abr 28 2011

Banderas de nuestros padres

La guerra es algo terrible, un episodio que se repite cada cierto tiempo y destroza la vida de las personas, de pueblos enteros. En la guerra mueren personas, se destrozan objetos, cosechas enteras. En la guerra sobreviven personas, objetos y los campos (pasado un tiempo) vuelven a dar sus frutos. En la guerra hay vencedores y vencidos. Pero ¿es posible saber quién gana o pierde? ¿Es posible tener una vida normal después de combatir en una batalla viendo cómo mueren miles de hombres alrededor? ¿Es el fruto del campo lo mismo que fue cuando, ahora, se abona con miles de muertos?
Sobre esto reflexiona Clint Eastwood en su película Banderas de nuestros padres; sobre el desastre que siempre representa una guerra; sobre el precio que paga un país que batalla; sobre lo estéril que resulta algo tan grotesco como matar a seres humanos. Intenta Eastwood enseñar la cara más sucia de todo esto. Intenta explicar que la historia cambia, no por el valor de los guerreros, sino por el dinero que son capaces de generar para que la maquinaria no deje de funcionar. Porque el valor no lo es casi nunca. Es más el miedo lo que hace que se muevan los ejércitos que cualquier otra cosa.
El escenario elegido es Iwo Jima. El eje central de la narración la famosa fotografía en la que aparece un grupo de soldados elevando el mástil de la bandera norteamericana. Los personajes son los supervivientes de esa batalla, los grandes perdedores del conflicto, los que tuvieron que regresar para dedicarse a cualquier cosa porque la guerra les había arrancado lo que tenían. Héroes efímeros y olvidados con rapidez.
La crudeza con la que narra Eastwood la batalla se contrapone a la crudeza con la que narra la forma de vivir la guerra por parte del pueblo norteamericano. Todo se confunde; malos y buenos, héroes y villanos. La guerra parece un juego. Eso dimensiona el horror de forma espectacular en cada escena en las que no se escatima con el espectáculo, ni con los medios, ni con los esfuerzos técnicos. Y todo ello para dejar claro que las mutilaciones, el miedo, la cobardía, la confusión o la crueldad son los verdaderos generales en las batallas.
La película avanza y retrocede en el tiempo histórico modificando el punto de vista y, así, lograr que conozcamos la guerra individual de cada protagonista. Esto genera varias piezas de un puzzle que terminan encajando con exactitud. De este modo, además, los personajes se van desarrollando con firmeza para que la trama avance sin sobresaltos inexplicables.
Espectaculares las escenas bélicas. Sobre todo las que corresponden al desembarco del ejército norteamericano. El elenco defiende con dignidad sus papeles aunque, a decir verdad, ninguno de ellos entraña una dificultad excesiva.
El conjunto aparece como una película llena de reflexión (a veces con excesiva moralina alrededor) intentando desmitificar capítulos de la historia que fueron un verdadero horror. Tal vez excesiva en su medida ya que el director intenta explicar todo. Una pena, puesto que mucho de lo que aparece en pantalla se explica por sí solo y la intensidad expresiva se resiente con tanto dar vueltas al mismo asunto para que quede claro. Esto desarrolla cierta lentitud en el desarrollo argumental y una repetición de ideas que no aporta nada al conjunto.
En cualquier caso, se trata de una buena película, de la que se pueden extraer ideas interesante.
No conviene verla con niños cerca. Algunas de las escenas son extraordinariamente violentas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 30 2010

Philadelphia: Buenos y malos frente a frente

A finales de los años 80 principios de los años 90, se cernía sobre el mundo una nueva plaga, una epidemia descontrolada, así se calificaba en aquellos momentos. Se susurraba sobre el SIDA, sobre la mortalidad de una enfermedad que algunos consideraban poco menos que un castigo divino. En todo caso, una enfermedad que entonces estigmatizaba, marcaba y mataba. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se había llevado a uno de los galanes del cine pocos años antes, Rock HudsonBenetton la utilizó para lanzar al mundo una campaña publicitaria brutal mostrando a un enfermo terminal de SIDA; Magic Johnson (el jugador de baloncesto de la NBA) hacía pública su enfermedad. Recuerdo aquellos sucesos y otros bastante más próximos. Entre el miedo, el desconocimiento y el silencio, una película trató el tema del SIDA, su incidencia y la trascendencia entre aquellos la paderían y eran injusta y cruelmente tratados por la sociedad.
Philadelphia, dirigida en el año 1993 por Johnnatan Demme, fue protagonizada, entre otros, por Tom Hanks, Denzel Washington, Antonio Banderas y Joanne Woodwar. Y una banda sonora de la mano de The Boss, Bruce Springsteen, que se hizo archifamosísima.
Un elenco de actores nada despreciables. En el caso de Tom Hanks, a quien siempre he considerado un actor más bien normalucho, que acostumbramos a ver en comedias dulzonas y azucaradas, tuvo su papel dramático más importante hasta entonces y, contrariamente a lo que se podría pensar lo bordó. Vimos en todo momento a Andrew Beckett, personaje interpretado por Hanks, sin que, ni por un momento, se antepusiera la persona, el actor, al personaje. Dejamos de ver a Hanks por una vez. Y descubrimos que además de hacer el payaso, este actor sabe hacer otras cosas.
En síntesis, Philadelphia nos muestra en la pantalla las vicisitudes por las que pasa el joven y prometedor abogado Andrew Beckett cuando es despedido por el bufete para el que trabaja al conocerse que ha contraído el SIDA. Frente a ese despido improcedente, Beckett decide demandar al despacho para el que trabajaba y librar una feroz batalla contra aquellos para los que trabajó, contra la sociedad, contra los que le rodean y contra todos aquellos que con motivo de su condición de homosexual y de su enfermedad pretenden apartarle de la sociedad. Una batalla que no será sencilla pues, inicialmente, no encontrará abogado que quiera defenderle en el procedimiento hasta que encuentra a quien asume su defensa. Junto a esa guerra por el reconocimiento de la improcedencia de un despido como medio para devolverle la dignidad y el respeto que merece (como persona y como profesional) deberá combatir su propia enfermedad que, a medida que avanza el procedimiento, se va encarnizando con él. El final, los que la han visto ya lo conocen, los que no lo han hecho, para saberlo, deberán verla, contarlo aquí no procede.
Una película rodada sin morbo alguno. Que se limita a ponernos frente a una experiencia vital, la necesidad de recobrar aquello a lo que todos tenemos derecho; nuestra propia dignidad y reconocimiento. La película en cuestión tiene muchos momentos estelares, uno de ellos cuando Beckett explica la famosa aria La mamma morta, interpretada por María Callas, a su abogado (Denzel Washington) quien, a medida que va conociendo a su cliente, va evolucionando personalmente. Esa escena es tal vez una de las más intensas de toda la película. Los entresijos procesales son interesantes y nos muestran la cara amarga, incluso sucia de una profesión más que denostada, pero que, en el caso de esta película, no hace más que mostrarnos, a través de esos tiburones legales, la cara de la sociedad con la que, en realidad, se estaban enfrentando los enfermos de SIDA.
Algunos la tacharon de simplista, de crear dos bandos (los buenos (el enfermo y los que lo apoyan) y los malos (aquellos que creen que debe ser apartado de la sociedad). Yo no lo creo. No me pareció simplista en absoluto. Esta tarde volví a verla, sigue sin parecérmelo. Los bandos existen, en determinadas cosas no caben las medias tintas.
No se pierdan la escena del aria de María Callas, aunque no les guste la ópera e incluso no les guste la Callas.
© Del Texto: Anita Noire


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