto final es bueno lo saben. Si es una castaña pilonga lo saben. Les garantizo que Grant Heslov, director de Los hombres que miraban fijamente a las cabras, sabía lo que estaba haciendo al rodar la película y que es capaz de valorar el trabajo de un modo objetivo. Una castaña pilonga, pensará este hombre. Otra cosa es lo que diga en público, claro. El que crea conoce lo que hace. Y digo esto creyendo que sé de lo que hablo.
Heslov intenta una sátira sobre el ejército que se queda en una serie de gags faltos de gracia y que convierten la propuesta en un desastre monumental por aburrido. La falta de continuidad es alarmante. Las pocas ganas que le echan los actores al interpretar sus papeles es abrumadora. Y el grado de idiotez que deja ver el guionista es penosa.
Vamos a ver. En el ejército norteamericano se crea una unidad que aprovechará las capacidades psíquicas de los soldados para vencer al enemigo. Bob Milton es periodista (Ewan McGregor) y descubre, casualmente, la existencia de este grupo de militares con poderes paranormales. Tambien de casualidad, conoce a Lyn Cassady (George Clooney) con el que comienza un viaje a ninguna parte a través del desierto. Cassady es miembro de la unidad especial y disparatada. Se terminarán encontrando a hippie Bill Django (Jeff Bridges) que fue el creador de todo este lío y a un militar que logró desplazar a los dos anteriores siendo malo malísimo (este lo interpreta Kevin Spacey). Drogas, espíritu hippie, técnicas ridículas e ineficaces y muy poca inteligencia en los personajes. Tampoco le sobra al director ya le podría haber sacado mucho más partido a una idea muy divertida.
La película deja de interesar cuando acaban los créditos. Los del principio. Más o menos. Ni siquiera ese afán de los militares por convertirse en jedis puede camuflar la incapacidad narrativa del director.
Bueno, hay un gran mensaje oculto en cada secuencia. Es necesario creer en algo para conseguirlo. Bueno, son dos. La relación con el entorno es vital para el ser humano. Lo que pasa es que ya me lo sabía y no le he dado mucha importancia.
He vuelto a perder el tiempo. Qué desazón.

© Del Texto: Nirek Sabal.

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ago 24 2010

Black Hawk Derribado: Disfrutando entre la basura

Me gustan muy poco las películas por las que se pasean los soldaditos con pinta de valientes, con cara de poder conseguir cualquier cosa si entran en combate, compañeros inolvidables de otros grandes soldaditos y patriotas grandiosos. Hacer patria (intentar hacerla) con estas cosas me parece bisutería pura. Lo peor es que de estas se filman cada año unas cuantas y, encima, algunas se convierten en éxitos clamorosos. Suelo huir cada vez que veo un casco, una ametralladora o lo que sea, pegados a una bandera (casi siempre norteamericana). Tengo poco tiempo para malgastar.
Sin embargo, con la película Black Hawk Derribado de Ridley Scott me pasa justo lo contrario. Regreso a ella cada cierto tiempo. No sólo porque narra un desastre militar descomunal, no sólo porque muestra lo que puede ser un grupo de personas aterrorizadas y desmoronado, no por eso. Detrás de la trama se puede ver un trasfondo muy interesante que implica a esa aldea global tan falsa como lesiva que nos venden a diario como si fuera la solución de continuidad para esta civilización que padecemos. Porque la aldea global integra a unos cuantos ricos. Los pobres siguen estando aislados con intenet, un mercado global o cualquier otro invento. Siguen siendo la cloaca global. Allí las guerras no se ganan ni se pierden. Son eternas. Y, desde luego, no podemos solucionar nada mientras no abramos los ojos y la mente. El desastre que enseña Scott es el que se produce en cada desencuentro cultural, es una hecatombe diaria. La secuencia que más me gusta ver de la película es esa en la que un grupo de vehículos blindados que recibe plomo para parar un tren y que suelta matando a todo lo que se mueve, está detenido. Antes de continuar, un hombre negro, con el cadáver de un niño ensangrentado en los brazos, cruza entre las máquinas de guerra completamente ausente. Ni se ocupa de mirar. Su mundo se acaba no más allá de ese niño muerto. Y los soldaditos que quieren ser héroes pensando que van a librar una gran batalla que salvará la humanidad. Qué cosas.

En la película de Scott, los soldados temen por sus vidas, los civiles y milicianos no. Los primeros tienen un lugar al que regresar, los segundos manejan la muerte como una posibilidad más. En la película de Scott las cosas salen muy mal. Los soldados norteamericanos reaccionan mal ante una adversidad desproporcionada e improbable. Intentan escapar como pueden. A los milicianos y civiles las cosas les salen tal y como se esperaba. Mueren a cientos. Más de hambre que por el fuego enemigo. La elección es fácil. Desapareces con un arma en las manos o sin ella, pero todo acaba cada día. No hay posibilidad de escapar. Me gusta la película de Scott porque pinta el mundo tal y como es; como una enorme, cruel y extravagante mierda; como planos paralelos en los que hay vida o muerte.
La película fue galardonada con un premio Oscar al mejor montaje y otro al mejor sonido. Fuen el año 2001.
La acción es trepidante. Los personajes se quedan muy en lo superficial casi siempre y los diálogos son más bien flojos, pero el conjunto da mucho juego porque el director carga más la fuerza narrativa en la imagen que en lo que se dice. Creo que son más fundamentales el escenario, la pobreza, la muerte o la guerra. Las personas no dejan de ser fichas distribuidas por un tablero que enmudece lo que digan e, incluso, lo que puedan pensar. Por eso Ewan McGregor o Tom Sizemore pasan desapercibidos, forman parte de las figuritas desplegadas en un campo de batalla en el que el que organiza todo es la mismísima muerte.
La guerra es un asco, el mundo es un asco y hay vidas que son una verdadera mierda. Eso es lo que pueden ver y con lo que disfrutar durante más de dos horas y media.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 20 2010

The pillow book: Fiasco

¿Quieren ver una película pedante, grandilocuente, con un argumento excelente que se derrocha de mala manera? ¿Quieren ver como la historia se supedita a lo estético? Pues tengo lo que ustedes andan buscando: The Pillow Book.
Peter Greenaway mete en una coctelera lo asiático con lo que tiene de él, con su particular manera de concebir el cine, y nos entrega un bulto sospechoso, pero aparentemente delicioso que encierra nada.
Cuando nos sentamos frente a una pantalla cada uno buscamos una cosa distinta. Puede que unos sólo quieran disfrutar la estética de lo que allí se nos muestra; de la plástica, otros; además de lo bello y delicioso de la imagen, queremos algo más, una historia y que ésta nos llegue, que como espectador nos encontremos participando en ella. Esta fusión  no se consigue, solamente, con una fotografía espectacular, mezclas explosivas de planos extraños y buenas bandas sonoras sino que es necesaria una base, una historia que contar (y, como ya he dicho en muchas ocasiones, contarlo bien), con personajes bien perfilados, que hagan que lo que se cuenta tenga sentido y hacerlo para que el espectador pueda llegar a comprender y situarse en lo que está viendo. Si una película no contiene todos esos elementos, básicamente una historia bien contada y bien mostrada, estaremos frente a otra cosa pero no frente a una buena película. Y eso es de lo que adolece The pillow book, de la conjunción de todos estos elementos. Tenemos historia, tenemos escena, tenemos estética, pero todo tan mal tramado que uno no puede por menos que afirmar que estamos ante una película tendenciosa, engañosa, incongruente, con unas lagunas brutales que la convierten en pretenciosa y en una auténtica estafa.

No negaré que la puesta en escena es original, el director la divide en diez actos siguiendo la particularidad de los libros que van apareciendo a lo largo de la proyección. Los libros que va escribiendo, Nagiko (Vman Wu), su protagonista. Cada libro nos adentra un momento de las viviencias de esta mujer, pero lo hacen de una manera tan tediosa que se hace terriblemente pesada. La superposición de escenas, combinando las monocromáticas con las de color para intentar mostrarnos retrospecciones en la vida de la protagonista pueden parecer un buen recurso pero, sinceramente, creo que muy mal gestionado. Desde el punto de vista visual y del detalle estético, una auténtica maravilla; desde el punto de la construcción de los personajes, una fatalidad; desde el punto de vista de la historia, un argumento con muchas posibilidades pero, desde el punto de vista de su desarrollo, un fisco.
En los años setenta, en la ciudad de Kyoto, un anciano calígrafo escribe con delicadeza una felicitación de cumpleaños en el rostro de su hija, mientras su madre la canta una canción china que dice “Cuando Dios modeló con arcilla al primer ser humano, le pintó los ojos, los labios y el sexo. Luego escribió el nombre de la persona para que no lo olvidara. Cuando Dios aprobó su creación dio vida al modelo de arcilla pintando su nombre…”. Estas palabras serán recurrentes en la vida de Nagiko. Cuando se hace mayor, recuerda emocionada aquel recuerdo y busca con ahínco un amante-calígrafo ideal que utilice todo su cuerpo como una hoja en blanco. En Hong-Kong conoce a Jerôme (Ewan McGregor), un traductor inglés que la convence de que ella debe ser la pluma, la que escriba, y no la piel, el papel. Nagiko escribirá sobre el cuerpo de Jerôme, y él entregará a un editor la obra impresa sobre su propia piel. El método urdido por ambos funcionará y lo hará bien, pero ambos comienzan a sentir celos. Nagiko siente celos del editor y Jerôme porque ella escribe sobre el cuerpo de otros hombres. Jerôme intentará reconquistarla simulando su suicidio.
Greenaway utiliza inmensas y grandilocuentes parábolas para mostrarnos el profundo complejo de Electra que padece su protagonista, pero se queda a medio camino pese a los grandes ropajes con los que intenta envolver la historia.
Un fiasco ensalzado por la ola “new age” que corría a mediados de los años 90 que la encumbró en un frágil pedestal que hoy en día ya no se sostiene. En definitiva, totalmente prescindible.
© Del Texto: Anita Noire
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jul 15 2010

Big Fish: Vidas extraordinarias

Cualquier manifestación artística debe conseguir que los sentidos funcionen al máximo para que las emociones hagan saltar por los aires lo cotidiano.
Hacer de la vida; de una vida cualquiera, una vida de esas que todos tenemos; algo inolvidable para el que la vive, es cuestión de mantener las emociones en constante movimiento. Sólo así nos podemos sentir únicos y exclusivos, sólo así nos recordarán como seres especiales los que se sintieron del mismo modo mientras compartieron con nosotros cada minuto apasionado y apasionante.
Que yo sepa, la única forma de conseguirlo es fabulando, creyendo que lo inventado es cosa normal y lo normal cosa de sueños. Que yo sepa, la única forma de conseguir una vida extraordinaria es convirtiéndola en obra de arte. Parece cosa de escritores lo de inventarse vidas. Y no, los inventores lo que hacen es contarse, una y otra vez, la suya propia sin el pudor añadido de hacerla pública. Es algo que cualquiera puede hacer sin intentar vender libros. Esto sirve para los directores de cine, los escultores, los pintores o los artistas callejeros.
Tim Burton siempre me ha parecido un director irregular. A una película más que notable le puede seguir un pestiño absoluto, y a un pestiño una obra genial. Big Fish está entre las maravillosas. Por lo bien que describe el proceso creativo y su importancia, por lo bien que muestra cómo cualquier vida corriente puede ser extraordinaria, por lo bien que están los actores en sus papeles (Ewan Mcgregor, Albert Finney y Jesicca Lange especialmente), por lo claro que deja el espacio que ocupan realidad y ficción y el espacio que comparten ambas, por lo emocionante que es.

La película está llena de lugares fantásticos muy propios del cine de Burton, lugares fronterizos con la realidad y que pueden ser modificados si alguien cree que eso es posible. La película está llena de historias de amor y de amistad que se colocan, también, en la frontera en la que todo es importante o nada. La película está llena de aventuras que vivimos cada día, pero que no nos parecen nada del otro mundo, que se ven como insulsas y descargadas de cualquier emoción posible.
Algunos dicen que la película es un pastel lacrimógeno. Esta vez, me temo que están en un error. Hay que mirar desde la emoción cuando nos hablan de eso mismo. Plantarse ante cualquier cosa con lo intelectual por delante se convierte en un filtro imposible de sobrepasar. Lo intelectual puede quedarse escondido y no pasa nada. Y es una virtud saber hacer que desaparezca cuando toca. Además, ¿quién dijo alguna vez que la razón y el pensamiento (por profundo que sea) están reñidos con la emoción? Es al contrario.
Sería una pena dar pistas sobre la trama, sobre lo que representa ser un pez impescable, sobre donde deja Burton colocados los límites de una cosa u otra. Sería una pena que alguien (después de ver la película) se negara a plantearse que la muerte está pegada a la vida, que la alegría se arrima a la nostalgia o que el mundo es distinto a como lo vemos si hacemos un pequeño esfuerzo.
Una mínima capacidad de fabulación o ver una película tan exquisita como Big Fish nos permite convertir nuestra vida en algo colosal, en una obra de arte. Da igual lo que vean otros. Una obra de arte. Qué cosa tan grande.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 29 2010

Trainspotting: Marcas para la eternidad

Hay películas que no dejan la más mínima marca en el que mira. Otras te divierten durante un par de horas y luego las olvidas. Nada de marcas. Las hay que, durante algunos días, consiguen que te plantees aspectos que, definitivamente, no quieres o no puedes modificar. Tampoco dejan nada más allá de pequeños rasguños. Pero también las hay que funcionan como bombas de relojería que explotan cuando te sientas a observar, que vuelven a estallar en cuanto te descuidas, que se quedan instaladas en cualquier lugar innacesible de la consciencia para quedarse por siempre jamás.
Hubo un tiempo en que creí que lo terrible de la vida estaba aislado de la zona más divertida; que la decencia se encontraba a un millón de kilómetros del territorio más sucio de la vida. Todo ocupaba un lugar aislado y exclusivo. Hubo un tiempo (soy hijo de la última etapa franquista y de la transición posterior) en que nos enseñaban un mundo pulcro y azucarado que nos creíamos de cabo a rabo. Pero hubo un tiempo en el que millones de muros se derribaron casi al mismo tiempo. Muros que no dejaban ver el mundo.
Y pasaron los años. Y llegó Trainspotting.
Aunque ya era una evidencia que el mundo era otra cosa; aunque las cosas se habían colocado en su sitio; fue el día que apareció una realidad pensada por muchos, pero que nadie había convertido en real con esa fuerza y con ese descaro. Si no me equivoco fue en 1996 (es igual) cuando Danny Boyle se plantó con su película dejándose de idioteces y pintando las cosas del color justo.
Ya sé que se habían estrenado cientos de películas durante los veinte años anteriores que intentaban hacer lo mismo, que Kubrick había rodado La Naranja Mecánica para desmontar este garito que llamamos mundo y que, cómo él, lo habían intentado muchos. Pero Trainspotting fue otra cosa. Todo era la misma cosa. Incluso las cosas eran lo contrario a lo que uno tenía grabado a fuego en el pensamiento.
Mark Renton (Ewan McGregor) corre camino de su destrucción. Sus amigos le acompañan. Se drogan, roban, no dan un palo al agua, desean que el mundo no pueda con ellos. Se divierten con cada paso que dan hacia el abismo.Vemos casas asquerosas, gente asquerosa, mucha droga (las escenas que enseñan el momento de meterse heroína son escalofriantes), mucha mierda y, de paso, mucho gilipollas. Usted y yo somos los gilipollas. Todo lo que representa la decencia, el trabajo duro, la familia unida y besucona, todo eso, es la parte gilipollas del mundo. Lo divertido es ser como Renton y sus colegas. El mundo es una mierda, así que yo lo pisoteo.

Renton logra desengancharse de la heroína, acceder a un puesto de trabajo y ganar un sueldo. Los amigos le buscan para que él sea su soporte financiero en el trapicheo con caballo. Y Renton, ya disfrazado de persona normal y decente, se la juega a todos. Es decir, logró ser fiel a sí mismo mientras era lo que llamamos un tirado.
Es curioso que ahora esa parte del mundo que el director pintaba como la parte gilipollas esté llena de droga, de capullos, de mala gente y de egoístas traidores. Al final, eran la misma cosa. Qué razón tenía.
La película es sensacional. La trama es trepidante, los actores están muy bien en sus papeles (sin excepción), el ingenio y la ironía (también el sarcasmo) inundan cada secuencia, McGregor destaca en su interpretación (mucho mejor que haciendo de Jedi), la estética es exáctamente la necesaria. En fin, es una maravilla. Se sufre de lo lindo con ella, pero, al mismo tiempo, las risas están garantizadas. Y es que, al final, todo es la misma cosa. Depende de lo que queramos hacer o ver, cambia. Reír, llorar, sufrir. Eso depende de cada cual ante lo mismo. Qué peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 12 2010

El escritor: Cine y literatura. Mano a mano.

Dice el propio Roman Polanski que “la novela es el guión”. Quizá por eso el novelista Robert Harris no dudó en enviarle su libro El poder de la sombra (The Gosth), después de que fracasara el intento del director de llevar al cine otra de sus novelas. Pompeya.

En alguna otra entrada de este mismo blog se habla sobre la dificultad de trasladar a lo visual, a la pantalla, todo lo que es posible encontrar en un texto escrito. Pues bien, Roman Polanski no sólo lo consigue sino que, en ocasiones, es capaz de transmitir muchísimo más que lo que la novela o guión de origen pueden trasmitir al lector.

Contaba Harris en una entrevista, que trabajar con Polanski en la preparación del guión de cada una de las escenas fue como volver a escribir la novela, pues se detenían en cada una de ellas, las analizaban, las reescribían, las pulían, intentando no perder la propia estructura del libro y desechaban, mejoraban, cada una de ellas, trabajando conjuntamente. Dice Harris que este trabajo tan concienzudo consiguió que la película saliera mucho más reforzada que la propia novela.

Cuenta el novelista, con motivo de la elaboración del guión de esta película, que descubrió que él y Polanski compartían una misma manera de entender la narrativa (en su caso) y la construcción de escenas (en el caso del director),  pues ambos coincidían en entender que frente a la exhibición personal del autor/director  que puede caer en la tentación de crear artificios espectaculares, debe hacerse primar la historia, los personajes y la coherencia entre todo ello.

Me gusta esta manera de pensar, de crear, tanto sea para escribir como para dirigir una película de cine.

Con El escritor nos enfrentamos a una película de tintes propios del cine de Hitchcock. Un escritor (Ewan McGregor) recibe el encargo de terminar las memorias  del antiguo Primer Ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan). En un inicio no le seduce nada la idea, pero acabará aceptando el encargo. Su antecesor fue un colaborador del Primer Ministro que muere en un accidente mientras realiza el trabajo. Él debe trasladarse a la mansión en la que vive Lang junto a su esposa, Ruth (Olivia Williams) y su ayudante personal, Amelia Bly (Kim Cattrall); una isla en la costa este de Estados Unidos, en pleno invierno, con un tiempo absolutamente turbulento. Nada más instalarse en la isla,  un antiguo Ministro del gabinete de Lang le acusará de autorizar la captura ilegal de sospechosos de terrorismo y su posterior entrega a la CIA para que los torture. Estos hechos son crímenes de guerra. La polémica que se genera a partir de la noticia, atraerá a periodistas y manifestantes hasta la isla. El escritor, no se mantendrá ajeno a esta noticia ni a las consecuencias de la misma.

Un interesante thriller político que, algunos han querido ver como un paralelismo con el propio ex -Primer Ministro Tony Blair, pero que el propio escritor de la novela se ha encargado de desmentir, explicando que esa idea bullía en su cabeza desde hacía más de quince años.

Polanski consigue crear un escenario gris, lúgubre que acompaña como nada la sucia trama que nos cuenta. El mal es el centro de este film y el director consigue transmitírnoslo perfectamente. El escritor, ese que no tiene nombre, es un magnífico observador y esa caractarística llega perfectamente al espectador.

Una película técnicamente perfecta. Con un argumento político que, si bien inicialmente puede despistar, engancha desde un primer momento. Y, en el centro de todo, un montón de folios escritos, recogidos por un elástico que, sin quererlo, contiene la cara del mal.

Una buena película. No se les ocurra levantarse de la silla hasta llegar al final. Fíjense bien y ya me dirán quien gana ¿el bien o el mal?

©Del Texto: Anita Noire


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