ago 30 2011

Doctor en Alaska: La vida deseada

Hablar de cine no es hablar, sólo, de películas. Hablar de cine es contarnos nuestra propia vida. Recordar lo que vimos es recordar lo que sentimos. Unas carcajadas, un nudo en el estómago, terror, un soponcio de aquí te espero. Eso es hablar de cine.
Si tuviera que elegir entre todas las películas que he visto no sabría por dónde empezar. Son muchas y de ellas quedan pequeños retazos, ideas difusas. Sin embargo, no tendría ni la más mínima duda si quisiera contarme una vida que no he tenido. Curiosamente, no se trata de una película. Es una serie de televisión.
Yo era muy joven. Los viernes por la noche salía a divertirme con mis amigos. Pero siempre llegaba tarde. Vosotros me esperáis que llego un poco después. Eso solía decir. No es que tuviera otros compromisos con gente distinta. No. Lo que pasaba esos viernes a media noche es que en la televisión podía ver un nuevo capítulo de Doctor en Alaska. Quería vivir en Cicely, ser un personaje más, vivir el mundo desde un surrealismo demoledor. Soñaba (por aquel entonces no conocía a la que es ahora mi esposa) con tener un romance como el que disfrutaban Joel Fleischman y Maggie O’Connell. Hubiera dado mi brazo derecho por sobrevivir en una emisora de radio, la de Chris Stevens, que iba de una música extraordinaria a la filosofía más aguda. Soñaba con tener una amiga como Marilyn Whirlwind. Aprendí que los tipos despotas esconden un yo que puede ser antagónico. Maurice Minnifield representaba eso. Aquella escena en la que Holling Vincoeur se despedía del oso al que tanto había perseguido y tanto admiraba me hizo pensar en el sentido de la vida durante semanas mientras otros se dedicaban a pensar en como alargar la juerga diez minutos más. En fin, Cicely se convirtió en un paraíso que nunca pisé. Pero es un lugar que existe porque lo construí y me lo quedé en propiedad. El lugar y sus habitantes.
Esa es la magia del cine. Hasta lo más imposible se hace real, se transforma en parte del mundo porque lo interiorizas y tu forma de entender las cosas se ve condicionada para siempre.
Es posible que puestos a analizar la serie pudiéramos sacar faltas. Es posible. Pero mi Cicely es perfecta. Esa nadie la puede tocar. Desde esos años, en los que me divertía cada fin de semana con mis amigos, no se ha movido un ladrillo, los personajes son idénticos a los que conocí y yo cambié para siempre. Soy capaz de relatar esa vida imposible en un pueblo remoto de Alaska sin dejar escapar detalle alguno. Una vida imposible que forma parte de mi propia vida.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 23 2011

Doctor en Alaska, Mad Men: La pequeña pantalla ya es grande

Los hábitos a ver cine se han modificado notablemente. Lo que antes era un movimiento del sujeto hacia la soledad y el silencio, hoy ya no lo es.
En primer lugar, en las salas de proyección, los espectadores hablan, comen, atienden mensajes en el móvil (algunos atienden llamadas). Esa magia que antes se imponía en la sala por lo sagrado del momento (sagrado es toso aquello que conmociona al ser humano) o por los acomodadores que velaban por eso que falta ahora y tanto añoramos; esa magia, ya no está. El espectador va a pasar el rato y eso incluye (por lo que se ve) hacer lo que le da la gana.
Por otra parte, hoy las películas se ven en casa. Bien en el televisor, bien en el ordenador. Incluso se ven en el automóvil. Eso permite que, además de atender a la película, podamos escribir o charlar con el que tenemos a la derecha mientras besamos al de la izquierda y levantarnos para beber agua. O parar la proyección si nos da la gana.
Esta claro que la variedad de los formatos ha resultado ser una fábrica de diferentes tipos de espectador. Y, por tanto, de usos respecto a una película de cine.
Hay que añadir la falta de tiempo que padece gran parte de la población. Los que trabajan porque trabajan; los que estudian, carrera tras carrera antes de trabajar, porque estudian; los que no trabajan porque buscan empleo; todos andan a la caza y captura de un rato libre para hacer tres o cuatro cosas a la vez.
Esto no es nuevo. Hace años que viene sucediendo. Y hace años que algunos lo vieron con claridad y sacaron provecho.
Metan todo lo dicho hasta ahora en una coctelera. Agiten. ¿Qué tenemos? Buen cine para la televisión. Algo que el espectador espera con ganas, que no le quita mucho tiempo y le permite hacer otras cosas. En fin, series de televisión. Ya no sé si hay que decir gran televisión o gran cine. Está todo muy pegado. Desde luego, yo diría gran cine.
Algunas de estas series son una castaña pilonga. Eso es verdad. Pero las buenas lo son de verdad. E incluyen todos los ingredientes que se pueden exigir en el cine sumados a los del formato pequeño.
Dos ejemplos. Uno clásico. Otro muy actual.

Doctor en Alaska o un mundo paralelo y delicioso.
Esta serie es, sencillamente, deliciosa. Personajes bien trenzados que hacen de contrapunto y se explican entre ellos. El mundo que se dibuja de forma surrealista o mágico y siempre entrañable. El guión ágil, divertido e inteligente. Insólito comparado con lo que nos sirven a diario las cadenas de televisión. Valores que el ser humano está olvidando sueltos por la pantalla y que llegan desde el amor, el sarcasmo, la ironía, la muerte o el disparate.
Un joven doctor en una ciudad lejana en el centro de ninguna parte (Alaska) y un grupo de habitantes delirantes que hacen vivir al muchacho situaciones llenas de buen humor, humildad, amistad, filosofía, materialismo o lo que toque. Por cierto, la tensión sexual que se mantiene entre los personajes principales está trabajada de forma magistral durante toda la serie. Y la música es exquisita.
Sería una pena que no lo intentaran. Por supuesto, los jóvenes disfrutan de lo lindo.

Mad Men o el personaje en estado puro.
Serie actual y magistral. Podría parecer que se carga la suerte sobre la trama en cada capítulo cuando, en realidad, son los personajes los que arrollan con todo lo que se encuentran. Su evolución es atractiva, emocionante e intensa. El vestuario bien. La iluminación bien. La música bien. El sonido bien. El maquillaje bien. Todo está bien.
Excepcionel el ritmo narrativo. Sobresaliente el conjunto. Gran cine. Cine del bueno.
Cuando iba a comenzar el primer capítulo de Mad Men pensé ¿qué pinto yo aquí? ¿Me interesa algo lo que hacían en Estados Unidos los publicitarios hace más de cincuenta años? Pues pintaba mucho y me interesó enormemente lo que me decían. Un mundo inquietante, extraño; una forma de relación entre personas que hoy sería condenada a la primera de cambio; y sobre todo a las personas, cuenta a las personas.
Esta ya no es tan apropiada para jóvenes. Sobre todo para los más jovencitos de entre los jóvenes.
Gran televisión. Gran cine. Tal vez el del siglo XXI.
© Del Texto: Nirek Sabal


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