dic 20 2013

Adiós, muñeca (Farewell my lovely): Novela negra en imágenes

Las novelas de Raymond Chandler retrataron una sociedad norteamericana deprimida, sucia, a la espera de tiempos mejores. Una de las características fundamentales de sus novelas es la forma de retratar a los personajes; muy cercana a la caricatura. Eso y la aparición de algunos arquetipos en cada uno de los textos. Un detective privado que mira el mundo desde el hastío y la ironía; una mujer fatal que hace que todo derive hasta lugares extraños y violentos, personas sin escrúpulos, amigos incondicionales, policías y políticos corruptos, asesinos capaces de acabar con una vida sin pestañear.
Pues bien, el realizador Dick Richards se pliega a ese concepto narrativo en su trabajo Adiós, muñeca (Farewell my lovely). Intenta plasmar el universo de Chandler con todo lujo de detalles. La estética de la película está muy cerca de la depresión constante, de la oscuridad perpetua (la fotografía de John A. Alonzo es estupenda y procura que todo se vea inundado por esas sombras que convierten las imágenes en una losa opresiva y triste). Incluso la elección de los actores y actrices se ve cuidada al máximo para que nada desentone con ese clima. Un maduro Robert Mitchum encarna al detective Phillip Marlowe. Sobrio en su trabajo. No puede disimular los años y ese aire de decadencia que la falta de luz imprime a un rostro lleno de arrugas, cansado. Silvia Miles está espléndida. Representa el final de una etapa a la que nadie se termina de acostumbrar, un presente convertido en un pozo no deseado ni esperado. El maquillaje y el vestuario de la señora Miles luce extraordinario. Charlotte Rampling y Jack O’Halloran están correctos.
El guión de David Zelay Goodman adapta la novela de Raymond Chandler y lo hace arrimado a lo literario. Es decir, toma de la novela algunas frases, algunas frases del narrador que son literales o casi. Desde el principio la voz en off del detective que es el punto de vista elegido por el director, acompaña la acción. El efecto es de impostura, pero estamos hablando de cine negro y estas cosas, bien insertadas y bien acompañadas, logran funcionar bien.
La trama es muy entretenida y el final algo previsible. Sobre todo para los aficionados a este género. El esquema es conocido de sobra. Resulta una película muy agradable para el espectador.
Adiós, muñeca es una buena película, está llena de momentos atractivos y se presenta bien dirigida. La actuación de Silvia Miles es ya una razón para tener que echar un vistazo al trabajo.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 8 2012

Melancolía: La serenidad de una tragedia

Casi todas las películas recuerdan a otras. Como pasa en literatura, ya está casi todo rodado, contado, explicado, exprimido y sobado. Es muy difícil que el tema tratado se muestre desde un punto de vista absolutamente original.
Melancolía de Lars Von Trier no es una excepción. Por ejemplo, en el arranque utiliza una técnica narrativa que se aproxima al que ya utilizó Bergman en Persona. Ambos intentan crear un clima que esté presente durante el resto de la película colocando imágenes en un orden desconcertante. Bergman lo consigue. Lars Von Trier no. A pesar de que la belleza de la imagen (acompañada por la obertura de Tristán e Isolda de Richard Wagner) de la cámara lenta y la calidad digital, el espectador olvida eso que vio y cuando quiere recordar ya es tarde. Es decir, el problema no es de plasticidad sino de intención. Fallida, por supuesto.
Además de esto, la película apesta en su conjunto a copia de sí mismo y eso no suele funcionar bien.
Pero estas son las malas noticias. No son pocas ni insignificantes. Ahora bien, las buenas son numerosas y de mucho peso en el conjunto del trabajo de Lars Von Trier.
Es posible que alguno tache el guión de la película de vano, superficial o desestructurado. O todo al mismo tiempo. Pero lo cierto es que este libreto, dividido en dos capítulos que se dedican a cada una de las protagonistas, busca, por una parte, sumergirse en las psicologías personales y, por otra, llenar de acidez un mundo absurdo que está a caballo entre el surrealismo y lo que conocemos como realidad. Con esto, lógicamente, hace que el centro del universo sean dos mujeres (y los que les acompañan) y que la trama pueda ir de la mano de esas psicologías que se presentan como modeladoras del mundo. Es, si quieren, un pequeño truco narrativo que da mucho juego al permitir desarrollar la acción rozando la frontera de lo convencional sin generar grandes conmociones. Las licencias son mayores y el espectador las asume con cierta naturalidad. Del guión, también, llama la atención que no siempre funciona el humor ácido y tremendista aunque el resultado termina siendo suficiente.
Porque, como decía, lo importante es la construcción del personaje. Desde ahí llega la tensión narrativa, la hondura de la película. Todo está al servicio de una misma cosa: el personaje. Y cuando digo personaje digo estado de ánimo.
Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg interpretan a Justine y Claire. Ambas están estupendas en su papel. A la primera se le ha reconocido su labor en varios festivales incluido el de Cannes. A la otra no tanto. Sin embargo, podría haber sido al contrario y hubiera sido igual de justo. Entre otras cosas porque el guión se desarrolla mejor y con mayor apertura en la parte dedicada a Claire y hace que la interpretación de Charlotte Gainsbourg luzca mucho.
Justine y Claire son distintas. Interpretan el mundo desde diferentes prismas. Justine no puede conformarse porque conoce el destino; sufre por ello; no respeta las normas que otros tienen como pilar. De este modo, cuando sabe lo que representa el planeta Melancolía, rompe todos los moldes para sufrir en libertad, da rienda suelta a una bipolaridad que el director explota hasta el ridículo. Intenta que su hermana y su sobrino acepten que sólo se parecen a lo que son. Con su hermana los intentos son violentos; con el sobrino echa mano de la fantasía. Eso es la vida para Justine: todo lo que está por llegar como forma de magia. Claire es pragmática, acomoda su vida en el bienestar. Pero eso le impide ser feliz. Lo sabe. También sufre por ello aunque no cambia. Sólo, en el último momento, hace un intento por acercarse a una tranquilidad que perdió muchos años atras y recupera al vivir una tragedia.
Es muy interesante el personaje que interpreta Kiefer Sutherland. Es el marido de Claire. No soporta enfrentar lo feo de la vida, cualquier cosa sobre la que no ejerza un gran control. Es inmensamente rico y todo lo arregla con dinero. Pero Melancolía le hará conocer la derrota absoluta, la claudicación. Es un desmoronamiento inmediato, trágico. Por su parte, los padres de Justine y Claire (unos veteranos que llenan la pantalla sin proponérselo; Charlotte Rampling y John Hurt) son los que ponen una nota de humos exquisita desde su ancianidad.
Sería una pena desvelar la trama aunque hubiera sido mucho mejor para entender lo que digo. Sólo apunto una pequeña parte. Melancolía es un planeta que va en busca de la Tierra. Los científicos dicen que no se producirá una colisión, pero hay dudas.
Lo que sí desvelo es que se van a encontrar (los que no hayan visto la película) con una banda sonora estupenda de Mikkel Maltha. La serenidad de la partitura enfrentada a la velocidad de una tragedia de magnitud colosal.
Y lo que sí desvelaré es la emoción que produce la magnífica escena final. Al levantarse, el espectador descubre que todo estaba pensado para ese desenlace (esto es algo que con el tiempo puede terminar enfadando aunque se le perdona al director).
Para los más curiosos un aviso. Supongo que como homenaje a Andrei Tarkoski, Lars Von Trier utiliza elementos que nos llevan hasta el mejor cine del ruso. Esa caída del caballo al comienzo, las láminas de los cuadros que acompañan el estado de ánimo de Justine (llega a cambiar todas las reproducciones de arte abstracto por otras realistas porque el mundo y su magia son, en definitiva, el mundo con su forma).
Una buena película que les hará pasar un buen rato.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 18 2011

El corazón del ángel

Las cosas del demonio son siempre inquietantes. Las cosas de los detectives privados, bien contadas, son fascinantes. Unir ambos escenarios en uno solo y hacerlo con acierto es un reto que puede terminar siendo un producto de lo más atractivo.
El corazón del ángel es eso. Una historia en la que se investiga el mal y enseña el único camino que existe para lograrlo: estar dentro. Si no es desde el mismísimo infierno nada se puede saber de él.
Se trata de una buena película, una película que no es apta para aquellos a los que la sangre y el asunto demoniaco les desagrade especialmente, una película que deja un sabor de boca desagradable. Además de esto (casi todo lo oscuro, teniendo un poquito de gracia al contarlo, produce el mismo efecto), El Corazón del ángel tiene algunas cosas muy buenas. Por ejemplo, el guión está bien diseñado y su autor es bastante honesto. Las trampas argumentales son mínimas. Un espectador atento puede intuir desde el principio qué es lo que sucede sin convertir en previsible la trama. Evidentemente, un segundo visionado de la película pierde mucha emoción. Otro ejemplo de cosas buenas es la actuación de Mickey Rourke. Está muy bien en su papel. Y, además, el vestuario, el maquillaje y la peluquería casan a la perfección. Por su parte, Robert DeNiro (aunque en un papel menor) llena la pantalla con una sonrisa miedosa y una actitud muy lograda desde el punto de vista interpretativo. Alan Parker, el director, hizo un trabajo magnífico en la dirección de actores. No sólo con Rourke y DeNiro. Lisa Bonet (algo sosita) y Charlotte Rampling se mueven con gracia y cumplen bien. Más cosas buenas. Por ejemplo, la cuidadísima partitura de Trevor Jones y los temas elegidos para completar el trabajo musical. Girl of my dreams, Honey Man Blues o Sunny Land son algunos ejemplos de ello. Cada escena se acompaña por la música más apropiada. Y los matices de la imagen son una maravilla. Aunque sólo fuera por escuchar buen jazz (casi todo blues) merecería la pena ver El corazón del ángel.
Sería una pena hablar de la trama teniendo que desvelar algo de ella. Por tanto, me voy a resistir a la tentación. Sólo diré que, a pesar de un final que se resuelve entre algún atropello que otro, la estructura resiste muy bien la carga expresiva y narrativa. La película es adaptación de una novela firmada por William Hjortsberg que tituló Falling Angel.
En cualquier caso, lo que si se puede decir es que, terminada la película, el espectador se queda con los pelos de punta por muchas razones. El Lucifer de DeNiro es inquietante; las muertes horrorosas; el mundo un poco más oscuro. Con algo de miedo en el cuerpo, vaya. Y sin muchas ganas de comer huevos duros. Ya saben que para muchas religiones representan el alma humana (el personaje ya se encarga de recordarlo). Almas y diablos es mala cosa para la tranquilidad personal.
© Del Texto: Nirek Sabal


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