sep 17 2012

Total Recall: Refrito desquiciante

Esta película no es un remake. Es un refrito.
Blade Runner, pero en cutre. Yo, robot, versión desastre. El quinto elemento sin gracia. Si me apuran una gotita de Star Wars. Y un recuerdo al Total Recall original. Todo ello debidamente agitado por unas manos torpes y destrozonas.
Desde el principio de la película todo parece excesivo. Todo parece una mala copia que trata de ganar puntos a base de enloquecidas persecuciones, efectos visuales y especiales desmesurados (están muy bien aunque son como una apisonadora para lo poco que ofrece la película), diálogos estúpidos que nos los podría escribir ni Lucía Etxebarria en estado de plenitud, una trama que destroza todo a su paso, unas interpretaciones sosas y una música propia de banda de pueblo. Hacía mucho tiempo que no me arrepentía tanto de ir al cine.
La película se llena de pantallitas como las de Minority Report que inundan un mundo demasiado deudor de Blade Runner. El director, Len Wiseman, entiende que llenando de chinos, japoneses o coreanos el escenario ya está todo bien. Pero se equivoca porque no viene a cuento. Por cierto, el diseño arquitectónico es de lo poco que se libra. Y con eso comienza a contar una historia completamente absurda. El director también equivoca el concepto de ciencia ficción. Cree que cualquier chorrada cuela. Como la cosa es futurista todo vale. La vulgaridad con la que se enfrenta cada asunto de la trama es alarmante, aburrida e irritante. La pregunta es ¿para qué hacer una cosa así?
Lo poco bueno que tiene la película se queda en nada. Bien porque una chapuza lo oculta, bien porque prevalece en exceso sobre lo que debería ser fundamental. Un espectador normal y corriente, nada de exigentes, se pregunta qué le están contando sin tener una respuesta cerca a la que agarrarse. Y eso poco bueno no es el trabajo de Colin Farrell, Kate Beckinsale, Bryan Cranston, Bill Nighy o Jessica Biel, que parecen más aburridos o de vacaciones que defendiendo un papel. Lo poco bueno es visual. Bonito y vacío.
Total Recall es una película prescindible. Si pueden evitar perder un par de horas (además de prescindible es excesiva en el metraje, una especie de tortura sin fin) elijan otra cosa en la cartelera.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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dic 8 2011

Cómo acabar con tu jefe

Hasta las cosas más disparatadas (si hablamos de cine o literatura) deben ser creíbles. Una propuesta que no se sostenga sobre una base verosímil se queda en nada. Se puede contar cualquier cosa que alguien pueda imaginar, no existen límites en ese sentido, pero se debe hacer teniendo un mínimo de cuidado, respetando las reglas del juego.
De Cómo acabar con tu jefe se han dicho cosas muy buenas. Que es divertida; una película cachonda, gamberra y alocada; que los actores improvisan y eso da un toque de diversión muy auténtico al resultado final. En fin cosas amables. Aquí no se va a decir nada de eso.
Al que escribe no le ha parecido ni graciosa, ni divertida, ni nada que se le parezca. Y eso de la improvisación está muy bien, pero en la sala de montaje se debe cortar todo aquello que rebaja calidad al conjunto (en este caso hay poco qué rebajar, la verdad sea dicha). Si no se hace bien ese trabajo, nos encontramos con los personajes hablando sin ton ni son, atropellándose unos a otros al hablar y diciendo memeces que son completamente prescindibles. El colegeo mejor en el bar. En el plató o en post-producción conviene tomarse la cosa en serio.
Los personajes se vacían de inmediato. Unos por exceso y otros por defecto. Los principales, Nick (Jason Bateman), Dale (Charlie Day) y Kurt (Jason Sudeikis) no serían capaces de correr una aventura como la que cuentan ni borrachos. Y eso, precisamente eso, es lo que deciden los guionistas como justificación: emborracharles. Así creen que cualquier cosa vale. En fin, una baratija inmensa. Los secundarios se derrumban entre tanto exceso. La doctora Julia Harris (una guapísima Jennifer Aniston) aburre pronto. Comienza bien, pero tanta repetición alrededor de un solo rasgo resulta exagerado. El personaje de Colin Farrell es excesivo en todos los sentidos y el actor no sabe contenerse llegando a la sobreactuación. Hace trizas lo poco que ofrece un sujeto cocainómano y medio tarado. Kevin Spacey es el que mejor parado sale de todo esto. También es verdad que es el que más personaje tiene para defender. Es con el que mejor se empatiza puesto que ocupa un territorio muy fácil de reconocer por parte del espectador.
Y, claro, sin personajes no hay nada que hacer. Puedes reírte un par de veces y poco más. El guión es muy flojo; se apoya más en lo superficial de una situación extraordinaria que en la ironía o el buen humor que desprenden algunos momentos. Seth Gordon no arriesga casi nada y, un director que no está dispuesto a poner en juego lo que tiene a mano, está condenado a tener un recorrido muy corto.
Lo que cuenta Cómo acabar con tu jefe es la historia de tres individuos acosados, maltratados y muy infelices en sus puestos de trabajo. Están tan hartos que deciden matar a tres personas. Pero son lo contrario a lo que hay que ser para hacer algo parecido. Piden ayuda a Hijoputa Jones (Jamie Foxx) que les engaña y se ven obligados a buscar ellos mismos la solución. Evidentemente, la película es previsible y podríamos contar el argumento entero, de cabo a rabo, sin que el espectador pudiera pedirnos daños y perjuicios.
¿Se pasa un buen rato? Pues sí. Es entretenida. ¿Aporta algo nuevo al cine la película? Desde luego que no. Y ¿al espectador? Tampoco.
Los niños no deben ver Cómo acabar con tu jefe. El lenguaje es muy inapropiado. La entenderían más que bien y, si se pusieran con ello, lograrían mejorar mucho el producto final. Pero ese lenguaje es excesivo para un niño chico.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 19 2011

Casandra’s Dream: El precio de morir o vivir en paz

¿Qué precio pondría usted a su decencia? ¿Ha de ocurrir algo extraordinario en su vida para que ese precio cambie? ¿Salir del paso es suficiente razón como para modificar la vida de forma radical?
No conozco a nadie que no crea tener claras estas cosas. Al menos eso afirman con gran seguridad. Yo, desde luego, dejé de saber contestar a esas preguntas hace muchos años.
¿Debe castigarse la actitud de una persona o sólo si esa forma de entender trae consecuencias a otros? ¿Dónde está la frontera entre el delito y la falta?
Respuestas para estas preguntas ya son más difíciles de encontrar. Aunque los hay que también afirman con rotundidad que esto lo saben. Yo, ya lo he dicho, hace muchos años que dejé de intentarlo. Aunque siempre tenemos el cine Woody Allen para centrarnos mínimamente. En Casandra’s Dream aborda, otra vez, el asunto del crimen y del castigo, de lo mal hecho o de lo irreparable y condenable. Ya lo había contado en Match Point o Delitos y Faltas, por ejemplo.
Esta vez nos presenta otro asesinato, pero (como novedad) con la justificación absolutamente materialista. Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) necesitan dinero. Uno para pagar deudas de juego; el otro para cumplir con sus sueños especuladores. Ambos, además, quieren contentar a sus parejas (Hayley Atwell y Sally Hawkins). Aparece en escena el tío Howard (Tom Wilkinson), un cirujano adinerado que se ofrece a prestar ayuda aunque el precio a pagar es muy alto.
Woody Allen (guionista una vez más de la película que dirige) hace un despliegue de elegancia al narrar propio de un profesional con gran oficio (de lo que ha demostrado ser desde hace años y años).
Con una fotografía impecable aprovecha para enseñarnos la parte más amable de Londres. En este aspecto, recuerda ligeramente a su película (su excelente e inolvidable trabajo) Manhattan.
Logra mantener una tensión narrativa extraordinaria desde el primer momento. Esto que, dicho así, parece algo sencillo, es la zona más difícil de la narración en cualquier manifestación artística. Porque se debe armonizar la acción con el progreso de los personajes. No puede pasar algo sin que el personaje evolucione, no puede sufrir un cambio nadie si no pasa nada. Woody Allen consigue que eso llegue con naturalidad al espectador. Con naturalidad, credibilidad y solvencia.
La música acompaña la acción sin grandes alharacas, pero de forma exacta.
Como ya es habitual en el cine de Allen se hace presente una dirección de actores más que notable. Desde la primera secuencia en la que aparecen, los actores y actrices se instalan cómodos en la pantalla. No hace falta incidir sobre las excelentes interpretaciones de todo el elenco.
Arrepentimiento, miedo, los límites de la condición humana, los límites personales de cada sujeto, la culpa, la falta de ella, el no saber, el saber sin querer implicarse y consintiendo, la falta de conocimiento, la imposible marcha atrás y el fingir la personalidad de otro hasta que crees ser él; son asuntos que se mezclan en el guión para hablar de esa frontera que nunca sabemos situar y que puede cambiar nuestras vidas para siempre.
El orden de las cosas existe y si alguien las descoloca, algo o alguien, las dejará donde estaban. En su lugar exacto.
Ataca Allen todo esto desde lo implícito. Mucho de lo explícito parece ocultarse (a veces con movimientos subjetivos de la cámara de forma descarada) con el fin de cuidar esa estética tan distinguida que el director agarra y hace suya. No es necesario enseñar un cadáver para saber que alguien ha muerto.
Un nuevo ingrediente aparece en esta cinta respecto a las que ya trataban el mismo asunto. La ventana que queda abierta para siempre cuando alguien hace algo inusual y extraño. Cualquier repetición es posible a partir de ese momento. Y desde ese lugar, los personajes evolucionan a toda máquina hasta aparecer en plenitud. Como debe ser.
Allen logra un producto atractivo y convincente (tal vez se apresura algo llegado el momento del desenlace) y da una lección (otra más) sobre como se rueda una película de cine. Desde luego, no es la mejor de sus películas, pero si la firmara un desconocido estaríamos hablando del gran descubrimiento del siglo XXI.
Enretenida y una excusa perfecta para refexionar sobre eso que siempre negamos, sobre la posibilidad de traspasar la frontera entre el bien y el mal. Es una película de Allen, es buen cine. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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