abr 24 2011

Carles Santos: El cine experimental hace sus deberes

Sobre los deberes del cine ya lo dijo todo Godard cuando los resumió en tres puntos cardinales: el trabajo de investigación, el de pensamiento y, por último, el de espectáculo.
La filmografía de Carles Santos la definiría como la investigación entre las distintas formas cinematográficas más radicales y conceptuales de estimular un pensamiento en el espectador con el procedimiento más espectacular que existe: la simplicidad.
De Carles Santos he tenido el privilegio de ver cuatro cortometrajes: El espectador, Habitación con reloj, La luz y Conversación.
El espectador trata de la silueta de un hombre reflejada en una pantalla blanca. Esta sombra es la única audiencia de un espectáculo, no sabemos cual, en el que durante 35 segundos tenemos la libertad de imaginar a nuestro antojo, de situarnos en el mismo ángulo y contemplarlo todo desde los mismos ojos de esa sombra que somos todos, con los distintos puntos de vista de cada uno. Inventar nuestro propio final o contemplar el bonito paisaje que, misteriosamente, hemos sido capaces de pintar en una pantalla.
Habitación con reloj es la panorámica de una habitación mientras se escucha la voz en off de un hombre repitiendo: tic tac. Esta película, como las otras, nos deja vía libre para imaginar el desenlace y final de una cuenta atrás computada por una voz en off que hace de reloj.
La luz es una imagen fugaz dónde una habitación oscura se ilumina y, seguidamente, un interruptor es encuadrado en primer plano. Los inquietantes sucesos que en esa habitación acontecen corren, solamente, a cargo de nuestra imaginación.
La conversación trata sobre una puerta y una conversación, sobre el rumor lejano e ininteligible que se escucha tras la puerta y que intentamos descifrar en vano. Pero aquí lo importante no es la conversación en sí misma, sino la curiosa emoción que nos produce el espionaje de una conversación privada tras la puerta. Lo que deducimos que ocurre orientados solo por el sonido de unos cubiertos, un trozo de pan que alguien corta en una mesa imaginaria, etc.
En definitiva, Carles Santos consiguió con estas películas hacer un cine de sensaciones más que de técnica, estimular a un espectador mal acostumbrado a un cine mucho más cómodo y evidente.
Cuando miras algo, incluso una pared, ya hay un espectáculo. Me gustaría hacer un film sobre una pared. Miramos una pared y terminamos por ver cosas (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


feb 23 2011

Introducción al cine experimental

No hay cine sin experimentación. No hay cine sin creadores capaces de ir a contracorriente, sin miedo a llegar a los límites.
Somos muchos los que detestamos la cartelera actual, los que nos salimos de los caminos trillados convencionales, los seguidores de obras imprescindibles de la historia del cine que nunca se verán en una sala comercial.
Una película artística es la que se aparta del circuito comercial y popular por su estética y su contenido ideológico o político. En el cine comercial no se deja nada abierto, incompleto. Jamás hay lagunas ni atisbos de profundidad por descifrar. Es posible que Hollywood sea el maestro en la forma más visceral de cine, de sonido, montaje y argumento más imponente, pero el cine artístico domina otro recurso irrebatible: el de la imagen en sí misma.
En esta época de declive, sin nuevas corrientes ni tendencias de interés, yo estoy de acuerdo con Guy Debord: Es necesario destruir el cine. Deshacer y rehacer de nuevo creo que sería el renacimiento que el cine (entre otras muchas cosas) está pidiendo a gritos. Porque es en su forma más pura dónde el arte pega fuerte.
Experimentar con el rollo de película, descomponerlo, desdibujarlo. Hacer un cine sin forma, sin historia que narrar ni mensaje que comunicar.  Un cine dónde las palabras sean imágenes y los sonidos suenen de forma fortuita. Sin la cárcel que conlleva una estructura narrativa o cualquier código cinematográfico. Toda historia tiene un principio, un desarrollo y un final, pero no necesariamente en ese orden (Godard).
Porque el cine jamás debe verse, sino experimentarse, experimentarse libre de cualquier análisis para dejarnos absorber por razones inexplicables.
Candice Breitz decía, y yo estoy de acuerdo, que las imágenes tienen peso y valores diferentes. Que el significado cambia según el momento, en lugar de ser inherente a ellas. Así podemos pasarnos la vida viendo la misma película pero experimentando distintas impresiones cada vez.
Cómo el cine, yo ya estoy un poco necesitada de aire fresco, así que como me considero una persona altamente temeraria, amante de todo lo absurdo y estrambótico, me preparo para los próximos dias un bonito ciclo de cine experimental, desde Val del Omar y Carles Santos hasta Buñuel y Godard.
Y ahora les dejo con unas bonitas líneas de Pío Baroja:
No hay que respetar nada, no hay que respetar tradiciones que tanto pesan y entristecen. Hay que olvidar para siempre los nombres de los teólogos, de los poetas, de los filósofos, de todos los mixtificadores que nos han entristecido la vida sometiéndola a una moral absurda. Tenemos que inmoralizarnos. El tiempo de la escuela ha pasado ya; ahora hay que vivir.
© Del Texto: Sonia Hisch