abr 10 2014

Días de pesca en Patagonia: Vientos del sur

La última película de Carlos Sorín tiene dos elementos, dos ingredientes, que remiten a la película uruguaya de Álvaro Brechner, Mal día para pescar. Son dos deportes: el boxeo y la pesca. Pero esto es tan solo una asociación libre por los elementos, aunque también por la cercanía geográfica de los países de origen de ambas películas y por el parecido de los títulos. Porque Días de pesca en Patagonia se diferencia de cualquier otra película de otro director en el hecho de que es muy Sorín. Hay un sello Sorín y se agradece.
El sello Sorín es (primero lo evidente) el escenario de la Patagonia, las carreteras, las estaciones de servicio, las casas de pueblo, el clima del sur de la Argentina. El sello Sorín es el oficio del comerciante que necesita de la labia, del chamullo. Y es un objeto, un paquete, un algo que se carga en las manos y se lleva encima porque es la razón de existencia de un propósito o la consecuencia de este (da un poco igual…). Es, por ejemplo, una tarta de cumpleaños, un perro de verdad, o un perro de peluche a pilas que baila y canta rock and roll.
En Días de pesca en Patagonia, el comerciante en cuestión, alcohólico recuperado, va de vacaciones a Puerto Deseado para realizar allí un hobby (por recomendación de su médico) que será la pesca de tiburones, pero también a visitar a su hija, que acaba de ser madre. En el camino, conoce a un entrenador de boxeo que agrega este ingrediente que me remite a la mencionada película uruguaya. Una vez en el sitio de destino, la existencia del bebé y el ánimo de conquistar a su propia familia, que se siente perturbada con la visita de él, es lo que habilita la aparición del objeto que se carga, del paquete: compra un perro de peluche que baila un rock and roll al oprimirle un botón, lo hace empaquetar en una caja cuadrada con un infantil papel que la recubre y lo carga consigo para poder entregarlo. Es como el pastel de cumpleaños en Historias mínimas: el regalo frustrado pero el que conduce las acciones del pobre hombre, que en los dos casos da algo de pena. El objetivo frustrado es la forma del dilema en la película: la pesca también se frustra. Si no se frustra el boxeo, es solo porque es ajeno.
Carlos Sorín nos muestra las pequeñas miserias. Lo patético de lo sencilla y naturalmente humano. Y nunca lo muestra con burla, siempre con naturalidad. No un patetismo vergonzoso sino comprendido. Somos naturalmente eso. Sinceramente eso. Sorín desnuda algo de la condición humana con tanto arte que ni llega a dar pudor; al contrario, probablemente dé ternura.
© Del Texto: Flor Bea