jun 9 2013

Elegy: Una clase que nadie ha pedido

Una sucesión de imágenes bellas en movimiento no es cine. Una sucesión de posados de una actriz no es un papel interpretativo (a pesar de tener los ojos llorosos o el semblante triste tristísimo). No se acude a un grupo de actores y actrices de primer orden para dedicar cientos de planos al detalle de los poros de la piel porque eso lo hace cualquier aficionado y es, lógicamente, un desperdicio pagar tantos miles de euros. Un director de cine debería dedicar sus esfuerzos, a eso, a rodar películas de cine. Sobra del todo que el trabajo que presente ese director sea un compendio de ideas personales lanzadas al espectador como si este fuera un ignorante necesitado de referencias culturales e ideas profundas para sacar su triste vida adelante.
Si existiera una máquina capaz de mezclar palabras y metiéramos todo esto dentro, pulsáramos la tecla on y dejáramos diez segundos que todo se convirtiera en 108 minutos de película, tendríamos como resultado Elegy de Isabel Coixet. Una mujer que puede hacer excelentes películas y que, en este caso, se ha propuesto realizar uno de esos trabajos muy, muy personales y profundos. Aunque se queda a medio camino y el trabajo se queda en uno de esos que son muy, muy aburridos.
El guión de Elegy es una adaptación de la novela de Philip Roth El animal moribundo. De momento, no es, ni mucho menos, lo mejor de ese autor. Pero, además, el guión de Nicholas Meyer se distancia peligrosamente del texto original (sin ser lo mejor tiene cosas interesantes) para perderse en la nada. Un ejemplo. Consuela Castillo es una mujer de origen caribeño, ardorosa, vital, alegre. En Elegy parece que es un alma en pena desde el minuto uno. ¿Cómo explicar algunas de las cosas que suceden con el profesor Kepesh cuando tiene al lado a un marmolillo; cómo nadie puede sentir tanta pasión con la mujer más aburrida del mundo entero? Es sólo un ejemplo. Esto escuchando a Satie (¡Oh, qué gran hallazgo para el cine, qué novedad!) se convierte, poco a poco, en algo insufrible y aburrido a más no poder. Y la culpa no la tiene la música de Satie.
Consuela es Penélope Cruz. Se pasa media película desnuda y con cara de pena. No sabemos mucho más de ella o de su personaje puesto que la cámara va del primer plano al plano detalle con insistencia y el guión no profundiza en su psicología. A veces, Coixet se equivoca y nos deja ver algo más, pero pocas veces. Más sosa no se puede estar. Eso sí, la fotografía de Jean Claude Larrieu es estupenda; lo que nos permite disfrutar del físico de la actriz.
El profesor David Kepesh es encarnado por Ben Kingsley. No está mal. Con Peter Sarsgaard mantiene el diálogo mejor construido de la película. Son padre e hijo y discuten sobre los diferentes tipos de infidelidad y sus justificaciones. Soporta, Kingsley, buena parte de la carga dramática de la película y si Elegy no es un auténtico desastre es, en gran parte, gracias a él.
Dennis Hopper es otra cosa. Parece que llega desde otra película o regresa a ella. Franco, libre y muy, muy bien en su papel. Sin ese revestimiento de cultura imprescindible o interpretación de postal que parece buscar la realizadora. Patricia Clarkson estupenda. Su personaje interesa mucho más que el de la señora Cruz. Clarkson parece que llega para hacer un buen favor; alejada de la dinámica impuesta por la filosofía de frases hechas.
No se puede ir por la vida dando clases de lo que nadie te pide. A Coixet, como cineasta, se le pide cine; a un profesor de matemáticas se le pide álgebra o trigonometría. Es una pena que gente como Coixet, con un potencial inmenso, se enrede en este tipo de cine que no aporta casi nada a casi nadie; incluida ella misma. Es una pena que Coixet confunda lo de soltar frases muy redondas o mostrar una imagen muy bonita, con arriesgar. Todo artista está obligado a hacerlo. Pero arriesgar es otra cosa, es ordenar el mundo poniendo al servicio de la narración todo lo que uno es. No lo que sabe de esto o aquello. Porque no está en juego el conocimiento personal sino el universo entero. Y eso no se soluciona intentando deslumbrar a otros o intentando pasar a la historia.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 4 2012

Amor a quemarropa:

Un guión de Quentin Tarantino arrastra, sea cual sea, la marca propia de un tipo que entiende el cine de una forma muy particular. Están garantizados el sarcasmo, la violencia, un lenguaje soez y un mundo completamente disparatado en el que todo se arregla gracias a un azar que se suele arrimar a los menos malos. Amor a quemarropa está escrita por Tarantino. Cuando escribió el guión trabajaba donde podía y no tenía un dólar en bolsillo. Hasta que no rodó Reservoir Dogs nadie le hizo mucho caso. Pero logró filmar esa película y los guiones que andaban sueltos con su firma se convirtieron en películas. Tony Scott fue el encargado de convertir el libreto en película consiguiendo una obra que marcó los años noventa aunque mucho menos de lo que debería. En manos de Tarantino hubiera sido otra cosa. Eso seguro. Y hubiera sido una cosa mucho mejor. Creo yo que no hubiera montado el trabajo de forma tan lineal. Creo yo que hubiera sido mucho más tremendo en las escenas violentas. Creo yo que nos hubiera hecho reír más con el desastre de mundo que presentaba en su guión. Y creo que hubiera elegido otro reparto.
Tony Scott no es un gran director. Mueve la cámara con cierta gracia cuando se trata de escenas de acción trepidante. Pero poco más. Y dirigiendo a los actores no es nada del otro mundo. En Amor a quemarropa aparecen muchos que más tarde serían grandes estrellas y lo hacen sin pena ni gloria. Porque convierte los personajes episódicos en menos que secundarios. Se libran (no por la dirección sino porque son muy buenos) Dennis Hopper y Christopher Walker en una escena inolvidable en la que el diálogo alcanza el mejor nivel de la película. El resto del reparto, incluidos Christian Slater y Patricia Arquette están discretos. La película, es verdad, resulta muy entretenida y casi desquiciante en su desarrollo (por la rapidez y cantidad de cosas que ocurren), pero es cosa del guión. La puesta en escena es normalita, la fotografía también, la partitura desajustada (buena música de Hans Zimmer que iría como anillo al dedo a cualquier otra película); todo es más normal de lo que parece.
La evolución de los personajes es escasa (de eso sí tiene la culpa el guionista). Terminan como empiezan. Y el final es algo previsible. Eso es algo que lima el interés del espectador aunque no se puede considerar una falta grave. La historia (siendo de Tarantino es normal) no busca grandes profundidades ideológicas ni nada por el estilo. Quiere mostrar un mundo rebosante de violencia; un mundo en el que todos somos malos y en el que sólo necesitamos una oportunidad para demostrarlo; un mundo del que hay que reírse, un mundo que no puede tomarse en serio porque el destino juega con todo sin una norma que se pueda tomar como segura. Amor a quemarropa es una película entretenida. Nada de obra maestra ni peliculón. Pero se deja ver. Sin niños alrededor. Sólo adultos dispuestos a bucear en la zona más mugrienta del mundo. Un mundo en el que el amor (la parte reluciente para muchos) resulta ser tan asqueroso como todo lo demás.
© Del Texto: Nirek Sabal


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