sep 10 2013

Sonata de otoño: Tres actos y tres luces

Dice Ingmar Bergman que Sonata de otoño fue escrita durante unas semanas de verano en Farö cuando era absuelto de unos escabrosos asuntos de impuestos y que, a la vez, decidía no volver a trabajar más en Suecia. Que la película fue rodada a las afueras de Oslo en unos destartalados estudios y bajo el imposible estruendo del tráfico aéreo.
Dice, que la intención original era contar la historia del odio entre una madre y una hija y conseguir que la hija, finalmente, diese a luz a la madre, pero que los personajes resultaron ser cuatro en lugar de dos y que, cada uno, por su camino, evolucionó solo, comportándose como quiso y alejando la película del borrador original. Que el odio y el rencor entre ellas dos quedó patente desde el momento en que la madre aplastó a la hija con una pieza de Chopin al piano, dejando clara su superioridad sobre ella y a la que trató como una completa novata al piano y en la vida en general.
Que la idea de trabajar con Ingrid Bergman surgió en el festival de Cannes durante la proyección de Gritos y susurros cuando ésta le coló una carta en el bolsillo recordándole su promesa de hacer una película juntos.
Que el rodaje en general y, en concreto, la relación entre los dos Bergman fue fatigosa debido a las diferencias en el método de trabajo de la actriz con el resto del equipo. Que ésta, anquilosada en los años 40, pretendía ser dirigida rigurosamente, sin dar lugar a un mínimo de improvisación y naturalidad. Que incluso amenazó con bofetadas.
Dice Ingmar Bergman que define Sonata de otoño como un sueño. Pero no como una película de sueños, sino como un sueño cinematográfico: Tres actos en tres luces. Una luz de atardecer, una luz de noche y una luz de mañana. Nada de decorados engorrosos, dos caras y tres luces diferentes. Así era como me imaginaba Sonata de otoño.
Y así es, exactamente, como recuerdo haberla visto representada en teatro una noche de diciembre de hace varios inviernos. Como todas sus películas, ésta tendía descaradamente a la teatralidad, eso era inevitable. Ingrid Bergman, no sé como, fue perfectamente sustituida por Marisa Paredes a la que se le dieron muy bien los tres actos y las tres luces. El resto de personajes quedó algo ensombrecido, tanto en teatro como en cine, por los mismos tres actos y las mismas tres luces. Luego, bajó el telón. Esperé a que se marchase hasta el último espectador y me acerqué al escenario, justamente al teléfono rojo desde el que Marisa Paredes e Ingrid Bergman telefonearon al cómplice que envió el falso telegrama, el que las salvó. No sé como logré descolgarlo.
Cené una copiosa cena de huevos, empanadillas y patatas, y una tila cuádruple con manzanilla en un restaurante para turistas de la zona, y volví a casa a dormir bajo el afecto de las hierbas.
Mi pieza comienza con el actor que baja al patio de butacas y estrangula a un crítico, y lee en voz alta, de un pequeño cuaderno negro, todas las humillaciones sufridas que ha anotado. Luego vomita sobre el público. Después de lo cual, se va y se pega un tiro en la frente (Ingmar Bergman).
© Del Texto: Sonia Hirsch


dic 26 2011

A casa por navidad: Una bonita chapuza

Durante la navidad somos capaces de olvidar las cosas más inverosímiles. La familia roza la perfección, los malos momentos quedan aparcados durante unos días y las chapuzas se pasan por alto. Parece que nada está descolocado. Y lo que está fuera de su sitio ni se mira.
Hacer cine no es fácil. Hacerlo mal ya es otra cosa. Bent Hamer intentó hacer buen cine al rodar A casa por navidad. Pero la chapuza fue descomunal. Es verdad que esta película se deja ver y que el espectador no se encuentra obligado a salir pitando. Pero ni el intento de convertir algunas situaciones patéticas en cómicas, ni el que hace Hamer para escapar de momentos lacrimógenos y tópicos, resulta efectivo entre tanto desastre cinematográfico y, sobre todo, narrativo.
Elige el director una serie de relatos de entre los que aparecen en Bare mjuke pakker under treet (Dejad regalos suaves debajo del árbol) y los trata de convertir en uno solo. Pero sin tener en cuenta algunas cosas fundamentales. Por ejemplo, que los personajes se le quedan a medio camino y, por ello, el espectador no termina de entender qué pintan allí. Un futbolista que ahora bebe como un cosaco y que se encuentra con una mujer en su viaje de regreso (que aparece y desaparece sin dejar rastro ni huella en el espectador); un chico y una chica que miran el cielo estrellado y que sólo sirven para que Hamer nos intente demostrar que en navidad no hay diferencias étnicas, ni religiosas (aunque me pregunto a qué viene esto y cómo encajarlo en el conjunto); un médico que atiende a una parturienta y regala el coche a la pareja (parturienta y marido) para que sigan su viaje; un tipo de se disfraza se Santa Claus para poder ver a sus hijos; un hombre (que se la juega a su mujer) y no está dispuesto a dejar su vida atrás con el evidente disgusto de su amante. Cosas así. Y Hamer intenta ubicar cada cosa en un espacio común. Sin lograrlo, claro. Si no hay personaje no hay nada que hacer. Es verdad que el toque sarcástico de la película hace que algunos momentos sean tan divertidos como patéticos. Es verdad que Hamer juega a enseñar la navidad desde perspectivas diversas. Pero también es verdad que la cosa se presenta caótica y con difícil solución.
No hay personajes. Y no hay actores ni actrices. Todos están muy limitados en sus interpretaciones. El guión, no crean, es poco exigente en ese sentido. Pero un mínimo de calidad siempre es necesario. Trond Fausa Aurvåg, Fridtjof Såheim o Reidar Sørensen son algunos de los intérpretes. Ya sé que estos nombres no les dicen nada. Y, salvo hecatombe en el mundo del cine, seguirán sin tener mucho sentido para ustedes por siempre jamás.
Por salvar algo de todo esto, podría (siendo muy generoso) señalar que el director noruego arranca de algo muy interesante y que preocupa a más de uno: un gesto cambia el mundo. No hacer algo o hacerlo puede provocar enorme felicidad o un desastre de proporciones espectaculares. Por ejemplo, no filmar una película mientras el guión no esté preparado y maduro puede hacer muy feliz a los que ven cine con regularidad.
La navidad es tiempo de pasar cosas por alto, de hacerse el muerto ante lo que no gusta. Pero hay cosas que no se pueden consentir. Si quieren ver una película sobre la navidad tienen muchas opciones. Esta sólo entretiene sin dejar el más mínimo poso. Y no despierta ese espíritu navideño que tanto buscamos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 24 2011

Detrás de las paredes: Allí siempre pasa lo mismo

Ir al cine y encontrarse con una película que ya has visto es una enorme decepción. Te dicen que es un estreno y a los treinta segundos, zas, es una que viste el año pasado, el otro, hace cinco años y un día. La han titulado de forma distinta, incluso han modificado el reparto, pero es la misma. Lo peor es que las copias o son perfectas o son desastrosas. Y suelen ser malas, malísimas copias.
Detrás de las paredes recuerda, sin duda, a la película de Alejandro Amenábar, Los otros. En su primera parte es casi idéntica. Se cuenta de forma ligeramente distinta, pero se cuenta lo mismo, exactamente lo mismo. Que se parezca tanto es una faena para todos. El espectador, por su parte, intuye desde muy pronto lo que va a ocurrir y tiene la certeza, o casi, de que está siendo estafado. En una película en la que la gracia se encuentra, precisamente, en eso, en que el espectador no sepa casi nada, esto que digo supone un desastre. Por otra parte, el guión se desinfla en la segunda escena y el director se queda sin película. Una faena. Todo el mundo perdiendo unos eurillos.
La segunda parte, cuando se resuelve el gran misterio por parte de los personajes (el espectador ya se aburre seriamente porque se lo sabe todo) la cosa cambia. A mucho peor. Los trompicones por querer llegar al final, las prisas descomunales, la falta de capacidad de fabulación del guionista, son o deberían ser causa de despido procedente. Y, claro, todo acaba con un último intento lacrimógeno. Fallido, por supuesto.
La fotografía no está mal. Alguna secuencia es notable (muy pocas). El resto es una ruina. El personaje principal es interpretado por Daniel Craig. Creo yo que, durante el rodaje, le tendrían que despertar entre toma y toma porque se le ve amodorrado y aburrido. Naomi Watts defiende un papel muy secundario. De apoyo a la trama (para que no se desmorone hasta el último ladrillo del edificio). Tampoco es muy entusiasta en su trabajo. La única que se libra es Rachel Weisz. Tal vez le echó ganas para acabar lo antes posible.
La música es aburrida. Todo es aburrido. Una copia nefasta de un millón de películas ya vistas. No se libran ni los efectos visuales. Eso le sale bien a todo el mundo con tanto ordenador suelto. Pero en Detrás de las paredes son escasos y normalitos.
La buena noticia es que pronto se proyectará en algún canal de televisión. Y eso es casi gratis.
© Del TExto: Nirek Sabal


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sep 8 2011

September

September fue un desastre económico. Woody Allen nunca ha sido demasiado querido en su país y le esperan de mala gana. Si la película es un drama teñido, claramente, de ese color que aporta el cine de Bergman, que tanto le gusta al director y que tan poco entusiasma a los americanos, el resultado en taquilla y crítica es demoledor. Aunque tampoco gustó demasiado en Europa. No será la película que pase a la historia del cine como la mejor de Woody Allen.
Es verdad que los diálogos que establecen los personajes toman una dimensión demasiado elevada para lo que se cuenta. Una propuesta sencilla llena de frases excesivas no termina de funcionar. Y es verdad que los personajes se perfilan desde unas relaciones que, o bien se hacen inexplicables (el espectador no entiende lo que pasa cuando le falta una mínima dosis de información que aclare lo que sucede) o bien se presentan desde una perspectiva excesivamente superficial que tampoco ayuda demasiado a comprender. Todo eso es verdad. Tanto como que la lentitud de la película es excesiva. Demasiado interés por el interior de una casa que no termina de acompañar lo que Allen quiere contar.
Sin embargo, la película tiene cosas más que buenas. La fotografía es extraordinaria. Una parte, muy extensa, fue rodada sin apenas luz (una tormenta deja sin corriente eléctrica la casa en la que se desarrolla la trama) y la belleza visual es enorme. Los primeros planos de las actrices buscan destacar los rasgos que den fuerza al carácter del personaje. En fin, un inmenso trabajo fotográfico. La dirección de actores es sobresaliente. Algo habitual en el cine de Allen. Mia Farrow está bien. Aunque son Dianne Wiest y Elaine Strich las que destacan desplegando un lenguaje corporal extraordinario. Ellos; Sam Waterston, Jack Warden y Denholm Elliott; defienden sus papeles con facilidad. Waterston es el que parece menos convencido de ello. Y, por supuesto, la música de September es una delicia. Ya saben jazz clásico que gusta escuchar a cualquiera y que completa todo el conjunto. Títulos conocidísimos y elegidos con muy buen gusto.
Hay quien dice que esta película habla de la soledad, de esa que uno siente a pesar de estar acompañado por un ejército de personas. Yo no lo creo. Francamente, esa lectura me parece simplista y tópica. Quizás por ello la película gusta menos. September habla de la renuncia. Cualquier cosa que tenemos tuvo un precio que pagamos en su momento. Y la renuncia crea una falta, una ausencia de la parte que convierte en otra cosa nuestra vida. Por eso el título. Después del esplendor de la juventud, de la inocencia, llega el declive. El personaje que se contrapone a esta idea es el de la madre. Pero termina resultando que todo es una gran mentira.
September es una buena película. No es una obra maestra. Pero las buenas películas, sin ser comparadas, son eso, buenas películas. Que funcionen bien en taquilla es otro cantar. O que la crítica hable mal de ellas. Una buena tarde de cine con Woody Allen pilotando es siempre una de las mejores opciones.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 12 2010

Megamind: Animados para nadie

Cuando alguien entra en una sala de proyección para ver una película de animación; acompañado por dos niños; cargado de palomitas y refrescos; gafas para poder ver la película en 3D y la sonrisa dibujada de antemano; espera que la hora y media siguiente se llene de risas y diversión. Cuando alguien sale de la sala de proyección sabiendo que las sonrisas han sido pocas (las de los adultos porque la de los niños no han hecho acto de presencia); acompañado por los críos con cara de poker y ganas de volver a casa; espera que alguien se plantee qué es lo que está sucediendo con las grandes producciones de animación (salvo la tercera parte de Toy Story me han aburrido todas las estrenadas este año).
Está muy bien que se inserten gags para que los adultos  (acompañantes seguros de los pequeños) se diviertan, pero el cine para niños no puede convertirse en cine de animación para mayores a los que acompañan un batallón de enanos devoradores de palomitas. La vocación de este tipo de cine debería ser la que siempre fue. Aunque los padres paguen la entrada.
Megamind cuenta la historia del bien contra el mal (disfrazado de superhéroe y de villano); cuenta la historia del bien que se camufla con el propio mal para que alguien se fije en él; cuenta una historia más de mayores que de niños chicos.
La versión en 3D no está conseguida del todo. Sí técnicamente, no argumentalmente. Algunas escenas hubieran lucido mucho mejor con un 3D más espectacular. No parece que sea más atractiva esta versión por esta razón. Efectos muy justitos.

Y los personajes no crean que pasarán a la historia del cine por sus cualidades o por los valores que representan entre frases ramplonas y superficiales en exceso para un adulto y algo cargadas para un crío. Tuve la sensación, desde el principio, de escuchar frases muy parecidas a otras de otras películas, de estar frente a un refrito que reducía a la nada el todo que fue.
Los niños no se rieron. Los mayores sonreímos (tal por hacer rentable el precio de las entradas y las palomitas; luego dicen que la gente no acude a las salas de cine cuando lo han convertido en un artículo de lujo). Y creo yo que nadie salió satisfecho. Megamind habla del arrepentimiento (entre los seis millones de temas que forman este batiburrillo). Era  premonitorio. Todos nos preguntábamos qué hacíamos allí. Arrepentidos y con sed después de tanta palomita salada.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 12 2010

Manhattan: Una hermosa caja llena de problemas

¿Hasta qué punto podemos confiar en las personas? ¿Un hombre o una mujer enamorados son fiables? ¿Son los adolescentes una banda de desequilibrados contestones o lo son los adultos que cumplen más de cuarenta años? ¿Se puede amar a alguien mientras se ama a un tercero? ¿Puede cambiarse un amor por otro sin que ocurra una hecatombe emocional?
Estas son preguntas que asaltan al espectador cuando echa un vistazo al cine de Woody Allen. Incluso en su primera época ya dejaba algunos apuntes sobre estos asuntos cuando hacía comedias desenfadadas, frescas y críticas con los sistemas. Y estas preguntas nos hacen colocarnos ante una situación incómoda. Depende de la edad del espectador, eso es verdad. Me refiero a ese tener que elegir entre la sensibilidad y la intuición por un lado o la inteligencia por otro. Parece que, según vamos cumpliendo años, estamos obligados a utilizar más esa inteligencia. Es cosa de jóvenes lo de permitir que sensibilidad e intuición arrasen con todo. Y digo que lo parece porque es la única forma de que no se organice un desastre a tu alrededor. Un jovencito cerebral que calcula todo o un hombre maduro que se deja llevar por sus primeras sensaciones en cuanto se le cruza una mujer nos parece un loco. En el caso de las mujeres ocurre lo mismo, claro.
Sensibilidad, intuición, inteligencia. Woody Allen, en 1.979, vuelve a meter los ingredientes en la centrifugadora y ¡voilà! Otro peliculón. Y, encima, mostrando un escenario completamente grandioso. La ciudad de Nueva York. Pero no cualquier Nueva York. Nos muestra esa ciudad que ama y lo hace con sumo cuidado, con una fotografía excelente (Gordon Willis), en un blanco y negro lleno de matices que convierte cada plano de la ciudad en una postal que todos quisiéramos enviar un día. Así, el propio escenario termina siendo un personaje más, un personaje que aparece sin descanso para que los otros (los de carne y hueso) puedan ir evolucionando interiormente y en sus relaciones con los demás. El actante perfecto es lo que construye Allen en Manhattan y con Manhattan. De paso, el director deja bien clarito que una cosa en la costa oeste y otra, bien distinta, la costa este. No hace falta que diga quien sale mejor parado de esta comparación.
Otro de los ingredientes que convierten la contemplación de la película en un momento inolvidable es la música de George Gershwin. Delicada, exquisita; mezcla de sinfónica y buen jazz. Temas como Rhapsody in Blue (en el inicio); He Loves, and She Loves o Oh, Lady be Good ayudan a convertir el metraje (ya en sí mismo fantástico) en una delicia. En la película, los temas están interpretados por la filarmónica de Nueva york. Pilotando Zubin Mehta. No se puede pedir más.


El guión fue cosa del propio Allen y de Marshall Brickman (viejo conocido del director). Como de costumbre nos presenta unos diálogos llenos de ingenio, originales, muy bien armados para que los personajes puedan evolucionar al ritmo que requiere la narración. Nada de lo que se dice, nada, aparece porque sí. Todo tiene sentido. El justo.
La dirección de actores es más que notable. Diane Keaton está como casi siempre, soberbia. Meryl Streep, aunque en un papel secundario, consigue una gran solvencia y credibilidad en su interpretación. Una jovencísima, Mariel Hemingway, da una lección de contención y de expresividad en cada uno de sus gestos. Y el propio Woody Allen llena la pantalla desde el principio al final de la película (entre otras cosas por el personaje que interpreta que es grandioso). Michael Murphy aparece en con papel menor, pero también está muy correcto.
Lo que cuenta Allen en esta película está rodeado, como es habitual, por los asuntos que le preocupan. La religión hebrea, las relaciones de pareja, el psicoanálisis, la crítica al mundo de la cultura, etc. Lo habitual. Un enorme montón de problemas. Y no pienso decir una sola palabra sobre la trama. Es una pena desvelar una sola cosa por pequeña que sea. Sólo un mínimo apunte sobre la escena final de película. Después de una carrera de Isaac Davis (Allen) por las calles de la ciudad (magníficas tomas), le vemos junto a Tracy (Mariel Hemingway). La conversación es un colofón estupendo y resume muy bien lo narrado. Ese aplomo de la joven (que durante toda la película parece ser la única sensata), esa otra forma de ver las cosas del hombre maduro, nos dejan claras las cosas. La referencia a la posibilidad de confiar en las personas cierra un peliculón. El resto de lo que cuentan mejor que lo vean y lo disfruten. De verdad que merece la pena. No se me ocurre mejor idea para un domingo lluvioso, por ejemplo. Ni para una tarde de sábado ventoso. O para un día cualquiera a la hora que sea y donde sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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