abr 5 2012

Chungking Express: Un mundo sin fisuras

Wong Kar Wai logra con la cámara que el tiempo corra a su gusto, que sus personajes se instalen en un bucle eterno o en el instante más efímero posible. Y no me refiero a que utilice el metraje para contar historias más o menos largas o secuencias ensanchadas por el paso de los segundos. Eso es otra cosa, eso es algo que se logra utilizando elipsis o cualquier otro recurso narrativo que puede manejar hasta el peor de los directores. Wong Kar Wai sabe que el tiempo depende de los estados de ánimo, de las cosas importantes que le ocurren a los individuos; que cuando el mundo se considera un todo, el tiempo se puede modificar para que brillen o se apaguen las vidas que se suman logrando que el universo funcione. Una historia de amor es un instante o la vida entera. Y así lo trata dependiendo de lo que quiere que veamos.

En Chungking Express los personajes aparecen próximos unos a otros sin que ellos lo sepan. Todos, desconocidos, forman ese cosmos al que son ajenos mientras no son protagonistas. Se van acercando unos a otros para iluminarse. Sólo hay que dejar que el tiempo corra. O que deje de correr. Un par de escenas enseñan a uno de los protagonistas (Tony Leung) moviendo lentamente el brazo (para beber en una ocasión y para introducir una moneda en la ranura de una máquina en la otra) mientras a su alrededor todo fluye a velocidad de vértigo. El personaje se ha quedado anclado a un tiempo que le impide avanzar y formar parte del mundo. Este es un ejemplo de lo que digo. Los individuos forman parte del todo si escapan a sus propios recuerdos, a un pasado que les atenaza. De otro modo, el tiempo les deja fuera. Además, todos somos los mismos. El policía con placa número 223 es el policía con placa número 233. Es lo mismo. Ocupan un lugar en el cosmos, el mismo sitio aunque con vidas distintas, pero que suman del mismo modo. El todo otra vez.

Ese policía 223 se siente solo hasta que una mujer le desea feliz cumpleaños. Necesita atención por haber perdido un amor y la recibe de una mujer que sólo puede atenderse a sí misma, dedicada a los negocios turbios y nunca a las cosas del amor. El contrapunto a lo deseado aunque es lo que compensa la balanza. Otro policía, el 233, en el mismo escenario atiende a su pareja de la que está enamorado completamente. Ella le deja. Es azafata. Vuela, viaja. El hombre conoce a una muchacha que desea viajar y que él se enamore de ella. Otro contrapunto. La película se llena de ellos. Porque la vida para este director es eso. Lo bueno o lo malo. Lo claro o lo oscuro. Sí o no. Todos somos una de esas partes y un roce te convierte en lo contrario. Así de sencillo.

La película se llena de planos fragmentados cuando todo se precipita o se detiene en la poética de una lata de conservas, en su fecha de caducidad. Todo tiene una fecha de término. Y, por otra parte, el director inunda la película de planos similares entre ellos para que comprobemos que cambiando de personaje todo sigue igual. El mundo no cambia. El todo no puede modificarse. El vestuario se puede compartir, los escenarios se pueden compartir (otro de los personajes de Wong Kar Wai es Hong Kong, la ciudad misma), incluso las pelucas se pueden compartir para que la vida parezca otra cosa. Los personajes desfilan por la pantalla y si dejan de hacerlo todo puede continuar. Al fin y al cabo, todo buscan formar parte de un universo vivo y único.

La magia de esta película reside es eso, en construir un mundo sin fisuras; en reparar, de inmediato, las que aparecen. No hay posibles modificaciones estructurales. Lo que puede cambiar es el número de sumandos y su posición. Nada más.

Es verdad que los actores no parecen gran cosa (alguno peca de histrionismo buscando una expresión corporal que exige el director como base de la carga expresiva). Eso es verdad, pero en el conjunto no hacen desmejorar la propuesta del director. Esos mismos actores crecen de forma notable en las películas posteriores de Kar Wai. Esta vez todo se sostiene sobre la maravillosa poética que se maneja con precisión, que acerca la cultura oriental al occidente (desde Hong Kong, desde una ciudad plural, que permite un cine casi occidental sin dejar su esencia por el camino).

Memoria, amores perdidos o imposibles, incapacidad de avanzar en un tiempo opresivo, futuro, historias de amor verdadero, el fluir de la vida. Todo frente a todo. Cine y poética. Una maravilla. Y una música tan exquisitamente elegida que dan ganas de escucharla por siempre jamás. Un ejemplo es este tema de Dinah Washington que les dejo para que escuchen.


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nov 21 2010

La hora 25: Cuando la sonrisa desaparece para siempre

Siempre me han gustado las películas que huyen del artificio facilón, las películas honestas. El tiempo me ha enseñado que si alguien tiene algo que decir y sabe cómo hacerlo lo hará sin aspavientos; evitará los artificios narrativos que traten de llevar al espectador a un territorio amable en el que todo funcione. Las cosas bien contadas tienen reservado un lugar único en el que todo fluye sin problemas y en el que todos se colocan sin obligaciones. Esas películas que usan y abusan de la lágrima fácil para conmover, de una violencia desmesurada para causar un horror pasajero; de un discurso bonito, pero vacío para llenar los minutos y que parezca que la inteligencia del lenguaje se instala en cada secuencia; o del chiste ramplón para hacer pasar buenos ratos; esas películas, me parecen una estafa. Lo auténtico nunca se acompaña de bisutería.
La Hora 25 es un buen ejemplo de película que busca narrar, tratar un asunto con claridad (casi inocencia) y que el espectador se coloque sin obligaciones en el único lugar desde donde poder entender. Podrá gustar más o menos la propuesta, pero nadie puede acusar a su director, Henri Verneuil, de jugar con el espectador.
Nos cuentan cómo un campesino rumano es arrastrado a una situación absurda (el jefe de policía de su pueblo está enamorado de su mujer y le envía junto a los judíos detenidos a un campo de trabajo) en la que pasará de una prisión a otra, será reconocido como el hombre de medidas perfectas por un nazi que quiere inaugurar el primer zoo humano, será juzgado por crímenes de guerra y, finalmente, encontrará a su familia destrozada en un lugar extraño. Un disparate que sólo puede ocurrir durante la guerra, cuando la brutalidad se impone a la inteligencia. Anthony Quinn interpreta el papel protagonista, francamente, bien. Ni un gesto de más, ni un exceso. Le acompaña la guapísima Virna Lisi que tiene un protagonismo mucho menor aunque es una pieza fundamental en el desarrollo (escaso) del personaje que interpreta Quinn. La hora 25 es la última de todas las horas. En el momento en que el tiempo se acaba para el hombre, cuando ya no hay solución, toca vivir esa última hora. Es el momento de la guerra, del horror y de la conversión del hombre en un animal salvaje. La bondad y la inocencia (encarnadas por el campesino rumano) no tienen hueco en el mundo, después de la guerra tampoco. Porque nunca lo tuvieron aunque el hombre disfrace su existencia con ropajes luminosos.
A pesar de que la película siempre me gustó mucho, tengo que confesar que hay un par de aspectos narrativos que no terminar de cuadrar bien. El personaje acaba en el mismo lugar que empieza. Sus características son idénticas. Bondadoso, inocente, casi idiota. Un hombre que es pisoteado sin compasión, una y otra vez, por la inteligencia, la ambición, la astucia y todo lo que se les ocurra añadir. Y parece extraño que después de diez años sin familia, habiendo pasado calamidades sin tener que pasarlas, el personaje no sufra el más mínimo cambio. El director intenta ocultar esto con una escena final en la que el campesino es incapaz de sonreír frente a una cámara (antes ha ido preparando todo con el uso de grandes elipsis que suavizan el problema), pero no lo logra puesto que durante la misma escena no para de hacerlo con ganas y rozando lo grotesco, lo esperpéntico. Sabe que, si no lo intenta, el personaje se convierte en una caricatura, en un imbécil que hace que se derrumbe todo el proyecto narrativo. Es verdad que no comprende lo que sucede a su alrededor, que no sabe qué pinta en un lugar o en otro, que vive el momento con plenitud pensando que siempre quedan cosas bellas a las que prestar atención. Todo eso es verdad aunque no termina de digerirse con facilidad, la justificación es algo endeble y está en el límite de lo que se puede permitir. Y más cuando te están diciendo que el ser humano es una especie de monstruo. Pero se queda ahí, en ese límite y cuela. La defensa que hacen los actores de cada uno de sus personajes y la dirección alivian los puntos débiles. El clima creado sirve se sustento a todo lo demás.
La hora 25 es una buena película. Sencilla, que deja un poso para que reflexionemos, que dibuja al ser humano con trazo sencillo y rotundo. Además, se puede ver en familia. La guerra de fondo y ni una escena violenta que pueda causar problemas en los más pequeños. Merece la pena echar un vistazo.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 6 2010

Los Pájaros: El miedo ante lo inexplicable

Cualquier manifestación artística puede soportar diferentes lecturas, diferentes interpretaciones, pero eso no quiere decir que podamos pensar cualquier cosa, que podamos dejar la imaginación libre para interpretar lo que nos venga en gana. El autor de una obra quiso, al crearla, decir algo muy concreto. Es muy difícil que sea posible llegar a eso tan exacto puesto que los ojos que miran pueden hacerlo bien, mal o regular, aunque el sentido autentico está donde debe estar.
Cuando nos enfrentamos a una película difícil, cargada de sentido, llena de objetos convertidos en símbolos; lo más prudente (al menos durante un primer contacto) es ceñirse a lo que se narra intentando entender. Sin inventar, sin especular. Si esa película, además de compleja, la firma Alfred Joseph Hitchcock, lo mejor es sentarse tranquilamente, dejarse sorprender, buscar la carga irónica en cada secuencia y disfrutar de ella. No quiero decir con esto que sea imposible sacar conclusiones correctas, pero, creo yo, que un buen aficionado al cine no debe hacer un papel que no le corresponde (el de analista profundo del más mínimo detalle), entre otras cosas, porque puede hacerse un lío monumental.
Francamente, después de haberse escrito cientos de ensayos sobre Los Pájaros, después de poner (psicólogos, críticos y cinéfilos de todas las categorías) la película del derecho y del revés, sin que nadie haya sido capaz de aislar soluciones definitivas, supongo que lo mejor es hablar de la película con humildad y sólo de lo que parece más claro. Es lo más saludable.
¿Que es eso de hablar con humildad de una película? Pues comprender, asumir, que las preguntas que se nos plantean (las buenas de verdad) no sirven para encontrar respuestas, sino para que nos hagamos otras. Esto sirve en cine, en literatura o en escultura. Es algo universal.
¿Por qué hacen los pájaros eso? Ni idea. Pero sí nos sirve esa cuestión para plantearnos otra. ¿Para qué sirve todo este follón? Ya nos podemos ir aproximando a lo que podemos agarrar y observar. ¿Qué significado tiene un ataque de los pájaros? Ni idea. Pero ¿qué significa eso para los personajes, cómo les hace evolucionar? ¿Es tan importante el comportamiento de los pájaros? ¿No es mucho más interesante (al menos posible) observar cómo evolucionan los personajes y el escenario de la película? De este modo, preguntando, vamos aislando lo que podemos entender. En definitiva, lo que nos importa para poder acercarnos a lo profundo de la película (lo inexplicable nos mete en problemas, nos deja frente a nuestra debilidad como humanos, nos coloca frente a esa precariedad de la existencia tan incómoda). Y, qué casualidad, ya estamos justo en el lugar que estábamos buscando. Lo inexplicable (el director ya se encargó de no dar una sola pista sobre el verdadero sentido de la película) y de sus consecuencias. Pájaros que hacen añicos el orden y personajes que evolucionan hacia un lugar que, poco a poco, iremos descubriendo a lo largo de la película.
Los Pájaros cuenta cómo Melanie Daniels (Tippi Hendren) conoce en una pajarería de San Francisco a Mitch Brenner (Rod Taylor). Melanie viajará a Bahía Bodega, localidad costera en la que vive Mitch junto a su hermana (repelente) y a su madre (posesiva, inquietante, seca), para entregarle una pareja de periquitos. Por allí encuentra, también, a la maestra de la escuela (fue novia de Mitch). Se entablan relaciones entre todos ellos mientras los pájaros de la zona comienzan a tener un comportamiento extraño que termina en ataques contra la población de Bahía Bodega, con la invasión y destrucción de toda la zona. El resumen es muy breve, ya lo sé. Pero creo que la película ha de verse. Contar aquí más que esto es estéril.
Es mucho más interesante hablar sobre el punto de vista que se utiliza para narrar. Lo subjetivo se impone. La secuencia en la que Melanie va desde un lado a otro de la bahía es un ejemplo perfecto. Vemos los planos que corresponden al personaje intercalados con los que nos enseñan su propia mirada. De este modo, el punto de vista de ella toma una importancia definitiva en la película. El espectador ve lo que Melanie y está obligado a interpretar desde ese territorio. Pero, también, hay planos en los que nos convertimos en pájaros. El momento en que el plano muestra la población desde una altura considerable mientras que el desastre es ya absoluto y van apareciendo pájaros por detrás de la cámara, nos hace ver lo que los pájaros ven. Todo está a su merced. Aparecen y se lanzan al ataque. La fragilidad del ser humano la contemplamos desde los ojos de las aves. Los puntos de vista que se van configurando a lo largo de la proyección van creando un clima que va desde una comedia ligera al más absoluto terror.
Otro aspecto técnico muy interesante es el uso que hace el director del back-projection. Esto es la forma de filmar que utiliza un fondo neutro para proyectar imágenes ya creadas y sobre las que actúa el personaje. Por ejemplo, esas escenas del cine clásico en las que el personaje viaja en coche y vemos como pasa por su espalda una imagen en movimiento para imitar el movimiento real cuando, en verdad, el vehículo está parado. Los exteriores los tenía muy a mano el director. Si hubiera querido podría haber rodado todo utilizando el medio natural. Pero lo hace así porque sabe que, de este modo, el personaje parece ajeno al entorno. Todas las tomas en las que se utiliza esta técnica tienen como protagonista a la guapa Melanie. Esto mismo lo hace Tarantino en Pulp Fiction. ¿Recuerdan, por ejemplo, cuando el mafioso que interpreta John Travolta, se chuta y va en coche hasta la casa de Mia? Pues ahí lo tienen. La misma técnica para sacar al personaje del entorno, para que sea ajeno a lo que pasa a su alrededor.
Los personajes femeninos principales avanzan todos en el mismo sentido. La maestra de escuela, Annie (Suzanne Pleshette), la madre de Mitch (Jessica Tandy) y Melanie sienten miedo a la soledad. Cada una de ellas lo siente por una causa distinta. Pero se adaptan como pueden en el orden que les presenta el mundo. Pero claro, los pájaros destruyen ese orden, convierten todo el un caos absoluto. Los miedos se suman. A la soledad, a no saber, a no poder ordenar la vida con cierto sentido. Es muy interesante observar cómo cada una de las mujeres deja que sus miedos se hagan mayores a medida que se van conociendo, a medida que hablan unas de otras. Aparece una nueva (Melanie) y un pequeño desorden se produce en la vida de todas incluida la propia Melanie. Un caos tan terrible como el que producen los propios pájaros. Porque nuestro pobre héroe (Mitch) es el encargado de proteger a todas ellas, de amarlas como hijo, como amante, como amigo o hermano. Y él está tan desconcertado, tan falto de ideas como ellas. Cuando se encuentran caos y cuando las aves organizan la fiesta terrorífica que Hichcock les tenía preparada, caos.
No hay música. Sólo escucharemos los aleteos y los graznidos o el piar de las aves (por cierto, no se trata de aves horribles, no. Son gaviotas, gorriones y cuervos. Nada del otro mundo). Bernard Herrmann hizo un trabajo con ayuda electrónica que pone los pelos de punta. Si tenemos en cuenta la época en la que se rodó la película, podemos intuir un afán experimentador por parte del director. Era extraño no apoyarse en una banda sonora para matizar cada escena o crear un clima determinado.
Los diálogos son fantásticos. Por sí mismos hacen que la acción progrese, que los personajes ocupen los puestos que tocan. Por ejemplo, la conversación que se mantiene en el bar del pueblo entre una experta en aves que intenta explicar lo que sucede desde los conocimientos científicos, un borracho que alude al fin del mundo y al juicio final (como ven dos extremos opuestos), el protagonista confuso y tratando de hacer lo que puede, es maravillosa. La forma de ridiculizar la razón ante lo inesperado, ante lo incomprensible, me parece que es un ejemplo de lo que se tiene que perseguir cuando se escribe un guión. Eso sí, los decorados son fundamentales para que los matices del lenguaje se vuelvan casi extravagantes. Presten atención a la decoración de la casa de Annie. Discos de música culta, reproducciones de Braque, buena literatura. Todo lo que dice se ve envuelto por esos objetos.
Lo inexplicable, sus consecuencias y nuestro lugar en el mundo. El resto, todo lo que se me ocurre, forma parte de la subjetividad y nada aportaría al lector. Será mejor que se sienten, que pulsen la tecla del mando a distancia y disfruten con Los Pájaros. Y que hagan lo que les pida el cuerpo con sus sensaciones. Todo menos buscar respuestas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 26 2010

El sexto sentido: Trampas repetidas


Nunca una película tan tramposa tuvo un éxito tan extraordinario. Nunca una película tan mal contada fue creída y aclamada por tantas personas.
No negaré que el director y guionista M. Night Shyamalan hizo un esfuerzo considerable para que nadie pudiera decir lo que digo yo. Pero ese esfuerzo por dejar pistas sobre lo que narraba ya es sospechoso en sí. Si no hubiera hecho trampas ocultando evidencias no le hubiera hecho falta justificar nada. Esas evidencias, que no están presentes en la película (al ser escatimadas), se cambiaron por detalles que sólo un muy buen espectador, o un espectador avisado, o una segunda oportunidad, los hacen visibles. Por ejemplo, Shyamalan debió pensar, que el psicólogo se siente frente a la madre sin hablar, como si no estuvieran juntos, así nadie podrá decir que hice el truco. Y no, querido Shyamalan, es justo al contrario, presentas al espectador eso y no otra cosa para hacer el lío. Más que nada lo hace, creo yo, porque la historia que cuenta es completamente absurda. De momento, lo narra desde el punto de vista del psicólogo. Eso significa que podemos ver este lado del mundo y el de los muertos. La película, entonces, deja de ser realista (tengo la sensación de que el director nos la quiere colocar como eso) para ser del género fantástico o de terror. Jugar a ser realista hace que el espectador sienta sienta angustia o miedo porque le están engañando. Shyamalan hace otra pirula (bastante utilizada en películas de este tipo) que consiste en meternos a un niño como protagonista. Y, de paso, a unos cuantos más, vivos o muertos, que dan un toque mucho más horrible al asunto. Que le pasen estas cosas a los niños ya es el colmo ¿verdad? (No me refiero de forma explícita a lo que pasa por si aún queda una persona en la tierra que no haya visto el film). Haley Joel Osment (el niño) fue nominado al Oscar como mejor actor secundario. Como suele ocurrir, eso obedeció más a lo que acabo de decir que a su interpretación. Un niño asustado y martirizado por los muertos siempre gusta.

Hablar de muertos y de sus deudas con la vida, de su descanso imposible salvo que alguien (vivo) les ayude es otro ingrediente muy efectivo que, por supuesto, aparece en El Sexto Sentido. Ir a la lágrima fácil (también está, también), al amor inolvidable, a la ternura de un niño… Trampas y más trampas. Lo metes todo en un recipiente más o menos vistoso, llamas a Bruce Willis para que de lustre al cartel, y ya está. Es posible que Willis no guste a muchos, pero hay que reconocerle que papel que le dan, papel que defiende con solvencia, y, si el director sabe trabajar le saca petróleo.
Entiendo, de verdad que sí, que la película guste. Hace pasar un rato agradable al que la ve. O desagradable, pero te la tragas con gusto. Aunque, hay otro problema y es que lo que cuenta ya lo han dicho cientos de veces otros directores y mejor, sin tanto fuego de artificio. Porque, al final, todo se resuelve de forma explosiva. Todo se prepara para ese momento final que dejará boquiabiertos a todos.

Pues eso, que si alguien no ha visto la película que lo haga. Sin esperar gran cosa. Un rato entretenido y poco más. Yo, desde luego, ya tuve bastante con una vez.
© Del Texto: Nirek Sabal

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