abr 3 2012

Tres veces 20 años: El tiempo que coloca

No debe ser nada sencillo llevar la etiqueta de hijo de, pues, aunque todos somos hijos de alguien, los apellidos, en determinadas profesiones, acaban pesando más de lo deseado y sustraerse al embrujo de determinados progenitores suele conllevar un largo camino de angustias y lágrima del que pocos salen indemnes.
Pensaba en ello mientras sacaba las entradas para ver Tres veces 20 años y lo hacía porque la directora de la misma es Julie Gavras, hija del director Costa Gavras, y está protagonizada por Isabella Rossellini, hija de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini. Sin embargo, no tenía ninguna duda al respecto de Isabella por la que desde sus días de modelo siento una especial fascinación a la par que una atracción feroz. Ha demostrado en cada una de sus incursiones en el cine, tanto delante de las cámaras, como detrás de ellas, que es muchísimo más que la hija de. No me ocurre lo mismo con respecto a Julie Gavras de la que sólo conocía la película La culpa es de Fidel que, en su momento, me pareció una estupenda película. Tras este film, nunca más volví a saber de ella. Sin embargo, debo reconocer que el trabajo que ha llevado a cabo es estupendo.
La elección de los actores que la directora francesa escoge para sumergirnos en la vida de una pareja que ha llegado a los sesenta -sin darse cuenta, sin pensar en lo que conlleva alcanzar una edad determinada, en la que la mujer se ha convertido en invisible para el resto del mundo y el hombre en un proyecto serio de fósil- es más que acertada. El título originario de la película; la expresión Late Bloomers, que se traduciría por un asumir tarde la madurez; nos indica ya el leit motiv de esta producción
Adam (William Hurt) es un prestigioso arquitecto que en el zenit de su carrera recibe un premio a su trayectoria profesional. Mary (Isabella Rossellini) es una maestra jubilada que toma conciencia del paso del tiempo, del fin de una etapa y una época cuando su marido recibe el premio. A partir de ese momento, empieza la deriva para ambos, ella intentado que él tome conciencia de l inexorable paso del tiempo, de la necesidad de introducir cambios en su vida, y él intentando evitar que ese paso del tiempo lo convierta en alguien distinto a quien fue hasta anteayer. Ambos necesitarán alejarse, tomar distancia, medirse con la vida para, si finalmente el destino lo quiere, rencontrarse o no. Por el camino, la difícil relación con unos hijos que quieren comprenderles a ambos a la vez que batallan para que el matrimonio de sus padre no se rompa definitivamente. Por el camino, proyectos que intentan devolver a momentos de juventud, relaciones que demuestran que el paso del tiempo nunca coarta las pasiones cuando estas aparezcan aunque sólo sean una inyección de autoestima.
La directora juega perfectamente bien con ambos papeles y la elección de los artistas, como he dicho es acertadísima. Él (Hurt) un atractivo maduro, ella (Rosellini), una mujer madura más que atractiva que pese a la duda no esconde ni sus redondeces ni sus arrugas (la grandeza de Isabella Rossellini reside en parte en ser como es, sin necesidad de adecuar su cuerpo a una edad que no le corresponde), una mujer que se reconcilia consigo misma mientras contempla el reflejo de su cuello ya no tan terso en un cristal cualquiera.
No sé si calificaría esta película como del género de comedia, porque, aparte de algún que otro gag que pueda tener su gracia, me parece algo muy distinto y difícil de clasificar. Combinar una estupenda bañera, con la seductora imagen de dos personas que se aman en su interior, teniendo como imagen de fondo una barandilla ortopédica, sin caer en el feísmo, me parece realmente prodigioso.
La fotografía de la película es estupenda y sabe captar a la perfección la sensación de desconcierto en la que se encuentran sumidos sus protagonistas. Y la música, como no podeía ser de otro modo, acompaña estupendamente cada una de las escenas.
Una película que nos muestra cómo en ocasiones tomamos conciencia del paso del tiempo de sopetón y cómo esa bofetada inesperada nos descoloca para que con el tiempo, ese mismo tiempo que pasa inexorablemente, nos recoloque donde toca.
Como vengo diciendo hace tiempo, el cine francés está que se sale, aunque se filme en inglés.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 10 2011

Los Bingueros: Mi dios es el tiempo

Una vez me dijeron que sólo debía dedicarme a sonreír y, cuando me acuerdo, es lo único que hago.
Se me da estupendamente, tanto quizá como hablar del tiempo y el tiempo sí que es estupendo.
En cualquiera de sus formatos. Estupendo.
A mí me encanta hablar del tiempo.
Aunque ahora mismo sería obvio hablar del tiempo que hace en esta ciudad sureña -que, escuchando encima el Body and Soul de Coltrane, se vuelve muy tentador-, prefiero hacerlo sobre esas líneas que se unen, en el tiempo, y que hacen que eso del Cronos resulte tan atractivo.
Si hace ya algún tiempo, cuando escribía en la revista cultural de la academia donde estudiaba BUP, me hubieran dicho que hiciera una reseña sobre el cine de entretenimiento español de los setenta, no hubiera podido dormir pensando en la forma en que Godzilla podría comerse a Mariano Ozores.
En cambio hoy, que duermo estupendamente, es un placer hacerlo.
Hablar del cine en España es una cuestión que se despacha rápidamente, pues no hay mucho de lo que hablar -aunque de lo poco que hay se pueda hablar mucho-. Desgraciadamente no se le puede aplicar el título que ponía aquel visionario que fue José Val del Omar a sus películas, que terminaban siempre con un Sin Fin.
Para mí tuvo un comienzo, precisamente con la arrebatadora visión picto-lumínica-audio-táctil del genial granadino y un final interestelar, galáctico e ibérico entre Venus y Plutón: Yo creía estar al borde del arrebato total, iniciando mi sendero a la gloria. Ya en el viaje en tren me invadió una euforia loca. Segovia-Madrid resultó ¡Venus-Plutón! (Arrebato, Iván Zulueta, 1979)
Total, que de principios de los años cuarenta a final de los setenta. No es mucho, no, pero ¿que se puede esperar de un cine que se dejó matar por el teatro malo, lo mismo que la estrella de la radio por el efecto de una vulgar cinta VHS?
Al contrario del cine británico, cuya meticulosa afición por lo teatral trasladada al celuloide le hizo crear una nueva y magnífica forma de afrontar el viejo dilema (algo que también se podría decir, en otros términos, del cine alemán), el cine español se fue enviciando de su propio y decimonónico aburrimiento escénico.
Pero, que le vamos a hacer. Si pensamos como mi querido Duchamp, que no existe solución porque no existe ningún problema, y dejando sentado que no existe el más mínimo problema, vamos a hablar de Los Bingueros como una de las películas fundamentales del cine español.
Lo primero que quiero recordar es que la película es de 1979, con lo que entraría en el anterior periodo de vigencia. Por poco, pero entra. Lo segundo es que, repito, Los Bingueros es una de las películas fundamentales del cine español. Una película de resonancias míticas, de esas que incluso es mejor no ver para tener un recuerdo de ellas, que basta pronunciar el título para desatar toda una serie de emociones que muy bien podrían viajar en tren de Segovia a Madrid y antes de llegar a Atocha despegar y dirigirse a una galaxia remota en el tiempo.
La memoria hay que destruirla a martillazos mientras uno sonríe. El tiempo, mi Dios, Val del Omar dixit, es estupendo entre otras muchas cosas, por eso, porque lo que hace tiempo te resultaba vomitivo hoy te ves defendiéndolo a capa y espada (inciso: ¿veis, veis lo mala que es la herencia escénica hispana?) y ya no sonríes, sino que te ríes a carcajadas.
Y veo a mi hermano, que tiene nueve años más que yo ya que nació en 1955, desternillarse de risa al recordar aquellas películas mientras me comenta que, sin el más mínimo problema, podía ir al cine a las cuatro de la tarde a ver Los Bingueros y a las diez a ver Cuerno de Cabra (Metodi Andonov, 1972), Z (Costa Gavras, 1969) o Saló (Pasolini, 1975).
Lo de las cuatro de la tarde era por dos motivos fundamentales: uno, que en esa época los cines estaban debajo de tu casa, daba igual donde vivieses, dos, que tenían aire acondicionado. Mi tío José Luis iba todas las tardes de verano a dormir la siesta al cine Regina, por ejemplo.
Los Bingueros se ha convertido en una referencia absoluta, yo podría afirmar que en el top de las películas españolas, entre Aguaespejo granadino y Pánico en el Transiberiano, esta cinta merece un lugar de honor, no tanto quizá por el material que aportó a la crítica especializada (sin ninguna visión de futuro) sino por el tremendo poso que dejó en la sociedad española, pudiendo considerarla, llegado el caso, como la última visión astracánica que tuvo el cine español antes de morir sumergido en la comedia madrileña de los ochenta.
El verano pasado, en un improvisado cine delante de la ventana, vi Los Bingueros. No sé si era la primera, la cuarta o la decimoséptima vez que la veía. Aunque tengo la sensación de que no la había visto nunca, podría de hecho haberla visto cien mil veces.
Es lo que tiene lo mítico.
Yo recomiendo no verla, no destruir esa sensación especial de hablar de algo que intuyes pero que en realidad desconoces. Si alguien cree que la ha visto, hace treinta años o recientemente, en cualquier colección dominical, aconsejo que no acceda a la tentación. Que siga alimentando su memoria y debatiendo ampliamente sobre la construcción de ella.
Este es un país que se pone tan feo a veces que no tenemos más remedio, para seguir sintiéndonos de aquí, que inventarnos nuestro propio país y salir corriendo a tomar caracoles al Pumarejo mientras hablamos de la Alta y la Baja Cultura y una gitana baila una canción de la Lole y el Manué a una niña de cuatro años, con los ojos como platos.
Sin lugar a dudas, mi Dios es el Tiempo, así que como me dijeron aquello de dedicarme en exclusiva a sonreír -por lo bien que se me da- voy y sonrío.

Rubén Barroso, 8 de julio de 2011, entre las siete y las nueve de la tarde, mas o menos.


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ago 9 2010

Arcadia: La siesta del borrego

Acabo de pegarme un sueño de campeonato, lo que en esta casa se llama pegarse la siesta del borrego. Debo decir que la culpa de tal desatino la tiene Costa-Gavras.
Ayer, compre un periódico de esos que te regalan una película y la que tocaba era Arcadia.
Debo decir que no la conocía y que cuando leía la sinopsis que aparece en el estuche del DVD pensé que me encontraría frente a una película de cine negro. Pero negra se me ha quedado la vista, oscura noche se me ha hecho el atardecer de este último día del mes de julio a los diez minutos de empezar la película. No sé si la culpa de la somnolencia es de Gavras o del desfuelle del que acaba de iniciar sus vacaciones, pero debo decir que me ha hecho conciliar un sueñecito reparador y que, como quería comentarla para este blog, pues como que la he tenido que volver a poner en el inicio y sostenerme los parpados que, por segunda vez consecutiva, amenazaban con hacer una caidita. Gracias a mi fuerza interior he conseguido llegar hasta el final.
El argumento: Bruno Davert (José García) es un alto ejecutivo de una fábrica de papel que lleva quince años dedicado a satisfacer las necesidades de los patronos y accionistas de la compañía. Debido a un proceso de reestructuración económica de la empresa, de la noche a la mañana, es despedido junto con cientos de sus compañeros. En principio la medida no le preocupa; es joven (tiene cerca de cuarenta años), cuenta con una preparación excelente y cree que no tardará demasiado en encontrar otro puesto de un nivel similar. Tres años después, aún sin trabajo, sólo tiene en mente sobrevivir y preservar su propio bienestar material, y salvaguardar el futuro de su esposa e hijos. Con la ayuda de un arma decidirá pasar a la acción y comenzar a aniquilar a su competencia de una forma ordenada y lógica. Al mismo tiempo prepara el asalto a la Corporación Arcadia, el último obstáculo entre él y el puesto laboral que ansía.
Entre bostezo y bostezo, reconozco que la película se me ha hecho un tanto pesada, pero quizá es cosa mía y esté realmente mejor que lo que a mí me parece. El tema es que esperaba una película de cine negro y he terminado frente a algo que no sé demasiado bien qué es. ¿Un drama? ¿Humor negro? ¿Cine negro? No lo sé, de verdad que no lo sé. Prefiero pensar que no le he cogido el punto y emplazarme para verla dentro de algún tiempo a ver si atino mejor.

Pese a ello, creo que puedo decir que Arcadia es la historia de una obsesión, la de un tipo que, en realidad, lo está consigo mismo, con lo bueno y genial que es, y que alucina con que la vida se le haya puesto de culo. Un tipo acostumbrado a manejar y de pronto no maneja nada. Y como las obsesiones son terribles pues da rienda suelta a ideas locas por intentar llegar donde quiere. Podría liarme a hablar de obsesiones, que de esas últimamente conozco muchas, y sufro las consecuencias de algunas, pero creo que mejor lo dejo para otro día no vaya a ser que me desvie del objetivo de este blog.
No se que más decir. Quizá, que volveré a verla de nuevo dentro de algún tiempo, porque posiblemente, por el amodorramiento que gasto, no me he enterado de la misa la mitad.
En conclusión: Que malo es ver cine cuando se tiene sueño. Y un último ruego, perdonen este bodrio que hoy les dejo, prometo ser más aplicada la próxima vez.
© Del Texto: Anita Noire

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