ago 20 2013

La chica del puente: La desdicha divertida y pasional

El cine francés y el español se parecen en algunas cosas. Sí, aunque unos crean que su cine es lo más de lo más (franceses) y otros crean que el suyo es lo más de lo más (españoles). Ambos se quedan anclados, durante largas temporadas, en lo que funciona bien durante un momento concreto. La cosa da dinero y todos se arriman como si esto del cine consistiera en una ciencia exacta en la que las fórmulas o recetas fueran la panacea. Los directores repiten esquemas, los guionistas dan vueltas y más vueltas al mismo tema con los mismos formatos, los actores y actrices se pegan a un registro que les fue bien sin querer saber nada de su evolución como artista. Por todo esto, es alentador dar con películas como La chica del puente (La fille sur le pont) de Patrice Leconte. Esquema narrativo original, actuaciones magníficas de Daniel Auteuil y Vanessa Paradis; una fotografía, en blanco y negro, cercana al expresionismo alemán espléndida (Jean Marie Dreujou) y una banda sonora extraordinaria que encaja a la perfección con la imagen y lo que se cuenta (Jean Goudier). Todo ello para tratar un asunto clásico, de los de toda la vida: el amor y la desdicha o la felicidad que puede provocar mientras se vive. El aliño irónico, casi sarcástico, y un punto filosófico en los diálogos (bien construidos casi siempre aunque alguno con un punto de exceso literario), hacen de esta película eso que hace falta para que el cine siga el camino que no debió perder jamás.
Si el amor es pasión, peligro, dolor o un viaje a ninguna parte (aunque amor al fin y al cabo), La chica del puente es una de las películas que mejor lo presenta. Todo en ella es una metáfora agridulce de ese concepto que tantas veces magnificamos y que, en realidad, es lo que es. Para ello el realizador huye, como alma que lleva el diablo, de los tópicos y de las zonas más manoseadas del asunto (al final termina siendo otro topicazo aunque se trate de ser original).
El personaje que encarna Daniel Auteuil es lanzador de cuchillos circense. Encuentra a una muchacha (ella es Vanessa Paradis) a punto de lanzarse desde un puente al río. Le ofrece ser su colaboradora en el espectáculo. Qué mejor que una asistente suicida para ello, alguien que busca la muerte. Y aquí comienza la historia que cuenta otra forma de entender la vida desde el riesgo en todo lo que se hace, desde la frontera entre esa vida y su final, desde la relaciones auténticas.
La presentación del personaje de la señora Paradis es espectacular. Aguanta un primer plano durante 7 u 8 minutos con una naturalidad imponente. Y, de paso, el realizador deja perfilado al personaje sin despeinarse. Como siempre pasa en los buenos relatos, desde el principio las cartas quedan sobre el tapete. No hay trampas y todo queda dicho. La entrada del personaje de Daniel Auteuil es otra conmoción. No sólo ilumina lo que ya conocemos sino que explota por sí solo haciéndose imprescindible en la trama. Son las mitades justas de un todo.
La película presenta un punto absurdo en su planteamiento cercano al surrealismo más enternecedor. Pero todo fluye sin problemas, como si siempre esa historia hubiera estado allí para que alguien la contase. Con un ritmo excelente que se ve acompañado por la música más precisa.
La desdicha es amor, la vida es amor, todo es amor. Pero sólo si se vive instalado en la pasión y teniendo claro que el sentido del humor es fundamental para salir adelante. Si cuando su pareja le besa no siente lo mismo que si le lanzara un cuchillo, la cosa se está poniendo fea, aburrida, irreal. Eso dice Patrice Leconte. Y, me temo, no le falta razón.
Excelente película.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 8 2013

Caché: Haneke y el relato breve

Escribir sobre las películas de Michael Haneke me perturba casi tanto como verlas. Y eso me gusta. Cuando algo o alguien te hace reflexionar, aunque sea para decir barbaridades, me gusta. No lo puedo ocultar ni remediar.

Haneke sería, en literatura, escritor de relato breve. En sus películas lo que sucede modifica al personaje. Algo pasa y algo cambia, en un instante concreto. El mundo sigue su curso, pero el personaje modifica la senda que transita. Se centra en eso. Sólo se apoya en el pasado (mínimamente)  para dar verosimilitud o justificar la acción. Algo ocurre y el personaje estalla por los cuatro costados. El espectador, quizás, también. Por otra parte no intenta ni propone tramas completas sino que tiende a dejar abierto casi todo (esto irrita a muchos). Se podría tomar esto como tomadura de pelo cuando, en realidad, es algo que dota de cierta simbología al conjunto. Nunca entenderé porque la misma cosa convierte a unos en genios (por ejemplo a Carver o Salinger en literatura, y yo me uno al aplauso) y a otros en crucificados (Haneke). El director austriaco sabe (muy bien) que es eso y no otra cosa lo que organiza el universo personal de un personaje y le obliga a estar en constante movimiento. Como ven, el cine de este hombre tan polémico, se desliza hacía lo que conocemos en literatura como relato breve o cuento. Y su estructura, la del cine de Haneke y la del relato breve (abierto) es muy difícil de interpretar. Cuando el crítico, por ejemplo, mira y no entiende, suele decir que todo es un desastre y se limita a decir que siempre es la misma historia. Por ejemplo, abundan las críticas que dicen de Caché que trata de la maldad, de su ausencia y que es más de lo mismo y que es una mierda y que no hay derecho a jugar así con el espectador. Pues no. Igual que dije en su momento que Funny Games es absurda (esta es de las que cierran la acción, qué casualidad), tramposa y no recuerdo qué más cosas feas; de Caché no puedo decir lo mismo.

Caché es inquietante y no habla de la maldad. No. Lo siento mucho, pero no. Eso es sólo un vehículo narrativo que nos lleva hasta lo importante de la historia. La fragilidad. La del ser humano y sus relaciones, la de la familia tal y como se entiende en occidente, la de la amistad, la de las parejas que se quieren o no dependiendo de lo externo. De la fragilidad del sistema que nos planteamos como forma de vida. ¿Desde dónde lo hace? Desde el lugar en que se rompen siempre los cacharros, desde esa cocina que conocemos como normalidad (la que desaparece en cuanto ocurre lo imprevisto, claro).

Georges y Anne (Daniel Auteuil y Juliette Binoche) viven tranquilamente con su hijo. Comienzan a recibir cintas de vídeo en los que aparecen sus movimientos más normales y dibujos representando a un niño vomitando sangre y un gallo degollado. Todo muy evocador para Georges que oculta a su esposa las ideas que le rondan. Su niñez aparece, de pronto. La ruptura, gracias a esa falta de comunicación es rápida. Con su hijo adolescente la relación se deteriora mucho, también. El desencuentro con los amigos es, cada minuto que pasa, más profundo. En fin un desastre. No descubriré nada más de la trama. Sería una pena. Es inquietante, perturbadora y tremenda.

Auteuil interpreta su papel magníficamente. Muy creíble. Binoche está bien a secas. Como Caché es una película de Haneke me temo que me repito si digo que abundan planos fijos muy largos (esto les parece a muchos sofocante por aburrido. Sin embargo, el que escribe piensa que forma parte de una voz narrativa que puede acercarse más o menos a la acción dependiendo de su intención. Esa es la clave, la intención del narrador que es distinta a la del propio Haneke. Lo que sí es un desastre es elegir una voz y, luego, mover la cámara de aquí para allá sin respetar esa voz. Eso sí que es insultante y patético). Además de esos planos fijos, la música no suena. La tensión narrativa llega directamente desde la imagen y su ritmo. La carencia de música no deja de ser un contratiempo cuando lo narrado presenta zonas de mayor o menor tensión. O lo arreglas con expresión corporal de los actores, o con los diálogos, o una focalización exacta o estás perdido. En fin, cine de Haneke, un director que arrastra del odio a la admiración (hablo de mí mismo) aunque siempre desde la reflexión provocada por su obra. Ojalá hubiera media docena de estos por aquí sueltos.

Voy a poner una pega que sí me parece importante. Igual que el lenguaje que se utiliza en literatura para narrar un sueño ha de ser el adecuado y muy distinto al utilizado para, por ejemplo, describir un paisaje, el que se usa en cine debe modificarse para contar una cosa u otra. Haneke es un esfuerzo que no hace nunca. Es lineal en su discurso (me refiero a los registros narrativos que utiliza). Existe un registro más próximo a lo onírico. Le guste o no. Y no se puede contar todo de la misma manera.

Pues eso. Que le echen un vistazo. Merece la pena. Además, descubrirán a qué lado están. Odiadores o amantes. Anímense.