ene 7 2012

Truman Capote: El trabajo de un escritor

Las vidas de los escritores suelen ser anodinas. Incluso la de los grandes autores. Sólo algunos pueden presumir de haber pasado por el mundo teniendo una vida especialmente intensa fuera de la literatura. Son personas normales y corrientes: padres de familia, maridos infieles, drogadictos, alcohólicos, enfermos de asma o compradores compulsivos. Tal vez algún exceso al tomar alcohol, mayor desorden en los hábitos o el adorno de la bohemia, les diferencia del resto de los mortales. Pero, sólo, tal vez. Nada de esto es importante. Ni siquiera es relevante si la sensibilidad de este o aquel escritor está por encima o por debajo de la media, si es inexistente. Lo notable, lo verdaderamente interesante de esas vidas, es haber conseguido o no, contar cosas de otras vidas. De los personajes inventados. Que Truman Capote fuera excéntrico, gay o un imbécil, le da igual a todo el mundo. Que Capote elaborase literatura desde aquí o allá, que descubra al lector una zona oscura o inaccesible para que pueda hacerla suya, es algo que transforma en grande el conjunto en su totalidad. Creo yo que este es el gran acierto de la película Truman Capote.  Porque Bennett Miller intenta mostrar un proceso creativo. Aprovecha para presentarnos a un personaje singular que da lustre a la película (eso no se puede negar), pero el objetivo no es hablar de ese personaje, de Truman Capote, sino de su forma de trabajar, de la forma de trabajar de un escritor. De cómo su labor puede modificar el mundo desde la ficción. Durante 1959, en un pequeño pueblo de Arkansas, se comete un asesinato terrible. Dos sujetos liquidan a una familia entera de forma brutal. El escritor se interesa en el asunto y junto a Harper Lee (autora de la novela Matar a un ruiseñor) se acerca a lugar del crimen. Termina conociendo a los asesinos una vez detenidos con los que mantiene una relación muy estrecha. Y de este proceso nace la novela A sangre fría. Cómo Capote ve a uno de los asesinos, cómo le fuerza para lograr información y poder acabar el libro, cómo la vida de Capote comienza a girar alrededor del libro, cómo se enamora (algo así) del asesino y a la vez le utiliza para su propio beneficio, cómo es el proceso creativo. Eso es lo que cuenta la película. Y lo hace desde la zona menos mítica de la escritura. Desde el dolor, desde el riesgo del escritor que pone a los pies de los caballos su vida entera. La película podría haber sido una más. Sin embargo, es sobresaliente por algunas razones. Una ya está dicha. No cuenta la vida de un escritor que ya es sabida y que no tiene demasiado de importante si restamos ese punto de cotilleo que arrastró siempre Capote. Cuenta un proceso creativo. Otra, la más importante, es la inmensa interpretación de Philip Seymour Hoffman. Contenida cuando podría haber sido desbocada no prestando el cuidado preciso, exacta. La dirección de Miller es muy meritoria en este aspecto. Ayuda, y mucho, el maquillaje, la peluquería y el vestuario. Muy cuidado todo. Pero lo que arrastra el conjunto es la comunión de actor y personaje. Philip Seymour Hoffman se lo cree y todos vamos detrás sin rechistar. El trabajo de Catherine Keener (encarna a la escritora Harper Lee), por si era poco, funciona como contrapunto a una personalidad que inunda la pantalla desde el principio y va recortando el mito para convertir en verosímil la figura de Capote. Desde un punto de vista interpretativo la película es fantástica. Dicho esto, confieso que el actor principal no es santo de mi devoción aunque, esta vez, me ha cautivado por completo. Del resto poco se puede decir. Es como si todo quedara eclipsado por personaje y actor. Una fotografía correcta, una música pasable, un montaje acertado. El guión podría ser mucho más profundo. A veces se pierde intentando encontrar justificaciones que corresponden a otros ámbitos. Estupenda película. Una forma de acercarse al trabajo de un escritor. Y no a una vida cualquiera por coqueta, extravagante y accidentada que sea. © Del Texto: Nirek Sabal. Imagen de previsualización de YouTube


nov 21 2010

Los regalos de la prensa

Los viernes me acerco al quiosco (nunca lo hago salvo si quiero comprar cromos a mis hijos porque lo que dicen los periódicos me da exactamente igual), me acerco y pregunto sobre las películas que acompañan a las publicaciones. A veces merece la pena comprar un ejemplar y, por poco más dinero, llevarte una copia de la película que toca. También, a veces, me llevo el pack completo sin saber lo que me espera. Películas que no he visto y/o de las que sé alguna cosa que he leído aunque me apetece comprobar, por mí mismo, si es cierto o no.
El desastre suele ser monumental. Y la pérdida de tiempo lo más doloroso de esas hecatombes.
Lejos de la tierra quemada es una película escrita y dirigida por Guillermo Arriaga. Es una película previsible repleta de personajes inverosímiles, de situaciones estúpidas e incomprensibles. Es una película ventajista en la que la información se le escatima al espectador para que esa chapuza de guión que escribió este Arriaga aparezca como algo original y preciso (por supuesto que no lo consigue). Charlize Theron está fría y aburrida en su papel. Kim Basinger está sosa y aburrida en el suyo (todo en este trabajo es aburrido). El resto de personajes son pura anécdota o un amasijo de idioteces. Lejos de la tierra quemada no es una película de cine. Es un desastre. La música pasa desapercibida (tal vez por los bostezos que no dejan escuchar nada). La fotografía está algo descuidada y es muy repetitiva. La dirección de actores nula. Cada cual con su talento hace lo que puede. El vestuario es espantoso sobre todo porque el tiempo que separa las distintas escenas es amplio y allí todo el mundo viste de la misma forma. Arriaga cree que descubre el mundo de la narrativa al contar la historia de forma fragmentada y desordenada. Y lo que hace es presentar como algo original un auténtico desastre que ya nos sabemos de memoria. Un petardo de gran calibre.
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Cómo ser John Malkovich es una película que propone cosas muy interesantes. Eso sí, durante los diez primeros minutos. Luego ya no. Spike Jonze se olvida de propuestas y deja la cosa en una comedia de enredo que va de mucho a nada, desconcertante, desordenada y bastante estúpida. Había leído que esta es una cinta inclasificable. Pues nada, ya lo arreglo yo. Es una película fallida en su propuesta, es una estafa y un insulto. No se pueden abrir expectativas y luego olvidarse de ellas como si nadie hubiera dicho esta boca es mía. Rebusca este Jonze en lo superficial para hacernos creer que las cosas importantes son una parida sin pies ni cabeza. Poco más. No me explico el ruido que hizo en los festivales de cine.  John Cusack, Cámeron Díaz y Catherine Keener son los protagonistas de esta cosa tan absurda. Por supuesto, el señor Malkovich está. Todos bien revueltos, ninguno haciendo nada del otro mundo, sin intentar defender sus papeles (creo yo que no creían en el proyecto y por eso dejan ver una desgana insólita). Se habló mucho de Catherine Keener después de esta película. No crean que hace nada especial. Normalucha como el resto. Se lo digo yo. Y lo peor de todo es que, todavía, no sé que es lo que querían contarme. En serio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 23 2010

Hacia rutas salvajes: Buscando parcelita perdida en Alaska

Ayer alguien me recordaba esta película. Un gran “invento del demonio”, me dijo. Una, que es de natural entusiasta, se palmeó la frente y se dijo “Es verdad. ¿Cómo no he hablado aún de esta película?” Así que he hecho propósito de enmienda y de hoy no pasa. Aquí estoy, teclado en ristre, preparada para meterle mano a Into the Wild, traducida como Hacia rutas salvajes. Debo decir que, a pesar de que me gustó por los motivos que diré, no es más que una película agradable, pero que merece le entreguemos las dos horas y media que los tendrá clavados en una butaca.
Esta película, basada en la novela de  Jon Krakauer (en la que recoge su propia experiencia personal), cuenta con un guionista y director que cada día me sorprende más: Sean Penn ; con un director de fotografía excelente que es Eric Gautier (Diario de una motocicleta) y una banda sonora espectacular de Michael Brook. Dicen que Sean Penn se enamoró de Christopher McCandless (el protagonista) cuando leyó la novela y que tardó más de diez años en conseguir los derechos para rodarla.
Algunos críticos la han clasificado como una “Road movie”, pero eso, a mi entender, no califica nada, lo verdaderamente cierto es que estamos ante una película vistosa, bella y que invita a reflexionar.

Christopher McCandless (Emile Hirsch), estudiante universitario, con un futuro prometedor, que lee a los autores rusos Tolstoy, Dostoevsky, decide dejarlo todo (estudios, familia idílica, etc.), cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, entregando todos sus ahorros a la caridad y marchar a Alaska donde espera encontrarse a sí mismo, vivir en libertad, escapando de un mundo que no le gusta y del que siente no pertenecer. Marcia Gay Harden y John Hurt interpretan a unos padres destrozados por la pérdida de un hijo que decide dejar el mundo al que ellos pertenecen y que no terminan de comprender. Chris viajará sin un dólar en el bolsillo, se tendrá que ir buscando la vida paso a paso. Por el camino, encontrará a personas que, como él, no encajan en el mundo que les ha tocado vivir. Cris abandona un mundo confortable desde un punto de vista económico y familiar y se adentra a vivir en y de la naturaleza.

Un película sujetatada por la brillante actuación de un desconocido Emile Hirsch y un conjunto de actores secuendarios, encabezados por Vince Vaughn, Hal Holbrook y Catherine Keener que están sencillamente estupendos.

Alguien podría pensar que Sean Penn nos hace trampa y que como golpe efectista nos presenta a Alexander Supertram como un hijo de papa que se va a vivir al monte para que el contraste, entre lo que deja y a donde va, sea tan espectacular que el espectador no pueda quedar indiferente y sitúe al protagonista en el limbo de los buenos hombres. Sin embargo, pese a que la trampa existe (ahí está) lo cierto es que Penn nos la cuela bien y eso, muchos lo intentan, pero pocos lo consiguen.

Debo reconocer que cuando vi esta película pasaba por una crisis personal y que mi máxima aspiración, en aquel momento, era pegarle una patada a todo, salir corriendo y desaparecer del mapa durante mil años. Pero claro, yo no soy Chris, ni tengo vocación de Alexander Supertramp, así que me limité a removerme en la butaca en la que estaba sentada, a perderme por los bosques de Alaska, y volver a casa pensando que el mundo me había atrapado. La película también. Hoy, tiempo más tarde, sigo pensando que perderse no está tan mal, que el mundo no va a mejor sino todo lo contrario y que nunca viviré en Alaska. En estos momentos, cuando doblo en años los de Chris, ya tengo escogido el lugar al que marchar caso que me de un arranque como a Alexander Supertramp, la diferencia es que yo en lugar de entregar mis bienes a la caridad sólo podría dejarles deudas.

No se la pierdan, puede que no les guste en absoluto, que crean que es una estafa sobre un niño de papa, desagradecido y colgado, pero yo, quizá por aquello de las filias, me la miro desde el cariño de los que pertenecemos a la fraternidad de los que constantemente buscamos nuestro “yo” y esa parcelita de felicidad que creo nos toca.

Que ustedes la disfruten.

© Del texto: Anita Noire