nov 18 2013

Blue Jasmine: Radiografía de la impostura

La cartelera necesita la película anual de Woody Allen para tener algo de lustre. Los aficionados esperamos, siempre, ese trabajo, sabiendo que sea como sea, tendremos la oportunidad de asistir a un buen espectáculo. Gustará más o menos, pero saber que, una vez al año, tenemos una cita con el gran cine, alivia y rebaja la desazón que genera tanta producción mediocre, tanta película vacía y prescindible.
Esta vez, este año, Allen entrega una de sus mejores películas. Ácida, comprometida, llena de matices, elegante, divertida y trágica al mismo tiempo. Un guión excelente, una interpretación de Cate Blanchett fantástica, un reparto que defiende con uñas y dientes su trabajo, una puesta en escena cuidadísima, la fotografía de Javier Aguirresarobe extraordinaria, una banda sonora delicada que acompaña la acción sin entrometerse lo más mínimo. Todo en Blue Jasmine se acerca a lo perfecto. La dirección de Woody Allen rebosa profesionalidad, con los actores logra un resultado fuera de lo normal y dice lo que quiere sin una sola duda, con maestría.
Blue Jasmine cuenta la historia de una mujer que ha estado viviendo en un mundo soportado por riquezas de dudosa procedencia, fingiendo no saber nada del asunto. Cuando eso se viene abajo, ella no renuncia a volver a estar en el mismo lugar, pero, sin casa y sin dinero, busca a su hermana para vivir con ella. Las dos mujeres son muy distintas. Allen logra que veamos lo que supone asumir una situación o no hacerlo. Una montaña de pastillas contra la depresión no son suficiente para salvar el problema que genera no encontrar ubicación lejos de la impostura en la que muchos convierten su vida. Pero, también, Allen nos habla de lo que supone la corrupción y la falta de escrúpulos contraponiéndolo con la vida normal en la que es más importante ser feliz que tener bienes materiales para poder serlo. Todo se salpica de situaciones divertidísimas y de otras angustiosas; todo se mira desde la acidez. La crítica social es apabullante aunque deja espacio al espectador para que pueda colocarse en el lugar que desee. Nada de empujones.
Es posible que los temas a los que recurre este director normalmente, los asuntos que le obsesionan, se encuentren en esta película. Pero Allen logra que parezca la primera vez que nos lo cuenta. Entre otras cosas, la película cuenta con la interpretación de Cate Blanchett. Será difícil que el Óscar no termine es sus manos. Pero, también, Bobby Cannavale (ya le habíamos visto en la serie de televisión Boardwalk Empire) está inmenso. Alec Baldwin hace su trabajo (a un actor como este tampoco se le puede pedir una cosa formidable). Sally Hawkins disfruta de lo lindo. Peter Sarsgaard lo mismo. Por si era poco los personajes que diseña Woody Allen son espléndidos. Los principales se dibujan con trazo fino y exacto; los secundarios logran con éxito ser lo que son. No hay que olvidar que un buen secundario debe contener un solo rasgo, a lo sumo dos, para que ilumine al principal sin restarle importancia y sin crecer tanto como para convertir el guión en un galimatías.
El montaje de Blue Jasmine es inteligente y permite al espectador seguir la línea argumental fácilmente. El director encaja bien cada parte de la trama sin que las diferencias de tiempos se vean afectadas y sin que el tempo general se altere. Perfecto también.
Blue Jasmine es una muy buena película que aleja al director de una fama (injusta) que le coloca entre los directores que se dedican a filmar películas graciosas y poco más. Hay que verla en pantalla grande. No dejen de hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 25 2013

Hanna: Alicia en el país de las nikitas

Antes de hablar de cine, conviene dejar claro lo limitados que son algunos guionistas, así como los realizadores que aceptan guiones patéticos, y lo mal informados que están unos y otros.
Imaginemos. Una niña vive, desde siempre, aislada en un punto lejano de la civilización. Se sorprende si ve un avión. Pero un par de días después ya navega por internet sin que nadie le enseñe, como por arte de birli birloque. Enciende la luz eléctrica y casi sufre un desmayo por la impresión que le causa, pero es capaz de utilizar el servicio de correos de un país desconocido como si lo hubiera inventado ella misma. Su padre, porque tiene padre y todo, se lanza al mar y comienza a nadar hasta llegar a una costa cualquiera para eliminar a los malos. Como todo el mundo sabe, los padres pueden nadar en aguas heladas y sin protección, tanto como sea necesario. Mientras papá nada, la niña conoce mundo. Se agarra a un vehículo militar desde el suelo (el vehículo avanza a una velocidad más que considerable, pero ese detalle lo dejamos pasar) y, poco a poco, vehículo a vehículo, llega a España. Allí conoce a un muchacho muy español que invita a salir a nuestra protagonista. ¿Dónde van? Pues claro, a un poblado gitano lleno hasta los topes de guitarras, de flamencas y de mierda. Lo que suelen hacer los chicos en España, claro que sí. Podría continuar señalando idioteces, clichés estúpidos y cosas parecidas, pero me aburro con estos asuntos. El caso es que una niña que ha vivido en una cabaña aislada en algún punto de Finlandia, que no conoce nada más allá, no puede transitar a los quince minutos por Berlín como si fuera la ciudadana del año. Esto es algo que repela a cualquiera.
Hanna es todo esto y mucho más. El realizador Joe Wright intenta una propuesta que envuelve con violencia el tierno mundo infantil. Lo intenta y obtiene a cambio una castaña pilonga de gran tamaño. También lo intenta con la poética y el resultado es bochornoso. Un ejemplo: El personaje se va a meter en problemas, en uno de imposible solución. Pues nada, como tengo un parque de atracciones a mano, le hago entrar en un túnel oscuro que, lógicamente, se inicia con la cabeza de un lobo enorme. Impresionante.
La película queda como mezcla de muchas otras y arrastra los problemas (en forma de cliché) de todas ellas. Pienso en Bourne, en Species o en La joven del agua. Pero, sobre todo, en Nikita. Como Joe Wright agarra ese mundo infantil al que me refería, podemos decir que este paquete sería una Nikita en un mundo de las maravillas o al revés. Qué más da.
Saoirse Ronan, Eric Bana y Cate Blanchett hacen lo que pueden. Y no están mal. Las coreografías de las peleas las resuelven con cierta solvencia sin ser fáciles. Ni siquiera se duermen en medio de una escena que es lo que debería pasar en películas como estas. Debieron cobrar cantidades importantes.
La banda sonora se hace estridente en exceso y resulta casi extravagante. Los Chemical Brothers son una banda estupenda. Pero está mal encajada y conviene modificar los registros para no cansar al espectador. Si la intención era llamar la atención de los jóvenes, me temo que también han fracasado.
La fotografía sí tiene cosas buenas. Sobre todo al principio de la cinta en el que se intentan cosas muy interesantes con los filtros.
Y, ahora, la gran noticia. La protagonista cruza en ferry el estrecho de Gibraltar. Es decir, el realizador sabe dónde está España, la España cañí. Bravo, bravo, bravísimo. Y nuestro toro de Osborne aparece en pantalla. Bien, bien.
Ignorantes.
© Del Texto: Nirek Sabal