abr 4 2013

Don Giovanni: ¡Esto es otra cosa!

Cuando lo esencial de las cosas se manipula, estas, dejan de ser lo que deberían. Así de sencillo. Por más que ese cambio sustancial se maquille o se intente explicar como si fuera algo exquisito o la explosión imaginativa más grande de todos los tiempos. Siempre que eso ocurra estaremos hablando de otra cosa.
Pues bien, esto es algo que no debe tener claro Dmitri Tcherniakov. Sencillamente, ha modificado la ópera de Mozart, Don Giovanni, y ha convertido la obra en nadie sabe qué ni el porqué de tal atrevimiento. Pero esto no ha sido cosa, sólo, del señor Tcherniakov. Alejo Pérez, director musical, no está a la altura esperada (es un hombre con progresión y cosas interesantes que decir en el mundo de la música); tal vez despistado por una puesta en escena que, terca, rompe sin descanso el ritmo narrativo a base de telonazos tras el final de cada cuadro. Uno espera que los sobresaltos sirvan, por ejemplo, para modificar el escenario aunque sólo sea por alegrar la vista de los espectadores que se pelean consigo mismos entre bostezo y bostezo o entre enfado y enfado.
En resumen, pagar una entrada (cara) para asistir a un espectáculo firmado por el mismísimo Mozart se convierte en pagar una entrada (carísima) para asistir a la ópera homónima de Dmitri Tcherniakov.
La puesta en escena de Don Giovanni no es fácil. Aunque se antoja más difícil destrozarla. Musicalmente es una ópera compleja. Esto es conocido por todos los aficionados. Y, es verdad, que los tiempos han cambiado. Es verdad. No hay que asustarse con las novedades escénicas que traen los nuevos tiempos para las obras clásicas. Pero de ahí a destrozar por completo lo que es una obra maestra hay un tramo muy importante.
En el Don Giovanni de Tcherniakov, el comendador muere fortuitamente, la cosa va de venganzas familiares; Don Giovanni no es un hombre irresistible y tramposo con las damas, no es el mito español que tantas veces se ha exportado durante cientos de años. No, no. Es una irrisión, medio chalado y en plena decadencia. Don Giovanni es difícil de representar, pero para eso se cuenta, en la actualidad, con unos medios técnicos que permiten salvar esos apuros con solvencia. Hasta en los institutos de enseñanza se utilizan para representar las obras de los estudiantes. Lo que presenta el señor Tcherniakov es aburrido, estático y obliga al espectador a inventarse lo que le cuentan. Desde luego, ir al Teatro Real sin conocer esta ópera es una aventura. A saber lo que entenderán los nuevos espectadores.
Mozart y Lorenzo Da Ponte no reconocerían lo que hicieron.
Por si esto no fuera bastante, Russell Braun está justito. Voz e interpretación. Christine Schäfer lo mismo aunque interpretando es mucho peor. Parece un marmolillo. Kyle Ketelsen no está mal aunque su Leporello resulta bochornoso por lo ridículo. Mojca Erdmann defiende el papel de Zerlina algo forzada aunque bien de voz. A Paul Groves le tienen dando vueltas por el escenario sin saber qué hacer ni qué pinta en todo ese lío. Incluso le hacen esperar con cara de circunstancias y sin camisa a que acabe su pareja (¿es tan difícil perdir a los intérpretes que muevan las manos o expresen un poquito con el cuerpo?). Aprueba raspado. La señora Ainhoa Arteta, como siempre, bastante discreta. Muy aplaudida, eso sí. Imaginen si esto es así cómo es el resto.
Y mientras los cantantes salen como pueden del embrollo, el telón cayendo, una y otra vez, para casi nada. El único sentido es el que le da el director de escena. Como se saca un tiempo narrativo de la manga, para que nos enteremos bien, lo proyecta sobre la tela. Ya nos explicará algún día el asunto.
En fin, un Don Giovanni en el que no pasa lo que tiene que pasar, un Don Giovanni en el que la calidad de las voces no es nada del otro mundo, un Don Giovanni firmado por un tal Dmitri. Esto es otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2012

Macbeth: Burlar una ópera más

Macbeth, la extraordinaria obra de William Shakespeare, no es nada parecida a la realidad. Tal vez la realidad no se parezca a sí misma y, tan sólo, sea un escenario en el que se representan una y otra vez las grandes tragedias que el ser humano está condenado a interpretar. Un escenario en el que todo cabe y creemos sin hacernos demasiadas preguntas. Allí se entra para interpretar y se sale para morir. Allí todo puede suceder si es que el azar o la necesidad, que son la misma cosa, lo necesitan. El bien se confunde con el mal; el amor con el odio; el poder corrompe a cualquiera; la falta de libertad es la falta de vida. Tal vez sea el escenario el que llenándose y vaciándose tantas veces ha dejado de parecerse a sí mismo y lo que vivamos sea la realidad haciendo de actores.
La nueva producción del Teatro Real de Madrid, Macbeth, deja al espectador con un gusto agridulce. Aunque la dirección musical de Teodor Currentzis es excelente, aunque las voces de Dimitris Tiliakos y Violeta Urmana (excelentes del mismo modo) se acompañan de una interpretación teatral sobresaliente (sobre todo en el caso de Tiliakos); la sensación que deja la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov es la que queda cuando algo se desaprovecha. Tcherniakov repite tras la producción, no hace mucho, de Eugenio Oneguin. Convierte la obra de William Shakespeare en una relectura que se contamina en exceso de la película de Lars von Trier, Dogville. Esa película que resultaba excesivamente teatral para ser cine se acomoda en el escenario que prepara Tcherniakov para que todo se parezca más a un film que a otra cosa. Ocultar al coro en diferentes fases hace que la sensación sea la de estar en una sala de proyección y termina chirriando cada vez que se repite. Ver cantar al protagonista su aria principal en calzoncillos, ver como dispara sin ton ni son (la peor de las soluciones posibles a esa escena) o ver cómo el escenario es destrozado del mismo modo que The Who acababa con sus instrumentos en un último festival de luz y de color; no es lo que un amante de la ópera espera en una ópera de Verdi. Las brujas no son brujas, las apariciones se diluyen. Nada es lo que debería ser.
Intentar que la lectura e interpretación de la obra esté por encima de la propia obra es algo que comienza por ser un error y termina siendo un desastre (más o menos enorme).
Verdi tuvo cuidado al componer su trabajo. La esencia de la tragedia firmada por Shakespeare quedó casi intacta. Macbeth es una de las grandes óperas de la historia. La versión que se escucha en esta producción es la que preparó como definitiva en 1874. Y Teodor Currentzis, impetuoso cuando es necesario, tranquilo siempre, especialmente cuidadoso con el resultado al fundir la música con las voces (algún problema de tempos con el coro, todo hay que decirlo); logra entender la partitura con solvencia, sin una sola duda. La Orquesta Sinfónica de Madrid suena magnífica. Cada día el listón queda más alto.
Todas las voces quedan a la altura que es necesaria. Sobresalen los protagonistas y la de Ulyanov.
Agridulce. Creo que es esa la palabra. La misma que muchos utilizan, también, para mostrar su opinión sobre la línea de trabajo que ha marcado el señor Gerard Mortier en el Teatro Real; o para definir el tipo de público que asiste a las representaciones de un tiempo a esta parte. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. El espectador actual del Real, ¿consume ópera o la ama? ¿Es obligado convertir cada producción en un alarde de falso talento del director de escena? La falta de talento ¿se traduce en esa transgresión que resulta ridícula casi siempre? ¿Es necesario todo esto para que el público asista a la ópera o es la música de Verdi lo que hace de reclamo seguro? Mientras encontramos respuestas a esto, debemos agarrarnos a la grandeza de las obras, esos espectáculos en los que se llega para interpretar y se sale para morir. Como la vida misma. Si Macbeth dispara a lo loco o canta en calzoncillos no es más que una anécdota. Lo otro -el teatro o la realidad, como prefieran- es lo importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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