jul 30 2013

The Purge (La noche de las bestias): Un presupuesto para un mediocre

Será difícil que una idea tan prometedora como esta se desaproveche de forma tan triste. The Purge: La noche de las bestias presenta, en su arranque, todos los ingredientes precisos para que se pueda narrar algo importante. Pero James DeMonaco decide que no, que es mejor no arriesgar quedándose en esa zona en la que el gran público traga con cualquier cosa entretenida y compra después el producto en formato casero.
Del mismo modo que la idea es estupenda, el guión es nefasto, facilón y previsible. Ni uno de los personajes, ni uno solo de ellos, muestra cierta profundidad para que crezca por poco que sea. Y sin personaje no hay nada que hacer. Todo se reduce a intentar provocar la tensión en el espectador a base de apariciones sorpresivas o, lo que es peor, desapariciones absurdas. Todo se reduce a eso y a un buen número de escenas violentas. Lo que podría haberse planteado como una verdadera crítica social y del sistema capitalista, se queda en una caricatura sin pizca de gracia en la que los actores y actrices corren delante de la cámara, lloriquean, ponen cara de seres crueles y poco más.
Si tuviéramos que valorar la dirección actoral de DeMonaco teniendo en cuenta el trabajo de Max Burkholder podríamos jubilar al realizador hoy mismo. Es verdad que Max es joven, tan verdad como que debería pensar en otra cosa que no sea esto del cine. Horrendo el muchacho y horrendo el trabajo del director incapaz de sacar un poquito de semejante marmolillo. Ethan Hawke justito y Lena Headey lo mismo. Ambos algo atacados y tendentes al hitrionismo. Es decir, que el señor DeMonaco hace un trabajo muy flojo con los actores. Igual se tiene que pensar lo de la jubilación
Es triste que presupuestos tan elevados caigan en manos de mediocres. Si DeMonaco se dedicase a mover la cámara o a decir a los actores lo que tienen que hacer (acudiendo a un curso previamente, claro), tal vez se ganase algo. Por ejemplo, dejaría que un buen guionista desarrollase sus ideas sin desgraciarlas como él mismo hace. No es lo mismo escribir un guión que planificar una escena. Y son muy pocos los que hacen esas dos cosas bien y para el mismo trabajo. No hace falta decir que este hombre no está en la lista.
La ciencia ficción es un género en el que no todo cabe. Hay quien cree que la fantasía o la ciencia ficción es esa zona narrativa en la que uno tiene una idea, la inserta y puede jugar con ella a las casitas porque, total, esto pasa en el futuro, en un sitio extraño y puede hacer lo que me dé la gana. Sin embargo, la credibilidad es un factor intrínseco a todo tipo de relato. Otra cosa es que lo que se cuenta esté, más o menos, pegado a la realidad, a eso que llamamos verdad. Lo que sucede en The Purge: La noche de las bestias es creíble en su comienzo. Completamente. Ahora bien, a medida que la trama avanza, a medida que suceden cosas a los personajes, todo cruza la frontera de lo creíble. La película pasa a ser estúpidamente real. Y se produce una paradoja. Como estamos viendo ciencia ficción, convertir el trabajo en algo cercano a lo más estúpido de la realidad causa un efecto devastador. Una pena de dinero lo que ha tirado por la ventana este DeMonaco. Y los espectadores al pagar la entrada. Con lo que cuesta ganarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 23 2013

Antes del anochecer: Incluso el tiempo perdona

Si en la primera de las películas de esta serie firmada por Richard Linklater comprobábamos cómo el azar y la ilusión pueden hacer estallar el mundo de dos personas; si en la segunda nos enseñaban lo cierto de lo inevitable cuando alguien escucha una canción; con el tercer trabajo todo queda envuelto en rutina, en una realidad terca que funciona como una trituradora de personas, pero en la que la esencia de la pareja prevalece porque no puede ser de otra forma, en la que el paso del tiempo enseña a vivir el momento sabiendo que el pasado nunca vuelve y el futuro no significa nada sin el recuerdo. La vida es como es. La gracia está en encontrar las herramientas para que la maquinaria no deje de funcionar.
Jesse y Celine viven juntos sus problemas, su día a día escondiéndolos. Y parece que han olvidado recordar. Veranean en Grecia, tierra de mitos y tragedia. Son padres de unas gemelas que apenas les dejan espacio o un minuto para disfrutar de sus vidas. Después de una comida con sus anfitriones son invitados a pasar la tarde y la noche en un hotel. Ese es todo el argumento. Ya está. Lo que sucede es que Linklater, utilizando planos fijos eternos como ya hizo anteriormente, nos permite disfrutar de unos diálogos estupendos. Unos mejores que otros, pero de un nivel general notable. La relación de Jesse y Celine podría ser la de cualquier pareja viviendo circunstancias parecidas, una relación llena de esas cosas que pueden parecer nimias y son lo fundamental.
El escenario vuelve a ser protagonista. Pero, esta vez, aparecen personajes que inciden directamente en lo que sucede. Son la muestra de las interferencias inevitables en la vida de las personas. Y el tiempo. Su paso, su pérdida, lo que queda de él. Por eso Grecia. Allí todo perdura. Allí vemos ruinas, edificios antiguos que siguen estando. Todo queda, todo puede conservarse  aun siendo un trabajo duro, penoso e inacabable.
Ethan Hawke y Julie Delpy están estupendos. Nunca lograrán trabajos tan convincentes, tan auténticos. Interpretan sin problema alguno. Desde luego, los años se dejan notar aunque (los que conocen las tres películas lo saben) seguirán siendo una pareja de adolescentes que se conocieron en un tren. Richard Linklater los dirige de maravilla.
Buena fotografía que aprovecha el brillo del sol y el contraste con las sombras para presentar unos escenarios de lujo. Dependiendo de lo que sienten los personajes el contraste es mayor.
Y, como ya es habitual, un puñado de diálogos en los que se trata el sexo, el recuerdo, la literatura, lo incierto del futuro y la pérdida de la vida entre los adultos cuando se deben entregar a otros. Se hace un uso más que convincente de la ironía, del discurso inteligente, de la ambigüedad del carácter de los personajes. Todo hace que Jesse y Celine crezcan como no lo habían hecho antes. La potencia del desarrollo de ambos es arrolladora.
De nuevo, el espectador corre el riesgo de quedar pegado en el asiento. No pensando en los personajes, no. Quedamos abandonados a nuestra suerte para pensar en nuestras cosas; en el mundo que, al fin y al cabo, es lo que nos cuentan.
Una delicia poder disfrutar de Jesse y Celine, de sus cosas, de las nuestras. No dejen de ir al cine les encantará.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 13 2010

Antes que el diablo sepa que has muerto: Que pena de presupuestos

Sidney Lumet escribió el guión de la película Antes que el diablo sepa que has muerto. También la dirigió, claro.

Un título magnífico. La película, aunque con zonas de exposición muy interesantes, no tan magnífica como ese título.

Lumet cuenta algo que ya han contado otros. Un millón de veces, más o menos. Dos hermanos se encuentran en apuros económicos. Finalmente deciden atracar una joyería de Wetchester (Nueva York). Es el establecimiento de sus padres. Un golpe fácil y limpio que se convierte, por supuesto, en un infierno. Todo se va desarrollando dibujándose el peor de los escenarios posibles para los personajes.

El mayor de los hermanos, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, es un ejecutivo de éxito, adicto a la heroína y desastroso en su relación matrimonial. Un personaje que todo lo tiene y todo lo pierde. Es el que trama el plan, es el que se lo propone a su hermano y deja que sea él quien lo lleve a cabo. Se dibuja (como el resto de personajes) a base de retales que terminan siendo un traje mal cortado. Pero traje al fin y al cabo.

El hermano pequeño (Ethan Hawke) es pusilánime, fracasado, desastroso como padre y marido. Este es adicto al sexo. Sobre todo con la mujer de su hermano. Un personaje que nada tiene y nada puede perder aunque tampoco quiere o puede tener. Mete la pata de cabo a rabo destrozando un plan que debería haber sido perfecto.

Albert Finney es el padre de las criaturas. Siente cierto desprecio por su hijo mayor. Y cierta predilección por el pequeño. Se convierte en una fiera a medida que la trama avanza. Un personaje que lo tuvo todo y que le importa un bledo perder hasta los calzoncillos. Su vida deja de tener sentido.

La esposa del hermano mayor y amante del pequeño es Marisa Tomei. Este es un personaje que pudiera parecer que sobra. Nada más lejos de la realidad. Tampoco aparece para iluminar alguna motivación de los principales. No. Es autónomo y bien interpretado por Tomei. Es el personaje que tiene todo prestado, que no es nada por esa razón.

Pues bien, con estos personajes y estos actores, Lumet monta una película que se queda a medio camino. Intenta, avanzando y retrocediendo en el tiempo, ser original. No lo consigue, claro. Y no lo consigue porque eso también está hecho hace un siglo por muchos, pero, sobre todo, porque fragmentar la trama de ese modo no aporta nada a la narración. Hace trocitos la película y los ordena de modo que el espectador va encajando las piezas del puzle para saber lo que pasa. Repite escenas incompletas para lograr cierta coherencia narrativa y facilitar la labor de reconstrucción al espectador. Pero no consigue nada más que eso. No modifica el punto de vista en ningún momento (eso hubiera sido ideal para que los personajes mostraran su forma de ver y crecer tomando forma) sino que modifica la focalización en la narración. Por eso alguien que se pregunte sobre lo que ve no terminará de entender ni de justificar la acción. Dicho de otro modo, quedan muchos cabos por atar, no en desarrollo y final de la trama, sino en su justificación y en la motivación personal de cada uno de los personajes.

Parece mentira que con el presupuesto que manejan algunos y con la experiencia que arrastran cometan errores de esta envergadura. En cualquier caso, la película se deja ver. Incluso el espectador poco exigente puede disfrutar de lo lindo. A mí no me importaría volverla a ver. Si tengo un par de horas libres lo haré.

© Del Texto: Nirek Sabal