ene 19 2011

Dublineses: Recuerdos muertos, personas moribundas

Basada en el relato de James Joyce titulado Los Muertos e incluido en el volumen Dublineses, la película de John Huston se presenta como una obra sólida, profunda y rematada con maestría. Podría parecer sencillo el trabajo de un director de cine que parte de un relato como este, de una calidad inmensa. Y no lo es. Siempre he pensado que las adaptaciones suelen arrastrar más sentido literario de lo deseable. Sin embargo, Huston traduce este relato al lenguaje cinematográfico con admirable oficio y buen gusto, haciendo una lectura muy exacta de lo que dice el texto original. Tan sólo, al finalizar la película, el discurso del personaje masculino principal es absolutamente literario y se ciñe mucho al texto de Joyce. Pero claro, es de una belleza tan abrumadora que sirve de cierre al trabajo dando más lustre (si es que eso es posible) al conjunto.
Se celebra una reunión de familiares y amigos burgueses en Dublín. Año 1.904. La película de Huston (del mismo modo que el relato de Joyce) trata de ser una fotografía de lo que eran esas reuniones y esas gentes. Decadencia, vivir de los tiempos pasados porque fueron mejores, de recuerdos, con miedo a cualquier tipo de variación en el entorno. Todos opinan sobre asuntos superficiales y cuando toca hacerlo sobre lo importante procuran no hacerlo. Lo fundamental se arrincona y allí nadie mira. Frivolidad y aislamiento respecto a otras gentes, respecto al continente, ajenos al mundo entero. Los hombres beben y desprecian los elementos cultos con los que las mujeres flirtean como si fueran juguetes.
Me gusta, especialmente, un momento en el que vemos cómo un hombre recita un poema. Para la época es vanguardista, arriesgado y extraño. Nadie entiende nada. Hasta la poesía ha llegado lo nuevo. Y conmociona a todos. El poema, por cierto, es de una belleza inmensa.
Todo parece moverse alrededor del pasado, de frases hechas que perdieron su sentido mucho antes de ser pronunciadas, frases elevadas a los altares por su ignorancia y su frivolidad.
Es verdad que aparecen algunos destellos de modernidad. Una mujer sufragista que abandona la reunión pronto, un borracho que relata lo que ve durante sus salidas pegando al mundo una reunión que roza el patetismo. Pero son sólo destellos.
Para los personajes el mundo es adorable porque lo necesitan. Pero es un deseo difícil de cumplir.
Y, finalmente, el discurso de Gabriel (Donald McCann) que habla sobre su esposa Gretta (Anjelica Huston) y sobre todo lo que ha sido su pasado. Aquí llega el gran mensaje de la película. Todos somos ahora. Y eso es tan cierto como que pronto todos seremos. Porque entre los muertos que nos precedieron y los que nos seguirán, están nuestros cadáveres jugando a vivir.
Las interpretaciones de McCann y Anjelica Huston son el ejemplo de lo que el director busca con su película. Se ven difuminados entre una fauna compuesta por iguales. No es que los trabajos se defiendan sin eficacia. Al contrario. Se logra ese efecto con un ejercicio de contención muy bien llevado.
La película (esa es la verdad) es muy lenta. Aunque su brevedad ayuda a que ningún espectador (incluso los amantes del cine de acción más exagerado) pueda llegar a aburrirse. Al contrario, la emoción arrastrada por unos diálogos muy bien construidos va creciendo según pasa el tiempo. Y a esa lentitud le acompaña una banda sonora (Alex North) exquisita y muy a juego con la decadencia que se dibuja en pantalla.
Muy bien el vestuario. Muy bien el guión. El mundo se va desnudando frase a frase sin remedio. Sin vuelta atrás. Muy bien casi todo, puesto que la puesta en escena es espartana en exceso y es ese casi.
Desde luego es una película necesaria. De un excelente director. Una película madura, exquisita. Si tienen un momento no dejen de echar un vistazo a Dublineses. Les gustará.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 27 2010

How Much Does Your Building Weigh, Mr. Foster?: Corrección sin vida

HOW MUCH DOES YOUR BUILDING WEIGH, MR. FOSTER? (¿CUANTO PESA SU EDIFICIO, SEÑOR FORSTER?) – NORBERTO LÓPEZ AMADO y CARLOS CARCAS – GRAN BRETAÑA/ESPAÑA – ZABALTEGUI, NUEVOS DIRECTORES

Un documental sobre Norman Foster producido por su mujer, Elena Ochoa. No piensen que es una maldad, pero no deja de ser un hecho cierto. El resultado es lo que podíamos esperar: una cuidada producción, una fotografía impecable con la que las grandes obras de arquitecto, lucen con un esplendor y una grandiosidad incomparables, y un guión encaminado a ensalzar la figura del artista como un visionario, y su dimensión humana, casi como un superhéroe.
El propio Foster es quien lleva las riendas de la narración de esa construcción de sí mismo y del mundo. Es un hombre con una presencia y una elegancia, singulares, gran aplomo como orador y fotogenia. Debe de ser inteligente para llegar a donde ha llegado. La película llega al espectador sin un fallo. Para apoyar la narración aparecen, por aquí y por allá, varios artistas y asociados, cuidadosamente seleccionados, vestidos y maquillados.
El recorrido por la trayectoria vital y profesional de Foster es lineal y previsible: su infancia en una vivienda obrera suburbana de Manchester, sus primeros dibujos y su primera empresa y éxitos; y después un recorrido por sus trabajos más emblemáticos. Aparece en una secuencia muy breve como padre atento y en otras dos recordando momentos vitales decisivos. Sin emoción.
El resultado es un documental… ¿perfecto?
Admiro mucho a Norman Forster. Creo que es un genio como arquitecto y como artista y entiendo que sus grandes construcciones se han convertido en paradigma de un mundo nuevo y referente inevitable. Creo que es una de las mentes que en este momento, en estos últimos años, ha movido la manera de entender el mundo y participado de manera singular en su construcción. Lo ha hecho con sus grandes obras, como el aeropuerto internacional de Pekín, el edificio más grande de la tierra, en las más reducidas actuaciones simbólicas como la reconstrucción del Reichtag, con su cúpula emblemática; y también en los edificios de pequeño formato como el creado para la sede de la municipalidad de Londres, junto al puente. Me parece además que no hay que tener un importante conocimiento de la arquitectura y basta con extender una mirada curiosa sobre sus obras para entender que son maestras, y grandes logros arquitectónicos, y pienso en el viaducto de Millau. Todo esto queda muy bien retratado en la película.
También Elena Ochoa merece mis respetos como productora de cine y editora de arte, labores  ejemplares, a las que debemos un reconocimiento.
Pero falta algo. Lo que previmos que iba a ocurrir al tener conocimiento de cómo surge la gestación de este documental. No hay conflictos ni claroscuros. No hay una parte humana que nos interesa mucho más que las obras a las que podemos acceder con otros recursos y otros audiovisuales. ¿es que nunca ha tenido un fracaso?
A mí, personalmente, me hubiera gustado –y para eso me acerqué al cine- saber cómo vive y como duerme, verle en su entorno familiar o en sus reuniones de trabajo. Recorriendo alguna de sus obras en el detalle de las infraestructuras; en el recuerdo de momentos de dificultad o de ingenios súbitos que hicieron crecer un proyecto. Verle nervioso, triste o desesperado ante el fallo adverso de un concurso. Creo que a ustedes también les hubiera gustado.
Se ve un intento claro de manipulación de imagen, de crear un producto perfecto. Conseguir una imagen, o mejor: pulirla y perfeccionarla. Lo han conseguido.
Imagínense lo que hubiera sido acompañarle en un viaje por el mundo visitando sus obras, hablando con gente que las habita para vivir o trabajar, con los ciudadanos que las sufren y las disfrutan. O recorrer su vida por un día, una semana o un mes de trabajo; en la preparación de un proyecto desde su origen. Para ello hubiera sido necesario que la idea surgiera de alguien más lejano al personaje, capaz de arrojar un foco sobre él que nos iluminase. A nosotros.
Es una pena. Una oportunidad perdida. Aunque se agradece el trabajo y se aprecia. También se entiende el proceso y el resultado.
Se aplaudió brevemente.
A mí me gustó, decepcionándome.
© Del Texto: Ivor Quelch

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