may 17 2013

El gran Gatsby: Otro que no se entera de nada

Interpretar un texto literario es muy difícil. Encontrar la clave de una lectura correcta no está al alcance de cualquiera cuando la novela o el relato es complejo; pero, si además, el lector no se hace preguntas sobre lo que le van diciendo, la cosa se antoja imposible.
No sabemos si el realizador Baz Luhrmann lee mucho, poco, bien o regular. Lo que sí se puede afirmar, sin posible error, es que de la novela de F. Scott Fitzgerald no se ha enterado. De nada. Tal vez se la contó un amigo, tomó nota en una servilleta y escribió un guión o lo que creía él que podría serlo. No se puede estar más alejado del texto original. Con media docena de frases textuales (que no son ni mucho menos las de mayor relevancia), con todo lo superficial del texto; con eso es con lo que ha trabajado el señor Luhrmann. Bueno, y potenciando la figura del narrador (un narrador que no tiene nada que ver con el del relato) aunque todo indica que lo hace sin saber la razón por la que hay que hacerlo. Debe ser que alguien le dijo oye, Baz, el secreto está en el narrador y él lo potenció. No hace falta decir que, con estos mimbres, la propuesta es aburrida, extravagante en todos los sentidos y vacía.
Es verdad que F. Scott Fitzgerald habla de la imposibilidad de recuperar el pasado, eso que pudimos ser y va quedando, poco a poco, en un lugar inalcanzable. Es verdad y a eso se agarra el director y guionista como si fuera lo único que se encuentra en el universo de Gatsby. También es verdad que Fitzgerald dibuja una sociedad frívola y alocada. También se agarra Luhrmann a ello. Pero lo hace para entregar un alarde estúpido, un ejercicio que suspende desde el principio. Porque la esencia de El gran Gatsby es otra bien distinta. La cosa no va de fiestas y sólo de fiestas; no va del pasado como algo inalcanzable y sólo de eso. De ser así, la novela sería un tostón.
Efectivamente, la figura del narrador, de Nick, es fundamental. Pero ¿por qué? ¿Por qué esa fascinación por Gatsby? ¿Por qué Nick escribe una novela para contarnos todo esto? Según Luhrmann porque se lo prescribe un médico. ¡Y se queda tan ancho! No es que este hombre se distancie de la novela para poder hacer cine; es que este hombre desgracia el texto por completo y, además, no hace cine.
La puesta en escena es exagerada, la cámara parece estar en manos de un histérico dando carreras de un lado a otro, la banda sonora no puede estar peor elegida (es uno de los peores experimentos que recuerdo). Todo se desliza hasta el ridículo. Entre bostezo y bostezo, eso sí.
Se libran los actores que muestran cierto empeño por sacar el proyecto adelante. Leonardo DiCaprio defiende el papel principal. El de Jay Gatsby. No pasa de estar correcto aunque, dentro del conjunto, se agradece su decencia. Si intentó salir corriendo del plató no se nota. De todos modos, hay actores que encajarían mejor con el Gatsby de Fitzgerald. No pasa nada, en cualquier caso, el Gatsby de esta película no es el del autor. Tobey Maguire se esfuerza mucho, muchísimo. Su trabajo es notable. Carey Mulligan (muy bien fotografiada por Simon Duggan) sale airosa del empeño. Bien de expresión corporal, bien contenida, bien en todo.
Una decepción enorme. ¿Cuándo alguien leerá bien esta novela y dejará a un lado la idiotez antes de hacer una película?
La única forma de entender esta obra reside en la voz narrativa. Y, concretamente, se percibe en la fiesta a la que asiste Nick junto al marido de Daisy. Allí se encuentra con un fotógrafo. Este tiene en la mejilla restos de espuma de afeitar. Nick que la quita con su pulgar mientras el tipo duerme. En esta película, podría haber metido el dedo en un enchufe y hubiera dado lo mismo. Pero en la novela es el momento en que descubrimos lo que está por debajo del propio texto. Nada más y nada menos que la condición sexual de Nick. Algo que marca, definitivamente, la narración; que nos hace ver a los personajes desde un punto de vista novedoso, interesante, profundo. Pero Baz Luhrmann (y todos los directores anteriores) no ven nada. Así es imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 11 2010

El gran Gatsby: Un desastre lleva a otro mayor

Una mala lectura de una novela provoca que el lector no se entere de nada. Si da la casualidad de que ese lector se dedica a la adaptación de novelas para hacer películas de cine, el efecto se multiplica considerablemente, puesto que nadie se entera de nada. Desde luego, Jack Clayton hizo su película sin tener en cuenta lo que quiso decir F. Scott Fitzgerald en su novela (El gran Gatsby es una obra maestra convertida por muchos y muchas veces en una novelucha). Se parecen poco relato y película. Pero poquito, poquito. Alguien podría decir que eso es cosa normal, que cada cosa es independiente de la otra. Y es verdad. Pero la cosa cambia cuando te venden la cosa como la adaptación definitiva, cuando existe una clara vocación  (en esa película) de plegarse al original. Lo intentan, pero todo sale mal.
Hay que resaltar un par de aspectos (por ser económico, ya que podría estar escribiendo sobre esto durante horas) que hacen de la narración de F. Scott Fitzgerald un desastre si no se manejan con solvencia.
Por un lado, el narrador (Nick). El punto de vista es fundamental en la literatura. La intención de la voz es lo que orienta el conjunto. Desde la primera línea, el rumbo de la narración queda marcado si elegimos un narrador personaje, que sea objetivo o cualquier otro aspecto. En esta novela, Nick ofrece un discurso que esconde mucho detrás de lo que dice. Es tan importante lo que no enseña que resulta absurdo no tenerlo presente. Por ejemplo, el campo semántico que se encuentra junto a lo que tiene que ver con la condición sexual propia y de otros personajes se omite. Ni una sola palabra en toda la narración puede darnos pistas de forma explícita sobre este aspecto. Pero un buen lector, alguien que quiere llegar más allá de las palabras, descubre muy pronto que eso obedece a una intención clarísima. El momento en que podemos estar seguros de lo que sucede es durante la fiesta en el apartamento de Tom. Se nos presenta eso de lo que Nick no quiere hablar como un hallazgo que hace deslizarse al relato hacia territorios de gran excelencia literaria. Y eso que descubrimos es la homosexualidad del narrador. Más adelante comprobamos que esa intención le sirve para proteger su intimidad y la de otros personajes (no desvelo más). Esto en la película no aparece ni por asomo, claro. Y las consecuencias son enormes. Las historias no se parecen en nada.
El otro aspecto al que quiero referirme y que vacía la película de todo el contenido con el que Scott Fitzgerald había armado su relato es el famosísimo cartel que vemos en la carretera frente al negocio de Wilson. Ya saben, ese cartelón semidestruido que anunciaba los servicios de un dentista. Un gran dibujo representando unas gafas, unos ojos y anunciando el nombre del doctor. Aparece en novela y película. Una lectura errónea y moralista puede llevarnos a pensar que eso representa la mirada de un Dios que todo lo ve. Pero eso es, sencillamente, un disparate. En la novela representa la voz narrativa; si quieren suavizar algo esta afirmación, representa la labor del escritor. Ver a Dios en ese cartel es convertir el trabajo de Scott Fitzgerald en algo pequeño y sin importancia. Pero claro, estamos hablando de los norteamericanos. Suelen hacer estas cosas dado el nivel de estupidez moral que han desarrollado desde hace mucho tiempo. Por supuesto, en la película nos encontramos con esta lectura.
En fin, cualquier parecido entre la película y la novela es fruto de la casualidad. En este sentido, el desastre es absoluto. Pero alguien podría decir que soy injusto al fijar la atención en esto y no en otra cosa porque, al fin y al cabo, la película en sí misma es una realidad independiente, autónoma, respecto de la novela. Como eso es cierto, vamos con la película.
Jack Clayton nos enseña lo que era la sociedad burguesa que residía en Nueva York de los años posteriores a la Gran Guerra. No hay otra cosa. Es cierto que lo hace apoyándose en una historia de amor entre sus protagonistas: un gángster hortera podrido de dinero y una imbécil de tomo y lomo que pertenece a una familia adinerada (él es Gatsby (Robert Redford) y ella Daisy (Mia Farrow)). Todo está contado desde el punto de vista de Nick Carraway (vecino de Gatsby y que interpreta Sam Waterson), aunque el director lo modifica porque no tiene más remedio cuando quiere centrar el objetivo en hechos puntuales (el asesinato de Gatsby, por ejemplo, que, posiblemente, es de las pocas cosas que pueden salvarse de la película). Desde el principio, todo es brillante (el uso excesivo de filtros hace que hasta los dientes de los personajes tengan un brillo insólito). Esa luminosidad va desapareciendo a medida que la tragedia se acerca. La gente baila, bebe y, sobre todo, se aburre con los bolsillos repletos de billetes. Mucho dinero, poca inteligencia, poca reflexión. Fiestas, infidelidades, traición, estupidez, muertes casi obligadas (ya saben, la moral y esas cosas). Poco más.
Las interpretaciones son correctas. Mia Farrow haciendo de imbécil queda de lo más creíble. Robert Redford haciendo de imbécil con pistola queda de lo más soso. La puesta en escena que logra Francis Ford Coppola es lo mejor de la película junto al vestuario. De hecho es lo único que tiene bueno en su conjunto. El resto hay que buscarlo aquí y allí. Porque la banda sonora es muy floja. Las piezas que se toman prestadas están gastadas y se convierten en una partitura que hace juego con Gatsby. El guión va de lo excesivamente literario (la voz en off que corresponde a la narración de Nick es literal de la novela) a lo excesivamente idiota (esto hace juego con Daisy). Si los personajes evolucionan algo es gracias al clima que se genera con esa puesta en escena a la que me refería. Desde luego, los diálogos no les hacen avanzar. Es lo malo de hacer trozos una novela y colocarlos entre ojos brillantes y gilipollez.
La novela de Scott Fitzgerald mal leída se convierte en un tostón. Eso se lo garantizo a cualquiera. La película de Jack Clayton es una lectura horrible de esa novela. Garantía de por vida. El uso elegante y preciso de una cámara no convierte en algo bueno un auténtico disparate.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

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abr 17 2010

El gran Gatsby: Comprar un pasado


michael buble – sway

Nueva York. Verano de 1.922.
Esta es la historia de Jay Gatsby, un nuevo rico empeñado en comprar a toda costa el amor de Daisy Buchanan, una rica de verdad, una frívola caprichosa camuflada en vaporosos vestidos y voz llena de dinero.
La historia nos la cuenta Nick Carraway, el primo de Daisy Buchanan y el único personaje ético y cabal de toda esta tragedia griega. Un observador pasivo ante una sociedad hedonista, derrochadora y caprichosa, que con sus excesos y lujos hasta la exageración, consiguieron llevar a un planeta entero a una gran depresión en el 29.
Como dos inmaduros fantasiosos e infantiloides, jugando al inviable amor eterno, Gatsby y Daisy, se alimentan inutilmente de su vieja historia de amor llegando hasta el colmo de la cursiléría.
Envuelto en esa atmósfera de palacios deslumbrantes y fastuosas veladas de jazz, Jay Gatsby se exhibe bajo una lluvia de infinitas camisas, juegos de té de precios incalculables y Morgan amarillo último modelo. Una mundana escenografía adornada de un “falso” romanticismo dónde todo, hasta el pasado, se puede comprar, dónde las apariencias engañan más que nunca y dónde la única salida de emergencia es un disparo por detrás en la piscina.

Traje de baño espectacular. Jazz añejo “no empático”. Colchoneta flotante a la deriva. Jay Gatsby, víctima de su propia osadía, toma un baño en su fastuosa piscina. Flota de espaldas en colchoneta. A su espalda, las puertas acristaladas y perfectas de su mansión. Tras éstas, perfectos visillos blancos se mueven perfectamente con la brisa. A continuación, un perfecto proletario dispara la bala perfecta que aniquila las tristes ilusiones de un triste nuevo rico. Y en un solitario entierro, sin más testigos que la voz de la moral y la franqueza de Nick Carraway, termina la historia de este héroe trágico condenado a la consecución de un trágico ideal.
Tras esta breve radiografía, aclarar que adoro a Jay Gatsby, sus camisas y su Morgan amarillo. Sus perfectas preguntas y respuestas. Su delicadeza, tan extrema y tan “incorrecta” siempre, y sus aires de perdedor nuevo rico que a mí me derriten como la tonta Daisy Buchanan que soy.
© Del Texto: Sonia Hirsch