sep 27 2012

Mátalos suavemente: La belleza de un balazo en la cabeza

El mundo es un sitio en el que todo lo que hay, todo sin excepción, convive con el resto. Lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, el bien y el mal, la policía y los ladrones, los hijos y los padres. Es más, no sólo conviven sino que necesitan unos de otros para que así sea. Además, todo es igual de bello o de ridículo. La estética de cada una de las cosas es la que es. ¿Por qué un asesinato no va a tener una coherencia interna que lo convierta en una obra de arte? ¿Por qué?
Esta es la propuesta que hace el realizador Andrew Dominik arrancando desde la novela de George V. Higgins. Y lo hace con sumo cuidado, trabajando desde lo excesivo del lenguaje (algunos de los diálogos son una acumulación de palabras groseras que deja atónito a cualquiera; algunos diálogos dejan cada cosa en su sitio de forma rotunda), desde la excesivo de lo visual (las tomas grabadas a cámara lenta son extraordinarias por encuadre, por detalle, por explorar lo bello que tiene el horror), desde lo excesivo del mito constante en el que nos movemos (el discurso político está presente de principio a fin). Este entramado hace que los personajes estallen desde su pequeñez para convertirse en gigantes colocados en el mundo en un momento de crisis económica y, sobre todo ideológica.
La trama de la película pasa a segundo plano. Mandan los personajes. Además, no es una cosa del otro mundo; es bastante normalita y se la sabe cualquiera antes de entrar en la sala. Mandan los personajes, una fotografía muy poderosa y el movimiento cuidadoso de la cámara acompañando la acción sin que nadie recuerde que está detrás de lo que se ve. Si mandan los personajes es que manda el diálogo. Cosa más que importante. Y aquí nos encontramos con un pequeño problema. Son varias las almas que se mueven en la pantalla y, lógicamente, varias las formas de ver las cosas. Eso nos lleva a una acumulación que desordena algo la propuesta. Sin embargo, sin la aparición del personaje interpretado por un apagado James Gandolfini y de su punto de vista el proyecto no tendría sentido. Él llega para que veamos la decadencia de un ser humano que mata a otros, pero que no se libra de crisis personales, económicas o espirituales. Llega para explicar el resto del mismo modo que el resto le explica a él.
La dirección actoral es muy buena. Scoot McNairy, Ben Mendelsohn, Vincent Curatola y Ray Liotta están muy bien; defienden lo que tienen entre manos con entusiasmo. Lo de Brad Pitt es otra historia. Cuando aparece en pantalla parece que todo se estremece. Creíble, potente en el lenguaje corporal, contundente.
De esta película hay que destacar la banda sonora. Magnífica en su totalidad. Acompaña a la perfección la acción, matiza lo que sucede. Y muy agradable al oído Uno de los temas lo pueden escuchar en el reproductor que encontrarán debajo del texto).
Mátalos suavemente es una buena película. No sabría decir si es un drama o una comedia. Porque entre balazo y balazo, el director nos arranca sonrisas desde los disparates o las situaciones ridículas y desternillantes. En este sentido, el cine de Tarantino se deja notar. Porque desde un lugar sucio y apestoso nos llega una imagen bellísima de algo que no quisiéramos tener cerca nunca en la vida. Es verdad que si alguien tachara la película de pretenciosa se abriría un debate feroz. Argumentos hay para decir eso aunque son más poderosos los contrarios. Tal vez sea la gracia de este trabajo.
Una buena opción para este comienzo de otoño. Por supuesto, los niños se quedan en casa o entran en la sala de al lado. Es muy violenta.
© Del Texto Nirek Sabal


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nov 26 2011

El árbol de la vida: La poética de lo humano

Terrence Malick hace el cine que quiere. Dicho así, alguien podría pensar que no es nada del otro mundo. Sin embargo, lo es. Hoy en día son muy pocos los que pueden escribir el guión que desean y hacer una película como creen que deben hacerla. Manda el dinero y eso es una carga muy pesada.
Terrence Malick tiene una forma de ver las cosas muy especial y está decidido a explicar el mundo a los espectadores. Otra cosa bien distinta es que estos se dejen llevar a terrenos muy difíciles, muy fatigosos por lo que exigen. Y tiene el director el objetivo de hacerlo como cree que debe. En El árbol de la vida apenas narra y se centra en la poética de la imagen, en un panteísmo abrumador, en una carga teológica demoledora para creyentes o ateos, en las preguntas que no tienen respuesta salvo que el hombre busque sin descanso en la realidad (en toda la realidad, la material y la inmaterial). Apenas narra y lo hace sin miramientos con el que no esté preparado para ver algo así. Como debe ser. Los gestos de cara a la galería nunca acompañaron bien a las obras de arte. Por eso, es muy posible que un buen número de espectadores salga de la sala quejándose por el paquete que le han metido sin enterarse, jurando no volver a ver una película más de este director. Tan posible como que otros salgan extasiados y conmocionados por el peliculón que ha preparado Malick. El que escribe se encuentra en este último grupo.
Podría parecer que la película trata asuntos teológicos, las cosas de Dios, por encima de cualquier otra cosa. No es así. Es justo al contrario. El árbol de la vida aborda la búsqueda del sentido de la existencia por parte de cualquier individuo. Ese es el tema principal. La búsqueda del sentido de la vida desde la ausencia, desde el recuerdo que conforma el presente, desde la falta de un futuro cierto. Por supuesto, desde lo inmaterial o espiritual. Lo que sucede es que el director sabe que eso hay que prepararlo bien, construirlo sobre cimientos sólidos. Es por esto por lo que se toma su tiempo al crear los personajes y rodearles de fe, de creencias, de religión. Pero, también de fracasos, de presiones, de amor, de sufrimiento, de muerte; de todo lo que es propio de persona.
Jack (interpretado por Hunter McCracken de niño y Sean Penn de adulto) es un personaje que intenta explicarse cómo ha llegado hasta el lugar en el que se encuentra, qué ha sido lo que ha marcado su vida; intenta tener una visión absoluta del universo al que pertenece. Este personaje representa, claramente, a Terrence Malick. Un vistazo a su biografía da idea de ello. Busca entre los recuerdos, intenta conversaciones con los muertos, recorre el cosmos entero buscando algo que encontrará con muchas dificultades. Su mundo se ilumina con la figura de la madre (una espléndida Jessica Chastain). Pero se llena de tinieblas cuando aparece el recuerdo del padre (un contenido y profesional Brad Pitt que defiende un papel muy difícil con acierto). Tinieblas que se disipan cuando descubrimos la soledad y sufrimiento de ese hombre que no puede amar porque se detesta a sí mismo. El camino para que Jack pueda acomodarse y sobrevivir es duro, infinito. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde se encuentran las personas? Luces divinas que no iluminan la falta de entendimiento de las personas, la verdad que aparece miedosa, el silencio de un Dios que todo lo puede, pero que envía moscas a las heridas que él debería curar. Un Dios enorme y un hombre enano. La limitación de la inteligencia. Y, para ello, hay que buscar en la creación. Hay que buscar respuestas a lo que sucede y en la distancia que el hombre ha tomado con respecto al mundo: ya no escuchamos a la naturaleza, la violamos a todas horas, nos hemos convertido en extraños dentro de nuestro hábitat. En una creación que Malick nos presenta desde el primer momento a través de imágenes colosales que van desde el nacimiento de una supernova hasta los primeros seres vivos, desde los primeros animales hasta su destrucción. Esa evolución del mundo en correlación perfecta con la evolución personal de cada individuo. Esa evolución que arrastramos cada uno de nosotros porque ni una sola gota de sudor se ha desperdiciado para llegar hasta aquí. Y, como colofón, la muerte del mundo, del ser humano; el pánico a desaparecer.

Malick apuesta por la creación de imágenes potentes, de imágenes que arrastran toda la poética de este autor, de imágenes que se van intercalando con otras más narrativas. La película está rodada con diferentes tipos de cámaras para conseguir que cada cosa sea exacta. Y la cámara al hombro moviéndose sin remilgos, casi con frenesí, alimentando los gestos que se convierten en expresión de un estado de ánimo muy concreto, en respuestas improbables, en algo más de lo que son. Muy impresionante el resultado que se presenta con un montaje fragmentado, como un ir y venir en el tiempo inevitable para que el sujeto pueda buscar dentro de sí, para que se pueda reconciliar con el pasado. Esa es la forma de encontrar un sentido, si es que lo hay, a la vida. La propuesta del director deja clara una cuestión: todos buscamos, es nuestra condena y nuestra grandeza. La escena final en la que cientos caminan por una playa es clara en ese sentido.
Malick utiliza hasta cuatro puntos de vista distintos. Enriquecedor sin duda en este tipo de proyectos. Pero algo confuso para un espectador que no esté dispuesto a trabajar más de la cuenta. Además, el montaje es algo reiterativo con algunas cosas (más expresivas que poéticas) que quedan claras muy pronto. Inexplicable. En ese sentido la película se estropea un poco (mínimamente). Tampoco ayuda mucho un final que se condensa y hace que los tempos se vean alterados en exceso. Media hora más de película permitiría al director evitar ese problema, pero hubiera sido demasiado. La película es lenta en su desarrollo y mucho más metraje iría contra cualquier posibilidad de éxito.
En cualquier caso, la película es estupenda. Por su fotografía, por la complejidad de la partitura que acompaña la acción, por las interpretaciones de todo el elenco, por el concepto cinematográfico del director, por lo arriesgado de la propuesta al intentar explicar el desastre de la humanidad desde ese lugar olvidado que es lo espiritual.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 22 2011

12 Monos: La doble lectura obligada

Siempre que veo 12 Monos, recuerdo un cuento de W. W. Jacobs titulado La pata de mono (curioso que ambas obras introduzcan el mismo animal en el título). Ese relato deja la posibilidad de hacer distintas lecturas (todas las buenas narraciones lo permiten). Una de ellas consiste en que el lector crea al leer lo que le presentan. Sin rechistar. Otra, sin embargo, consiste en intentar (el lector) poner un punto de cordura en lo que parece que está sucediendo, o lo que es igual, no dejarse embaucar por Jacobs haciendo una lectura reposada y pegada a una realidad que se comparte por todos. Si Jacobs hubiera querido dejar clara cuál era su postura, lo hubiera hecho desde el principio. Planteando la narración de esa forma, la posibilidad de otra lectura aporta al relato una fuerza extraordinaria.
Pues bien, al ver 12 Monos pienso en el texto de W. W. Jacobs puesto que ocurre lo mismo en ambas obras. La lectura más cómoda de la película, por sencilla, es la que podemos hacer arrimándonos a lo que vemos, dando por bueno que es eso y no otra cosa lo que sucede en la realidad creada por su director Terry Gilliam. Sería algo parecido a esto: En un futuro no muy lejano, lo que queda de raza humana, se encuentra en el subsuelo intentando sobrevivir a un virus que acabó con la vida del 99% de la especie. Sólo los animales son capaces de vivir en la superficie terrestre al ser inmunes. James Cole se presenta voluntario (forzoso) para conseguir información en el pasado sobre lo que ocurrió y, así, poder ordenar el presente que le toca vivir. Viajará a través del tiempo. Hasta 1990; hasta 1996; hasta la primera guerra mundial. En su primer viaje llega por equivocación a 1990. Conoce a Jeffrey Gaines en un manicomio. También a la siquiatra Kathryn Railly. Logra escapar del centro médico gracias a que, desde su presente, los científicos le rescatan con su máquina del tiempo. En fin, no sigo por si alguien todavía no ha visto la película. Estaríamos, por tanto, frente a una película encuadrada en el género de la ciencia ficción. Máquinas del tiempo, la humanidad prácticamente aniquilada; bucles temporales que anulan el presente, futuro, y pasado, convirtiéndolos en la misma cosa; una estética extraña en un mundo extraño, el futuro frente a nosotros.
Muchas personas (casi todas, a decir verdad) ven 12 Monos de este modo. Lo que significa que creen en la posibilidad de que un crío pueda contemplar su propia muerte siendo adulto. Uno se sienta frente a la pantalla dando por bueno todo lo que ve y listo. En realidad, es así como hay que ver películas de ciencia ficción. Además, es posible que Terry Gilliam quisiera contar eso y no otra cosa cuando filmó la película. Pero ¿es 12 Monos eso o la cosa es distinta? Como siempre ocurre, cualquier manifestación artística puede interpretarse de distintas formas. Y el autor no puede hacer nada para que eso no ocurra. ¿O tal vez la lectura correcta es la que casi nadie hace? A veces, incluso los autores se apuntan a lecturas alejadas de lo que quisieron viendo que la obra toma una dimensión más amplia. Por ejemplo, cuentan que el escritor Julio Cortazar escribió su relato Casa tomada intentando narrar un sueño que tuvo. Algún crítico dijo que era una formidable manera de describir el peronismo argentino y Cortazar terminó por aceptar esa lectura como buena viendo que la cosa funcionaba cuando no tenía nada que ver con su intención al escribir.
Supongamos que Gilliam quiso hacer una película sobre la decadencia de las sociedades actuales centrando su atención (de forma fundamental) en una mente sometida a una autodestrucción feroz, una mente capaz de inventar un mundo entero y condicionada por el síndrome de Casandra. En definitiva, una película sobre la locura en la que el personaje principal está como unas maracas. Si fuera así la cosa cambia porque habría que ver todo como un delirio descomunal que, a base de ser recurrente en la mente del protagonista, llega a una perfección narrativa también descomunal.
A decir verdad, esta lectura es sencilla. Fijando la atención en algunas cosas, es casi obligada. Por ejemplo, los científicos del presente del protagonista son completamente ridículos. Por ejemplo, si atendemos al guión, el disparate (leído en clave de verdad verdadera) roza lo ridículo. Todo es ridículo. Lo que ocurre es que Gilliam es un director que sabe contar historias y sabe lo que es necesario para que esas historias no se vacíen en cualquier momento. Un par de detalles pueden servir como ejemplos. El punto de vista está centrado en Cole mientras el personaje se va perfilando. Pero cuando el personaje ya está presente en todo su esplendor, el punto de vista se coloca en el hombro de la siquiatra. Esto permite dar credibilidad a la acción (si lo cuenta el loco aquello no funciona ni a la de tres) y, a la vez, se consiguen introducir aspectos ocultos hasta el momento que ayudan a explicar y cerrar la trama. Esto se llama chapuza narrativa. Pero funciona más que bien. Otro ejemplo. Si, además de un siquiatra al que tenemos que creer porque para eso es lo que es, introducimos una fotografía (algo material sea lo que sea) que demuestre que nuestro protagonista ha estado en un lugar y en un tiempo imposibles, nadie puede dudar de lo que ve. Pero a Gilliam se le olvida un detalle: alguien puede hacer la lectura correcta y decir que un loco se puede inventar todo, incluso esa fotografía. Esto no es una chapuza, pero si un elemento algo tramposo. Sea como sea, 12 Monos se puede convertir en un ensayo sobre la locura. Y es un excelente ensayo sobre la locura. La dimensión de la película es otra y su grandeza se eleva mucho.
El guión de la película se redondea bien (quizás en exceso al explicar tanto y de forma atropellada al final). Vestuario y maquillaje son notables. La música es una maravilla. La estética (muy cercana a Brazil) acompaña la acción más que bien. La dirección de actores es un gran logro. Y las interpretaciones son magníficas. Bruce Willis pierde ese único gesto que utiliza para todo y llega a mezclar la dureza con la fragilidad consiguiendo un personaje creíble y sólido. Brad Pitt se muestra algo histriónico, pero defiende su papel con gracia y sin altibajos. David Morse hace poco (su papel es muy limitado) y lo hace bien. Por su parte, Madelaine Stowe interpreta con corrección exquisita. Todo esto quiere decir que la película funciona. Funciona muy bien.
A estas alturas, habrá quien piense que todo esto que digo no tiene demasiado sentido. Pues bien, los que estén en esa situación, piensen en esa voz que llama Bob al personaje que interpreta Willis. El que luego aparece en forma de indigente. Piensen en la viabilidad del mundo subterráneo. Y luego intenten cambiar la clave de interpretación. Tal vez comprueben que las partes encajan con perfección.
Como es una excelente película, merece la pena echar un vistazo. Los que se acerquen por primera vez deben tener paciencia. El comienzo es algo confuso para el espectador. Disfruten, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 11 2010

Thelma y Louise: Nada de panfletos

Existen muchas road movie. Una de las más conocidas, si dejamos de lado la famosa Bonnie and Clyde, es Thelma y Louise. Esta película es una de las más recordadas del género y de las llamadas películas para mujeres. Una solemne estupidez porque el cine es universal, aunque aún nos movemos separando las cosas de chicas y chicos.
Thelma y Louise, es una auténtica road movie, no sólo porque la práctica totalidad de la misma transcurre en la carretera sino porque sus protagonistas, a lo largo de esa ruta que emprenden, van a experimentar una evolución personal que se va palpando a medidas que avanzan kilómetros en ese viaje hacia ninguna parte.
La película de Ridley Scott se ha llegado a considerar una obra de culto. Cierto es que en Europa tuvo una mayor aceptación que en los Estados Unidos, pero con el tiempo cada cosa va ocupando su propio lugar y ni es una obra singularmente extraordinaria, ni es abominable y ramplona como algunos han llegado a afirmar. Thelma y Louis es una historia sobre la amistad, sobre la superación de las dificultades, sobre las decisiones definitivas, sobre los cambios inesperados. Para ello, el director, se valió de dos actrices excelentísimas que llenan la pantalla con su actuación convirtiendo al resto de personaje, los masculinos, en meros elementos que les permiten, a ellas dos, transitar desde el abatimiento, el aburrimiento, la soledad y la incomprensión, a un estado personal de plenitud, fortaleza y valentía que les ayuda a mirar hacia delante. La película nos presenta a dos amigas; a una camarera (Geena Davis ) y una ama de casa (Susan Sarandon), cansadas las dos de la vida que llevan. Deciden tomarse un respiro durante un fin de semana. Para ello emprenden un largo viaje de fin de semana que sin pensarlo se convertirá en un redescubrir de sus propias vidas, personalidades y entusiasmos.
En su momento, se criticó la película diciendo que era un panfleto feministoide que degradaba la imagen de los hombres y que en realidad no era más que el retrato de dos mujeres jugando a las escapatorias adolescentes. No puedo estar de acuerdo. Precisamente, creo que el director jugó a caricaturizar a los personajes masculinos, destacando aquellos rasgos que convertían a los hombres con los que se relacionan las protagonistas en los siete males, para destapar la evolución de las dos mujeres que protagonizan la película. No tiene nada de particular pese a que ellos son grandes actores y con tirón (Harvey Keitel, Michael Madsen, Brad Pitt). No creo en los panfletos, creo en el cine y como película no es nada despreciable. Buena fotografía, buen argumento, buenas actrices, buena banda sonora. ¿Acaso se puede pedir algo más?
Véanla; es imprescindible; sobre todo si creen que Ridley Scott sólo es capaz de entender de androides y otras cosas extrañas.

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