ago 3 2011

Flesh: cuando el cine empezó a hablar

Vaya. Vuelvo a ver Flesh y, viendo a Joe D’Alessandro, me acuerdo de Jean Genet.
Me paro a pensar que, si no se ha hecho ya, se debería elaborar un mapa de chaperismos artísticos del siglo XX y que este podría llevarnos a excelentes cruces de caminos en los que descubrir más sobre los contenidos de uno de los términos más fascinantes que se hayan podido acuñar sobre los artistas: malditos.
A mí me da la impresión de que a casi todos los escritores, artistas, cineastas o poetas que me han dejado algo a través del tiempo se les podría estampar el sello del malditismo, aunque sólo fuera por unas líneas escritas o por una secuencia tempestuosa.
A todos excepto a Chesterton, claro.
El imaginario personal, entroncado siempre con el colectivo, proyecta mitos personales. Esta construcción de mitomanías autóctonas de cada uno es expansiva o al menos eso nos creemos cada uno. Llega mucho más allá.
El caso de la Factory warholiana tiene esos regustos de gran mito para los fascinados por la cultura del siglo -como un servidor- y todo esto se relaciona a su vez con lo expansivo y lo promiscuo de las actitudes que, más que posicionarse claramente en una línea, dejan que esa línea se posicione como le venga en gana.
En mi imaginación, la Factory será siempre un sofá. Un sofá colocado donde le venga en gana colocarse al sofá, dentro de un espacio muy grande del que alguien algún día dijo: aquí mismo.
En el sofá reposan, como le de la gana al sofá que reposen, gentes que duermen un sueño heroico y nebuloso, que leen en voz alta o que hablan.
Hablar. Hablar. Speak.
Que de ese speak inicial se llegara a cosas tan insoportables como las de algunos raperos o haga recordar frases tan vulgares como las de un Robert de Niro diciéndole a un espejo que si quería hablar con el (¿quién va a querer hablar contigo, chaval? que eres más malo que Víctor Mature), no quita que el speak sea una de las mejores aportaciones de la cultura americana. Un tanto exportadas, como ocurre a veces con todo lo americano, de Europa – pienso en este caso en la poesía fonética dadaísta, en el existencialismo o en el teatro épico brechtiano por citar algunos de los múltiples ejemplos anteriores a la eclosión del cinéma politique o del cinéma verité-, pero muy americanas. Muy on the road, que para eso estaba la Beat Generation.
Nunca se puede ignorar el contexto si quieres situarte mínimamente en lo que sea. La época es la época. No obstante podríamos establecer unas diferencias entre estos speaks y los diálogos incesantes de mi querido Rohmer, por ejemplo, más flaubertianos y, por supuesto, más flotantes. Aunque el hachazo que te da Rohmer sea mucho más fino, sutil y noqueante del que te podría dar John Cassavettes -que te deja tirado, pero de otra forma- o, aunque haya diferencias entre las conversaciones godardianas (Dziga Vertov) sobre lo que acababa de ocurrir (mayo del 68) en Un film comme les autres y lo que te ofrece el tándem Morrisey/ Warhol en esta cinta, aquí contemplamos la novedad con una visión que se podría denominar como cine performativo.
Un cine performatizado que pone de relieve aquel What happens? de Kaprow: ¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? ¿Qué está pasando? Lo que sea, vamos a contarlo, porque tenemos que contarlo. Contar la acción desde los tiempos reales de la acción.
El cine-arte o la utilización de lo fílmico hacia la experimentación es un invento que data de los comienzos del cine, pero es a partir de principios de los años 50 cuando comienza una andadura que le llevará a un punto álgido en las dos décadas posteriores y que abrirá el camino para lo que luego fue la utilización del video como herramienta de trabajo para artistas. Todo ello sin dejar por un momento de ser cine. Como le ocurre a esta película que, por más que se dirima sobre los estilos, es una película con todos los ingredientes al uso (mucho más que otras más extremas en su indagación, está claro) Este film se puede ver en una sala de cine y también se pueden ver, hoy día, las influencias en otras cinematografías, por ejemplo, de los años 90.
Esta película exige como toda obra de arte, una especial atención por parte del espectador, una ampliación de su campo de atención. Esto es obvio, pero insisto siempre en que lo obvio hay que recordarlo continuamente.
Warhol, que utilizaba constantemente su polaroid para hacer miles de fotos que con su revelado instantáneo se convertían de inmediato en pieza artística, vuelve a plantear esta estética del momento a través de los planos chasquidos (podríamos decir planos polaroid) que con sus sempiternos latigazos de cambio de plano sin apenas cambiar de nada, se convierte en un elemento sonoro añadido al rumor de la conversación.
Más que otras cosas, más que las drogas, la promiscuidad y la libertad sexual, la música, el silencio; más que todo eso de lo que ya se ha hablado mucho, de esta película me interesa su speak.
Hablad, hablad, malditos.
(Flesh, 1968, Paul Morrisey & Andy Warhol)
© Del Texto: Rubén Barroso


Imagen de previsualización de YouTube


jul 22 2011

Cuento de invierno: Las ganas de encontrar

En el 99 me casé y adopté a un perro. Era un lunes de noviembre alrededor de la una de la tarde, sin anillos, invitados ni fotógrafos. Inmediatamente después, todavía vestidos de boda, hacíamos la compra en el supermercado más cochambroso de la zona. Cinco años más tarde, tras un traumático interrogatorio con la guardia civil, yo celebraba mi divorcio en los juzgados de viapol emborrachándome con mi, ya, ex marido y nuestro abogado en un cervecería cercana. Yo quería otra cosa.
En esa época yo leía a Herman Hesse y coleccionaba todas sus frases. Había una entre todas ellas, en la que creí firmemente toda mi vida, que decía que las cosas sólo ocurren si se desean con todas las fuerzas.
Muchas veces intento recordar en qué justo momento me percaté de que me había equivocado de dirección. En que momento decidí qué cosa quería y a desearla con todas mis fuerzas. Cuando intento regresar a ese tiempo y a ese lugar, me encuentro siempre con el mismo banco de niebla dónde pierdo la vista, y, hasta la memoria, intentando atisbar aquella circunvalación secreta que me dejó, años más tarde, en mi preciado destino. Imposible distinguirla.
Pero aquella circunvalación tenía una serie de encrucijadas, todas ellas muy parecidas entre sí, y yo, que sólo sabía que quería otra cosa, mi cosa, y que no contaba con brújula ni veleta, volaba a capricho del viento de un extremo a otro, sin arneses ni paracaídas.
Pasaron siglos hasta que conseguí pisar tierra firme. Pero ni el tiempo ni las brújulas me dieron jamás pista alguna del qué, cómo y dónde de mi otra cosa. Porque de esas cosas ni siquiera podemos contar con su existencia.
Todo sucedió una noche de enero, bajo una terrible tempestad, cuando me quedé encerrada dentro de una cabina telefónica rodeada de naranjos, y, cuando al borde de la desesperación, sufrí un cruce de líneas al intentar felicitar a mi madre en su 76 cumpleaños.
Se presentó con forma de espía en helicóptero, gabardina beige y vino francés en el bolsillo. Sobrevolé , dentro de la cabina, varios edificios en demolición hasta aterrizar en mi azotea. Pasé toda la madrugada y las 5.000 siguientes hablando en ese cruce de líneas delicioso que llevaba toda la vida esperando y dejé a mi madre al teléfono con un especialista en animales exóticos que ella tanto había buscado para su colección de periquitos.
Estuve a punto, ahora, de escribir al final valió la pena, sin embargo no es así. No es cuestión de que valga la pena, o no, ser persistente. No es eso. Es inevitable, creo yo, intrínseca en la naturaleza humana, esa automática tenacidad mía como la de todos. Cómo tampoco se podría denominar suerte a este tipo de sucesos, porque no lo es.
Creo que Eric Rohmer quiso decir lo mismo que Herman Hesse en su Cuento de invierno y lo mismo que yo he pensado toda mi vida. Creo que el constante estado de espera de Felici por encontrar una cosa llamada Charles corresponde, más que a la suerte, a las ganas de encontrarlo. Las ganas hacen la necesidad y la necesidad la certeza del encuentro. Charles aparece en el autobús como podría haber aparecido en mi cabina de teléfono, en un milagroso cruce de línea.
Y, aunque al final de la película nos preguntemos por el después, ni Rohmer ni Hesse le dieron más importancia, porque ni los cuentos tienen después, ni a los que nos hemos pasado la vida esperando ese fin, nos cabe después alguno. Estos cuentos de finales felices tienen eso, unos créditos rotundos y absolutos dónde, por un momento uno se hace muchas preguntas que acaban olvidadas segundos más tarde. Sólo unos segundos más tarde.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


jun 27 2011

Cuento de verano: Elecciones ciegas

Una vez leí, en la página de contactos de un periódico antiguo, un misterioso anuncio que decía así: Sólo existen tres cosas que no volverán: una palabra hablada, una bala disparada y una oportunidad perdida.
La rotundidad de la frase, que me persiguió desde entonces, me hizo dudar por un momento si marcar el número de teléfono del misterioso anunciante o pasar página y seguir buscando a otro desconocido que me vendiese un humidificador que humedeciese el aire de mi habitación y aliviase mi fastidiosa sinusitis. Segundos más tarde, yo pasaba página y encontraba un humidificador a precio de ganga que compré enseguida y sin pensarlo.
Me acordaba de este viejo suceso cuando veía el bonito Cuento de verano de Éric Rohmer, que, aunque prescinda de disparos y balas, sí explota las palabras y las oportunidades de cuatro seres pensantes que hablan por los codos, aparentemente extraídos de la realidad, pero que bien podrían corresponderse con prototipos filosóficos kantianos o platónicos.
Gaspard, un tímido matemático y compositor de canciones marineras es tentado por tres chicas durante un verano en Bretaña: Lena, un insípido amor platónico al que espera hasta el fin de la película y con la que planea un romántico viaje a Ouessant. Solene, un segundo plato imperfecto que sustituye a Lena en su ausencia, excesiva en principios, sobre todo sexuales, y con la que Gaspard pretende viajar a Ouessant si le falla Lena, y Margot, la etnóloga-camarera que le sirve de postre e insiste todo el verano en conquistar a Gaspard y acompañarle a Ouessant, si además de fallarle Lena, le falla Solene.
Ouessant se convierte entonces en el destino imposible de Gaspard, condenado a vagar eternamente sin rumbo definido y con el peso de un conflicto sentimental paralizante y desgraciado: el miedo a equivocarse en una elección.
Al no saber qué hacer con sus dependencias e indecisiones, Gaspard se dedica a coleccionar una tonelada de por si acasos en la recámara mientras acaba citado por Lena y Solene a la misma hora para emprender el viaje que también le había prometido a Margot.
La propuesta telefónica urgente con la oferta de un misterioso magnetófono sirve de excusa para huir del lugar en riguroso secreto, resolviéndose así la incómoda situación. Pero antes de partir, se despide de Margot a la que le propone, ya rendido, el renombrado viaje a Ouessant. Pero ya ha pasado tanto tiempo, que a Margot dejó de entusiasmarle la idea y, además, espera a su novio que vuelve de París.
Y así termina un verano de indecisiones y torpezas, con una larga lista de palabras y oportunidades perdidas que me inspiraron la siguiente reflexión:
¿Cómo reconocer una oportunidad? ¿Cómo elegir la opción correcta entre todas las opciones? ¿Acaso no es arriesgada cualquiera de ellas? ¿Que hubiese sido de mi sequedad nasal si en vez de al vendedor de humidificadores hubiese telefoneado al misterioso anunciante de las palabras perdidas? Quizá tuve que pasar la página y consultarlo con un psicoanalista, ya que mi sinusitis resultó ser psicosomática, y mi destino cambió en el momento en el que le salvé la vida al vendedor de periódicos cuando éste estuvo a punto de morir atragantado por un caracol. Nos casamos en junio, compramos un balneario blanco de ventanas amarillas y un West Highland terrier llamado Ortega. No supe exactamente si esa era mi oportunidad, o ya había pasado, o quizá estuviese por llegar. No lograba reconocerla. Me parecía imposible. Eran tantas las elecciones erróneas cometidas que una ya no estaba muy segura dónde estaba el acierto, si acaso existía. Y aunque vivía muy feliz en la humedad natural de mi balneario e incluso vendí todos los ejemplares de mis cuentos de verano, no tuve más remedio que darle la razón a Walter Benjamin cuando afirmaba: Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube