may 25 2014

El hundimiento: Lo absurdo llevado a extremos

Si un hombre ha entendido mal una filosofía, una forma de vida o el mundo entero, ese ha sido Adolf Hitler. Y con él arrastró a un pueblo entero. Y arrasó muchos a base de pasar el rodillo de su maquinaria de guerra allá donde llegaba. Todo lo que ocurrió, desde que este hombre comenzó a dirigir Alemania hasta que murió, fue absurdo, cruel, extravagante, salvaje.
El hundimiento es la película que narra los últimos días de Hitler. Es el punto de vista de su secretaria personal, Traudl Junger, desde el que se desarrolla toda la trama. Vemos a un Hitler educado y grosero, histérico y brutal. Vemos a sus hombres que beben sin esperanza, que intentan creer que su jefe será capaz de sacar adelante la guerra, que no entienden la vida sin nacionalsocialismo. También a los que ya no creen en él o los que nunca creyeron aunque, a su lado, encontraron un sitio en el mundo. Todo es violento, sangriento, estúpido. El fanatismo llevado a su máxima expresión. Porque nadie debe equivocarse: lo que ocurrió durante esa etapa de la historia fue la mayor infamia vivida por el ser humano desde que el mundo es mundo.
El hundimiento es la adaptación que realizó Bernd Eichinger de la novela de Joaquim Fest. Oliver Hirschbiegel firma un buen trabajo no exento de controversia por mostrar a Hitler en su faceta bondadosa y gentil. El que escribe cree que nunca nadie debería sembrar la duda acerca de lo que representó ese tipo y lo que era: un monstruo. No obstante, la película está bien dirigida, con cuidado. Por ejemplo, el trabajo con los actores es sobresaliente. Tanto es así que son ellos los que logran que la película termine siendo notable. Bruno Ganz está espléndido. Su caracterización ya es magnífica, pero su interpretación es deslumbrante. Casi todo el peso interpretativo del conjunto recae sobre él. Alexandra María Lara -encarna a su secretaria personal- se mueve delante de la cámara con naturalidad, sin dudas. Corinna Harfouch, interpretando el papel de Magda Goebells, está estupenda. Lo mismo que Juliane Köhler (Eva Braun) o Ulrich Matthes (Goebells). Hay que señalar que el casting es más que acertado. Se suma al bloque de esos aciertos la fotografía de Rainer Klausmann que busca los grises en todas sus gamas para reflejar un sentimiento de final, de muerte y de fracaso.
Es posible que El hundimiento contenga una de las escenas más duras para el espectador de la historia del cine. Ver (aunque sea en el cine y sabiendo que la película es una ficción que agarra hechos reales para crecer) a una madre asesinando a sus seis hijos, con una calma demoledora, con un convencimiento aplastante, no es plato de buen gusto para nadie. Todo en la trama es un locura o está próximo a ello, pero esto es excesivo.
La película cuenta los últimos días de Hitler y de sus hombres, pero habla de lo absurdo del fanatismo, de cómo la falta de esperanza solventada con un falso futuro es el germen del desastre.
Oliver Hirschbiegel logra que se perciban las claras diferencias entre militares y miembros del partido nazi y de las SS; entre los que se arrimaron al poder para medrar y los que cumplían órdenes; entre los fanáticos y los que se vieron envueltos en un conflicto atroz. Y no duda en dejar por el camino planteada la posibilidad sobre si aquello que pasó durante el mandato de Hitler era conocido por todos o no. Tal vez compensación por ese retrato amable (a veces) de uno de los psicópatas más peligrosos de la historia.
Una buena película que no se debe ver con niños cerca. Ya tendrán tiempo de saber.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 31 2011

Sin Identidad: Mil veces contada aunque parece nueva

Esta historia ya está contada. Más de una vez. Y no aporta nada nuevo salvo una habilidad narrativa muy interesante. Sin identidad parece que se fuera a vaciar de sentido en tres o cuatro momentos del metraje (la justificación de lo que sucede parece frágil en exceso), pero el guionista logra dar un giro que salva los muebles y lanza el relato un poco más allá. Quizás esto pudiera parecer una chapuza narrativa aunque no lo es. Cada registro utilizado es el adecuado y el uso que se hace de ellos es preciso. Otra cosa es que todo siga siendo previsible porque ya es conocido. Incluso los tópicos son repetidos. Pero eso es harina de otro costal.
Jaume Collet-Serra llamó la atención con sus cortos y se ha fabricado un hueco en el mundo del cine gracias a su buen hacer. No le han regalado nada a este realizador. Su cine rebosa conocimiento por los cuatro costados. No es que Sin identidad sea un peliculón, pero Collet-Serra saca petróleo de un pozo casi agotado. Con un guión de primera este hombre logrará dar la campanada. No le faltan cualidades para conseguirlo.
Sin identidad cuenta la historia de un hombre que llega a Berlín con su esposa para participar en un congreso científico. Su maletín se extravía en el aeropuerto y debe regresar desde su hotel. Por el camino sufre un accidente de tráfico y pierde la memoria. A partir de ese momento todo se complica de una forma casi delirante. El ritmo narrativo eleva su intensidad y no hay un solo minuto de tregua para los personajes. Por supuesto, los espectadores corren la misma suerte. Ese es uno de los grandes logros de la película puesto que se trata se una historia más que narrada. Pero el director mezcla unos efectos especiales y visuales notables, con una dosificación de la información muy correcta (no hace trampas en ningún momento y eso es de agradecer), apoyado en una dirección de actores correcta y una banda sonora que, sin ser nada del otro mundo, matiza mucho y bien cada secuencia.
Los actores defienden sus papeles con dignidad. Liam Neeson en su línea. O sea, bien. January Jones en la suya. O sea, más sosa imposible. Diane Kruger con sus limitaciones. Y Bruno Ganz estupendo como siempre. Ese actor es una garantía para cualquier director. El resto interpretan papeles menores.
Sin identidad es una película que aguantará más que bien los formatos caseros. Y será una opción estupenda para pasar la tarde de un domingo cualquiera frente al televisor. Es divertida y puede verse en familia. En las salas de cine tendrá una vida más corta que larga.
Cine enfocado al entretenimiento, sin grandes profundidades y bien hecho. Habrá que seguir la pista del director para saber de lo que es realmente capaz cuando pueda hacer lo que tenga en la cabeza.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 20 2010

Colours in the dark: Los eternos fundidos

SATTE FARBEN VON SCHWARZ (COLOURS IN THE DARK) – Sophie Heldman – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO


Es una pena, pero esta primera película de Sophie Heldman es lenta y desesperantemente aburrida. Hay después todos los matices que quieran y algún valor, pero son muchos más los desaciertos: unas secuencias infinitas e innecesarias; detalles sin importancia que se justifican una y otra vez como si no pudieramos razonar y sin embargo otros, el título mismo, que desafían, más que a la inteligencia, a la paciencia del espectador. Pretenden hacernos pensar y no consiguen nada porque nos ha dejado de interesar.
Una crisis en la vida de una pareja mayor, provocada por la enfermedad de él, es el pretexto del que se vale la directora para trabajar en una reflexión sobre la vejez y el final de la vida, pero lo hace utilizando unos recursos que consiguen que no nos creamos nada de lo que está pasando. Crea situaciones forzadas sin necesidad, por fallos narrativos y experimentos. No vemos la crisis. No de esas personas, ni en ese momento, ni en esos ambientes, ni con esa familia. Todo es frío y distante. No existe la emoción, ni intensidad y desde esa lejanía es imposible entrar esa situación poco creíble. Y eso no es un fallo de los actores sino de la dirección.
Cuando se acerca el final y empezamos a preverlo, hay como un destello de interés que salva la película del desastre, nos permite una reflexión sobre lo contado y la manera de contarlo, lo que no quita para que acabe de una manera burda y desarraigada (Donde valía con cualquiera de las elípsis con las que nos regaló durante 84 minutos.)
Quizás ese aire de mediocridad y de aburrimiento con el que ha conseguido crear esa atmósfera de un tiempo que se termina (y que no se termina nunca), sea el único acierto del filme.
Me atrevería a decir que el alargamiento de las secuencias, lo superfluo de algunas, lo redundante de miradas y movimientos; y ciertas pretensiones simbólicas, son objetivamente fallidos. ¡Por favor, se hacen eternos hasta los fundidos en negro!
Eso sí, la protagonista, Senta Berger (Anita), es la mujer mayor más guapa que he tenido la oportunidad de ver en mucho tiempo. Verdaderamente hermosa y aparentemente intocada. Tanto ella como Bruno Ganz (Fred), su partenaire hacen lo que pueden.
Por fortuna no es demasiado larga. Jamás pensé que el público en el Kursaal, en el pase de la mañana, descontado un goteo pequeño, pero continuo que abandonó en la primera mitad de la película, fuera a aplaudir generosamente, seguramente por el tema y muchos sencillamente, porque se hubiera terminado. También por el mérito de la directora de meterse en semejante berenjenal.
Me aburrí mucho.

© Del Texto: Ivor Quelch