abr 22 2012

Man on the moon: El mundo como una ilusión

Un personaje es lo que piensa, la forma de interpretar lo que le rodea y a sí mismo. Nunca un personaje es lo que hace al margen de su psicología. Centrar los esfuerzos narrativos en que, por ejemplo, se pega un tiro no lleva a ninguna parte. Salvo que sepamos la razón por la que ese personaje se acerca hasta un cajón, lo abre, saca una pistola y se salta la tapa de los sesos. Quedarse pegado a la acción, sólo, es pegarse a la superficie. Y eso supone que la esencia queda oculta en algún lugar desconocido para el observador.
Eso es lo que le ocurre a Milos Forman en Man on the moon. Nos arrastra por un mundo más que interesante dejando que veamos lo que su personaje, Andy Kaufman, hace un día u otro, pero nos niega la posibilidad de saber cómo funciona una mente más que interesante.
Jim Carrey, un actor que siempre arrastrará el estigma de histriónico, interpreta el papel de Kaufman a la perfección. Aunque sería más correcto decir que repite lo que hizo Kaufman durante el tiempo en que se centra la acción. Lo hace muy, muy bien. Al acabar la película es casi imposible no ver el rostro de Carrey al pensar en el otro. Y al contrario. Pero eso no es suficiente. Eso es reproducir la vida de otro después de haber visto vídeos. Es una imitación. Si bien la culpa no es del actor sino del director, el personaje se queda en tierra de nadie. Hay un momento en la película en la que el personaje afirma que el mundo para él es una ilusión. Se enuncia el sentido, pero no se desarrolla. Una pena.
Todo esto forma parte de las malas noticias. Superficialidad. Pero las hay muy buenas. Noticias, digo. Evidentemente, aunque el objetivo es erróneo, la dirección actoral es magnífica. Y la interpretación lo mismo. Cada espectador debe saber lo que busca cuando se coloca frente a una pantalla de cine y debe valorar lo que ve desde su propia perspectiva. Habrá algunos para lo que esto de ver una película entretenida sea suficiente. Otros querrán profundizar y preferirán que la acción se centre en lo esencial aunque para ello se sacrifique el entretenimiento. No es mejor ni peor. Tan sólo es una forma de ver cine u otra.
Man on the moon es una película que cuenta la historia de un artista de variedades (así le gustaba definirse a Kaufman) que siempre construyó su carrera artística a contracorriente. No miraba al público para saber si le gustaba o no lo que él hacía; no se amoldaba a los patrones que se imponían desde las productoras; intentaba ser él mismo y no el producto comercial en el que se convierten muchos con tal de triunfar. La película cuenta los baches, los altibajos, el sufrimiento del artista. Pero sin profundidad, sin querer llegar al centro del asunto. Vemos hacer cosas al personaje que son muy divertidas, pero sólo eso. Es posible que querer contar todo le gastara una mala pasada a Milos Forman. Es posible.
Jim Carrey está muy bien como ya he dicho. Pero se le escapa vivo el personaje. Una pena porque este actor tiene mucho más talento que el que estamos dispuestos a reconocerle. Muchos han dicho que este papel es lo mejor de Carrey. Supongo que intentando hacer un favor al artista. Y lo que consiguen es que su estigma siga con él. Bien arrimadito. Danny DeVito (compartió con Kaufman protagonismo en la serie Taxi) defiende bien su papel y sirve de nexo entre protagonista y acción. Hace de hilo conductor necesario en una trama que sin él (y sin personaje) hubiera sido un auténtico desastre.
La banda sonora es especialmente buena. Incluye, por supuesto, el tema de R.E.M. que da nombre a la película y que se compuso como homenaje a Andy Kaufman.
Iluminación, sonido, vestuario y maquillaje, notables.
El montaje, aunque agradable, encierra ciertos errores. Muchas prisas por contar en poco espacio. Eso representa elipsis exageradas que no hay forma de rellenar por parte del espectador y cierta histeria narrativa.
Ahora bien; si alguien quiere saber si la película puede verse, si es agradable, si merece la pena; el producto cuela. Buena música, Carrey muy bien, un disparate tras otro, momentos emotivos, otros graciosos. Entretenimiento y un punto de ternura. Si tienen suficiente con eso (cosa que, por otra parte, está muy bien) esta es su película.


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abr 3 2012

La guerra de los Rose: El formidable futuro de las cosas pequeñas

“Si un hombre que gana 450 dólares la hora quiere contarle una historia gratis, debe usted escucharla”. Así es como Danny deVito, en su papel de abogado y amigo de Oliver y Barbara Rose detiene el reloj que mide sus honorarios ante su último cliente para contarle la historia de estos infelices cuyo divorcio nunca pudo llevarse a cabo porque acabaron matándose al caer descolgados de una inmensa araña de cristal en su fastuosa residencia.

Michael Douglas y Kathleen Turner convertidos en Oliver y Barbara Rose. Una pareja como otra cualquiera compuesta por un prometedor abogado y una gimnasta que al empezar su relación durante una subasta de arte en una tarde de lluvia en la isla de Nantucket, ignora por completo que no tiene ninguna posibilidad de llevar a buen puerto un proyecto de vida en común. Todo un futuro por delante truncado de antemano.
En la historia que Danny deVito le cuenta a su cliente en su magnífico despacho pintado de verde botella durante una noche de tormenta en la que el viento agita un almendro blanco frente a la ventana no hay reproches ni te lo dijes, no hay grandes argumentaciones ni melodramas. Por el contrario, hay que estar muy atento para percibir, en pasajes que representan simples cuestiones cotidianas, pequeños indicios de lo que se avecina. Un leve temblor de la barbilla, una cesión sin aparente molestia, una mirada penetrante, un silencio oportuno.


La guerra de los Rose llama mi atención porque pone de manifiesto que no hace falta un adulterio, ni malos tratos, ni diferencias irreconciliables, ni infelicidad, ni siquiera desamor, para recorrer el camino que va desde la primera noche de amor hasta no poder soportar el ruido que hace el contrario sobre el plato al cortar el filete con el cuchillo y el tenedor. Una simple historia de la vida normal de una pareja que aunque aparentemente feliz, está salpicada de minúsculas diferencias, detalles insignificantes, diminutos desencuentros que parecen no tener importancia pero que un día cualquiera desembocan en una afirmación sencilla pero inequívoca, tajante, y desde luego inesperada: Esta tarde, cuando supe que te habían llevado al hospital por un posible infarto, tuve una sensación muy fuerte de que habías muerto. Y de pronto supe cómo me sentiría si estuviera sola en esta casa, si no estuvieras a mi lado. Y tuve tanto miedo que quedé paralizada, bloqueada, no podía respirar. Tuve miedo porque me sentí feliz.
Lo de menos, después de esta declaración de guerra, son las carreras por la casa, las cien porcelanas rotas, el secuestro en la sauna, orinar sobre un pescado al horno frente a los invitados o matarse en caída libre desde una lámpara de techo, algo que por otra parte no está nada mal como punto final a un matrimonio. Lo deslumbrante es percibir que lo diminuto, lo inapreciable, lo imperceptible, separa. En ocasiones, hasta decir: quiero una vida sin ti.

© Del Texto: pyyk