feb 24 2014

La gran familia española: Me gusta el fútbol

La gran familia española, del director madrileño Daniel Sánchez Arévalo, es una película con aroma a buen cine. Nada de complejos, personajes en los que los rasgos de su carácter son múltiples, diálogos llenos de acidez e inteligencia, un montaje estupendo (la escena en la que los jóvenes protagonistas hablan con sus familias por separado y que nos presentan como una única escena es una obra de arte en sí misma), una música notable y un ritmo narrativo rápido aunque sin atropellos. Eso es La gran familia española. Pero, al mismo tiempo, es una película con algunos cabos sueltos, con momentos que lejos de producir carcajadas lo que hacen es resultar vergonzosas, y algo ventajista puesto que elegir la final de la copa del mundo como vehículo de la trama es jugar sobre seguro entre los espectadores españoles.
Resulta algo irregular el metraje. Sólo cuando los personajes aparecen sin protección alguna es cuando la película marcha a toda velocidad. Y eso coincide con unos diálogos que escapan del chiste fácil y dinamitan los cimientos de los protagonistas.
Sánchez Arévalo intenta indagar en lo que supone el núcleo familiar que ordena la sociedad española desde mucho tiempo atrás. Pero también la necesidad de amor que el ser humano tiene que soportar; un amor que se puede desarrollar de muchas formas incluidas las que nos pueden resultar surrealistas. Desde ese territorio que ocupa el amor, el director da un salto hasta la construcción de la persona como reflejo, como complementario, de otros. Por eso la propuesta crece cuando los personajes se ofrecen sin tapujos. El resto de la película se tambalea. Afortunadamente, esas zonas que soportan el resto son más que las que flojean.
Las interpretaciones son estupendas. Y no sólo eso. Los actores disfrutan mucho con lo que hacen y la complicidad entre ellos es absoluta. Un reparto muy compensado. Suma que alguno de ellos son repetidores con este director y eso se deja notar en el resultado final.
Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Patrick Criado, Verónica Echegui, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández, Arantxa Martí, Sandra Martín, Sandy Gilberte, Raúl Arévalo, Pilar Castro. Casi nada. Destaca Antonio de la Torre como ya es habitual de un tiempo a esta parte. Aunque si De la Torre está bien, Roberto Álamo y Verónica Echegui están espléndidos. La dirección actoral es uno de los fuertes de este director. De eso no hay duda. Y su capacidad para contar una historia. Parece como si el relato hubiera estado siempre ahí esperando a que llegase él para contarlo.
La trama arranca con la boda de una pareja que se celebra el mismo día que España juega la final de la copa del mundo frente a la selección holandesa. Y una declaración de intenciones queda clara desde el principio cuando las imágenes de la película Siete novias para siete hermanos sirven de prólogo a lo que va a pasar. Se suceden escenas disparatadas, se van sumando personajes extravagantes y una historia pasada que puede convertir esa familia en un vertedero.
Aparecen algunos problemas de guión de difícil solución. Por ejemplo cuando una casa desordenada por completo se ve ordenada como por arte de magia. Pero, salvo algún detalle como este, se busca una coherencia interna y una justificación de la acción bastante potente.
¿Es una buena película? Claro que lo es. ¿Le gustará a todo el mundo? Claro que no. Desde luego no es tan buena como para ser la favorita en cualquiera de los premios a los que ha optado y, desde luego, no es tan mala como para quedarse viéndolas venir en cada gala.
© Del Texto:Nirek Sabal


jul 10 2010

Gordos: A medio gas

Cada vez acostumbro a hacer menos caso a las críticas de cine y muchísimo menos caso a las clasificaciones de género que de las películas se hacen. He llegado a pensar que los críticos se chutan algo antes de escribirlas o que la que se lo chuta soy yo cuando las leo. Me explico. Cuando creo que la película es un drama salgo del cine con agujetas de las risas que me he pegado, cuando leo que es una comedia salgo llorando y pensando que el mundo es una pena.
Pues eso mismo es lo que me ocurrió con Gordos. Había leído que se trataba de una comedia de Daniel Sánchez Arévalo graciosísima y yo, inocente de mí, volví a caer en la trampa entre otras cosas empujada por esas críticas que digo y por las ocho nominaciones a los premios Goya del año 2009. De hecho Raúl Arévalo gano el Goya al mejor actor de reparto.
Es una película inquietante. No negaré que tiene algunos golpes de humor, pero hay que tenerlo ciertamente negro para considerar que estamos frente a una comedia. Es un verdadero drama donde se barajan los conflictos típicos del amor, el sexo, la familia, etc, desde el punto de vista del que vive con la obsesión de su gordura y las limitaciones que de todo tipo le supone esa característica ¿física? No sé yo si ser gordo es sólo una cuestión física o tiene mucho de psíquico también.
Primer intento de golpe de efecto de la película: Hacernos comprender que no es lo mismo ser gordos que estar gordo. Segundo intento: clasificación de gordos: el gordo feliz, el gordo inducido, el gordo de circunstancias, el gordo reprimido, el gordo por necesidades del guión, el gordo traumatizado. Tercer y fallido intento: La terapia como medio para solventar carencias y dramas personales que, en este caso, se convierte en un lacónico peregrinar por la vida de distintos gordos. Un ladrillo insoportable, pesado como siete kilos de grasa metida en vena.
Tenía esperanzas en el trabajo de Daniel Sánchez Arévalo. Hacía algún tiempo vi la grandísima Azul oscuro casi negro, su ópera prima y pensé que tras tres años de espera, la película que nos iba a ofrecer iba a ser otra maravilla. Mala suerte, otra castaña al coleto. La película es larga, monótona, aburrida, a los personajes no se los cree ni el tato, las escenas pierden coherencia a medida que va avanzando el metraje , el mensaje y las historias: topicazo sobre topicazo y al final, el resultado es un tueste de impresión.
Contar las miserias humanas no garantiza el éxito de nadie, para eso hay que saber contarlas. Recrearse en ellas no es saber contarlas.

La trama pues está clara, un grupo de gorditos rellenos, que han llegado a gordos por distintos motivos y que se relacionan entre ellos a través de una terapia en la que coinciden todos ellos. Antonio de la Torre interpreta a un gay que es la imagen de una marca de pastillas para adelgazar. Píldoras que él mismo consume hasta quedarse como un figurín pero, vaya por Dios, el estilo le durará bien poquito, en un plis volverá ser gordito relleno. Roberto Enríquez, el terapeuta que conduce la terapia para que los gordos asuman su condición de gordos y aprenda a quererse tal cual y adelgazar, coge tirria a la compañera (Verónica Sánchez) que se ha puesto como una peonza al quedarse embarazada. Vamos que éste lo de predicar con el ejemplo no lo tenía nada claro. La contradicción personificada. Raúl Arévalo es un mojigato con una novia gordita que está más salida que las pistolas del coyote ante la inactividad sexual aparente del novio. Fernando Albizu y Teté Delgado interpretan a una pareja deliciosa, los dos la mar de gordos, la mar de estupendos.
En fin, una película coral que se queda a medio gas. Es verdad que el tema en sí mismo da para mucho, pero no se le ha sacado nada de partido con esta película. La descolocación del que no se acerca a los cánones de belleza imperantes en la sociedad, el desasosiego, desolación y frustración que todo ello genera, pueden ser afrontado desde distintos puntos de vista, la ironía, la comedia o el drama y que lleguen a decirnos algo. En este caso, la mezcla que pretende Sánchez Arévalo no funciona, no toca ni conmueve, la mayoría de las veces no te la crees y el resto está tan cargada de tópicos que dan ganas de salir corriendo. Si les he fastidiado la crítica se siente.
© Del Texto. Anita Noire


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