ago 2 2012

Confucio: Erre que erre

Más difícil todavía. Una película que se centra en el personaje, desde el principio hasta el final, y en la que no se logra dibujar a ese personaje. Creo yo que si se hace queriendo no se logra.
Es la misma canción de siempre. Erre que erre. Como el espectador tiene una ligera idea de quién fue Confucio no hace falta esforzarse. Se da por hecho lo fundamental y se dedica el esfuerzo a montar un espectáculo formado por imágenes impresionantes (en este caso se queda en mal intento) y a meter en los diálogos frases maravillosas (las dijo Confucio y son magistrales. Lo que pasa es que se dicen sin ton ni son; porque hay que decirlas y punto), muertes y amores de vez en cuando (a mí los chinos muriendo siempre me han parecido reflejos de los dibujos animados y no me terminan de llenar. Y besándose como que no y menos sin venir a cuento) y alguna escena buscando la lágrima fácil.
El ritmo narrativo de la película es un desastre. Va de malo a horrible. Se apoya no sólo en la imagen y en la trama. Recurre el director, Hu Mei, a cartelitos (escritos en chino y en inglés) para que nos podamos enterar de algo. De poco para ser más exactos. Y si no lees ni chino ni inglés, de nada. Porque el personaje central no está definido, pero, además, los secundarios son desastrosos. Las elipsis son muy numerosas y consiguen destrozar cualquier esfuerzo del espectador. En fin, no hay por donde agarrar algo así.
Chow Yun Fat defiende el papel principal. Es un buen actor. Lo hace razonablemente bien. Pero es tan corto ese papel que no llena a nadie. El resto de actores y actrices se mueven por la pantalla porque sí. Como casi todo en esta película.
Lo único que se puede destacar es la ambientación que se logra desde el vestuario y la peluquería y maquillaje. Es lo mejor de todo. Sin duda.
Si la propuesta del director es demostrar y que nos traguemos eso de que la espada es débil frente a la sabiduría, el fracaso es absoluto. Ya nos lo sabíamos, ya nos lo habían contado y no aporta nada de nada este trabajo. Si la propuesta es otra, alguien debería explicarla. No se me ocurre cuál podría ser.
Desde luego, después de ver la película, un espectador corriente no sentirá ningún deseo de lanzarse a leer lo que dijo Confucio. Es más, le hace un flaco favor a este personaje.
Si pueden evitar la película mejor que mejor. Queda dicho.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 16 2010

Piratas del Caribe: Sobre la utilidad de una película de cine

Un adulto llega a su casa. Abre la puerta y quiere dejar atrás una vida de mierda. Se encuentra a su mujer en la cocina. Guisando. Ella está en paro desde un par de años atrás. En la habitación del fondo, los niños estudian o juegan. Han llegado poco antes. Después de un madrugón, un montón de horas de clase y un par de actividades de propina para que se hagan más listos. Y el padre, que quiere dejar una vida de mierda al cerrar la puerta de casa, les plantea que pueden ver una película. Que harán una excepción, pedirán una pizza por teléfono y comerán palomitas caseras que son las mejores. La madre deja las sartenes a un lado. Los niños sus juguetes o sus libros. El padre su vida de mierda. Miran la estantería. Tienen que elegir.
Por allí ven algo de Federico Fellini, algo de François Truffaut, Stanley Kubrick. Y tres películas juntas que sobresalen sobre las demás. Piratas del Caribe. Y es que quieren olvidarse de algunas cosas. No lo dudan.
Posiblemente, ese hombre tiene el resto de películas en su estantería porque le gusta el buen cine. Posiblemente, su mujer las ha visto con él porque le gusta el buen cine. Posiblemente, los hijos mayores ya han visto alguna de ellas. Pero todos eligen Piratas del Caribe. Cada cosa en su momento, deben pensar. Y es que el buen aficionado al cine sabe que hay películas que sirven para pensar, otras para perder el tiempo y otras para dejar la vida de mierda detrás de la puerta. Incluso que las hay que reúnen dos o más características. No es esta trilogía una castaña que se deja ver. Es verdad que la tercera entrega se pierde un poco entre efectos especiales y desdibuja a los personajes con tanto chiste encadenado, pero, en conjunto, la trilogía es muy divertida. Puestos a sacar faltas podríamos hablar de las limitaciones de un Orlando Bloom frío y aburridillo, de una Keira Knightley que parece estar más para vender revistas a los adolescentes que para hacer su papel o el pequeño disparate en lo que se convierte la trilogía a partir del final de la segunda parte. Pero no me da la gana. También hay que saber sentarse para divertirse. Esas posiciones tan rígidas en las que el espectador cinéfilo se quiere arrancar un brazo antes de ver algo que no le haga pensar me parecen una idiotez colosal. Se puede entender de cine, pero no se puede disfrutar de él si no se sabe discriminar cuando toca.
Johnny Deep es el capitán Jack Sparrow. Divertido, eficaz y creíble. Orlando Bloom es Will Turner. Un personaje que trata de evolucionar y no lo logra del todo. Aunque su historia de amor con Elizabeth Swann (Keira Knightley) mantiene buena parte de la tensión narrativa (a pesar de lo previsible que es desde casi el principio). Hector Barbossa es un pirata malo que no veas. Lo interpreta Geoffrey Rush. Todo un lujo. Y Chow Yun-Fat es el que hace de Sao Feng (otro pirata para echar de comer aparte). Más lustre si cabe.
Pues bien, todos estos actores (hay muchos más, claro, pero no se trata de redactar la nómina completa) interpretan una historia de piratas ambiciosa y muy espectacular. Va de más a menos. O de mucho a poco. Como quieran. Una historia llena de batallas, de amores, de traición, de efectos especiales, de hombres pez, de barcos fantasmas, de buques de guerra, de uñas llenas de mierda, de ron. Lo que venimos reconociendo como una película de piratas, de aventuras. Nada de pensar en nuestra sesuda mente, ni en nuestros trabajos tan importantes. Una de aventuras.
Me niego a decir nada en contra de esta trilogía. No me da la gana. ¿Lo tiene? Pues claro. Pero también lo tienen nuestras vidas y no nos tiramos por el balcón. Cada cosa cuando toca.
Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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