may 13 2011

Hellraiser: Relaciones sadomasoquistas

No hace falta decir que Hellraiser de Clive Barker fue una de esas obras que, tras casi 25 años, ha seguido cosechando éxito, ya sea por su estética única, su argumento más que paradójico, o por todo el merchandising generado a raíz de ello.
La historia se inicia en un café donde un hombre le vende a otro, un tipo llamado Frank, una misteriosa y enigmática caja. En cuanto Frank llega a su piso, empieza a manejar dicho objeto, rotarla como si de un cubo de Rubik se tratara, desencadenando la apertura a un mundo subyacente, a otra dimensión, a un lugar que dominan los Cenobitas, unos seres de ultratumba y completamente deformes, engendros con estética y valores sadomasoquistas. Estos, en su afán por poseer toda alma que abre su mundo, se llevan el cuerpo de Frank de la manera más sangrienta posible, mediante unos ganchos que salen del infinito y traspasan su carne hasta convertirlo en simple carnaza. Tiempo después, a la casa abandonada que dejó Frank, llega su hermano Larry (Andrew Robinson, muchos lo reconoceréis como el Sr. Scorpio del film Harry el sucio) con su pareja Julia y su inocente hija Kirsty. En plena mudanza, Larry se hace daño en la mano con un clavo, provocando un derramamiento de sangre en la misma habitación donde su hermano fue absorbido por los entes del más allá, lo que hará traer de vuelta a Frank desde el inframundo, eludiendo la justicia divina de los Cenobitas. Obviamente, faltan detalles como que en un principio Larry, Julia y Kirsty son la aparente y típica familia feliz que pretenden tener un nuevo futuro. Pero con el desencadenante que provoca Larry y su sangre, Julia se verá arrastrada a revivir fantasmas de su pasado, esto es (y por casualidades del destino), sus deslices con Frank. Todo ello hará que los Cenobitas vayan detrás de Frank, que Julia se someta a éste y se deje manipular como ya hacía en sus encuentros con él, y que Kirsty acabe harta de todo y de todos.

Es interesante ver cómo a través de una propuesta tan, aparentemente, estrafalaria, se puede hacer apología del feminismo más puro y duro. Datos a tener en cuenta antes de llegar a tal conclusión: Tenemos una mujer casada (Julia) con un panoli de poca personalidad aunque inofensivo (Larry), que vivió mucho antes deslices con el hermano de éste, Frank, un tipo violento, manipulador, machista, mentiroso y todo tipo de apelativos insultantes que se me puedan ocurrir, un hijoputa como dirían muchos. Y en medio de todos, esta Kirsty, una niña a punto de convertirse en toda una mujer que tendrá que dejar todo eso atrás. Es curioso comprobar que la historia siempre se repite, ya sea hace 20 años o ahora, Clive Barker nos muestra a unos personajes faltos de futuro, traumatizados por su pasado, acomplejados, donde las relaciones sentimentales no dejan de pasar factura a cada paso que se da. Critica, a través de una sátira que podríamos calificar como gore, lo que llegan a ser ciertas relaciones de pareja, es decir, como un acto sadomasoquista. Esto es, mujer conoce a un tipo decidido, dominante y violento, ella se somete a sus deseos, convirtiéndose en una mera muñeca sin alma, en un momento dado ella llega a tener voluntad para terminar todo aquello. Lo peor viene después, que es donde se genera ese síndrome de dependencia que la mayoría conocemos, que es cuando uno puede escuchar frases tan absurdas y esquizoides como cuando estoy sola lo echo de menos, y cuando está acompañada de su hombre (nótese mi sarcasmo a este prototipo de tíos), es un cabrón sin sentimientos. Y así se sucede un ir y venir, donde se sufre, se llora, se cree ser feliz, se cree ser lo peor, pero en realidad lo que sé, y lo que sabe Clive Barker, es que es un acto de completo y estúpido sadomasoquismo. El personaje de Julia son todas estas ataduras psicológicas y sádicas. El personaje de Kirsty es todo lo contrario, buscará su propio yo en el mundo, la libertad y su lucha por derrumbar toda esa ambigüedad.

Para llegar a tal apología del feminismo, Clive Barker utiliza el personaje de Kirsty como el eje principal de su narración, donde dicho personaje pasará de depender de sus padres, a desvincularse de todo aquel mal que éstos han generado. En resumidas cuentas, lo que se dice en el film es que para romper con todo el círculo vicioso que nos joderá de por vida, ya sea físicamente y lo más importante, psicológicamente, hay que hacerlo de manera agresiva, radical, cortante. Empezar desde cero, sin vinculaciones de ningún tipo, sin nada de lo que depender, NADA. Sólo así, y de manera utópica, las siguientes generaciones podrían tener su propio futuro, sin ataduras ni vínculos familiares, porque la familia es el origen de lo que nos hace como somos. Y el hecho de que sea una mujer el que lo haga, ya dice mucho de los tiempos que vivimos, aunque no se quieran ver, y el realizador nos lo muestra desde una visión tan personal como también lo podría ser Bertolucci con El último tango en París.
En otro orden de cosas, el apartado técnico es discreto, una película relativamente barata y modesta que costó un millón de dólares de la época y ha generado más de 20, gracias a su ambientación, bastante conseguida, y sobretodo por la estética medio punk, medio sado que tanto se valoraba y estaba de moda en la década de los 80. Un uso de la música bastante adecuado a cada momento y lo suficientemente destacable por parte del  compositor Christopher Young, un autor acostumbrado a este tipo de productos y a peliculas de serie b, así como una realización notable a pesar de ser la primera película de este polifacético director, Clive Barker (también escritor, filósofo y dibujante, con mundo propio y toque característico; incluso videojuegos llevan su sello), logran completar un film que se convirtió en todo un icono de los 80.
Asi que, dejad de ser masoquistas, y desvincularos de aquello que os hace mucho mal. Que ya es hora de un nuevo principio.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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abr 10 2010

El último tango en París: Sin retroceso


Ron Carter – Can�ao do sal

Un ordenador, un envase de mantequilla y unos dedos juguetones. Podría empezar con estas tres cosas para intentar poner al personal en disposición de leer una reseña erótica de “Un tango en París”. Espero no defraudar a nadie, pero para mí “El último tango en París” tiene muchísimas connotaciones además de esa.
Una de ellas, me remite a mi infancia. Sí, mi niñez. No es que fuera una niña de sexualidad precoz, pero cuando se estrenó “El último tango en París”, yo andaba dando tumbos por el mundo. Soy preconstitucional. Mi infancia estuvo marcada por cosas tan peregrinas como ir los domingos a la Plaza Cataluña a dar de comer a las palomas o las listas que mi madre entregaba a una vecina que los fines de semana iba a Andorra y nos proveía de azúcar, chocolate, queso de bola, colonias de lux y galletas danesas; y, la que ahora aquí me ocupa, la de poder señalar en el mapa de Francia donde estaba Perpiñán.
Sí, sabíamos dónde estaba Perpiñán porque hasta allí era donde nuestros padres decían ir a pasar el fin de semana y descansar aunque, en realidad, dar la excursión en cuestión no tenía otra finalidad que ir a ver “El último tango en París”. Se fletaban autobuses con la única finalidad de ir hasta Francia y ver como Marlon Brando sodomizaba a María Schneider a base de mantequilla. Eso y no otra cosa es lo que de boca en boca corría por aquella época.
Siempre me intrigó esta película, así que, cuando pude, me hice con una copia de aquella película que había sido censurada en España y que había provocado autenticas caravanas en la frontera de la Jonquera.
El film nos sitúa en París, a principio de los años 70. Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años que acaba de enviudar y Jeanne, una muchacha de 20 años (María Schneider), actriz amateur, se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. Desde ese primer encuentro casual, la atracción entre ellos surge de una manera brutal, de manera que sin cruzar apenas unas palabras, terminan haciendo el amor de una manera casi animal, en un piso totalmente vacío. A partir de ese momento, los encuentros en ese piso, que alquila Paul, se irán prolongando en el tiempo. Entre ellos se establece una relación que traspasa lo carnal para adentrarse en las relaciones violentas y de sumisión de Jeanne a Paul.

“El último tango en París” ha sido una película que además de lo sexual, trata de otras muchísimas otras cuestiones, bastante más sustanciosas, salvo que nos queramos quedar en lo meramente sexual, pero que han pasado totalmente desapercibidas. Retrata la crisis existencial de un hombre que siente la necesidad de romper con todo aquello que le ata al pasado e incluso al futuro. Vivir el sexo por el sexo, completamente desligado de emocionales, sin necesidad de conocer nada del otro, nada de nada. Sin vivir más allá del momento en el que están. Sin embargo, el sufrimiento no desaparece, sino todo lo contrario, pues el condicionante de no entrar en el mundo de uno y de otro, dejando de lado las historias personales de cada uno. Viven un “no hay futuro”, un “no hay esperanza”, sin que la entrega absoluta de uno a otro pueda abstraerse de lo que cada uno son. La válvula de escape de sus vidas, esos encuentros tan poco corriente, alejados de los convencionalismos sociales de la época, se convierte, poco a poco, en el yugo que terminará degradándolos totalmente hasta el punto de desear morir. El posterior intento de acercamiento personal fracasa totalmente.
La estética de la película, absolutamente desnuda de artificios, intentando centrarlo todo en los planos de sus dos protagonistas, en un lugar vacío, vestido a base de diálogos centrados en un presente limitado, colaboran en la creación de una atmosfera que, lejos de ser tranquilizadora, sirve para aumentar la angustia que ya de por si transmiten ambos personajes, sobre todo el de Marlon Brando.
El film de Bertolucci es una obra maestra pues consigue transmitir la imposibilidad de dar marcha atrás a las consecuencias de nuestras propias decisiones, consecuencias, que como en este caso, tienen un final trágico que es absolutamente inevitable.
A destacar una vez más, la banda sonora. El músico Gato Barbieri fue inmediatamente reconocido mundialmente a partir de su intervención en esta película.
Les recomiendo vean “El último tango en Paris” y que escudriñen en al metafísica de sus personajes, no se dejen engañar por la simple mantequilla.
© Del Texto: Anita Noire