ago 31 2011

I’m A Cyborg, But That’s Ok: Pilas, baterías y radio

Según las leyes de la robótica:
1. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
Según las leyes no escritas del género humano:

  1. Un humano es capaz de dañar al prójimo
  2. Un humano, obedecerá las leyes según su apetencia y la retribución que le causen.
  3. Un humano protegerá su propia existencia aunque dicha protección  siga la primera y segunda ley.

Si a todo esto, le añades la rutina de trabajo dentro de  una maquina coreana y las consecuencias que conlleva una labor automática sobre la vida y su tejido cerebral, obtendrás I’m A Cyborg, But That’s Ok.
Park Chan-Wook se propuso acortar la distancia entre Corea del sur, Francia y Buenos Aires volcando sobre el metraje, efectos y tintes a lo Jean-Pierre Jeunet y su dulce Amelie junto con la poesía visual de Eliseo Subiela y su Hombre mirando al Sudeste.

Aunando dosis de humor, pasión, inocencia, surrealismo, ritmo ágil y mecánica, podemos introducirnos en el día a día de una joven asiática. La cual, tras vivir una secreta cyborg infancia, acaba internada en un centro psiquiátrico como antaño lo hiciese su abuela-ratón.
En los ojos de los internos  se vislumbra un alto grado de felicidad, tristeza y fantasía, aunque se los tapen con cualquier tipo de máscara o pretexto. Me estoy refiriendo al alma gemela de Young-Goon, ese chico roba almas.
Tanto  Chan–Wook como sus diferentes personajes  nos hacen partícipes del mundo y psique de  la  esquizofrénica muchacha, íntegramente  convencida de su naturaleza  cyborg, por ello realizará un ayuno extremo, ya que cualquier alimento que entre en contacto con su  cuerpo, puede estropear la maquinaria que la hace funcionar.
Esto la conducirá hacia una dieta de subsistencia fundamentada en polos positivos, negativos y ondas hertzianas o lo que es lo mismo; pilas ,baterías y programas radiofónicos.
La mezcla de texturas, fotografías, sensaciones, planos entre otras muchas cosas, es lo que nos hace esperar la delicadeza siguiente por muchos tiros que esta ofrezca, ya que este director es delicado hasta para acabar con la vida de los hombres de blanco. ¿Cuál es el propósito de mi existencia? Y si no lo sé yo, ¿por qué lo ha de decidir ellos?
¿Qué es un megatrón de arroz?
¿Para qué sirve esa puerta?
¿A qué extremo puede llegar el cerebro humano?
¿La imaginación al poder?
Encontrarás las respuestas junto a la máquina de café.
© Del texto: Ruby Fernández


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jun 12 2011

Pequeñas mentiras sin importancia

Todos para uno y uno para todos
Muchas son las películas que tienen como protagonistas a un grupo de amigos y sus aventuras o circunstancias, o lo que sea que les suceda durante la duración del filme. Y normalmente suelen ser comedias superficiales o vacías, un trozo arrancado de la vida de algunos sin principio o final definido, algunas más fantásticas que otras, que durante noventa minutos te hacen reír mientras zampas unas palomitas, pero en el noventa y uno vuelves a estar como antes de entrar a la sala. Además dicen que las francesas son las peores, que nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos no saben hacer comedias buenas y que siempre se quedan a medias. Con excepciones, claro.
Pequeñas mentiras sin importancia es una de ellas. No solo porque es una comedia, sino una comedia dramática, que rompe con este esquema ya descrito. Aunque no deja de ser un trozo de la vida de algunos, encontramos en dos horas y media de película algún trozo de la nuestra. De título original Les petits mouchoirs (pañuelos pequeños según la traducción literal), es un cofre de emociones que hace reír a carcajada limpia o derramar alguna lagrimilla, porque dos horas y media de emociones dan para mucho.
Un grupo de amigos desde la adolescencia decide irse de vacaciones a la playa, como tienen por costumbre todos los años, a pesar de que ese año uno de ellos se queda ingresado en el hospital tras sufrir un accidente. Aún así toman la decisión de hacer el viaje, pero acortarlo unos días para volver antes. Los integrantes de este grupo son todos de su madre y de su padre: algunos ya casados y con hijos, el vive la vida en plenos treinta y cinco, el inseguro que ha perdido a su novia, la chica dura que está para y por todos menos para sí misma, la esposa comprensiva pero dominante, su obsesivo marido, el deportista zen, el viejo lobo marino que a todos tiene algo que enseñar… La construcción de personajes es más sólida sólo en algunos, pero todos y cada uno de ellos representa algo y tiene un mensaje para el espectador, al igual que para ellos mismos.
Y es que 15 años de amistad entre 10 personas no pasan en balde. El tiempo pasa, las personas evolucionamos, y con ello arrastramos pequeños pedazos de nuestra vida que no pueden quedarse atrás por los motivos que sean, pero se hacen más llevaderos cuando sabemos que tenemos a alguien a nuestro lado en quien confiar. Aunque todos tenemos nuestros pequeños secretos, nuestras dos caras, nuestras ganas de fingir en determinados momentos para escapar del dolor porque compartirlo es a veces más doloroso todavía. Sin embargo no es más que una mera contención de sentimientos que, tarde o temprano, tienen que salir a la luz. Para desahogarse, para hacer un lavado de conciencia, para dar las explicaciones que nunca se dieron… llamémoslo X, acaba doliendo igual.
Sin embargo, podemos reírnos de ello y si eso, después lloramos un poquito. Así nos lo enseña Guillaume Canet, conocido más como actor que como director, pues Pequeñas mentiras sin importancia es su tercer largometraje, y con él ha conseguido nada menos que alcanzar los cuatro millones y medio de espectadores en Francia. Una cifra totalmente justificada puesto que esta película es un acercamiento a la vida real de todos aquellos que vivimos la vida sintiéndola en cada paso que damos. Y si la acompañamos de una buena banda sonora es más llevadero. Con temas de músicos como Damien Rice, Ben Harper, David Bowie, Janis Joplin, y la emocionante adaptación de Nina Simone del My way de Frank Sinatra, Pequeñas mentiras sin importancia es una máquina de carcajadas atronadoras y lágrimas con significado, sin pretensiones, sin caer en el tópico, capaz de mantener un ritmo constante de empáticas emociones y de cobrar más fuerza al final, cuando parece que hay una bomba haciendo tic-tac, a punto de estallar. La bomba de la vida.
© Del Texto: Coletas


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feb 19 2011

La Soga: La negación del crimen perfecto

Mi reflexión sobre La soga es una mezcla entre la teoría del superhombre de Nietzsche y libros como Crimen y castigo y La rebelión de las masas.
El asesinato de un hombre por el mero hecho de parecerle inferior a otros, el dilema de Dostoievski sobre lo conveniente de la muerte cuando uno, parece, no es de utilidad y provecho para la humanidad y la división que hace Ortega y Gasset entre el hombre-masa, hombre ordinario que proclama la vulgaridad, y el hombre selecto, intelectualmente superior, se asemeja mucho a la premisa de Hitchcock en esta película, cuando una pareja de brillantes universitarios asesinan a un compañero sólo por demostrar su valía intelectual trazando un crimen perfecto. Y como si de un juego de competición se tratase, los dos amigos se la juegan dando una cena a familiares y amigos de la víctima sirviendo la mesa sobre el viejo arcón dónde está escondido el cadáver.
Ésta, que fue la primera película en color de Hitchcock, pero que yo recomiendo ver en blanco y negro, es todo un experimento técnico grabado en tiempo real, en un principio pensada para filmarse en un sólo plano secuencia, pero ante la imposibilidad de las cámaras, que sólo podían grabar 10 minutos seguidos, fue rodada con varios planos secuencias fundidos en las chaquetas de los personajes.
La genialidad para grabar en una sola localización interior, manteniéndonos durante toda la película en el mismo apartamento, como hizo en La ventana indiscreta o en Crimen perfecto es una de las, para mí, especialidades de Hitchcock, dónde nos convierte en vouyeurs y cómplices de todos sus crímenes. El resultado es un film de acción continua de apariencia teatral brillante.
El desenlace final, no sólo demuestra, otra vez, que no existe el crimen perfecto, sino que desarma cualquier teoría basada en la superioridad de un superhombre y la inferioridad de un mediocre. A mí, al menos, siempre me ha convencido más la filosofía del perspectivismo, que es la que se encarga de relativizarlo todo. Y en el caso de aparecer un superhombre en esta película, ese hombre se llama Alfred Hitchcock, sin ninguna duda.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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feb 16 2011

Enredados: El cuento de Rapunzel

Cuando alguien a quien quieres demasiado te dice es que nadie quiere verla conmigo, no sé por qué, si es que soy bueno o agradecido con quien debería serlo, acabo diciéndole a esa persona que le acompaño. Claro que, cuando se trata de una peli de animación de una factoría Disney que ya no es la que era, una empresa que se ha quedado desfasada en su discurso con productos bastante estúpidos en la última década (ahí quedan para la posteridad Chicken little, Zafarrancho en el rancho o Descubriendo a los Robinsons o Hannah Montana, auténticas obras de culto para gente con muy mal gusto), lo quiera uno o no, te hace vacilar a la hora de tomar una decisión. Sobretodo con lo caro que está el cine. Y aún más, si se trata de una versión edulcorada del cuento de los Hermanos Grimm, Rapunzel. Y aún más si sigues con resaca. Y más si llueve.
Voy a ser cristalino como el agua, nunca me han gustado los cuentos de princesas ni principitos, ni siquiera en la literatura, donde la temática es más cruel de lo que muchos piensan. Esas historias donde prácticamente es todo perfecto, salvo el hechizo en cuestión que lanza la típica bruja malvada que hace que conseguir el amor de la mujer amada sea todo un jodido reto. O viceversa. No me gustan esos relatos. Y Disney, a lo largo de su periplo animado, ha desvirtuado muchísimos cuentos clásicos (no voy a dar nombres de más princesas pero todos sabemos cuantas hay en dicha factoría), y con ello han conseguido que el subconsciente colectivo prácticamente olvide las obras que tenían como base y (moraleja) asustar a las muchachitas, alejarlas de un mundo exterior donde las pasiones podían llegar a crear vicios nocivos, quitar la inocencia, y finalmente la virginidad. Si, aunque suene a broma, era así. Más de uno/a se asustaría al leer la fuente original, lo macabro de su mensaje.
Pero de todas formas, acepté ir a ver Enredados. Da la casualidad de que me tuve que tragar mis palabras, mis malas expectativas se esfumaron, y es que hay que dejar ciertos prejuicios atrás. John Lasseter (llegado desde Pixar) es el culpable de ello ya que desde que cogió el timón de las producciones de la factoría, no ha hecho más que intentar introducir cambios en la forma de realizar y de hacer animación, y antes que todo eso, dar nuevos aires a una fábrica de sueños que se estaba quedando estancada en productos de dudosa calidad. Así, en este film asistimos a una revisión modernizada del famoso cuento de la chica de cabellos rubios y extensos con el don de curar cualquier enfermedad o herida, encerrada en una torre por una malvada mujer que la quiere para ser eternamente joven, donde el humor y la aventura primará por encima de cualquier cosa, pero sin olvidar la parte grotesca y adulta que todo cuento de Disney tiene de fondo. Esa ambigüedad de todos sus relatos, donde lo realmente malo es casi una pesadilla salida de alguna mente alucinógena, todo ello enmascarado con bellas canciones de tono infantil y contenido a analizar. Aún así, la gracia de la propuesta es ridiculizar y parodiar muchos de esos cuentos, algo que ya hizo Shrek en su momento, presentándonos una gama de personajes secundarios a cada cual más excéntrico, desde un caballo olfateador que le gusta la camorra a una especie de camaleón parecido a un Pepito Grillo que no habla, pero que con solo una mirada o gesto sabemos qué piensa y qué dice, o unos guerreros vikingos que son unos sensibleros en el fondo, pasando por una revisión actualizada de la figura del héroe. Ahora no es un príncipe el protagonista, sino algo más actual. Un ladronzuelo muy pillo, con afán de protagonismo, pícaro como solo él sabe serlo, egocéntrico hasta decir basta, perseguido por muchos y odiado por otros tantos, pero de noble corazón que, cuando se encuentre con Rapunzel, empezará a entender que hay cosas más importantes en la vida que pensar en uno mismo.
Técnicamente la película es sublime, preciosista, un portento de la animación y de la expresividad, y es que Disney ha dado con la clave del éxito a la hora de presentar humor, música, romanticismo y terror a partes iguales en un producto que se nos presenta fresco, atrevido, que rompe un poco con la línea que había tomado últimamente, y aunque sea la misma historia de siempre que acaba en final feliz, no aburre, para nada. Es más, te dan ganas de vivir en ese cuento, en esos mundos, llenar tu vida de cierta fantasía. Y lo suscribe un servidor que en este blog se dedica a hablar de films del temática violenta donde salen a relucir todo tipo de defectos humanos, que habla de la realidad y lo patética que puede llegar a ser. Por eso pienso que siempre es conveniente darle una segunda oportunidad a esas cosas que tenemos juzgadas de antemano sea cual sea el motivo. Probablemente me esté haciendo viejo, o quizás me esté ablandando. Quizás estoy empezando a ver la parte buena de las cosas. Y es que ella lo vale (y les dejo con el interrogante de si es Rapunzel o la preciosa mujer que me acompañó). La vida no siempre tiene que ser un círculo de grises.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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