ene 16 2012

El ángel exterminador: Los corderos deben significar algo

Son pocas las veces en las que me he quedado boquiabierto. Por ejemplo, cuando nací fue una de ellas, la primera vez que me besó una mujer otra y, que yo recuerde, después de ver El Ángel Exterminador de Luis Buñuel. Cuando nací, entre otras cosas, me dio por llorar y hacerlo con la boca cerrada siempre me pareció de lo más incómodo; el beso de aquella mujer me dejó con la boca abierta más por querer un bis que por otra cosa; la película de Buñuel fue un descubrimiento y la conmoción por saber qué significaba la palabra genio me dejó perplejo, emocionado, inmóvil, pensando, soñando, descolocado y (lo más importante) ajeno al mundo. Reconozco que no entendí gran cosa, pero me tranquilizaba pensar que tampoco entendí nada cuando me enfrenté al primer cuadro de Miró. A los genios no hay que entenderles, lo que hay que hacer es creerles. Eso me decía siempre (a mí mismo) cuando lograba cerrar la boca.
Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Fiesta de finolis. Entran dos veces. Sí, dos veces. El servicio sale dejando las cosas preparadas a medias. La cocinera y su ayudante salen justo después de entrar los finolis. Dejan la casa dos veces, claro. Un mayordomo tropieza cayendo con el guiso de bruces. Los finolis creen que es una broma. La señora de la casa (una finolis muy digna) indignada hace que el mayordomo (el más digno de todos, el que se quedará al pie del cañón), indignado, retire unos corderos y un oso que esperaban para ser una broma. Total, que la cosa se complica porque todos los finolis pasan a un salón del que no pueden salir. Durante meses. Los finolis se vuelven salvajes, los corderos regresan para ser sacrificados, el oso se apodera del resto de la casa, los que esperan en la calle intentan entrar aunque no pueden, la señora de la casa (indigna hasta más no poder) no disimula su romance con otro finolis que anda por allí, un par de ellos se suicida y allí pierden los modales y la humanidad todos sin excepción.

Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Fiesta de finolis. El anfitrión brinda y es acompañado por los invitados. El anfitrión brinda de nuevo y no le hace caso ni un solo finolis. En la butaca de atrás un muchacho mira la película boquiabierto. Mueve la espalda despacio. Comienza a levitar. Sobrevuela la sala y entra en la película a través de la pantalla. No puede salir de la sala. Convive con los finolis y pierde los modales y la humanidad. Indignado exige que alguien le saque de allí. Buñuel se acerca. Hablan. El muchacho entiende.
Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Blanco y negro. O la película está mal montada o las repeticiones deben tener su propio significado. Los corderos deben significar algo. Los que esperan fuera de la casa no pueden entrar. Salvo un niño que a mitad de camino entre la cancela y la puerta de entrada se arrepiente y regresa corriendo. Entre tanto desorden, alguien decide poner algo de orden. Y logran salir. Todos excepto un muchacho que se sienta en un rincón de la pantalla. Boquiabierto mira con curiosidad lo que pasa fuera de la casa.
Termina la película. Ninguno de los que han visto la película en la fila doce, en una localidad centrada, son capaces de salir de la sala. Sólo cuando se unen los tres cierran la boca. Buñuel, desde la puerta de emergencia le dice (el muchacho ya es uno y, supongo, que trino) te lo dije, querido, de lo conmovedor nunca se sale.
Y aquí sigo. Boquiabierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 18 2010

Ran: Cómo puede un genio cruzarse en su vida

¿Qué sucede cuando alguien se encuentra con un genio por el camino? Puede quedarse perplejo, puede sentir una gran emoción o cualquier otra cosa. Eso depende de cada sujeto. Pero hay algo común, sea quien sea el genio y sea quien sea el que lo encuentra. A partir de ese primer contacto nada será igual. Los esquemas del individuo se modifican de inmediato y su criterio también. Todo lo que esté por debajo de lo que ahora conoce no le interesará. Por ejemplo, uno ve El ángel exterminador de Buñuel y la forma de mirar el cine se modifica. Ese era un genio. Pero si la película que descubre es Stalker de Andrei Tarkovsky pasa lo mismo. Era otro genio. Lo que antes era una película entretenida se convierte en un paquete. El ansia por ir más allá en el conocimiento hace que se evite cualquier pérdida de tiempo con obras menores.
Encontrarse con Akira Kurosawa por el camino es sinónimo de ruptura de esquemas, de amor incondicional por su cine, del descubrimiento del color como elemento esencial de la imagen, del conocer un trabajo riguroso con la luz al rodar, del encuentro con un cine exquisito que resulta inolvidable desde el principio. Encontrarse con Akira Kurosawa es encontrarse con un genio.
Una de sus películas es Ran. Una de sus obras maestras. Tardó diez años en rodarla desde que comenzó su planificación (eso da una idea de cómo trabajaba este director aparte de la falta de presupuesto que, supongo, también influiría en ese largo proceso). La idea nace de una historia protagonizada por un señor feudal japonés (Motonari Mori) que siendo viejo tiene que enfrentarse a un tiempo de grandes conflictos que terminarían con la unificación de los territorios de Japón. Pero, aunque ese es el germen de lo que cuenta Kurosawa en la película, lo que aparece con más claridad para el espectador occidental es la problemática que plantea William Shakespeare en su obra El Rey Lear. Ya saben, traición, avaricia, batallas fraticidas, egoísmo, muerte. Ya que la cultura oriental se le hace extraña al occidental (existe un desconocimiento muy serio de ella) y eso lo sabe el director, elige un momento histórico muy concreto para colocar la acción de modo que sea algo más universal (Era Sengory). Por ejemplo, en el siglo XVI, los samurais podían elegir estar a las órdenes de otro señor si con el que estaban no les agradaba. Así, en ese escenario, los personajes de Ran se mueven con más libertad (aunque corresponden a las costumbres del momento de forma casi exacta) y pueden presentar actitudes mejor entendidas por todos, mucho más flexibles, de paso.
Hiderota Ichimonji (Tatsuya Nakadai, espléndido en su papel) se encuentra mayor y decide dividir sus tierras entre sus tres hijos. Ha sido un guerrero despiadado y ha conseguido su fortuna a base de conquistar tierras, eliminando familias enteras y siendo implacable con el castigo. Los dos hijos mayores (Taro y Jiro) le adulan. Saburo, el menor, pone en duda lo que tiene planeado su padre. El irascible y orgulloso Hiderota le termina desterrando. A partir de aquí, los dos mayores comienzan a planear venganzas y asesinatos; el anciano es desterrado y se ve obligado a vagar por sus tierras encontrándose con el horror que él mismo ha generado; los días de la casa Ichimonji tiene los días contados. Ayuda a que todo se precipite la intervención de la Dama Kaede (esposa del hermano mayor) y que desea una venganza cruel para toda la familia, puesto que el anciano acabó con la suya y con sus posesiones, por lo que conspira haciendo que los hermanos acaben entre sí. En fin, todo venganza, todo deslealtad, todo sangre y muerte. La historia es fascinante, intensa, emocionante y profunda. Aunque es la puesta en escena lo que convierte la película en algo grandioso.
La dirección artística está cuidada al máximo, la fotografía es excelente, el vestuario (su colorido y la exactitud del corte) llena la pantalla por sí mismo; el director consigue que los extras no lo parezcan al dirigirlos con maestría y que se multipliquen como por arte de magia con un movimiento casi matemático de la cámara. Y, por último, el uso de la música y de los colores convierten la película en un espectáculo maravilloso. La escena en la que los ejércitos de los hijos atacan el castillo del padre es impresionante. Mientras vemos la parte más brutal del hombre, el horror de la guerra, escenas de una crueldad asombrosa, suena el Adagio de Toru Takenitzu. Tranquilo, excelente, bello. La suma de lo visual y lo musical hace que todo adquiera un sentido poético asombroso. Colores en movimiento marcado por lo sublime. Y digo colores porque Kurosawa marca a cada ejército con un color distinto (entre otras cosas intentando evitar confusiones en el espectador que sin esa referencia no sabría lo que ocurre en cada toma). El amarillo para el hermano mayor (no cualquier amarillo sino uno muy pálido, algo difuso como el carácter del personaje). El rojo para el segundo de los hermanos (venganza, sangre, muerte). El azul para el pequeño (un azul suave que hace pensar en la calma). Una batalla perfecta desde un punto de vista cinematográfica.
Ran es una película extraordinaria de la que ya se han dicho casi todas las cosas que son posibles. Ran es la película de un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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