abr 27 2012

La Paura (Ya no creo en el amor): El engañador engañado

Algunos tándems tienen una fuerza brutal y esa misma intensidad en la que viven, en el caso del cine, se transmite sin fisura alguna a la gran pantalla. Esta circunstancia, la de la intensidad, es el común denominador de la práctica totalidad de películas en las que interviene Ingrid Bergman, actuando bajo las ordenes de quien fue su esposo, Roberto Rosellini.
Una muestra de lo que ahora digo la pueden ver en la película La paura .
Irene Wagner (Ingrid Bergman) está casada con Albert Wagner (Mathias Wieman). Este matrimonio, poco consciente o apreciado por Irene, se sostiene sobre la base del engaño de la esposa que mantiene un romance con Eric Baummann (Kurt Kreuger). Infidelidad que pretende mantener oculta, para salvaguardar las apariencias no sólo frente a la sociedad bien pensante en la que viven, sino incluso frente a su esposo, sosteniendo ese matrimonio ideal, sobre los mimbres de la infidelidad más contumaz y reiterada. Pero el desasosiego de Irene comenzará en el momento en que Johann Schultze (Renate Manhardt), una antigua novia de su amante aparece para chantajearla con hacer público el adulterio, hacérselo saber a su esposo. Para ello la extorsionará hasta desesperarla y transformarla en un ser atormentado vencido por el miedo y la rabia. Pero la maldad del ser humano no tiene límites y la capacidad de soportar algunas cuestiones pueden ser determinantes a la hora de pensar en poner fin a una vida que se ha convertido en un auténtico infierno. Descubrir que tras esa espantosa realidad que empezó con un frívolo capricho, se esconde otra aún más oscura, será definitivo para Irene. Es la historia del engañador engañado.
Con esta película, Rosellini, narrada por una Irene ya fallecida, nos coloca frente a una manera distinta de hacer cine completamente distina a la que se venía realizando a mediados de los años 50. Un drama existencialista absolutamente rotundo al que pocas objeciones se pueden hacer desde un punto de vista narrativo, si bien puede que el final de la película nos parezca un tanto abrupto, tal vez precipitado, en conjunto podemos afirmar que nos encontramos ante una película perfectamente tramada y conducida y, lo que es más evidente, espectacularmente interpretada por la sueca Ingrid Bergman.
Esta película fue la última en la que trabajaron conjuntamente Bergman y Rosellini quien, pese a lo que se diga, a lo mal que pudieran o no terminar sus relaciones, fue con diferencia el director que mejor supo sacar, a la actriz, el animal interpretativo que era.
De vez en cuando conviene rescatar el cine clásico porque, pese al paso del tiempo, sigue siendo terriblemente emocionante.
© Del Texto: Anita Noire


feb 28 2012

Les enfants de l’amour

Llevar al cine algunas cosas es un ejercicio más que complicado. Que una persona fracase sentimentalmente no es una gran noticia y, pese a lo que pudiera pensarse, el derrumbe puede arrasar con el que lo sufre y suele importar bastante poco a los que les rodean. Sin embargo, cuando ese fracaso, en el proyecto de vida de dos personas, tiene por satélite a los hijos, el dolor y la rabia, hay que gestionarla de otra manera, porque las consecuencias de los sentimientos negativos que albergamos terminan por rebotar contra unos niños que, casi siempre, se convierten en el pim-pam-pum de unos adultos que se transforman en seres completamente irracionales.
En el año 2002, Geoffrey Enthoven dirigió, escribió y montó la película Les enfants de l’amour (Los niños del amor), una producción belga que, sin entrar a valorar el drama de los divorcios en los adultos, muestra con una claridad brutal, los posicionamientos de unos padres que anteponen sus intereses, decepciones y frustraciones a lo que sus hijos puedan sentir, necesitar o padecer.
El formato casi documental, nos muestra la vida de tres hermanos, hijos de una madre común (Nathalie Stas) y dos padres distintos (Olivier Ythier y Jean Luis Leclercq). Michael (Michael Philpott), Winnie (Winnifred Vigilante) y Aurelie. La trama se sitúa en el viernes, día en que los niños marcharán a pasar el fin de semana con sus respectivos padres, mientras la madre organiza su fin de semana sin hijos. Frente a ello, los padres, alejados de la de la cotidianeidad de sus hijos (sólo los ven los fines de semana cada quince días), intentan, como pueden, centrar toda su atención en unos niños que se les escapan y en ocasiones no comprenden.
La bondad de la película está en que se centra en los tres modos distintos con los que cada uno de los niños encara la ruptura familiar, como sobrellevan las posteriores relaciones de sus progenitores. Tangencialmente, la filmación nos muestra a la familia extensa, el modo en que la ruptura familiar afecta en la propia relación de los abuelos con sus nietos.
Los conflictos de lealtades, la tristeza de los más débiles, de los que sufren, sin quererlo. De lo mal que lo hacemos los adultos puestos en escena a través de unos niños que trabajan de una manera fabulosa y transmiten, sobre todo en el caso de Winnie, el enorme padecimiento y descoloque que le supone la relación de sus progenitores y con sus padres.
Esta película que ha pasado desaparecibida para el gran público, recibió, en su momento, el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Flandes, el Premio especial del Jurado en el Festival de cine de Mannheim-Heidelberg y el premio a la mejor película en el Festival de Cine de Milán. Son, sin duda, premios merecidísimos a una película valiente y real como la vida misma.
Una película imprescindible para saber qué es lo que no hay que hacer cuando un rompe con su pareja y por medio se encuentran unos hijos. Y es que para ellos, para mejor o para peor, su padre y su madre continuarán siendo siempre su padre y su madre.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 20 2011

Mil años de oración: No comprender otros universos

Es la relación entre padres e hijos lo que quiere ventilar el realizador Wayne Wang en Mil años de oración. Lo hace presentando una película intimista en la que se enfrentan oriente y occidente, idiomas, padres e hijos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Es una película de constante confrontación aunque carente de cualquier tipo de violencia.
Narra como el Sr. Shi (un espléndido Henry O) viaja desde China para visitar a su hija Yilan (Faye Yu) que acaba de separarse. Vamos descubriendo que padre e hija son muy distintos, que lo que para uno es fantástico para el otro es una carga pesadísima. Pero, además del conflicto, vamos adivinando lo que cada personaje encierra. Nada es lo que parece para ellos y el espectador asiste a ese descubrimiento de la mano del Sr. Shi y su hija Yilan. No entienden porque no comprenden el mundo del otro, cómo se estructura y cómo se define su forma de pensar.
Wang mueve la cámara con cuidado. La deja inmóvil mostrando planos fijos de larga duración. Y se centra en el punto de vista del anciano que sostiene gran parte de la carga expresiva del relato. Las cosas pequeñas se tornan relevantes, cada detalle queda flotando hasta el final de la proyección y su suma crea un clima tranquilo, reflexivo.
La partitura firmada por Lesley Barber se ajusta como un guante a la acción. Si la imagen o el diálogo busca remarcar lo íntimo, el sufrimiento personal desde la soledad o las raíces culturales que anclan a los personajes; la música, nota a nota, entiende el objetivo y acompaña, sin grandes intromisiones, coloreando la escena y poco más. Es una banda sonora exquisita.
Henry O defiende su papel de maravilla. Todo el elenco está a una altura notable, pero este actor se mueve con una facilidad y una credibilidad pasmosa.
Si hubiera que elegir una escena que resumiera el trabajo de Wang, sin duda, habría que quedarse con la que muestra al anciano sentado en la cama de su habitación explicándose a sí mismo la verdad de lo ocurrido, mientras la hija escucha desde el salón descubriendo una verdad terca aunque desconocida. Cercano al efecto de la polivisión, esta escena nos enseña dos ambientes distintos en el mismo espacio, dos reacciones distintas e independientes porque no se tocan, una gran equivocación. Resume esa relación entre padre e hija sobre la que planea la propuesta de Wang.
El guión es sencillo aunque está lleno de ironía, de diálogos hondos que indagan en la personalidad de cada personaje para que aparezcan en su plenitud. La conversación del anciano con el vendedor de objetos antiguos es una muestra de esa ironía. La que mantiene el anciano con su hija mientras cenan y le explica el porqué de su nombre una lección de construcción del personaje desde la palabra. Es un guión que deja claro lo que Wang ve en los cosmos de padres e hijos, de las distancias entre ellos, de lo necesario de la comunicación para poder entrar en ellos.
Excelente película. Tanto como el relato de Yiyun Li del que nace. El libro de cuentos de esa autora (en el que se incluye este) es fantástico. Merecen la pena ambas cosas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 24 2010

Lost in translation: Silencios y miradas



02 coldplay – a message

Podemos construir la vida sobre una montaña de palabras grandilocuentes, gruesas e inmensamente falsas y que esa vida sea absolutamente hueca. Pero podemos construirla partir de silencios cómplices, de miradas que se encuentran en medio de la nada, dando ambos aquello que ninguna otra cosa, por explícita que sea, nos puede entregar.

“Lost in Traslation” es precisamente una de las películas donde los silencios y las miradas son los protagonistas de la historia de dos personas, que no saben nada uno del otro, que son tan absolutamente distintas, que lo único que tienen en común es la brutal soledad que les acompaña y un destino incierto. Perdidos en sus respectivos universos. Sólo cuando se encuentran el uno al otro, en medio de un mundo en el que no entienden anda, son capaces de empezar a volver a retomar sus vidas.

Bob Harrys (Bill Murray), una estrella de cine en franca decadencia, con un matrimonio en punto muerto, conoce en el hotel en el que se hospeda, en Tokio, a una joven mujer, Charlotte (Scarlette Johansson), esposa de un fotógrafo absorbido por su trabajo. Entre ellos se iniciará una relación, que les permitirá no sucumbir a una vida que no les gusta, a un insomnio imposible de redimir y a sus respectivas inestabilidades.

La primera vez que vi esta película atravesaba un momento triste, no entendía nada de lo que ocurría alrededor mío y tenía la sensación de vagar de un sitio a otro sin saber hacía donde iba. Por eso, supongo, me pareció que no se podía reflejar mejor la pérdida de uno mismo. Alucié con Sofia Coppola, porque pensé que sólo alguien que se ha sentido perdido puede plasmar como ella lo hizo, esa sensación de naufragio personal.

Los elementos con los que juega Coppola son brutales. Una ciudad con una vida constante, sobrepoblada y dos personas en medio del caos urbano que no comprenden nada de lo hay a su alrededor, que no encajan con lo que les rodea. Las caras de Bill Murray, sobre todo al inicio de la película, no tienen precio. Permanentemente descolocado, perdido entre un mundo que se mueve ajeno a él. Un convidado de piedra. Scarlette Johansson, la permanente cara de tristeza, en una vida caótica, perdida, es difícil de superar.


Los símbolos, como digo, me parecen fantásticos: unos directores de publicidad que no se entienden con su actor. Un actor que no entiende nada de lo que dice. Una habitación con mecanismos que funcionan solos sin que su morador haga nada. Una habitación de hotel desordenada que nos muestra la provisionalidad de todo. Los protagonistas permanentemente solos salvo los momentos en que están juntos. Y todo lo ajeno, rozando lo ridículo, traductores que traducen lo que quieren, prostitutas de lujo que fingen ser virtuosas damas, cantantes de jazz que no pasan de ser caricaturas de si mismas. Me parece brutal.

Con el tiempo volví a ver la película. Atravesaba un momento más dulce y alguien me ofreció una lectura completamente distinta. Algo así como que en la pérdida está la ganancia, la posibilidad de dar con lo verdaderamente valioso y excepcional.

Andamos perdidos por el mundo, pero los encuentros casuales te pueden dar la vuelta como un calcetín. De repente muchas cosas cobran sentido, entiendes el punto en el que te encuentras y comprendes que debes empezar a caminar hacia algún lugar que, hasta entonces, tal vez ni tan siquiera sabías que existía.
Si alguien es capaz de devolverte la risa, de hacerte creer en ti mismo, de proporcionarte motivos para quererte un poco más, has tenido suerte, la vida se te ha puesto de cara.

Me gustaría quedarme permanente con esta visión, pero el final de “The lost in Traslation” me devuelve a la realidad de lo fugaces que pueden ser las risas, de lo finos que son los caminos que nos llevan de un lugar a otro, y de la necesidad permanente de reencontrarnos con nosotros mismos porque, este nosotros es el único que permanecerá, por siempre más, junto a nosotros, lo demás todo es efímero.

Por último, no se pierdan la fotografía, las vistas de Tokio, la atmosfera que crea Coppola, es una maravilla más de las que se encierran en esta película en la que, puntualmente, seguiré pensando, pues en mi mundo se encierran Bob y Charlotte en un encadenamiento infinito de pérdidas y reencuentros.