may 2 2013

El artista y la modelo: Aprender a mirar

Mirar una obra de arte. Intuir, conocer, entender, disfrutar. No es fácil. Una obra de arte es lo más parecido a una persona; se puede ver y tocar y oler, pero hay una zona que no es posible aprehender si no se entiende el proceso por el que esa obra o esa persona está ahí.
Fernando Trueba es un cineasta refinado en sus formas, sensible e inteligente. Pero, sobre todo, es un hombre que deja en cada una de sus obras un mensaje esencial: su amor por el cine, por la música, por cualquier manifestación artística que merezca la pena.
El artista y la modelo habla de un escultor (seguramente Aristide Maillol), de la modelo que posó para él (seguramente Dina Viernyl), de la relación que se va estableciendo entre ambos, de cómo la modelo se introduce en el mundo del artista, de cómo comienza y cómo no acaba nunca el proceso de creación. Es una película extraordinaria, que debe verse como el proceso cretivo que envuelve al artista protagonista. Ni Trueba parece que tuvo prisa por escribir el guión o rodar la película, ni el espectador debe tener prisa por recibirla. Todo lleva su tiempo, todo debe degustarse si de arte se trata.
Trueba presenta la cinta en blanco y negro, rodada en fransés y español, soportada sobre un guión cuidado y cuidadoso (todo encaja en lo verosímil, todo toma profundidad en cada frase, en cada explicación que el artista hace), sobre una fotografía excelente de Daniel Vilar que juega con la luz de forma primorosa.
La dirección de Trueba con los actores es sobresaliente. Jean Rochefort resulta creíble, arrollador desde la calma, hipnótico. Aida Folch impactante y bella, muy aplicada en su papel. Claudia Cardinale estupenda igual que Chus Lampreave. Trueba vuelve a dar una lección en este sentido.
El guión es magnífico. Acogedor, atractivo, sugerente. La trama no es de una potencia excesiva aunque no es necesario. En esta película se trata de mirar, de entender, de disfrutar con las imágenes y los conceptos que se van desarrollando. Es una película lenta porque no puede ser de otra forma. Hay que parar en cada detalle, en cada forma, en cada palabra. Recuerda, en cierta medida a El sol del membrillo. Aun siendo otra cosa, ambos trabajos se mueven en zonas parecidas y del mismo modo. Ambas son excelentes.
Carece de banda sonora. Sólo al final escuchamos la novena de Mahler, lo que hace que la cinta ocupe un momento único en el universo del espectador que regresa a la zona de la realidad con un poso duradero e imborrable.
Un aspecto muy interesante de El artista y la modelo es la relación entre los personajes encajados en un mundo creado con cuidadoso detalle. Entre todos ellos. Por ejemplo, la frialdad con la que se reciben artista y modelo para evolucionar alrededor de la escultura hasta la calidez; la familiaridad con que la sirvienta recibe a la modelo creyendo que no es posible cambiar y cómo esta relación se difumina mientras el personaje crece sin pausa; la relación entre el artista y su mujer que se sustenta sobre la necesidad de crear de uno y una vida entregada para que eso suceda de la otra. En definitiva, un universo en el que los personajes avanzan; un universo amenazante (1943, Francia); bello, pero hostil, esperando su turno. Un espacio que funciona del mismo modo que lo hacen el resto de personajes.
Excelente trabajo de Fernando Trueba. Tal vez lo más personal e íntimo que ha dejado ver hasta ahora. No dejen de echar un vistazo a la cinta. Les encantará.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 17 2013

8 ½: La libertad de crear el universo

La libertad del artista es endeble cuando se propone crear. Sólo algunos hacen lo que creen que tienen que hacer, sin pensar en los que tienen alrededor, sin pensar en sí mismos (aspecto importantísimo por la dimensión que puede alcanzar). Y, da la casualidad, de que para crear es necesario ser libre. Completamente libre. O, al menos, creer serlo.
Este es el núcleo expositivo de 8 ½, película de Federico Fellini, al que no se le ha prestado toda la atención que hubiera sido necesaria. Es verdad que la película ataca el proceso creativo en su totalidad, pero es esa libertad al crear lo que arropa el conjunto.
8 ½ es una obra maestra. Desde luego, si el que escribe tuviera que elegir cinco títulos de entre todos los existentes, este no faltaría. Se ha tachado de inconexa, de incomprensible, de oscura, aunque me temo que el problema no se encuentra en la propia película sino en el espectador. Suele ocurrir que cuando lo onírico aparece y lo hace desde el uso del registro correcto, son muchos los que tuercen el gesto. Si a eso le añadimos la aparición del recuerdo, el gesto lo tuercen muchos más. Fellini sabía que sueño y recuerdo ocupan lugares muy próximos e incluso iguales. Al fin y al cabo es una ordenación de la realidad, más o menos consciente, que la desliza hasta lo deseado, lo odiado, lo que marca definitivamente el curso de una existencia. 8 ½ es una obra maestra narrada desde el sueño, el recuerdo y la realidad. Una película exigente.
Comienza la película con un sueño. Toda una declaración de intenciones. Del mismo modo que los grandes literatos dejan claro con un primer párrafo lo que viene a continuación, Fellini pone las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Vemos a Guido Anselmi (interpretado por un inmenso Marcello Mastroianni) atrapado en su vehículo y, a la vez, en un enorme atasco. Todos le observan. Quiere escapar y lo hace volando por encima de todo y de todos. Pero llegado a la playa se ve amarrado por una cuerda y alguien tira de él hasta que cae. Despierta. Por tanto, nuestro protagonista se ve acosado y sin libertad para hacer o deshacer a su antojo. Siempre hay algo que le hace regresar a ese lugar en el que depende de algo externo. Porque es necesario, vital, escapar para poder crear. De ahí viene esa sequía creativa de la que tanto se ha hablado. Guido bien podría ser el propio Fellini. Él lo negó a veces, otras lo dejó sin aclarar. Es lo mismo. Podría ser cualquier artista y Fellini lo era. Me parece estéril dar vueltas a este asunto.
A partir de esta primera escena, se irán encadenando imágenes que presentan los recuerdos de niñez, la realidad, más sueños y todo eso que no se podría contar de las ningunas de las maneras porque sería motivo de ruptura con el entorno. La sexualidad que encuentra el niño, cómo su educación (los que le educan) impide que lo encuentre sin tener problemas y crear prejuicios; los amores pasados que forman un todo (todas las mujeres componen un conjunto en el que cada una ocupa su puesto. El amor o lo que lo fue es uno solo); el mundo, visto por el artista, en el que todos somos personajes (incluido él mismo), en el que todos tenemos el aspecto impuesto por la mirada ajena; la presión a la que se somete al creador que es incapaz de hacer nada que tenga que ver con la motivación propia para que sea algo importante; el movimiento del mundo al son de una música que lo hace distinto y que nadie podría entender. Y todo esto se presenta de forma fragmentada; no existe lo lineal. La vida tampoco lo es si tenemos en cuenta el deseo, la fantasía o lo onírico. Eso distorsiona lo cotidiano y lo va decorando de un modo u otro, lo va descolocando todo.
Pues bien, nada de esto lo puede contar un artista sabiendo que forma parte de su realidad. ¿A quién puede interesar la vida privada de otro? A eso se le llama cotilleo, pero una obra artística está muy alejada de semejante cosa. Un artista transforma esa realidad consiguiendo convertir una verdad en una gran mentira que se recibe (por parte del espectador) como una realidad compartida desde la ficción. Dicho de otro modo, el artista crea desde su propia experiencia sin que esta aparezca de forma explícita. No hay otro camino. Y es aquí donde aparece la libertad. Fellini lo sabía perfectamente. Otra cosa es que, inevitablemente, muchos se vean reflejados en la obra. Pero eso es otro problema que atañe al que mira y no al que crea.
8 ½ está plagada de escenas inolvidables. Mi preferida es la que nos enseña a todas las mujeres que el protagonista ha conocido y que han tenido alguna importancia para él. Desde Saraghina que encarna su experiencia más lejana con la sexualidad, hasta Claudia que representa su amor más puro y verdadero por percibirlo como perfecto, pasando por Luisa (su esposa atormentada por la infidelidad, pero que en esta secuencia aparece como sumisa y encantada con lo que le toca vivir) o por su propia madre (a la que besa en un sueño anterior manifestándose un claro complejo de Edipo). Durante toda la película, vamos comprobando que Guido es incapaz de amar, no sabe cómo hacerlo. Ahora sabemos que lo único que quiere es que le entiendan, que comprendan que ellas, que todos, forman parte de un relato que acabará cuando él muera. Presten, también, atención a la escena del baile en el balneario. Se asemeja mucho al de Pulp Fiction (Travolta y Thurman).
Por cierto, no recuerdo una película que uniese y mostrase tanta belleza femenina. Anouk Aimée, Sandra Milo, Claudia Cardinale, o Rossella Falk son un ejemplo.
La película está filmada en blanco y negro. El resultado es grandioso. La gama de matices entre ambos colores es extraordinaria. La música de Nino Rota magistral (se puede escuchar a Wagner o la partitura del propio Rota arropando cada momento de carga expresiva como si fuera un guante). El montaje es de una inteligencia maravillosa. Y el guión hace que los personajes crezcan cada vez que abren la boca, que entendamos lo que supone el proceso creativo, de ese caos que se ordena milagrosamente para mostrar un cosmos completo.
Los artistas tienen una ventaja sobre el resto de las personas. Son capaces de crear un mundo en el que se pueden modificar todas aquellas cosas que no terminan de encajar. Miran y ven lo que otros son incapaces. Esa es la libertad. Crear un mundo a medida. Y si no está presente no hay nada que hacer.
Grandiosa película.
© Del texto: Nirek Sabal