abr 3 2010

Gigante: En pijama y con manta


Bill Evans – I Loves You, Porgy

Gigante es una de esas pocas películas que de pequeña me dejaron ver en casa porque los besos eran castos, no había cadáveres, y aunque lo largo de tres horas de peli y de un montón de idas y venidas, los hijos de Jordan y Leslie Benedict sacaban los pies del plato con los típicos conflictos generacionales y cambios sociales de la época, lo cierto es que Jordan acababa aceptando que su primogénito no quisiera ser ranchero y se casara con una medio mulata, su segunda hija hiciera lo propio con el hijo de un vecino que tampoco apuntaba muy alto, y la pequeña que era la más díscola pasara de casarse y se fuera a no sé dónde a estudiar moda, una profesión para señoritas. Al final se trataba solo de una familia unida que permanecía unida. Los hijos se pasaban pero no mucho, la codicia acababa teniendo su precio, los buenos ganaban siempre y allí no había trampa ni cartón.
Mamá tenía predilección por esa peli. El día que ponían Gigante nos preparaba unos sandwiches vegetales de tres pisos de lechuga, tomate, huevo duro, espárragos y mayonesa y un batido de fresa de medio litro por cabeza que podíamos tomar en el salón en pijama y con manta. “Ya veréis qué bonita. Os va a encantar, y lo guapísimo que está Rock Hudson cuando va a comprar un caballo a casa de Elizabeth Taylor y acaba perdiendo el tren de vuelta porque se enamora de ella”. Mamá si ya lo sabemos, nos lo dices todas las veces. Pero ella nada, le daba igual. Igual que cuando ponían Testigo de cargo, nos reventaba siempre el final. “No lo ha matado, lo ha ejecutado” decía dos segundos antes que Charles Laughton para demostrarnos que se lo sabía de memoria.

En Gigante menos mal, no se sabía los diálogos pero nos contaba veinte veces lo de que James Dean era tan inadaptado como en la peli, y que por correr como un loco se había matado en un accidente de coche durante el rodaje y que tuvieron que sustituirle por un doble que hacía como que era James Dean pero no era, y ya en casi todas las escenas le sacaban de lejos y con gafas de sol, para disimular. Yo estaba enamorada de Rock Hudson desde los primeros cinco minutos, y mis hermanas mayores me decían que Rock Hudson era un tortolito y yo un pichón, y que el guapo de verdad era James Dean haciendo de Jett Rink. Mis hermanas eran idiotas. Rock Hudson era tan alto que daba los besos de arriba abajo, porque además lo que se estilaba era que las mujeres fueran pequeñitas, como menudas, para que se notara mucho la diferencia entre ambos y quedara claro quién era el hombre, como en “Lo que el viento se llevó”, que para la escena con Vivien Leigh cuando Clark Gable la conduce hasta el camino hacia Tara con el fondo del cielo rojo, tuvieron que abrir zanjas para que Escarlata caminara por ellas y hubiera más diferencia de altura entre los dos. Eso con Rock Hudson no hubo que hacerlo. Era alto como una torre y tenía una sonrisa con hoyito que me gustaba bastante más que la de el Capitán Butler, que se lo tenía creidísimo.
A papá también le gustaba Gigante porque le encantaban las películas de vaqueros y los ojos violetas de Elizabeth Taylor.
En Gigante aprendimos que en el Sur de Estados Unidos los blancos echaban a los negros de los bares a patadas, aunque papá nos dijo que cuando él había estado en San Antonio de Tejas había aterrizado una noche en un garito donde por poco sale trasquilado, así que la cosa parecía que funcionaba en las dos direcciones según el antro, pero la peor parte se la llevaban los negros, eso estaba claro.
Al final nos íbamos a la cama a las tantas, después de recoger los restos del naufragio y de preparar los uniformes con la sensación de que habíamos visto una peli de mayores.
Qué felices éramos.
© Del Texto: pyyk


mar 2 2010

Testigo de Cargo

Creo en pocas cosas, en muy pocas. Una de las pocas que tengo coincide con otra de Fernando Trueba. Ambos afirmamos que Bill Wilder es Dios y una de las pruebas que lo demuestra es (también lo afirmamos ambos) “Testigo de cargo”.
Esta tarde, en casa, hemos preparado unas estupendas tazas de café, bajado la persiana del salón hasta dejarlo en penumbra, nos hemos sentado en el sofá, y tras contar: uno, dos, tres, he apretado el botón de “play”. Comenzaban una hora y cincuenta y dos minutos de buen cine, de buena trama judicial que, supongo que debido a la deformación profesional de esta casa, es disfrutada de lo lindo.
“Testigo de cargo” es una obra maestra del cine de suspense. En Londres aparece muerta una viuda millonaria. El presunto asesino, Leonard Vole (Tirone Powell), un hombre sin oficio ni beneficio, de afable carácter, a quien la viuda en cuestión conoció poco antes de morir, hereda su fortuna, lo que le convierte en el único sospechoso del asesinato. El nudo de la película se encuentra en la celebración del juicio en el que la brillante intervención del astuto abogado Sir Wilfrid Robards (Charles Laughton)es espectacular por su despliegue de inteligencia y conocimiento procesal. Como figura contrapuesta al inicial histrionismo de los personajes de Vole y Robards, nos presentan a la calculadora esposa de Volde (Marlene Dietrich), quien mantendrá hasta el final la intriga sobre su posición ante el Tribunal.

Debo reconocer que esta película consigue que esté sin parpadear durante muchos minutos. Es una película inteligente, muy entretenida, divertida por sus golpes de humor increíbles dentro de una trama de suspense tan acusado. La intervención de Laughton es espectacular y la de Marlene Dietrich, a mí en particular, me mata, pues ella es la verdadera testigo de cargo. Un final inesperado, sorpresivo, que no sólo deja a los personajes del film totalmente descolocados, sino que desbarata las tesis que maneja el propio espectador Sólo debo ponerle una pequeña pega, el final, que si bien es sorpresivo, es, también, poco coherente con el hilo argumental.
Ahora bien, que nadie se lleve a engaño, el que espere ir a un Juicio y encontrar ese despliegue de oratoria, medios, y conocimientos del medio va aviado. Lo que en la película se ve nada tiene que ver con nuestro sistema judicial. Pero ese es otro tema.
En cualquier caso, si quieren ver cine del bueno, del que les tendrá pegado en la silla durante casi dos horas, no dejen de pensar en “Testigo de Cargo”, salvo que tengan peligro de urticaria al ver cine en blanco y negro.
Ah! Y disculpen, el final de la película ni mentarlo, ya en la propia cinta se sugería no contarlo a nadie. En la campaña publicitaria de la película, se afirmaba que los actores rodaron el filme sin las últimas páginas del guión o incluso que la Casa Real Británica, que disfrutó de un preestreno privado, había firmado un contrato comprometiéndose a no desvelar el final. Así que ya saben, si les da por verla y comentarla con los suyos, chitón sobre el final.
© Del Texto: Anita Noire