abr 15 2012

Luna de Avellaneda: Raíces perpetuas

Somos lo que somos de principio a fin. Podemos modificar nuestra zona más superficial, podemos fingir ser algo distinto a lo real, incluso podemos negarnos una y otra vez. Pero somos lo que somos de principio a fin. Si las raíces desaparecen nos secamos, estamos muertos.
De esto habla la película de Juan José Campanella, Luna de Avellaneda. Una buena película que aborda el asunto central desde la depresión social, el fracaso matrimonial, una amistad infinita, el amor arrasador o el pragmatismo más radical. Una mezcla más que interesante (aunque necesita más tiempo de lo deseado por el espectador en el desarrollo de algunos aspectos siendo esto un pero de la película).
Ricardo Darín, en el papel protagonista, está a una muy buena altura artística. Aun sin ser su mejor trabajo no tiene el más mínimo problema para defender el papel con facilidad. Eduardo Blanco interpreta su papel sin esa carga de histrionismo que otras veces gasta y logra estar creíble y muy divertido. Mercedes Morán, Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica y José Luis Lópe Vázquez, dan la talla necesaria para estar a un nivel sobresaliente. Dicho esto, sobra decir que la dirección actoral es impecable.
Se suma a todo esto que Campanella mueve la cámara con mucho respeto hacia el trabajo de su reparto. Eso o busca el encuadre fijo para que los actores se muevan y hagan crecer a sus personajes moviéndolos en el entorno propio de cada uno, dejando que se vayan descubriendo mientras toman una cerveza o se emocionan mirando un vertedero. Ayuda una iluminación muy trabajada que hace brillar lo justo en cada escena y a cada personaje. Especialmente, en exteriores.
El segundo pero de la película es el montaje. Siendo el metraje algo excesivo, el montaje salpica de elipsis la película que no parecen ser la mejor opción. Parece que están para aliviar de minutos el trabajo cuando deberían utilizarse para que esos espacios de tiempo se completasen desde la relevancia de la zona expresiva de la trama. Fundidos a negro que sacan al espectador de la comodidad de un ritmo narrativo que se tiene que recuperar después. Algo incómodo e inexplicable. Tal vez, hubiera sido mejor no querer contar tantas cosas. No es que este sea un problema mayor, pero está. En cualquier caso, la película es divertida y deja momentos muy emotivos. La escena que se desarrolla en una barca de remos (Blanco y Valeria Bertuccelli) es un buen ejemplo de ello.
Arranca la película con un gran despliegue musical y de iluminación. La puesta en escena es espléndida. Servirá como contraste de lo que nos quieren contar a continuación. Todo será más triste, más gris. El pasado pasa a ser un recuerdo de todo lo que fue mejor. Y el director nos hace transitar por un mundo decadente que, a pesar de los toques humorísticos e irónicos, no convierte en chiste de mal gusto o en cosa sin importancia. Es este uno de los grandes aciertos que llega pegado a un guión muy bien construido. Un cementerio de cemento es el escenario para que la amistad se haga protagonista, el amor lo envuelva todo, las bondades convivan con las maldades con naturalidad y, sobre todo, las raíces anclen a los personajes a un lugar en el que siempre estuvieron sin faltar un sólo minuto.
El cine argentino es buen cine. El cine de Campanella es excelente. No se pierdan esta película.
© Del texto: Nirek Sabal


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abr 23 2011

El mismo amor, la misma lluvia

Una vida puede ser mejor o peor que otra, más o menos larga, muy atractiva o muy repelente, pero todas requieren de algunos ingredientes indispensables. Podríamos pensar en el amor o en el dinero. Se nos vienen a la cabeza los sentimientos, las emociones, tener hijos, lograr nuestros objetivos. Miles de cosas. Aunque cualquiera de ellas termina trasladándonos a un mismo lugar. Hasta la camaradería. ¿Qué es un marido o una esposa? ¿Qué es el padre o un amigo? Sin camaradas no tenemos nada de nada.
Esto es lo que trata Juan José Campanella en su película El mismo amor, la misma lluvia. La falta de un camarada es la falta de vida. Nada tiene sentido si no hay donde agarrarse en los buenos y en los malos momentos. Y lo trata desde el idealismo y el pragmatismo, desde dos formas de ver la vida.
Ricardo Darín y Soledad Villamil son los protagonistas y encarnan una pareja que vive en un tobogán eterno que no les permite convivir, pero les lleva a un mismo lugar. Porque son camaradas, porque saben más uno del otro que cualquier otro ser humano.
Una pareja que da la sensación de estar en el mundo porque no cabe otra posibilidad (me refiero a la pareja que forman Darín y Villamil). Da gusto cómo se desenvuelven en la pantalla.
Eduardo Blanco tiene un papel relevante y, también, logra construir un personaje con mucha credibilidad. Ulises Dumont está impecable aunque su papel es muy secundario y sólo explota al final de la película.
Campanella hace, como es costumbre, un trabajo de dirección de actores impecable. Deja que la expresividad de cada uno de ellos enseñe eso que está por debajo de cualquier narración y forma su esencia. Un gesto desdice lo que se escucha. Una historia imposible lo es cuando el ademán del actor nos lo muestra aunque el guión hable jsuto de lo contrario.
No es la mejor de las películas de Campanella si centramos la atención en el plano técnico. La iluminación es sólo correcta (se dejan ver mucho los esfuerzos por hacerlo bien y eso es diferente a hacerlo bien), la música matiza la imagen aunque peca de una sintonía excesiva y hace perder cierta fuerza al conjunto, el vestuario muy justito, la fotografía correcta a secas. Pero no por ello la película deja de ser una muy buena muestra del cine de este autor que ya podrían copiar en las grandes factorías.
Además de las interpretaciones, la ironía y el sentido del humor (ácido hasta más no poder) forman un bloque compacto y solvente.
Lo que cuenta Campanella es cómo Jorge y Laura se conocen, cómo se enamoran y cómo terminan perdidos en su propio amor. Deja de existir complicidad y todo desaparece. Todo salvo terceras personas, claro.
Lo que cuenta Campanella es cómo las personas se unen o se separan dependiendo de cómo ven el mundo. Es muy difícil cambiar a un adulto.
Y lo que cuenta Campanella es cómo cualquiera de nosotros termina regresando a ese lugar en el que el verdadero camarada espera, pase lo que pase.
El mismo amor, la misma lluvia es una película muy agradable de ver. No tanto de pensar. Si el espectador decide ver (sólo) pasará un buen rato. Más que bueno. Si, además, decide pensar sobre lo visto pasará un buen rato seguido de otro algo más duro. Pero, no se preocupen, después del vértigo llega lo mejor. Mirar a derecha e izquierda buscando al camarada (esposo, esposa, madre, padre, hijos, amigos o lo que sea). Tal vez sientan una necesidad imparable de marcar un número de teléfono para decir lo que sienten.
Los jovencitos de cada casa pueden ver la película sin problemas. Y así se enterarán de algunas cositas que les esperan y que nadie está dispuesto a explicarles. Entre otras cosas, que amar es costoso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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