ene 20 2013

The Perfect American: Una partitura excelente directa al mito

Dicen algunos que después de Giacomo Puccini la ópera dejó de serlo. Esta es una afirmación, por lo menos, llena de ignorancia. Las manifestaciones artísticas, de todo tipo, evolucionan. Afortunadamente, la ópera también. Y gracias a ese cambio constante, en el Teatro Real de Madrid se estrena la obra de Philip Glass (basada en la novela homónima de Peter Stephan Jungk) The Perfect American. Es, sencillamente, maravilloso asistir a un espectáculo como este. La partitura de Glass es soberbia, la dirección musical de Dennis Russell Davies precisa; la Orquesta Sinfónica de Madrid sigue sonando, cada día, mejor; y el coro Intermezzo acompaña más que bien. Todo ello dentro de un montaje que, si bien presenta algunos problemas, resulta suficiente.
La música minimalista de Glass estalla, desde que se levanta el telón, provocando sensaciones profundas. Parece que siempre hubiera estado allí preparada para sonar en el momento exacto, en el lugar oportuno. Dennis Russell Davies conoce bien la obra del compositor y ataca la partitura con decisión y delicadeza, sin dejar una sola fisura interpretativa a la vista. El libreto es otra cosa. Puede dar la sensación de haber sido arrancado a una obra sin excesivo acierto. Demasiadas reincidencias sobre lo que ya sabemos desde el principio, demasiada repetición de aspectos superficiales que no permiten progresar a los personajes y los deja con un arco dramático excesivamente escaso. El principal, Walt Disney, podría haberse nutrido más con la luz de los secundarios. Y no es así. Empieza siendo una cosa y termina siendo lo mismo. Esto puede parecer lógico, pero no lo es. En esta ópera al personaje le pasan cosas y esas cosas (las que le pasa a cualquiera) hacen que todo cambie. Una pena este libreto tan flojo. Por otra parte, la puesta en escena no termina de funcionar. Phelim McDermott utiliza vídeos para aportar movimiento en el escenario (lo hace sobre telas que aparecen y desaparecen cada cuadro dramático). Hasta aquí todo bien. Resulta original y efectivo porque, además, la iluminación es acertadísima. Sin embargo, se empeña, desde el primer momento, en utilizar un grupo de figurantes que aparecen para hacer lo mismo que ya vemos en los vídeos. La sensación última es que están allí más para colocar o recoger que por una obligación artística. La coreografía no evita que esta sensación sea permanente. A pesar de todo, a pesar de estas pegas, el conjunto es aceptable. Sobre todo porque la partitura esconde cualquier error.
Christopher Purves está muy correcto defendiendo el papel de Walt Disney. Tanto la voz como la interpretación dramática están a buen nivel. David Pittsinger (Roy Disney) lo mismo. Sobresale Donald Kaasch. Notable la voz, sobresaliente la interpretación. Se añade un toque simpático con la aparición en escena de John Easterlin haciendo de Andy Warhol. Además de cumplir bien con la voz, aporta un toque de frescura interpretativa muy de agradecer.
The Perfect American, a pesar del cuidado que está teniendo Glass cuando habla con la prensa para suavizar asperezas, es un misil que acierta de lleno en la línea de flotación del mito Disney. Se presenta al personaje como un ser obsesionado por la propia eternidad, dictatorial en su relación con los obreros, intransigente, egocéntrico, astuto y despiadado en los negocios. Nada que ver con esa imagen que siempre se tuvo de él. Dantine, antiguo empleado (interpretado por Donald Kaasch), es el eje sobre el que se desarrolla parte de la trama que indaga en esa psicología insólita y sorprendente de Walt Disney. Sin embargo, todo esto lo sabemos porque se enuncia y poco más. A base de repetir terminamos creyendo que es así, pero nada nos lleva al convencimiento salvo la buena voluntad. El dichoso libreto.
Dicho todo esto, porque hay que decirlo, regreso al punto de partida. Una partitura como esta aguanta todo tipo de errores, cualquier defecto menor queda tapado. Merece la pena dejarse caer por el Teatro Real de Madrid y disfrutan de The Perfect American.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 1 2012

Il Prigioniero y Suor Angelica: Muñecas rusas

El ser humano vive dentro de una enorme jaula que, a modo de muñeca rusa, contiene otras que son, cada una, más pequeñas que la anterior. La última de esas jaulas, la más insignificante, la más frágil, por la que peleamos hasta la extenuación, es el propio yo. Si todo limita la libertad, es esa última jaula, la propia del individuo, una más. Una celda que llamamos cuerpo y que encierra un universo completo e íntimo, pero que encierra, al fin y al cabo, a cada uno de nosotros.
Este es el asunto que abordan Luigi Dallapiccola (1904-1975) y Giacomo Puccini (1858-1924) en las óperas que se representarán en el Teatro Real de Madrid a partir del próximo 2 de noviembre. En primer lugar Il Prigioniero. A continuación Suor Angelica. Compartiendo una escenografía que funciona, mucho mejor, en la obra de Dallapiccola, entre otras cosas, porque el número de personajes en esta ópera es muy inferior a la que pone en circulación la de Puccini. Esto obliga a que se produzca cierta aglomeración alrededor y dentro de la estructura metálica que luce desde el centro del escenario. Pero, también, porque, a pesar de que conceptualmente las obras están próximas, los vehículos que utilizan los autores para mostrarlo, son muy distintos. La cárcel de Zaragoza de Il prigionero no es el monasterio de Suor Angelica; la guerra no es la paz del espíritu y, aunque este sea falso, cada cada cosa está colocada a millones de años luz; el odio no es el amor. Esa misma estructura obliga al espectador a acercar las obras más de lo deseado. Porque no hablan exactamente de lo mismo, porque los caminos elegidos por cada autor son diferentes queriendo matizar asuntos que están en una de ellas y en la otra no. Y esos caminos son los que convierten una ópera o cualquier manifestación artística en única y exclusiva. No obstante, a pesar de estas pegas que señalo, la cosa funciona más que bien y el resultado es razonablemente bueno (excelente en Il Prigioniero; notable en Suor Angelica).
La dirección musical que Ingo Metzmacher realiza no deja fisuras en el enfoque, ni aristas que puedan afear nada. Impetuoso cuando es necesario, especialmente cuidadoso si ha de serlo. Hace más importante a la Orquesta Sinfónica de Madrid que ya está a la altura de las mejores. Y los coros vuelven a estar sobresalientes. Muy bien, tanto el Coro Intermezzo como los Pequeños Cantores de la JORCAM.
Deborah Polaski (que repite en Sour Angelica), Vito Priante, Donald Kaasch, Gerardo López y David Rubiera, componen el reparto de Il Prigioniero. Todos están muy bien en sus papeles desde el punto de vista dramático. El trabajo de Lluís Pasqual es excelente. Tan solo algún detalle excesivo al comienzo de la obra puede resultar chocante e innecesario. En el aspecto técnico hay ciertas diferencias en el resultado. Sobre todo porque, del mismo modo que Vito Priante hace alarde de una voz que busca y encuentra tonalidades extraordinarias aun enfrentándose a una partitura muy exigente, Donald Kaasch se encuentra con algunas dificultades en los cambios de registro a los que se somete. No son de importancia aunque pueden incomodar algo al espectador. La señora Polaski hace lo que tiene que hacer y lo hace bien. López y Rubiera cumplen con un papel menor.
El conjunto resulta emotivo. Con un desenlace muy bien narrado (algo de imaginación para hacer aparecer una hoguera no hubiera estado mal) se cierra un círculo narrativo que se sostiene sobre el movimiento constante de los personajes; movimiento que se produce sobre un lugar de apoyo muy reducido y convierte el escenario en eterno. Los personajes no dejan de caminar frente al espectador mientras están sobre cintas en movimiento; sin ser capaces de separarse de su cárcel, de la impuesta, de la gran muñeca rusa, pero dentro de la minúscula que supone su ser.
Suor Angelica fue escrita por Puccini, pero, además, esta ópera es él. Esto significa que un amante de la ópera asiste al espectáculo sabiendo que, sea lo que sea que vaya a ver, sean las veces que sean las que haya escuchado o visto representar esa obra, quedará emocionado, enamorado de la música, de un libreto que, en cualquier otro ámbito, parecería una memez. Si el escenario es el del Teatro Real de Madrid y el personaje de Suor Angelica lo defiende Veronika Dzhioeva, la garantía con la que cuenta el aficionado a la ópera es casi total.
Efectivamente, la señora Dzhioeva defiende su papel de forma sobresaliente. Y es de agradecer que haga un esfuerzo interpretativo enorme para dar credibilidad al personaje; un personaje con grandes matices y que pasa del miedo al abatimiento, de la alegría a la desesperación, con gran rapidez. Todo el reparto está muy bien aunque sobresale Marina Rodríguez-Cusí.
La Madonna descendiendo al concluir la obra es el detalle escénico más espectacular de todos y sirve de colofón a un excelente trabajo.
A pesar de los recortes con los que se enfrenta el Teatro Real, la producción (compartida con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona) merece la pena ser vista. Esta es una oportunidad de oro para invitar a los jóvenes que todavía no conocen lo que es la ópera. No fallarán si lo hacen.
© Del Texto: Nirek Sabal