oct 27 2012

El cazador: Promesas por cumplir

En 1.978, yo tenía catorce años. Parecía algo mayor y pude entrar en el cine con uno de mis hermanos. En aquella época pedían el carnet de identidad para comprobar si habías cumplido los dieciocho años, pero hubo suerte. El hombre de la entrada miró con la ceja levantada al cortar nuestras entradas. Sólo eso.

Ese día descubrí a Robert De Niro, a Christopher Walken, a una jovencísima y bella  Meryl Streep, a John Savage con el que repetiría en Hair poco después. Descubrí el cine de un tal Michael Cimino y la música de un tal Stanley Myers. Descubrí la guerra de Vietnam, lo que supone entrar en combate, las consecuencias de hacerlo, cómo el mundo cambia para todos (los que van al frente y los que no). Pero no terminé de entender bien la película. Aquellas situaciones tan extraordinarias me cegaron lo suficiente como para que no me enterara bien de lo que me contaban. Las escenas en la selva mientras los tres amigos están detenidos y obligados a jugar a la ruleta rusa son demoledoras, la caída desde el helicóptero de Michael y Steven (esas piernas destrozadas de Steven) es espeluznante, la última parte de la película en una ciudad destrozada de la que todo el mundo quiere huir y a la que llega Michael para rescatar a su amigo es angustiosa y una de las más emotivas y tristes de la historia del cine. El horror. El verdadero horror. Salí del cine pensando que había visto una película bélica con una introducción muy larga, que lo importante eran los helicópteros, los vietnamitas acribillados a balazos, la amistad entre jóvenes, una historia de amor. Y no. Pero con catorce años creo que es normal ver así las cosas.

El Cazador narra una historia muy sencilla. Sólo puede cumplir una promesa el que conserva sus principios intactos, el que no renuncia a sí mismo ni por amor, ni por dinero, ni por su propia vida. El Cazador es la historia de una promesa por cumplir. Cuando Michael (ya de regreso a casa) comprueba que lo que dejó atrás al marchar a la guerra seguirá siendo absurdo si no viaja para hacer que vuelva su amigo, que sólo siendo ese cazador que siente ser puede librar de la muerte a Nick, cuando siente eso, no se lo piensa dos veces. Regresa a Vietnam para cumplir la promesa que le hizo a su amigo. Pero Nick, drogadicto y completamente tarado, se levanta la tapa de los sesos recordando a su amigo que morir bien es morir de un solo disparo en la cabeza. Y el mundo se queda sin esperanza. Michael pierde a su amigo, a la que podría haber sido su esposa, a sus amigos. Nada queda intacto. Ni siquiera él pensando en si está bien lo que hizo o no.

Ya sé que debería hablar de cine, pero de esta película ya han hablado (con más o menos suerte) cientos de personas. Se pueden encontrar en la red miles de páginas sobre ella. Así que prefiero hablar de mí. Ustedes me lo van a saber perdonar.

Cada vez que me acerco a la estantería y elijo esta película para ver, siento un escalofrío. Sé que voy a sufrir, que voy a ver en la pantalla muchas cosas que ya me han pasado a mí (sin guerra de por medio), que las escenas se me van a quedar dando vueltas por la cabeza los días siguientes. Novias que no pudieron ser, amigos que no pudieron ser, actos de valor que no podrán ser nunca, mil promesas sin cumplir por esto o por aquello (siempre excusas idiotas), la muerte y lo que arrastra con ella, la vida y lo que embalsa de bueno o de malo. El Cazador somos muchos, pero no podríamos hacer esa película porque nos quedaríamos a medio camino (hasta que llega lo malo, lo difícil). Llegado el momento, nos convertiríamos en lo que realmente hemos querido ser. En todo menos en protagonistas de bellas historias envueltas en terror.

Siempre me ha gustado verme reflejado en los héroes de las películas (como a todo hijo de vecino). Casi siempre lo he conseguido aunque fuera inventando una vida lejana. En este caso no he sido capaz nunca salvo cuando tuve catorce años. Cuando creía ver otra cosa que no estaba. Por eso debe ser que esta película es una de mis tres preferidas.

Si quieren saber algo sobre la película busquen en libros o en la red. Esta vez, aquí sólo me encontrarán a mí. Una pérdida de tiempo total.

© Del texto: Nirek Sabal
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abr 2 2011

Supergolpe en Manhattan: Los malos no van al cielo

Desde niño me han gustado las películas de policías y ladrones. Los buenos corriendo tras los malos para dejar las cosas donde deberían estar desde el principio, perpetuas. Los malos intentando repartir el mundo de un modo más justo aunque dudoso, con sus motivaciones, con sus amores verdaderos, con sus cosas de malvados. Además, siempre me gustaron esas películas porque acaban bien. Aunque los malos triunfen acaban bien. Los malos detenidos, por eso, por malos hacen que el final sea feliz. O al contrario. Los malos logrando escapar por ser listos. O muriendo por codiciosos. Los buenos bebiendo una copa tranquilos mientras esperan un nuevo caso por resolver. O huyendo como cobardes. O muriendo como codiciosos de los peores. Todo se mezcla en esas películas, todas las miserias y bondades se presentan dibujando el mundo.
Supergolpe en Manhattan (The Anderson Tapes) es una película entretenida de principio a fin. Los malos son malos; los buenos son buenos; los traidores son solo eso y se merecen lo peor; las rubias son sensuales; las ancianitas son adorables; los tontos lo son de remate; los violentos, despreciables del todo; y el mundo un lugar en el que todo está en su sitio porque, a pesar de lo enorme y caótico que parece, algo funciona y ordena sin parar.
La trama de Supergolpe en Manhattan es precisa y está muy bien trenzada. No hay excesivas vueltas de tuerca para que la cosa funcione (en este tipo de cine suele darse este problema). Sólo las justas.
Los diálogos van de lo profundo (pocas veces, todo hay que decirlo) al chiste; de lo irrelevante a lo esencial; pero encajan bien al acompañarse de la acción con gran habilidad del guionista.
La música (la partitura la firma el mismísimo Quincy Jones) matiza más que bien la imagen. Uno de los asuntos que enfrenta esta película es el uso de la nueva tecnología en la investigación policial (en esos años todo se reducía a micros ocultos del tamaño de una alcachofa, cámaras de seguridad, escuchas ilegales y cosas parecidas que eran el bombazo tecnológico).
Sean Connery está bien. Dyan Cannon está bien. Martin Balsam lo mismo. Alan King acompaña. Y un jovencísimo Christopher Walken ayuda a que todo vaya sobre ruedas.
El caso es que Duke (Sean Connery) sale de la cárcel y lo primero que hace es planear un gran robo en un edificio del East Side de Nueva York. El golpe se planea con cuidado y la ejecución va bien hasta que Duke trata de evitar violencia gratuita y se fía de la voluntad y apariencia de las personas.
Son 95′ de película. Son 95′ de buen cine. Es verdad que no ha envejecido demasiado bien y se ve algo inocente, pero merece la pena. Sidney Lumet fue quien la dirigió y siempre ha hecho buen cine. Suele ser una buena garantía.
Supergolpe en Manhattan, con seguridad, no pasara a la historia del cine como una superproducción inolvidable. Eso seguro. Tanto como que una tarde de domingo, comiendo palomitas en casa (los niños pueden verla sin problemas), se pasará mucho mejor. Un tipo de cine concreto sirve para eso. Y está muy bien que así sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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