abr 10 2012

Madame Bovary

Si yo fuese una abuelita octogenaria y algún entrevistador entrometido me pidiese definir mi vida en breves líneas, yo le contestaría que me pasé la mitad de ella leyendo libros y la otra mitad viendo las películas basadas en esos libros, y que las dos mitades las disfruté sentimentalmente y sin freno. De testigos quedarían bibliotecarias y propietarios de viejos video-clubs, libreros de segunda mano y algún centro comercial en el que me fue fácil el robo de lujosos ejemplares.
Cómo una vez intenté adaptar Las afinidades electivas a cine y me resultó un fiasco, lógicamente, ahora intento ir con cuidado a la hora de prejuzgar las versiones que de literatura veo en cine, aunque me es imposible, y me ocurra una cosa muy curiosa, y, es que, suelo olvidar más fácilmente las películas que los libros. Quizá sea mi edad o mi memoria a largo plazo.
Madame Bovary por ejemplo, es un libro que leí hace unos 15 años y que recuerdo fielmente de principio a fin. Madame Bovary de Chabrol es una película que vi hace apenas un par de meses y que recuerdo vagamente, si no fuese por las referencias que ya tengo del libro. Aún así, accedí a ver la película tratándose de Chabrol y no de cualquier otro de cualquier otra nacionalidad.
Me gustó ver a la señora Bovary proyectada en cine en la misma pared dónde un rato antes colgaba el cuadro del Equipo 57. La misma señora Bovary que utilizó a un pobre doctor Bovary como escape a una vida que tenía claramente elegida de ascensiones y libertades.
Emma Bovary me pareció en la novela (quizá por mi corta edad entonces) una mujer de 1.856. Emma Bovary me ha parecido en la película (quizá por mis años ahora) una mujer de 1.856 como de 2.012. Analizando a Emma y analizando al sexo femenino que me rodea incluyéndome a mí misma, no puedo pensar otra cosa que la de que Madame Bovary, con todos sus adjetivos, somos todas las mujeres de todas las épocas y lugares. La firmeza y la tenacidad de sus deseos, la persuasión, el miedo y los obstáculos para lograrlos pueden depender en cada caso, pero las tácticas son las mismas, ensayadas desde hace siglos. El mundo está lleno de médicos rurales dispuestos a jugársela sabiendo que tienen el tiempo contado. Están en la oficina, en el supermercado, en el teatro, en los ayuntamientos. Hay un amante joven y resuelto decidido a invitarte en el autobús, en el apartamento de arriba y hasta en clase de tricota.
La desesperación rindió a una señora Bovary sin salida, quizá porque vivió en 1.856 cuando todavía se tenía acceso al cianuro. A mí, personalmente, me pareció maravillosa la muerte que le facilitó Flaubert a Emma, y que, siglos más tarde, Chabrol me regaló en la pared de mi salón, dónde nunca más se volvió a colgar aquél cartel tan tan colorista del Equipo 57.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 4 2011

Los 400 golpes: De quién estuve enamorada

Esta es la historia de un hombre marcado por el recuerdo de una niñez atormentada, que llegó a ser el crítico más atrevido de París y el autor más sensible del cine contemporáneo (Dominique Fanne, 1972).
No he podido evitar cerrar mi libro y dejar por aquí algún rastro de esta película cuando he leído que Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) sufrió severas crisis depresivas provocadas por la muerte de François Truffaut. No he podido evitar que me afectase. ¿Hasta qué extremo de identificación puede llegar un actor con su personaje y con su autor para caer enfermo de tristeza tras su desaparición? ¿Acaso es posible crecer en la vida y en la pantalla y morir igualmente fusionado sin remedio a un personaje de ficción basado a la vez en su autor?
François Truffaut franqueó la fosa que separa al cinéfilo del cineasta con esta película dedicada a André Bazin y profundamente autobiográfica en la que detalla una infancia atormentada y carente de afectos, basada en los hechos, los libros y las películas que formaron parte de ella. Aquí nace Antoine Doinel que interpreta al niño que era Truffaut, para luego representar su juventud en Besos robados o su matrimonio en Domicilio conyugal. Antoine Doinel es Jean-Pierre Léaud y a la vez François Truffaut. François Truffaut es Antoine Doinel  y a la vez Jean-Pierre Leaud. Las mismas miserias que vivió Truffaut en vida las vivió Antoine Doinel en pantalla. A la misma edad fumaron los mismos cigarrillos, sufrieron los mismos castigos, robaron exacta Olivetti… El mismo travelling los persiguió en su misma carrera desesperada hacia el mar. El mismo objetivo congeló sus rostros en la orilla. Los dos renegaron de la sociedad, la familia, la educación. Leyeron los mismos libros, vieron las mismas películas.
Este triste cuento urbano sirvió de impulso definitivo a la nouvelle vague, dónde las panorámicas, los travellings, la cámara en mano y, en general,  un subrayado espíritu artístico unido a una interesante propuesta temática, se llevaron el premio a la mejor dirección en el festival de Cannes de 1.959.
La curiosa empatía existente entre François Truffaut y Jean-Pierre Léaud fue única en la historia del cine.
Jean-Pierre Léaud adopta a Antoine Doinel en Los 400 golpes para no abandonarlo jamás. Para Truffaut la vida era la pantalla y la muerte también.
Con su banda sonora, esa que escucho ahora, pero que ya me hubiese gustado escuchar en París en 1.950, retomo mi lectura sobre las severas crisis depresivas de Jean-Pierre Léaud sin dejar de preguntarme: ¿De quién estuve realmente enamorada todos estos años? ¿François Truffaut? ¿Antoine Doinel? ¿Jean-Pierre Léaud?
© Del Texto: Sonia Hirsch


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