abr 13 2013

Una pistola en cada mano: Un silencio en cada frase

Lo sugerido, lo implícito, lo que no se dice de forma directa, es un recurso narrativo tan difícil de utilizar como impactante, expresivo y efectivo. Complicado de usar y extraño en los creadores actuales que buscan más hacer caja y ser famosos que cualquier otra cosa (me refiero al 80% de los que se mueven en los circuitos más comerciales del mundo de la creación. El resto son rarezas muy necesarias o no les conoce nadie).
Siempre he defendido que la idea de que los diálogos en una película son fundamentales. Si son malos no hay nada que hacer aunque el reparto sea impresionante, aunque la fotografía o los efectos especiales sean una maravilla. Pero esa idea incluye el silencio, la evocación o la expresión llegada desde la palabra que esconde detrás de su aparente superficialidad toda una forma de entender el mundo. Lo que no funcionan son las frases rimbombantes o pretenciosas, la falsa ironía o un discurso rodeado de cosmética que es una enorme pata de gallo.
Cesc Gay es un excelente realizador. Sus películas son una demostración de lo que debe ser la dirección actoral, el movimiento cuidadoso y elegante de la cámara o la inteligencia al desarrollar personajes. Una demostración, también, de originalidad y de vocación por hacer buen cine. Con Una Pistola en cada mano se adentra en la franja de edad de los hombres en la que todo se puede venir abajo si no se asume como lo que es. Lo hace desde una serie de encuentros entre distintos personajes que apenas dicen nada aunque hacen explotar sus universos o lo que queda de ellos. Es curioso que, en esta película, cuanto más se habla de asuntos importantes más se roza el tópico y el personaje que lo hace se asoma al precipicio del ridículo. Cuanto más se silencia mejor se entiende lo que sucede, con qué ánimo se enfrenta el personaje a la realidad. Narra el realizador cinco encuentros en los que los egos chocan, los logos rozan provocando situaciones inaguantables para el personaje; cínicas, divertidas , patéticas, tristes casi todas.
El reparto es excepcional. Y el trabajo de Cesc Gay con él es impresionante. Es verdad que con este elenco la cosa es más sencilla de lo normal, pero que todos estén sobresalientes no es fácil. Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Leonor Watling, Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia, Cayetana Guillén, Candela Peña, Clara Segura, Alberto San Juan, Eduard Fernández y Jordi Mollá. Casi nada. Por si era poco, la fotografía de Andrés Rebés cuida hasta el último detalle y todo parece estar diseñado para que no deje de encajar una sola pieza.
Tan sólo la escena final desentona. Demasiado traída de los pelos, demasiado aparatosa para que un personaje diga pues estamos buenos lamentándose entre un grupo de hombres que viven diferentes situaciones a cual más trágica. Y, quizás, Gay se arrima más de la cuenta a algún tópico que no deja de serlo a pesar de enfrentarlo desde la zona inteligente. Alguien podría pensar que la película quiere decir que los hombres son más tontos que pichote y las mujeres muy, muy listas. Y algo de eso hay. Pero hay muchas más cosas. Hay universos enteros que explican situaciones, por ejemplo, de desventaja en las que alguien puede parecer eso, más tonto que un cubo, aunque lo que sucede es que la desesperación es grande y los errores acompañan muy bien en esos momentos. Se enfrentan personas en situaciones distintas en las que las desventajas son muy severas.
Cesc Gay hace buen cine. Cada uno de sus trabajos es una grata sorpresa. Un excelente realizador que ha madurado su cine y terminará triunfando. Es cuestión de tiempo. Y de presupuesto.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 18 2011

El método: Terror profesional

El terror llega cuando los límites no se encuentran. No saber dónde puedes llegar, qué es lo que te espera, desconocer lo que podrías llegar a hacer; son las cosas que más miedo provocan en las personas. Aunque es mucho peor conocer algunos de esos límites.
Eso es lo que intenta explicar Marcelo Piñeyro en su película El método. Nos coloca ante siete candidatos a ocupar un puesto de trabajo a los que reúnen en una misma sala. Entre ellos hay una persona que pertenece a la organización que debe contratar a la persona más idónea. Y entre ellos, entre los siete, deberán elegir quién es esa persona.
La película se desarrolla, casi en su totalidad, dentro de una sala de reuniones en la que se disputan el futuro. O en el baño de las instalaciones. Sólo unas pocas secuencias en exteriores, al principio y al final. Los personajes van sufriendo el desarrollo preciso (al menos el que precisa el director de la película) a medida que van pasando pruebas eliminatorias aunque, desde el principio, el carácter de todos ellos intenta fijarse con un par de rasgos característicos e importantes. Ayuda mucho que la elección de los actores fuera más que buena. Eduardo Noriega tiene pinta de pijo insoportable y su personaje también; Najwa Nimri tiene pinta de sosa con punto zen y su personaje resulta igual de soso y de perdido entre deleites intelectuales; Ernesto Alterio podría pasar por ser una persona frágil por su aspecto y su personaje es el arquetipo de lo pusilánime; Eduard Fernández muestra un aspecto duro y de posiciones claras ante cualquier asunto igual que su personaje; Carmelo Gómez y Adriana Ozores son la normalidad del problema diario de supervivencia en un mundo de lobos jóvenes; en fin, todos están bien elegidos para sus papeles. Incluso a Natalia Verbeke le encontraron un perfil de secretaria estúpida que hace las cosas de forma dudosa. Como ella hace su trabajo delante de la cámara. Sin duda el casting es de lo mejor de la película.
El diálogo es lo que hace que la acción avance con bastante fluidez. La pena es que el guionista tiende a repetir más de la cuenta algunas cosas como queriendo remarcar el carácter de los personajes. Alguien le debería haber advertido que lo había conseguido muy pronto y que tanta reiteración era innecesaria. La película pierde mucho en su conjunto debido a esto. Además, carga la importancia de los diálogos sobre los dos personajes peor interpretados y que más lejos llegan en el metraje. El de Noriega y el de Nimri. Una pena, sí, porque algunas intervenciones aparecen excesivamente forzadas y traídas por los pelos (por ejemplo, cuando el personaje de Noriega recuerda al de Adriana Ozores su edad y la desventaja que supone) y una buena interpretación podría limar el problema. Aquí no, aquí se agrava. El guión es mejorable aunque, hay que decirlo, no está nada mal.
Ya digo que las interpretaciones son desiguales. Eduard Fernández está estupendo, muy contenido y utilizando el lenguaje corporal como muy pocos actores europeos son capaces; Alterio se presenta creíble y solvente. Pero Noriega y Nimri se mueven en la pantalla aburridos y desganados. Tal vez no hay más cera de la que arde. El resto, salvo la señorita Verbeke que está horrenda, se desenvuelven con corrección.
El montaje es correcto aunque algo tramposo. Chirrían algunas cosas que aparecen al final de la película y que deberían haber aparecido mucho antes. Más que nada porque ya las sabemos a los cinco minutos.
En cualquier caso, la película es entretenida. Me interesa mucho ese miedo, ese terror profesional, al que miles de personas se enfrentan diariamente. Hay escenas que son tremendas y con ellas llegan las preguntas lógicas: ¿Sería yo capaz de algo así? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a llegar? Porque estamos acostumbrados a pensar que lo violento tiene que ver con las armas y nada más, a que lo sucio de la vida es cosa de países lejanos y gentes extrañas. Y si nos dicen que no, que podemos ser nosotros mismos los que construimos un mundo salvaje, nos entra un terror difícil de controlar y asumir.
Una buena opción para pasar una tarde en casa frente a la pantalla. Con palomitas y todo. En casa no se molesta a nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 15 2010

La vida de los adultos al descubierto. En la ciudad.


¿Quién, siendo niño o adolescente, no se ha encontrado fantaseando con los personajes que aparecen en una película, con las historias que viven? Posiblemente sean muy pocos los que digan que no lo han hecho nunca y a esos, a esos pocos, les compadezco.
Cuando nos hacemos mayores dejamos de fantasear y vemos las películas como puro entretenimiento. Entramos en una sala de cine, nos sentamos y durante una hora y media, dos a los sumo, nos olvidamos de quienes somos, de lo que nos preocupa, y dejamos pasar el tiempo sumergidos en lo que pasa en la pantalla, pero no la traspasamos jamás, nos quedamos como meros espectadores de lo que allí ocurre, pero nunca somos personajes de aquello que estamos viendo.
Esto no ocurre con “En la ciudad”. Quienes me conocen saben que he desarrollado un auténtico gusto por los films de Cesc Gay. Y eso, no ha sido porque sí, sino porque los guiones de este director, son tan cercanos que bien podrían ser extractos, ligeramente modificados, de mi vida. Pero no sólo de la mía, sino de la tuya, de la suya, de la nuestra, de la vuestra.

Esta vez no podía ser menos. En esta película, Gay vuelve a colocarnos en el universo de lo cotidiano, en el centro de nuestras propias vidas. Estamos ante la historia de un grupo de amigos que viven en Barcelona, unos urbanitas prototípicos que mantienen oculta a los demás parte de su vida.
Un grupo de personas, con sus vidas organizadas, cada uno a su manera y como puede, andan buscándose en sus universos personales, porque todos ellos andan terriblemente perdidos en el universo de lo oculto. Y es que, no hay pérdida más grande que sentirse extraviado en el universo particular.
Lo que les ocurre a los personajes de “En la ciudad” es que andan perdidos, lo mismo que nos ocurre, en determinados momentos, a todos nosotros, que nos perdemos, no nos encontramos. Vivir en una gran ciudad, con cantidades ingentes de personas rodeándote no te garantiza el sentirte acompañado. Precisamente, eso es lo que nos trasmite esta película, que el aislamiento y la soledad interior está presente en la vida de los adultos por muy rodeados de personas y de cosas que estemos.
Se nos narran las historias de varios personajes en permanente conflicto interior. El mantenimiento de las apariencias para sentir que se pertenece al grupo y así continuar con una existencia absolutamente patética y triste.
Irene (Mònica López), una lesbiana, casada con un hombre al que no quiere, Manu (Chisco Amado) viviendo un auténtico tormento interior para ocultar a su marido su condición sexual. Sofía, (María Pujalte), la dependiente de una librería, con una desastrosa vida sentimental, que fantasea con las conquistas que va realizando a la espera de encontrar al “hombre de su vida”. Un arquitecto, Mario, (Eduard Fernández), que asiste en silencio a la infidelidad de su mujer, Sara (Vicenta Ndongo), y que sucumbe ante los encantos de una joven camarera, Cristina (Leonor Watling). Un profesor, Tomas (Alex Brendemühl), que inicia una relación con una alumna, menor de edad, Ana (Miranda Makaroff), a la que termina convirtiendo en su amante.
Historias que podemos encontrar en cualquier momento, a nuestro alrededor y que no queremos ver, no queremos conocer, porque nos muestran y nos colocan frente a nuestro propio espejo, porque nosotros mismos somos personajes de nuestra propia película.
Y por último, si no quiere sentirse parte de esta “Ciudad”, si no quiere pararse a pensar sobre qué es lo que está ocurriendo con su vida, no vea esta película, déjela para otro momento. Pero, si finalmente decide sentarse frente al televisor, no dejen de reparar en la banda sonora que, como siempre, con Gay es un gustazo.
© Del Texto: Anita Noire

Jamie Cullum – I Think I Love