ene 12 2011

Días de radio: El mundo del recuerdo

El mundo es una cosa grandiosa que se complica cada día más. El ser humano avanza y lo hace a base de complicarse la existencia. Para que ese progreso tome forma es necesario que las desigualdades sean desproporcionadas, que el individuo se sienta solo, que un paso adelante en la construcción del cosmos signifique otro atrás en el proyecto del hombre (la meta es llegar a ser tan persona como sea posible y parece que lo hacemos en dirección contraria). Quizás los tiempos pasados no fueron mejores, pero seguro que fueron más fáciles, más simpáticos y dejaban más espacio al ser humano).
Algo parecido a esto es lo que plantea Woody Allen en su película Días de Radio. No es la mejor de sus comedias. No lo es, ni mucho menos. Aunque es agradable, entrañable y divertida. Ni destacan las interpretaciones de ninguno de los actores o actrices (Woody Allen pone en movimiento a Diane Keaton, Mia Farrow, Julie Kavner y Danny Aiello entre otros (a sí mismo también) como pequeñas partículas que configuran un todo y los papeles no tienen la grandeza suficiente como para sobrevivir por sí solos), ni se trata de un guión especialmente brillante. Pero el conjunto se percibe como una obra deliciosa en la que se recrea un mundo dibujado como germen de lo que somos (los decorados y el vestuario son notables). El presente no deja de ser el producto del pasado.
La radio es el nexo entre las personas, es la excusa para seguir un camino o buscar una alternativa, es un sentimiento común que modela a los individuos por igual. El mundo se narra desde un micrófono a través de historias inconexas que suman para que el hombre pueda moverse. Porque desde la ficción todo se hace comprensible. Leyendas absurdas, ventrílocuos (¡¡en la radio!!), ataques interestelares, jóvenes enamorados; todo está en la radio de los años 40. Cada persona se integra, la integra en su existencia. Las melodías representan a alguien o a algo, trasladan de un lugar o a un tiempo distinto del vivido. Cada cual busca en la radio la carencias que soporta en su realidad.
Allen se plantea una pregunta: ¿Qué es la vida sino lo que queremos que suceda? La imaginación tiene un lugar privilegiado en cada uno de sus personajes y es por ello por lo que evolucionan. Esto nos lo muestra el director encadenando gags que, entre cómicos y entrañables, dibujan un universo sencillo que si no fuera por ciertas personas sería maravilloso.
Lo que sí destaca es la banda sonora de la película. La selección de partituras es magnífica (jazz y música de cabaret). La vida se escucha y se desarrolla al ritmo de esa música que va resonando en el interior del sujeto. Buena música. Buena de verdad.

Pero Allen, también, deja un mensaje terrible: Con el paso del tiempo todo se olvida. Da igual si algo fue fundamental. Termina siendo poco o nada. Aparece la idea, finalmente, envuelta con las obsesiones recurrentes de este director (la existencia de Dios, el sexo, la relación entre adultos, la destrucción de la pareja y esas cosas a las que Allen nos tiene acostumbrados).
Buena película que se ha valorado muy poco. Allen en estado puro. Ya saben que, alguna vez, recomiendo ver las películas de las que hablo con los más jovencitos de cada casa. Esta será mejor que la vean los adultos a solas. A pesar de su inocencia, plantea algo que no corresponde a un joven o a un niño pequeño. Ya tendrán tiempo los muchachos de mirar atrás. Ahora les toca mirar justo en dirección contraria. Y, además, creo que se aburrirían. No dejen de disfrutar los ochenta y cinco minutos de pasado. Del de cualquier adulto. Les encantará.
© Del Texto: Nirek Sabal

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dic 7 2010

Interiores: Sin asumir la realidad no hay realidad

Hay personas que deberían (deberíamos) sentirnos afortunadas por vivir lo que les toca disfrutar. Sin embargo, dedican (dedicamos) buena parte de sus (nuestros) esfuerzos a sufrir, a torturarse (torturarnos). El ser humano tiene por costumbre inventar problemas, cacarearlos, hacerlos universales y cuidarlos con mucho cariño para que duren mucho. Si hablamos de las clases acomodadas, podríamos decir que eso es lo que más le gusta hacer. Parece mentira que con la que está cayendo, desde que el mundo es mundo, dediquemos un solo segundo a semejante cosa. Pero es así. Algo natural, algo que todo el mundo da como bueno.
Woody Allen es el director de cine que mejor retrata a esos individuos de clase acomodada que teniendo todo añoran todo, que convierten su vida en un valle de lágrimas sin saber por qué; a esos sujetos que viven de su propia compasión, que hacen del lamento, por sí mismos, una forma de vida. Woody Allen es el director de cine que mejor ha sabido detectar los problemas de una clase social estúpida hasta límites insólitos. Comodidad y estupidez parecen caminar siempre juntos formando una correlación perfecta.
Me gusta Woody Allen porque es cine. Me gusta Woody Allen porque lo que cuenta es la vida de todos. Me gusta Woody Allen porque enseña las miserias, los desastres personales y las desdichas de una sociedad que nada en la abundancia (de todo) y no es capaz de inventar la felicidad. Ni siquiera de fingirla. Me gusta Woody Allen porque nos deja con su cine las pruebas necesarias para que, de una vez por todas, seamos conscientes de que nuestro intento de alcanzar límites personales es directamente proporcional a lo poco que nos gustamos.
Disfruté con las comedias desenfadadas y sin pretensiones del viejo Allen. Me maravillaron sus comedias más maduras. Pero, también, me encantaron sus dramas. Especialmente, Interiores. Aún no entiendo el porqué esta película no fue recibida, en su momento, como lo que es, como una formidable obra.
El paralelismo que muestra Allen entre los interiores personales y los de los hogares en los que se vive es indicativo de lo que intenta el director con esta cinta. Todos tenemos decorado nuestro propio yo y, tarde o temprano, eso tan íntimo se deja ver en algún lugar, en algún momento; se ve modificado para siempre o se vacía sin remedio.
La película es deudora del cine de Bergman (esto se ha dicho por activa y por pasiva, así que no seguiré con ello), pero, no obstante, el sello de Allen es indiscutible y está presente de principio a fin.

El uso de unos diálogos excelentes que marcan a sus personajes, aportando rasgos inconfundibles a cada uno de ellos, ya es suficiente prueba de que es así. Les garantizo que si prestan atención a esos diálogos y no miran a la pantalla, podrían saber quien habla en cada momento dada la coherencia casi insólita de los discursos. La inteligencia de Allen no desaparece a pesar de los homenajes. Ni en dramas ni en comedias.
Interiores es una película que habla del fracaso. Concretamente del fracaso de lo artificial, de todo eso que intentamos ser para alejarnos de nosotros mismos (por gustamos poco o nada).
Una familia acomodada. Una mujer (la madre) que intenta dibujar un mundo ajeno a la vulgaridad que termina vacío; entre otras cosas, porque su marido es vulgar, dos de sus hijas los son del mismo modo y la tercera (la que parece más triunfadora) se mueve en territorios normaluchos puesto que le rodea esa vulgaridad sin que pueda respirar. Eso de lo que trata de escapar (la madre) es el propio mundo aunque lo haya intentado cubrir con pan de oro. En una de las escenas vemos como esa mujer (Geraldine Page) habla con su marido de un dibujo de Matisse. El hombre alcanza a decir que le parece muy interesante. Sólo. Se han separado y ella desea que él regrese a casa. Él no entiende de arte, ha encontrado a otra mujer (Maureen Stapleton) que disfruta tanto como puede del sol, del dinero y de lo bueno que encuentra en el mundo. Él es ajeno al universo que le propone su esposa. Y la mujer, sin apenas ser consciente, reclama muebles para su interior. Corrientes, sin valor artístico, esos que tanto le repugnan. No quiere asumir que la vida es vulgar aunque conserva la esperanza de poder barnizar todo aquello que le permite sobrevivir. Como toda la clase acomodada del mundo, vamos.
Joey, la hermana pequeña, (Mary Beth Hurt) está perdida, no sabe dónde quiere llegar. Tan sólo es capaz de envidiar a Renata (Diane Keaton) que, aparentemente, se abre camino en el mundo de la escritura. En realidad, está anclada a lo mustio del fracaso. Su madre fracasa, el padre se desliza hacia el mundo de la mediocridad, su marido se siente fracasado, sus hermanas también (Flyn (Kristin Griffith), otra de las hermanas, no pasa de ser una actriz secundaria que trabaja en series de segunda categoría y obras muy alejadas de la genialidad). Ninguno quiere asumir una realidad común.
La película se llena de escenas que rebosan patetismo llegado desde la lucha estúpida y cruel que mantienen todos los miembros de la familia con esa mediocridad que les apabulla. Por ejemplo, cuando el padre y su nueva pareja cenan en casa de Renata, el choque de cosmos es demoledor. El espectador percibe con claridad ese enfrentamiento entre un lugar limpio en el que no hay pretensiones que vayan más allá del disfrute de la vida y la zona oscura de un mundo condicionada por el disfraz de lo cotidiano para convertirlo en una maravilla idiota.
Las interpretaciones son espléndidas. Especialmente, las de las actrices. La fotografía de Gordon Willis es precisa con el detalle y solvente con el conjunto. La iluminación está muy cuidada durante toda la película. El guión es excelente. Es verdad, que los discursos, a veces, son muy literarios, pero no hay que olvidar que los personajes se mueven en un territorio cargante, entre la intelectualidad más pedante. Un aspecto que Allen trabaja con especial acierto es el ajuste entre tempo y tiempo narrativo. No se aprecia ni una sola fisura a lo largo del metraje. Es verdad que el ritmo es algo lento aunque es lo que pide el guión y no puede considerarse un error. Los planos fijos de larga duración van apareciendo en los momentos precisos para que ese tempo convierta el tiempo narrativo en el momento justo.
Me gusta Allen. Me gusta Interiores. Y me gusta saber que hay artistas que son capaces de apostar por lo que quieren hacer sabiendo que las taquillas no sufrirán colapsos. Otra cosa sería vulgar. Eso sí que es la vulgaridad por excelencia.
Exquisita película. Imprescindible para comprender el cine de Woody Allen en su conjunto. Yo, desde luego, no dejaría de ver algo así.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 12 2010

Manhattan: Una hermosa caja llena de problemas

¿Hasta qué punto podemos confiar en las personas? ¿Un hombre o una mujer enamorados son fiables? ¿Son los adolescentes una banda de desequilibrados contestones o lo son los adultos que cumplen más de cuarenta años? ¿Se puede amar a alguien mientras se ama a un tercero? ¿Puede cambiarse un amor por otro sin que ocurra una hecatombe emocional?
Estas son preguntas que asaltan al espectador cuando echa un vistazo al cine de Woody Allen. Incluso en su primera época ya dejaba algunos apuntes sobre estos asuntos cuando hacía comedias desenfadadas, frescas y críticas con los sistemas. Y estas preguntas nos hacen colocarnos ante una situación incómoda. Depende de la edad del espectador, eso es verdad. Me refiero a ese tener que elegir entre la sensibilidad y la intuición por un lado o la inteligencia por otro. Parece que, según vamos cumpliendo años, estamos obligados a utilizar más esa inteligencia. Es cosa de jóvenes lo de permitir que sensibilidad e intuición arrasen con todo. Y digo que lo parece porque es la única forma de que no se organice un desastre a tu alrededor. Un jovencito cerebral que calcula todo o un hombre maduro que se deja llevar por sus primeras sensaciones en cuanto se le cruza una mujer nos parece un loco. En el caso de las mujeres ocurre lo mismo, claro.
Sensibilidad, intuición, inteligencia. Woody Allen, en 1.979, vuelve a meter los ingredientes en la centrifugadora y ¡voilà! Otro peliculón. Y, encima, mostrando un escenario completamente grandioso. La ciudad de Nueva York. Pero no cualquier Nueva York. Nos muestra esa ciudad que ama y lo hace con sumo cuidado, con una fotografía excelente (Gordon Willis), en un blanco y negro lleno de matices que convierte cada plano de la ciudad en una postal que todos quisiéramos enviar un día. Así, el propio escenario termina siendo un personaje más, un personaje que aparece sin descanso para que los otros (los de carne y hueso) puedan ir evolucionando interiormente y en sus relaciones con los demás. El actante perfecto es lo que construye Allen en Manhattan y con Manhattan. De paso, el director deja bien clarito que una cosa en la costa oeste y otra, bien distinta, la costa este. No hace falta que diga quien sale mejor parado de esta comparación.
Otro de los ingredientes que convierten la contemplación de la película en un momento inolvidable es la música de George Gershwin. Delicada, exquisita; mezcla de sinfónica y buen jazz. Temas como Rhapsody in Blue (en el inicio); He Loves, and She Loves o Oh, Lady be Good ayudan a convertir el metraje (ya en sí mismo fantástico) en una delicia. En la película, los temas están interpretados por la filarmónica de Nueva york. Pilotando Zubin Mehta. No se puede pedir más.


El guión fue cosa del propio Allen y de Marshall Brickman (viejo conocido del director). Como de costumbre nos presenta unos diálogos llenos de ingenio, originales, muy bien armados para que los personajes puedan evolucionar al ritmo que requiere la narración. Nada de lo que se dice, nada, aparece porque sí. Todo tiene sentido. El justo.
La dirección de actores es más que notable. Diane Keaton está como casi siempre, soberbia. Meryl Streep, aunque en un papel secundario, consigue una gran solvencia y credibilidad en su interpretación. Una jovencísima, Mariel Hemingway, da una lección de contención y de expresividad en cada uno de sus gestos. Y el propio Woody Allen llena la pantalla desde el principio al final de la película (entre otras cosas por el personaje que interpreta que es grandioso). Michael Murphy aparece en con papel menor, pero también está muy correcto.
Lo que cuenta Allen en esta película está rodeado, como es habitual, por los asuntos que le preocupan. La religión hebrea, las relaciones de pareja, el psicoanálisis, la crítica al mundo de la cultura, etc. Lo habitual. Un enorme montón de problemas. Y no pienso decir una sola palabra sobre la trama. Es una pena desvelar una sola cosa por pequeña que sea. Sólo un mínimo apunte sobre la escena final de película. Después de una carrera de Isaac Davis (Allen) por las calles de la ciudad (magníficas tomas), le vemos junto a Tracy (Mariel Hemingway). La conversación es un colofón estupendo y resume muy bien lo narrado. Ese aplomo de la joven (que durante toda la película parece ser la única sensata), esa otra forma de ver las cosas del hombre maduro, nos dejan claras las cosas. La referencia a la posibilidad de confiar en las personas cierra un peliculón. El resto de lo que cuentan mejor que lo vean y lo disfruten. De verdad que merece la pena. No se me ocurre mejor idea para un domingo lluvioso, por ejemplo. Ni para una tarde de sábado ventoso. O para un día cualquiera a la hora que sea y donde sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 9 2010

Annie Hall: La historia de cualquier pareja

El cine no deja de ser una forma de comunicar. Con su propio código, desde luego, pero no es otra cosa que eso. Por lo tanto, es necesario que se establezca un vínculo entre el espectador y lo narrado. El camino más fácil, el más efectivo y seguramente el único, es que el espectador se vea reflejado en lo que que se cuenta. Como en literatura, el cine es una representación de una realidad compartida por muchos, reconocible y susceptible de ser entendida por el que mira la pantalla. Cualquiera puede comprender qué es lo que le sucede a un personaje y, lo más importante, necesitamos saber más sobre eso que le pasa para poder explicarnos a nosotros mismos, nuestro mundo, el de verdad. Dicho de otra forma, esta es la razón por la que una película gusta o no al espectador.
La importancia del cine que ha hecho Woddy Allen, sobre todo desde que rodó Annie Hall el año 1977, llega desde ese territorio común que ocupan sus películas y la película de cada persona que se sienta a ver su cine. Con este film, Allen da un giro en su producción que le lleva desde una comedia más bufa (en la que sus personajes son una burla de sí mismos y de su entorno) a otra en la que los personajes viven la realidad que les toca sufrir y tratan de comprender. Desde la ironía, el sarcasmo, pero lejos de una comicidad en la que los personajes se dibujan con trazos ajenos.
En Annie Hall la tesis que maneja Allen es que la vida es un desastre aunque, finalmente, se nos hace muy corta; que las relaciones interpersonales, aunque patéticas y dolorosas, son necesarias para todos nosotros. Y digo para nosotros porque la historia que narra bien podría ser la de cualquier pareja del mundo. Comienza la película con ello y termina con eso mismo. Entre medias, nos prepara una comedia inolvidable por inteligente; muy bien contada; repleta de recursos narrativos que intentan convertir, con éxito, al espectador en cómplice; montada sobre unos diálogos que, aun estando salpicados de chistes ingeniosos y efectistas, forman un conjunto extraordinario que lanza a los personajes (especialmente al que interpreta Diane Keaton que no es otro que Annie Hall) hacia una evolución magnífica. Ya no es tan importante el ingenio del director para hacernos reír. Ahora, lo esencial es que nos coloca definitivamente frente a nuestra forma de entender las cosas para que nos planteemos si eso funciona o no.
La interpretación de Diane Keaton es casi perfecta. Dicen que ella tuvo mucho que ver en la construcción del personaje cuando se pensó en él. Quizás por ello, la naturalidad de la actriz es tan arrolladora que, desde el primer momento, el personaje aparece totalmente creíble. Woody Allen es Alvy Singer. Extraordinario también. Aunque el director siempre ha dicho que Singer se parece mucho menos a él de lo que la crítica ha dicho y el público intuye, soy de la opinión de que se parece mucho más de lo que Allen estaría dispuesto a admitir. Tal vez, por ello, su interpretación es, como decía, extraordinaria.
Alvy es el narrador. Nos llevará hasta la casa de sus padres cuando él era niño, de aquí a allá rompiendo la linealidad de la narración; incluso le veremos convertido en un dibujo animado. Tiempo y espacio se pliega a las necesidades narrativas. No sólo para el espectador. También para los personajes. Alvy, Annie y Rob (Tony Roberts) podrán ver (sin intervenir en la acción, por supuesto) lo que sucedía en casa de Alvy muchos años atrás. Original y solvente forma de narrar. Aunque Alvy es el narrador, el punto de vista se modifica en su focalización para que sea el personaje de Annie el que se deje ver y el que más evolucione.
La película tiene un aire que nos recuerda, ligeramente, al documental. Quizás sea por ello por lo que aparezcan las imágenes de el de Marcel Ophüls (Le Chagrin et la Pitié) que es lo único que puede ver el personaje cuando va al cine y que es lo que ve Annie cuando visita Nueva York aunque lo ha visto un millón de veces. Los guiños al cine y a sus autores son muy numerosos durante el metraje.
Si alguien quisiera conocer las obsesiones y los asuntos recurrentes en la obra de este director, viendo esta película podría hacerse una idea casi exacta sobre ellos. La muerte y la relación que el hombre tiene o debería tener con ella; la importancia del psicoanálisis; la familia como origen de la personalidad del individuo; el mundo cultural como nido de anormales y charlatanes; la religión como motivo de aislamiento y un amor devoto por Nueva York que compara a Los Ángeles por ser el contrapunto exacto. Todo Allen está en Annie Hall. Todos nosotros lo podemos estar también. Esa última escena en la que los personajes se encuentran para confirmar que ese encuentro es imposible; esas conversaciones que el director matiza con subtítulos para mostrar que el lenguaje puede estar muy distante de lo pensado; ese enamoramiento que se va convirtiendo en un recuerdo que tapa lo cotidiano; todo esto podría ser la relación de cualquier pareja. Escuchamos a Alvyn dividir a las personas en horribles o miserables. Los horribles son los que están enfermos y pasando una vida horrible. Los miserables el resto. Por ello debemos estar satisfechos. Todos miserables, todos iguales.
A mí me parece una de las mejores comedias de todos los tiempos, una comedia a la que regreso con insistencia. Un peliculón, vaya.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 30 2010

La última noche de Boris Grushenko. Inolvidables (8)

Eres el mejor amante que he tenido, dice Sonja a Boris. Será porque practico mucho cuando estoy solo, contesta él.
Yo no quiero casarme nunca. Lo único que quiero es divorciarme, exclama Sonja cuando le piden matrimonio.
La última noche de Boris Grushenko (Love and Death) es la primera película que el que escribe pudo ver de Woody Allen. Fue en un cine de barrio; Cine Granada se llamaba. En aquella época, una señora que apareciera en la pantalla con algo de ropa menos de lo normal hacía que la película se clasificase como para mayores de 18 años. Yo no los había cumplido. Tuve que hacer algo para poder pasar en la sala de forma ilegal. No sé si puse cara de circunstancias, me puse de puntillas, encendí un cigarro delante del portero con gesto de hombre duro o me jugué todo a una carta sin hacer ridiculeces y coló la cosa por compasión de aquel tipo a la que le daba lo mismo ocho que ochenta. El caso es que entré en aquella sala. Subí al gallinero y descubrí a Allen. Aún me emociona recordar todo esto. No paré de reír. Quizás es el primer recuerdo que tengo riendo con una película para adultos. La escena en la que Boris (Woody Allen) y Sonja (prima de Boris, esposa de Boris, interpretada por Diane Keaton) se encuentran con un español que quiere visitar a Napoleón en Moscú y se lían a botellazos entre ellos, es una de las cosas más divertidas que he visto en mi vida. Así lo viví y así lo quiero recordar. No he vuelto a ver esa película. Me pasa lo mismo que con algunas novelas. Prefiero dejar así las cosas porque estoy seguro que estropearía el recuerdo por la vejez de la película, por la mía propia, porque temo que me parecería mucho más floja que el poso que dejó. Prefiero recordar a Boris bailando alrededor de la muerte, convertido en proyectil humano, hablando de metafísica cuando la cosa debería ser mundana, siendo un cobarde redomado. Prefiero recordar la película como un disparate divertidisimo en la que Napoleón es una pena de hombre, la muerte un coñazo y la literatura rusa algo de lo que uno puede reírse sin cometer un gran pecado (esa mezcla entre lo profundo y lo más cotidiano que forma en su conjunto un universo completo y perfecto, pero no intocable).

Recuerdo los botellazos, el hombre bala, pero, también, las tierras del padre de Boris (las llevaba encima al ser algo escasas) y las miles de infidelidades de Sonja y las frases que anotaba al comenzar este texto (las apunté al salir del cine y no sé si son textuales o no. Era mi primera libreta en la que apuntaba un mundo nuevo) y la última visión de Boris que le lleva a un desastre en la que la violencia se convierte en carcajada. Prefiero dejar así las cosas. Están bien donde están.
La cosa iba de rusos. Y la música de Serguéi Prokófiev. Era la primera vez que escuchaba esa música. Mucho más tarde terminó siendo un compositor importante en mi gusto musical.
Y no me acuerdo de más. Sí puedo reproducir una última frase de aquellos diálogos que tampoco sé si es exacta: La muerte es el modo más efectivo de ahorrar gastos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 21 2010

Cuando menos te lo esperas: Vida y amor más allá de los 60

Uno de los actores más camaleónicos y con más cara de perturbado mental que podemos encontrar en el panorama cinematográfico es Jack Nicholson. Una bestia parda de actor y que no es de mis favoritos. Su participación en películas que pasarán a la historia del cine es indiscutible: Alguien voló sobre el nido del cuco, Chinatown, EL honor de los Prizzi, etc. Lo mismo podemos decir de Diane Keaton. Quien no recuerda su intervención en películas como: El padrino, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Manhatan, etc.
Dos actores que trabajaron, en los 70, en los 80, 90, en el 2000 y que hoy en día siguen haciéndolo. Actores que se han mostrado solemnes, insolentes, indolentes, magistrales, pero a los que no se les han caído los anillos por participar en producciones con menos solera y empaque que algunas de las nombradas, como en la película Cuando menos te lo esperas, una comedia de principio del siglo XXI. Unas risas rodadas en el otoño de la vida de dos actores, que interpretan a dos maduritos,  para goce y deleite de todos. Alguien podrá decir que no estamos ante una gran película, es cierto, podrá decir que ambos actores han caído del Olimpo para terminar rodando peliculitas que bien pueden ser calificadas de buñuelo cinematográfico, pero ¿qué más da? A estas alturas de sus carreras, creo que los dos pueden hacer dos importantes cortes de mangas a quien pretenda que todo el día vayan de solemnes y creo se han ganado el derecho a  divertirse haciendo una película. Y es que por lo visto, ambos, los dos, se lo pasaron en grande rodándola. No sé si será cierto o no, prefiero pensar que fue así (cosas mías).
Cuando menos te lo esperas es una comedia de enredo, divertida, ingeniosa en la que sus  actores principales se encuentran en permanente estado de gracia.  Harry Sanborn (Jack Nicholson), el madurito viejo verde, sólo piensa en ligarse a treintañeras que estén de buen ver aunque tengan el cerebro totalmente hueco, tropieza con Erica Barrry (Diane Keaton), la madre de su última conquista. Y digo tropieza porque el motivo del encuentro es un achuchón cardiopático en la patata (corazón), de Sanborn cuando pasa el fin de semana con su última conquista, la treintañera Marin (Amanda Peet), en la casa que la madre de la chica tiene en los Hamptons. La encargada de cuidar al madurito achacoso es la mamá madurita de la conquista. Y como no podía ser de otro modo, cuando menos se lo esperan, se dan cuenta de que se molan. Así, de sencillo. Los maduros, los que ya están de vuelta de muchas cosas, que tiene achaques, también se enamoran y se dan cuenta de que la patata que tiene ahí cerquita del esternón pues aún funciona, no por la joven y esbelta Marin, ni por el guapísimo doctor Harry (Keanu Revees), sino por dos abueletes achacosos.
La gracia de la película, ver el enamoramiento de dos tipos en la madurez de su vida, ver el cómo afronta sus relaciones sexuales y como se ponen el mundo por montera frente a la evidencia del nacimiento de unos sentimientos que creían desaparecidos de la faz de la tierra. Puede que estemos frente a una película menor, sin grandes argumentos, aunque sí con unas interpretaciones buenísimas de sus protagonistas bajo la dirección de Nancy Meyers, directora de auténticos buñuelos, pero que, en este caso, acertó ofreciéndonos una comedia romántica que se sostiene por los dos grandes pilares que son Nicholson y Keaton. En realidad, ellos lo son todo en esta película.
Una película para desconectar, pasar un rato agradable y disfrutar pensando que en nuestra cabeza y en nuestra patata cardiaca habrá vida más allá de los 60 o incluso de los 70 si la cosa se nos pone de cara.
© Del Texto: Anita Noire

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