oct 5 2013

Stalker: Lo mágico de uno mismo

Hay quien necesita que pasen cosas en una pantalla de cine para que lo ve le interese o, simplemente, le agrade. Planos cortos que hacen que la acción avance con gran rapidez, una trama divertida, la música acompañando para que ayude a entender. Cosas así. Y hay quien necesita sentir cosas cuando mira la pantalla. La trama tiene una importancia relativa (no es lo más importante); la acción, el ritmo narrativo, se imprime desde la comprensión personal; la música es una ayuda para matizar lo visto. Cosas así.
Son opciones igual de buenas. No seré yo el que critique una u otra. Pero lo que sí me atrevo a afirmar es que la primera impide llegar a entender un tipo de cine que roza la genialidad. Y es una pena. También es verdad que el criterio personal comienza a formarse en territorios superficiales de la realidad observada. Es decir, que pasar por esas primeras fases, buscando entretenimiento y poco más, es necesario. Incluso, no deben olvidarse nunca jamás porque cada momento demanda algo distinto y una de las cosas pedidas puede estar en esa zona de arriba. Dicho esto, conviene recordar que un buen espectador ha de ir dando los pasos necesarios para encontrarse con el cine de peso, con un tipo de cine que propone, más allá de pasar el rato, un encuentro íntimo con nuestra forma de entender algunas cosas.
Que el que escribe es amante del cine de Andrei Tarkovski no es noticia. Que el que escribe recomienda acercarse a las películas del director ruso sin complejos, con la mente abierta y en disposición de encontrarse con asuntos arduos y feos, está dicho antes. Ya he hablado de Solaris y de Nostalgia. Que el que escribe mira el cine de Tarkovski convencido de que pocas películas superan las suyas es algo habitual en sus opiniones. Porque el que escribe intuye que los asuntos que trata este director están muy próximos a la búsqueda de sentido, a la expresión de preocupaciones que el hombre tiene desde que lo es (hombre) y que lo hace desde una simbología y un lenguaje poético que convierte el mundo en algo mucho más importante de lo que algunos quieren que sea. Tarkovski no hubiera filmado jamás una película sin incluir la exploración del alma humana. Estoy convencido de ello.
Afortunadamente, filmó Stalker que es una película inmensa, grandiosa, genial y, por ello, mal entendida por muchos, incomprensible para otros, aburrida para casi todos. Y no digo que sean más o menos listos o que su gusto esté atrofiado. Ni mucho menos. Creo que el problema está en ese aprendizaje del que hablaba antes, tan necesario para llegar al lenguaje poético, a la expresividad.
El guión de Stalker nace del relato de Arkadi y Boris Strugatski titulado Picnic en el camino. El mismo Tarkovski lo escribió junto a los autores del original para rebajarlo en gran medida de los materiales propios del género de ciencia ficción. En la antigua Unión Sovietica se consideraba cosa de niños este género y Tarkovski no mostraba agrado por él. Lo que se cuenta (en la película) es cómo un Stalker acompaña a dos hombres hasta lo que se conoce por La Zona y dentro de ella a una habitación (aquí se puede cualquier deseo y, por eso, las autoridades lo tienen prohibido. ¡¿Quién sabe lo que puede desear una persona?!). La Zona es un territorio prohibido por las autoridades en la que se cree que cayó un meteorito y en la que, sin lugar a dudas, se produjo una gran conmoción. No puede transitarse en línea recta, no puede hacerse el regreso por el mismo camino que se hizo al llegar. El agua ocupa gran parte de La Zona, la vegetación es virgen, el silencio es total, las construcciones están derruidas o en un estado muy precario. Allí pueden verse los restos de armas oxidadas e inservibles, lo que podrían ser cadáveres de personas. El Stalker (Aleksandr Kajdanovsky) acompaña a un escritor (Anatoli Solonitsin, actor preferido del director) y a un científico (Nicolai Grinko). Sólo sabemos su ocupación. Nunca nos dicen el nombre de los personajes. ¿Qué es ese viaje? ¿Dónde lleva? ¿Para qué ha de realizarse? Poco a poco descubrimos que es un viaje en busca del yo personal de cada uno de ellos, que es un viaje que hace bajar a las bodegas de la conciencia; que el sentido de la existencia está al alcance de unos hombres (el escritor y el científico) incapaces de pegarse a la realidad, cegado por lo material uno y por su ego teñido de falsa belleza el otro. Logran hacer el viaje. Logran regresar. El Stalker sabe lo que supone ser feliz. Los otros se acercan a esa felicidad y se verán obligados a modificar sus miradas. Esto es, de forma muy resumida, el asunto que trata de ventilar Tarkovski. El hombre y Dios. El hombre y el entorno. El hombre y el hombre. La Zona es el lugar en el que se entabla la conversación con uno mismo. La habitación el lugar en el que se habla con Dios.

Planos interminables (Tarkovski hace que la cámara se pare tanto como sea necesario para que lo relevante aparezca sin posible error), diálogos profundos, una fotografía impresionante ( Alexander Kniajinski hizo un trabajo que casi roza lo perfecto y dejando que el director invadiese ese terreno, casi sagrado y exclusivo, del director de fotografía que tanto le gustaba pisar a Tarkovski), un sonido evocador y cuidado al máximo (Vladimir Sharun acostumbrado al director logró que todo lo escuchado se acompasara con la imagen hasta extremos delirantes) y unas interpretaciones maravillosas (hay que sumar a la de los tres protagonistas la de Alisa Freindlich que hace de esposa del Stalker). Eso es Stalker.
Las obsesiones de Andrei Tarkovski. Todas están en esta película. Nostalgia y Sacrificio también las recogen, pero ya de una forma menos pura puesto que el director rueda la primera condicionado por su ausencia de Rusia y la segunda sabiendo que la muerte (la suya) estaba por venir con rapidez.

Hay una escena al final de la película que llama poderosamente la atención. Es de una belleza aplastante, pero creo yo que induce a error si no se mira con atención. La hija del Stalker lee un libro. Cuando deja de hacerlo, mira los vasos que hay sobre la mesa. Comienzan a moverse sobre el tablero. Uno llega a caerse al suelo. De fondo el ruido del tren se hace más fuerte. Podría parecer que ese movimiento es producido por la fuerza mental de la niña. Al fin y al cabo, es hija de un Stalker. Sin embargo, al comienzo vemos una escena muy similar. Vasos en movimiento y el paso de un tren cercano. El espectador; al principio, cuando aún no sabe qué es lo que van a contarle; mira la secuencia y ve vasos en movimiento por el efecto de un tren que pasa cerca. Al final, tiende a ver algo sobrenatural aunque si reflexiona se planta ante la secuencia sabiendo que está viendo algo normal y corriente convertido en belleza pura. Y eso es el cine de Tarkovski. Cuando se mira lo cotidiano intentando ver más allá, buscando lo profundo, todo se puede convertir en milagroso, en algo especial y único. Es magia. La del lenguaje que transporta al interior de cada uno de nosotros. Magia de la de verdad. Sin trucos.


abr 7 2012

Vértigo (De entre los muertos): Fobias y necrofilias

Me encuentro en el ático del edificio Metropol de Sevilla. Hay un agradable restaurante y unas vistas preciosas de la ciudad. Pero ni las delicatessens en la terraza ni la perspectiva a vista de pájaro podrían superar el chute onírico y alucinógeno del escenario. Aquí el blanco resulta más turbador que nunca por la combinación de las claras estructuras que sostienen barandillas, pasadizos y cubiertas, con el mobiliario del restaurante y el cielo celeste medio despejado de algunas nubes que vienen y van, desplegando toda la gama de blancos, los 30 tipos de blanco que sólo podría distinguir un esquimal. Mientras, no dejo de pensar en Vértigo, en Alfred Hitchcock, en Salvador Dalí…  Me acuerdo de aquél  chiste tonto que Hitchcock contaba a Truffaut sobre las dos ovejas que se  están merendando los rollos de una película basada en un best  seller  y una oveja le dice a la otra : Yo prefiero el libro.
En el caso de Vértigo no he tenido el gusto de leer la novela de Boileau y Narcejac (De entre los muertos) que parece escrita especialmente para él, ni tampoco me atrevo a asegurar que mi opinión coincidiese con la de aquella oveja, aunque yo suela estar generalmente más de parte del libro que del film y según he leído, en el libro predomina más la sorpresa que el suspense, y hasta sus últimas páginas no nos percatamos de que Madeleine y Judy son la misma mujer. Sin embargo, en la película, Hitchcock nos hace cómplices de la doble identidad manteniendo el suspense en la siguiente interrogación: ¿Cómo reaccionará James Stewart cuando descubra que ella le ha mentido y que es efectivamente Madeleine?
Los esfuerzos de Stewart por recrear una mujer a partir de la imagen de una muerta, lo sexopsicológico de la situación fundamental de la película: cuando  lleva a Judy a una modista  que, en vez de vestirla como Madeleine, parece desnudarla poco a poco hasta descubrirla como Madeleine, le dan cierta atmósfera necrófila a la película de resultado perfecto.
Uno de los detalles curiosos en la escena dónde Judy sale del baño, vestida y peinada exactamente como Madeleine mientras Stewart la espera con ojos casi llorosos, es el uso de un reflejo de luz verde proveniente del anuncio de neón del Empire Hotel de Post street, residencia que eligió Hitchcock por asemejar ese reflejo de neón verde a los filtros de niebla utilizados en las primeras escenas en el cementerio, cuando Stewart seguía a Madeleine. Este juego de neones  verdes  y  parpadeantes  le permitió crear el mismo  efecto de misterio sobre Judy en el hotel. Cuando vuelve del baño recompuesta de Madeleine vuelve realmente de entre los muertos. Es entonces cuando Stewart comprende que han jugado con él.
Toda esta trama de fobias y necrofilias concluye con la escena final del campanario. Otra vez, como siempre, se desbarata la idea de crimen perfecto porque al asesino nunca se le ocurrió que un miedoso a las alturas fuese capaz de escalarlas hasta el final. Este, según Hitchcock, es el fallo del relato. Y este plano final, la imagen de Stewart mirando la caja de escaleras en espiral del campanario, el mayor acierto, según mi opinión. Este efecto de distorsión de escaleras basado en una borrachera de Hitchcock en el Albert Hall de Londres, fue una maqueta puesta en horizontal sobre el suelo y tomada en travelling-zoom que le supuso algo más de diecinueve mil dólares. No quedó mal.
Quizá Vértigo, la película que Hitchcock define como ni un éxito ni un fracaso, sino como la película que cubrió gastos, sea una de las poquísimas películas que, de merendarme el libro como la oveja del chiste, yo diría: Yo prefiero la película. Quién sabe.
© Del Texto: Sonia Hirchs


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dic 31 2011

Eduardo Manostijeras

“- ¿Y cómo sabes que está vivo? -No lo sé, presiento que lo está. Verás, antes de que él viniera aquí no nevaba nunca. En cambio, después, si nevó. Si no siguiera vivo ahora no estaría nevando. Aún, a veces, bailo bajo la nieve”.


Con este pequeño diálogo termina la película Eduardo Manostijeras. Esta película, dirigida en el año 1990 por Tim Burton, es quizás la primera con la que se comenzó a hablar del universo Burtoniano. Lo cierto es que las películas de este director son fácilmente identificables por su estética de cuento gótico adaptado a los tiempos modernos y por sus tramas impregnadas, siempre, de grandes dosis de melancolía, entre otras cosas. Estas circunstancias se repiten una y otra vez en todas y cada una de las películas de Tim Burton y, cómo no, se encuentra, también, en Eduardo Manostijeras.
Algunos han calificado esta película como la obra maestra del director. El caso es que para los muy fans de Tim Burton no creo que sea así y para los fans de Johnny Depp pues, no lo sé. El caso es que a mí no termina de convencerme. Puede que el hecho de que Johnny Depp sea el protagonista de la cinta (reconozco que no puedo con él, pese a los esfuerzos que hago cada vez que veo una película en la que interviene) y que siempre parezca Johnny Depp y no me deje ver a sus personajes; que en el doblaje al español, la  voz y el tono de Eduardo me parezcan muy mal escogidos (no casan para nada con  el tipo de personaje sensible e inocentón que pretenden presentarnos); que me falten datos sobre qué es lo que ha pasado en el castillo (¿por qué existe Eduardo?), y esas cosas, hacen que no me termine de convencer.
Pero debo reconocer que tiene algo y que en su momento, fue una manera muy innovadora de afrontar y mostrar una historia. La combinación de lo que podría parecer la estética de un cuento infantil (con las particularidades que siempre encierran los mundos de Tim Burton) con una trama que no tiene nada de infantil, debo reconocer me parece muy acertada y creativa. El mundo cierto, entero e inocente de Eduardo mantienen una estética gris, oscura, casi tenebrosa cuando, en realidad, es el personaje que, por su bondad e inocencia, a priori, debería ser el más luminoso; mientras que por el contrario, el mundo sucio, interesado, falso y cruel del pueblo que inicialmente acoge a Eduardo con entusiasmo para después defenestrarlo, se presenta con esa estética colorista, en tonos pastel, dulce y empalagosa cuando debería ser negra como la pez. Una forma curiosa de enfrentar los dos mundos: el de los buenos y el de los malos. Porque Eduardo Manostijeras es un cuento sobre la bondad y las renuncias.
La bondad que no puede sobrevivir en un mundo hostil e interesado y la renuncia al amor para que precisamente sobreviva aquel al que se ama. Y para ello, para hablarnos sobre ello,Tim Burton se vale, en gran medida, de dos historias ya conocidas, la de Frankenstein y la de La bella y la bestia y las funde en un cuento que nos es conocido y a la vez increiblemente novedoso.
Debo reconocer que esta película la he visto dos veces en mi vida, una cuando se estrenó (y no me gustó nada) otra, ayer mismo, es decir bastantes años después. Debo reconocer, como digo, que es una película preciosa en su estética, en su forma, y en sus elementos. Que tiene una banda sonora espectacular, creación de Danny Efman (como en otras muchas películas de Burton); con la que el acompañamiento musical hace ganar enteros al transitar de la trama; que algunos retazos de la fotografía (por llamarlo de alguna manera) de algunos pasajes de la película me parezcan grandiosos. Pero, tengo un serio problema con ella, con la película, lo sé, y es que no puedo evitar que Depp me la estropee.
Sin embargo, se la recomiendo vivamente, porque lo mío y lo de este actor es una fobia, y ustedes, por suerte, adolecen de ella. Busquen la cinta y véanla. Disfruten del rosa pastel, de la gris ala de cuervo, del impresionante parecido entre el monstruo/ángel Eduardo y el propio director Burton, de la desconstrucción de melenas,  de las floridas esculturas, de la bonhomía de Peg (Diane Weist) que con sus productos Avon intenta contentar a todo el mundo; de los bailes bajo la nieve de Kim (Winona Ryder) y de esa estética con la que Tim Burton lo viste todo. Tendrán un buen rato garantizado, se lo digo de verdad, pese a Johnny Depp.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 28 2011

El diablo sobre ruedas

De la existencia de Dios y de la necesidad de la guerra ya ha hablado mucho Spielberg a lo largo de su cargante filmografía explayándose en una larga lista de títulos que me niego a mencionar por un motivo importante: el único fin de mi colaboración en este blog es la difusión del cine. Entendiendo por cine todo aquél que ya no existe, y que,  desde mi punto de vista, cumple con sus deberes. Esto es: investigación, experimentación, pensamiento y espectáculo. Como mi lista de películas catalogadas dentro de la casilla cine es tan infinitamente extensa, como cada una de ellas requiere un tiempo precioso de revisión, documentación y reflexión, y, como ante todo, esta es una actividad sumamente placentera para mí, yo me niego a perder un sólo segundo en publicitar, todavía más, esa cosa de masas y palomitas, porque si, como dicen, solo es cuestión de pasar un buen rato, tengo yo una graciosa colección de TBOS de Angelito, Hug el troglodita y La terrible Fifí que, con un cocktail saladito y un tanque de cerveza no me muevo  de la cama en semanas.
A pesar de mi aversión por Steven Spielberg, incluyo en esta lista cinematográfica mía, personal, El diablo sobre ruedas porque sí he encontrado en esta película el punto cinematográfico al que me refiero unas líneas arriba. Y no sólo lo he encontrado, sino que la he disfrutado repetidas veces y durante muchos años. Años en los que yo era una aficionada al terror y esta película una de mis pesadillas preferidas.
Esta vez, Spielberg, después de intentar convencernos, en vano, de que Dios existe y la guerra es necesaria, nos cuenta la historia de un tipo amargado de la vida que sale en su coche de viaje de negocios dejando atrás una vida convencional que nos pinta perfecta, pero que, parece, no convence al protagonista. El matrimonio, la paternidad, el adosado con jardín y un tedioso trabajo de viajante parece ser el ideal americano que Spielberg insiste en vendernos, porque mientras más se aleja David de todo eso, más se le castiga. Esta vez, el castigo tiene la forma de un inmenso camión cisterna que no deja de acosar a David en un viaje sin fin. El conductor de este camión cisterna no muestra su rostro en ningún momento, por lo que el propio camión se convierte en el verdadero antagonista. Brillante idea de Spielberg.
David es ridiculizado y menospreciado durante toda la película, resultando un calzonazos simplón reducido por una máquina y sin recurso alguno para pasar un día fuera del adosado con jardín.
Esto, el empequeñecimiento de un hombre por una simple máquina que, sin razón aparente, le hace el viaje imposible, y a la que es inútil suplicar que se detenga, me pareció el truco infalible de Spielberg en esta película. Lo que me encandiló a los 12 y a los 20 y lo que me sigue encandilando a los 37.
Desde luego, la imposibilidad de llegar a alguna parte cuando uno se desvía del camino establecido, la claustrofobia de las carreteras rectilíneas, la inseguridad de los moteles desolados y la atmósfera polvorienta del desierto le quitan a uno las ganas de salir corriendo. Mucho mejor un estilo de vida conservador y puritano dónde vivamos seguros con un Dios que nos protege siempre y una guerra que nos salva, que acabar al atardecer al borde de cualquier carretera lanzando piedrecitas al vacío. Bonito plano final éste. Insoportable Spielberg.
(Por cierto, no sé si Spielberg se escribirá así. Ustedes me disculpan, en cualquier caso).
© Del texto: Sonia Hirsch


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feb 8 2011

Insomnio: Rebelión del pasado

Estoy soñando. Sueño con una amiga de cabellos rojizos que sueña a su vez con un hámster rodando dentro de una bola de plástico de llamativos colores, que de repente se transforma en un panda parecido al de un personaje de un anime japonés llamado Ranma ½. Rodando y rodando… en el sueño acabé vomitando. Y como pasa en la realidad, me desperté sudando, con fatiga, agonizando.
Da la casualidad de que últimamente padezco cierta alteración del sueño. Simplemente, a veces, es puro desfase por los estudios que en plena época de exámenes consigue hacerte ver pequeñas alucinaciones, sobretodo si vives en un bajo en el que solo da la luz del sol durante 6 meses al año (y no es precisamente en la estación en la que estamos); o simplemente, otras veces, es puro y duro insomnio.
Da la casualidad de que en mi videoteca, a esas altas horas de la madrugada, sobresale una película del violento Dario Argento que se titula igual que mi enfermedad, por ponerle cierta connotación a dicho estado. Insomnio. Un término demasiado usado en estos días, en la llamada sociedad del hipócrita bienestar. ¿Qué bienestar hay cuando no puedo conciliar el sueño, rodeado de lujos (a eso le llamo un techo donde cobijarse, para mí lo es, para otros no es más que cemento)? ¿Son las malditas ondas de las que estoy rodeado a diario? ¿Es el ruido? ¿La contaminación? ¿La gente? ¿La estupidez? ¿O la ciudad entera? No lo sé.
Da la casualidad de que tampoco lo sabe el asesino de esta película.

El argumento es el de cualquier película de suspense con psycho killer o psicópata por medio que juega con los protagonistas, y como no, nunca falta la figura del típico policía investigador obsesivo (con un actor como Max Von Shydow no hace falta decir más, da igual el bodrio que haga, que su papel lo interpreta perfectamente). Hasta ahí, nada del otro mundo, de hecho, la película es un tópico tras otro del género, con la salvedad de que el buen hacer en la realización de Dario Argento se deja notar en cada secuencia, en cada plano, en sus muestras de pasión por la violencia y el gore, y ese estilo ochentero que impregna toda la cinta, desde la música, la fotografía y terminando por esos personajes sobreactuados, y eso que hablamos del año 2000. Pero lo que más me fascina es el mundo del asesino, siempre me han maravillado los psicópatas ya sea en la vida real o en el mundo del cine, esos toques característicos de cada uno, el por qué matan, las causas de sus traumas, sus patrones y las dimensiones de las consecuencias de sus actos. Como éste del que hablo aquí, llamado el El enano asesino. Guiado por una pequeña canción enfermiza, grotesca, enmascarada en un cierto infantilismo y en la falsa inocencia del ser humano. Una canción que, como cualquier otro hecho, a una edad temprana puede activar un mecanismo en nuestro cerebro, como si se tratase de un resorte que saltara, que da pie al animal que tenemos dentro, esa bestia inherente que nunca dejamos salir, ser libre. Una canción obsesiva como ésta:

‘’Ya es media noche y en mi cama doy vueltas y vueltas
Así fue como empezó mi guerra con las bestias de la tierra.

Una de la mañana.
El granjero, como un niño ilusionado se prepara.

Al cerdo de un golpe el cuello secciona,
y victorioso la batalla abandona.

Y dieron las dos, el gallo cantó su canción.
El instrumento que su dulce canto entona,
prolongado placer proporciona.

Las tres son ya,
el granjero al pollito va a estrangular.

Dice que no le deja dormir,
ahora en su cama ni pío va a oír.

Cuatro de la mañana,
la gatita a la puerta llama.
En agua helada doy un baño al bicho.
Y lo ahogo por puro capricho.

Y al dar las cinco,
aplastado vivo queda el conejito.
Con sus dientes de conejo mordió y peleó,
pero al final nada le sirvió.

Y a las seis de la mañana,
el largo cuello del cisne arranca.

Cuando su misión haya cumplido,
habrá muerto su último enemigo.

Llega el alba, el granjero cansado,
se acuesta en su cama.
Todas sus armas ha recogido,
y podrá irse a dormir tranquilo.’’

Es una historia de consecuencias, que evoca al pasado, a los recuerdos, ese círculo sin fin que subyace en nuestra mente de alguna forma y que podemos omitir pero no olvidar. Todos los personajes viven constantemente en un mundo que ya no existe, incluido el asesino, son entes que se guían por sensaciones y recuerdos, y no siempre lo que fue era lo que pareció ser. SIEMPRE hay cabos sueltos, retazos inconexos en el cerebro, falta de información de momentos importantes, lapsus de memoria que vienen y van sin pedir permiso…, y nunca puede uno decir El pasado ya se fue. No. El pasado SIEMPRE vuelve, de una forma desvirtuada o no. Pero lo que si que queda claro es que NUNCA se va, se queda ahí, durmiendo plácidamente o atormentándonos en las peores pesadillas, en cada acción que realizamos, en cada hecho que vivimos.
Asi que ya sabéis, dormid insensatos o acabaréis como yo: psicópata perdido.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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sep 26 2010

Apart Together: Un aplauso sincero para el cine honesto

TUAN YUAN (APART TOGETHER) – WANG QUAN AN – CHINA – ZABALTEGUI (PERLAS)


Después de más de cincuenta años de separación, forzada por los sucesos de la guerra civil china, Liu regresa a Shangai para buscar a la que fue su esposa, Quiao. En todos esos años, ella ha formado una familia. El recibimiento da lugar a reacciones diferentes por parte de cada miembro de ese grupo familiar que en el transcurso de los días irán mudando hasta recomponer una trama de sentimientos.
Tuan Yuan, provoca una mirada sobre la pareja, la familia y la vejez pero también es un canto a la reconciliación de dos Chinas que conviven superpuestas: la del continente y la de Taiwan, la de la modernidad y de la tradición, de los jóvenes y de los mayores.
El guión se desenvuelve imprevisto y con gran naturalidad, lo que nos permite apreciar, a pesar de los diferentes códigos de comunicación orientales, las actuaciones realmente buenas de tres actores mayores, capaces de transformar en un mundo cada uno de los instantes y de los recuerdos.
El guión obtuvo el Oso de Plata en el último Festival de Berlín. La película es un homenaje a una generación que se perdió en una guerra fratricida, cuyas heridas aún no se han cerrado, una generación que ayudó a construir un mundo que ya no les comprende. Da lugar a innumerables pensamientos y es el tipo de película que provoca conversación y debate.

Y es que, si parece que la vida se termina con la vejez, aquí se abre una puerta a la ilusión y al futuro, un campo de sentimientos que los mayores están en posición de afrontar con la valentía con la que enfrentaron los malos tiempos.
Es una película entretenida, con momentos muy simpáticos y todas las reflexiones las produce desde una posición cercana y entrañable, demostrando que los mismos mensajes son válidos para todas las culturas.
Esta historia de amor con mayores, recibió un aplauso sincero en el pase para la prensa del Teatro Victoria Eugenia.
Yo la viví como una película honesta comprobando un trabajo bien hecho.
© Del Texto: Ivor Quelch


ago 16 2010

Los amantes del círculo polar: Ser más en otros

Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones se cierran igual que empiezan. Tuve conciencia de ello siendo muy niña. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree.
Julio Medem en su película Los amantes del círculo polar también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final.
Vi la película de Medem cuando creía en las historias de amor circulares, eternas, por eso, supongo, me quedé colgada de ella, me transformé en Ana.
Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una ópera clásica. La primera de ellas nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, provocará la posterior unión de sus padres. En una segunda parte, Medem nos muestra el despertar sexual del amor que viven Ana y Otto, que en plena adolescencia, conviviendo como hermanos, que no son, se aman haciendo creer al mundo que no se importan. Durante la tercera y última parte de la película, Otto y Ana viven su relación de una manera estable, pero siguen ocultándosela a sus padres. Un acontecimiento dramático en la vida de Otto hará que se marche, separándose de Ana. El tiempo irá pasando mientras Ana se hará maestra y trabajará en la misma escuela en que los dos estudiaron, Otto se hará piloto. Cada uno por su lado, mantendrán relaciones sentimentales ruinosas, sin olvidarse nunca uno del otro. Otto convertirá en amantes a diversas mujeres con las que jamás concretará nada. Por su parte, Ana mantendrá una relación con un hombre que le dobla la edad sin llegar a sentirse feliz.
Pero la vida es circular, y uno y otro, de manera inconsciente, continuarán buscándose. Ana decidirá marchar al círculo polar ártico, allí donde las noches no existen, para buscarse a sí misma. Otto trabaja para el servicio aéreo postal en aquella zona. Ambos sueñan con un reencuentro. Ana vive en el bosque. Un cúmulo de casualidades desastrosas mientras, uno y otro, siguen buscándose, llevarán al dramático final del amor entre Ana y Otto.

Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser esos amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. Todos dependemos de algo que no controlamos, yo no sé lo que es, pero sé que, eso que no sé lo que es, existe y de él dependemos.
Supongo que no puedo abstraerme de las historias de amor romántico, ese que tanto daño ha hecho a las relaciones personales de los que somos de carne y hueso y no simples personajes de película. Pero, lo confieso una vez más, no puedo resistirme a ellas. Lloré con Ana, me alegré con Ana y desee que Otto me abrazara mientras esperaba frente a un inmenso lago.
¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine. Es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que, por segundos, mientras estamos sentados en una butaca, podemos sentir lo que ellos sienten, vivir lo que ellos viven y que, al encenderse las luces, seamos un poco más nosotros mismos a fuerza de haber sido otros durante no más de dos horas.
En esta película Medem nos ofrece tantos puntos de vista como personajes crea, es por eso por lo que podemos alinearnos con el que más nos guste, apetezca o afinidades encontremos. Yo lo hice con Ana.
Como pueden ver me gustó, soy una fan incondicional de Los amantes del círculo Polar, me pareció y me sigue pareciendo, una película fascinante, llena de silencios tan llenos de contenido que hacen que, cada vez que la vuelvo a ver, me estremezca.
© Del Texto: Anita Noire


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ago 14 2010

El perro mongol: Nada está muerto

Cuando se me ocurrió decir que El perro mongol me había parecido una película maravillosa; que me había gustado tanto que, con toda seguridad, no tardaría en viajar a las estepas de Mongolia; las personas que estaban conmigo me miraron como si frente a ellas tuvieran a un marciano. En aquella tertulia, la mayoría consideraba que era un bodrio sin igual y yo, por el contrario, pensé que era de lo mejorcito que había en el mercado en aquel momento. Causé tal revuelo al defender las bondades de la película que incluso me amenazaron con llenarme el suelo de casa con boñigas de vaca, cortarme el agua corriente y la luz, para que me ambientara y luego les contara las gracia que tenía vivir así. Creo que ellos no entendieron nada.
Sigo pensado que El perro mongol es una buena película, casi un documental, que nos cuenta la vida de una familia, los Batchuluun, en la estepa de Mongolia. La historia gira alrededor de Nansal, una niña que vive con sus padres y hermanos. Un día, mientras recoge leña para llevar a la tienda en la que vive con su familia, encuentra un cachorrito de perro y quiere llevarlo a casa. Sin embargo, el padre cree que el animal es la reencarnación de un lobo y que la presencia en la casa sólo puede traerles desgracias por lo que obligará a Nansal a que se deshaga del perro.
¿Les parece un argumento absurdo? ¿Simple? Pues puede serlo y casi les diría que lo es, pero le sirvió a Byambasurem Dvaa (su directora), para filmar una bellísima historia que nos muestra la vida de los nómadas mongoles en el  siglo XXI.

La belleza de los paisajes, una ambientación rica en colorido y detalle, hacen de esta película un verdadero banquete para la vista. A lo largo de la película verán como la sencillez lo llena todo, donde los actores no lo son sino personas corrientes que se limitan a vivir con una cámara que les filma en sus cosas cotidianas, en su vida de nómadas. Verán como las bostas (excrementos) de los yaks y otros animales forman parte de los elementos habituales con los que se desarrolla la vida de la familia, igual servirán para que Nansal y sus hermanos jueguen, como para que sean utilizadas para mantener las hogueras con las que la familia cocina, se calienta, etc. La espiritualidad marca la vida de estas personas, una vida religiosa que lo impregna todo y que los niños aprenden a respetar. La hermana de Nansal pronunciará la famosa frase No se juega con Dios cuando descubre a su hermano pequeño jugando con una figura de Buda. Una frase que podría quedar en eso, en un simple dicho, pero que trasciende al ver la vida de los que rodean a quien la pronuncia. Y es que desde luego, con Dios no se juega. Veremos como la madre explica a sus hijos qué es lo que ocurre con la reencarnación porque Todos morimos pero nadie está muerto; como se exorcizará la mala suerte y pedirá la protección de Buda mediante el lanzamiento de cucharones de leche al aire mientras se despide al padre de la familia.
Y verán qué lejos está ese mundo del nuestro y lo sencilla que puede ser la vida aún en las situaciones más incómodas. Porque lo que de verdad importa es lo que uno siente y cómo lo siente, que lo material por lo general nos aleja de lo esencial. No les quepa ninguna duda que la que escribe irá a Mongolia y recorrerá sus estepas y mirará a todos y cada uno de los perros con los que se cruce pues, con toda seguridad, en otra vida, fueron alguien con una historia que sus ojos nos contarán.
Si me lo permiten, les diré que deberían verla dos veces, una para disfrutarla (porque la fotografía bien lo vale) y otra para perderse en los detalles. Mírenla detenidamente, obsérvenlo todo, absórbanla y vista desde ahí estoy segura que no les decepcionará.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 21 2010

Dèjávu: Vida, muerte, tiempo y estupidez

La propuesta de viajar en el tiempo, de retroceder para modificar el futuro, sus consecuencias y la idea de poder plegarlo para dominarlo es antigua, está muy sobada y suele terminar en desastre discursivo. Es decir, una propuesta que termina siendo absurda, inverosímil y estúpida cuando tratan de pegarla a la realidad y no a la fantasía que es lo que toca. Se convierte en un bucle infinito que no entiende ni el que la plantea. Es un problema de aquel que se mete en camisas de once varas.

En el caso de Dèjávu, película dirigida por Tony Scott, se trata de justificar la posibilidad de manipulación temporal con unos avances técnicos completamente delirantes. No lo consigue, por supuesto. Y todo se derrumba. Si fuéramos generosos y aceptásemos semejante cosa como posible, la cosa se desmoronaría del mismo modo. En ese sentido la película es impecable. Hagas lo que hagas, mires como mires, todo se destruye irremediablemente. Ya saben, el dichoso bucle. Regreso al pasado; modificación del futuro, pero sólo si se viaja al pasado y así sucesivamente. Lo que han contado otros con el mismo final. Desastre. Defienden director y guionista que el tiempo no existe. Menudo descubrimiento. Esto ya lo resolvieron los filósofos hace muchos años. Igual se leyeron algún libro (guionista y director) sobre el asunto y lo dejaron a medias, justo cuando llegaba lo bueno. Porque es verdad que el tiempo no existe, es una convención creada por el ser humano, pero el concepto va más allá de lo que nos cuentan estos muchachos. Mucho más allá.

El caso es que Doug Carlin (Denzel Washington) es un tío superlisto y supervaliente que investiga un atentado terrorista. Aparece un cadáver alejado del suceso que puede tener alguna relación. Es el de una mujer (Paula Patton) que, efectivamente, servirá de nexo entre unas cosas y otras. Los buenos muestran a Carlin un montaje gracias al que se puede ver con detalle lo que ha sucedido cuatro horas antes en cualquier punto del planeta (ya les digo que la cosa es impresionante del todo). Y Carlin termina siendo transportado al pasado (también es posible, todo es posible) para enamorarse, salvar a la mujer, a todos los muertos del atentado y, de paso, cepillarse al malo. Ah, él muere. Sí, Carlin. Pero no pasa nada, pueden estar tranquilos. Como el tiempo no existe, Carlin, en el momento de morir, vive en otro lugar. Después de morir llega vivo y se reencuentra con la mujer de su vida. Mola mucho. Pero claro, si esto es así, supongo que el malo malísimo muere y vive al mismo tiempo. No sé. Unos sí, otros no. Qué fatalidad.

Los actores están correctos. Tampoco es que los papeles exijan mucho más que una sonrisa o disparar un millón de veces en tiempo record. La música normalucha. Pasa desapercibida. El guión, ya lo saben, es insultante con el espectador por malo. Y la fotografía es facilona aunque, es verdad, tampoco hace falta ningún alarde. Sería trabajo desperdiciado. Ahora bien, si quieren estar un rato mirando cine (del malo) lo pueden hacer sin grandes problemas porque estás películas lo intentan salvar todo con un ritmo trepidante y eso, para desconectar, no es mala cosa. Eso sí, si quieren explicarse algo sobre el tiempo empiecen por Stephen Hawking y no pierdan ni un minuto.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 19 2010

The other man: Benditas palomitas

No hay nada nuevo bajo el sol. Las temáticas en el cine están todas quemadas, todas usadas. Filmadas por activa y por pasiva. Lo novedoso radica, única y exclusivamente, en la manera en que, eso tan manido, se va a contar y en cómo finalmente se cuenta.
Crónica de un engaño no es más que una historia de cuernos. No busquen más, no lo hay. Esta película basada en el relato The other man de Bernhard Schlink (escritor, juez en la Corte Constitucional del Estado Federal de Renania del Norte-Westfalia, es el autor, entre otras de la novela espectacular El lector), se queda en película para pasar un ratito. Sin pena ni gloria. No busquen sumergirse en la psicología de los personajes, en el porqué de una infidelidad escondida durante años, en el porqué de la aparente felicidad. Nada nuevo ¿verdad? Pues eso, nada nuevo. La novela, como suele ocurrir, supera con creces a la película que nació con muchas pretensiones, pero se queda en poquita cosa. Y es que su director Richard Eyre generó muchas expectativas con sus anteriores trabajos (Diario de un escándalo, Iris y Belleza prohibida) pero, entiendo, no siempre se puede estar a la altura y eso es precisamente lo que ocurre con Crónica de una engaño.
En síntesis, el argumento de la película, la antesala de una castaña que prometía y no nos dio nada.
Peter (Liam Neeson), empresario de éxito casado con Lisa (Laura Linney), se entera de que su esposa, le ha sido infiel durante año. Tras perder a su esposa, que es cuando se entera del marrón, empieza a intentar destripar la verdad de la relación de ella con Ralph, un playboy español afincado en Milán (Antonio Banderas). Peter le buscará, lo encontrara y establecerá un poco o nada creíble relación de “amistad” con el amante, todo por conocer esa “verdad”.

La película pretendía estar a medio camino entre el un thriller psicológico y un drama y sinceramente no llega ni a uno ni a otro. Se hace lentísima, inconexa, grandilocuente hasta lo triste. Ni siquiera las escenas de bonitos paisajes (en el Lago Como) y ciudades que van a apareciendo, consiguen que olvidemos que estamos ante una nueva estafa cinematográfica. Los actores se muestran fríos y poco creíbles. Liam Nesson estático hasta el paroxismo. Antonio Banderas sobreactuado. Sólo podríamos salvar de la quema a la esposa (Laura Finney). Sin embargo, los diálogos son previsibles y sin ingenio, la música no viene a cuento de nada y todo parece tan mal hilvanado que da hasta grima. Y es, por todo el conjunto, que Eyre nos deja muy mal enfocados, ante el desolador paisaje, triste y fatalmente retratado, de un matrimonio afincado en la mentira.
En definitiva, una película soporífera. Lo mejor, las palomitas que me comí mientras la veía.

© Del Texto: Anita Noire


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