ene 22 2012

El lector: Ajenos a todo


George Benson – This Masquerade

¿Hasta dónde estaría usted dispuesto a llevar su comprensión o su perdón? ¿Puede algo o alguien hacer que entendamos una barbaridad? ¿Un asesino lo es menos si de niño le maltrataron? ¿Podemos llegar a entender una matanza provocada por alguien si nos explican la situación crítica en la que se encontraba el individuo que la produjo? ¿Manejamos una doble moral repugnante en la sociedad actual? ¿Son las leyes mecanismo seguro para que esa doble moral no pueda estar presente en los momentos importantes?
Bonitas preguntas, ¿verdad?
La película El Lector está basada en la novela de Bernhard Schlink titulada del mismo modo. En ambas se plantea el problema de esa doble moral, de la angustia de la soledad, de la incomunicación. La adaptación de la novela está muy bien lograda. Rebaja lo justo para seguir contando lo que debe. Ya iba siendo hora que alguien no destrozara una novela de calidad para hacer una mala película.
Una mujer conoce a un muchacho con el que mantiene un idilio (muy bien contando, con elegancia, ni zafio ni cursi). Él lee a la mujer durantes sus visitas. Ella no sabe leer aunque ese es un secreto que sólo ella conoce. Cuando la mujer se ve obligada a un cambio de puesto en su empresa y debe reconocer su analfabetismo, escapa dejando al muchacho y sin reconocer su problema. Se alista en las SS alemanas y termina siendo una de las guardianas implicadas en la muerte de un buen número de mujeres de raza judía. Unos años más tarde, cuando el muchacho estudia derecho, es juzgada. El chico (así le llama ella) entiende el problema y no sabe qué hacer. Podría informar al tribunal puesto que la única prueba que manejan es el testimonio de dos supervivientes y un informe escrito a mano que ella no pudo realizar y de la que está acusada. Se trata de aplicar la ley (si no pudo escribir ese informe la pena será mucho menor) o dejar que alguien pague su culpa ocultando un dato vital ¿Qué hacer se pregunta el muchacho? ¿Qué hacer se pregunta el espectador?

Ralph Fiennes interpreta al personaje en su edad adulta. Un hombre solitario y distante porque dejó que su verdadero amor se pudriera en la carcel. Kate Winslet (extraordinaria por su credibilidad, por su interpretación casi perfecta) es la protagonista que, desde una ignorancia abrumadora, intenta justificar lo que ocurre en el campo de trabajo porque hacía un trabajo como otro cualquiera. Solos, ajenos al mundo, durante toda la película nos enseñan cómo la literatura se puede convertir en el mejor de los anclajes entre las personas. La fabulación, la creación de mundos imaginarios en los que poder sobrevivir, es fundamental en esta película.
Y, mientras, el espectador se ve obligado a plantearse esas preguntas con las que iniciaba este comentario. Pero no en un mundo ficticio. En el real, en el de todos los días. En ese.
Cuando alguien sale del cine diciendo que le ha encantado la película, algo importante ha pasado. Es una expresión que reservamos para las ocasiones en las que algo nos emociona o nos conmociona. Algo provoca un cambio en nosotros. Lo mismo pasa con las novelas o los poemarios. Creemos que el mundo es otro, creemos ser mejores, más humanos. Casi siempre, creemos parecernos a ese personaje que tanto nos ha gustado. A mí esta película me encantó. De verdad que sí. Sin embargo, me inquietó durante algún tiempo sentir algo así. No me gustaba parecerme a los personajes, ni pensaba que el mundo era otro. Pensé sobre ello durante días. ¿Por qué me conmocionó? Como de costumbre hice lo que todo occidental hace en estos casos. Intenté encontrar la solución en la película. Eché un vistazo a la novela buscando lo que se me había escapado. Pero nada. Hasta que no busqué donde tocaba –en mí mismo- no hubo solución. La conmoción venía de elegir desde mi moral. Y un espectador o un buen lector nunca debe hacer eso. Son los personajes los que eligen . Como mucho, estaremos de acuerdo o no con lo que hacen. No entren en ese juego.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 19 2010

The other man: Benditas palomitas

No hay nada nuevo bajo el sol. Las temáticas en el cine están todas quemadas, todas usadas. Filmadas por activa y por pasiva. Lo novedoso radica, única y exclusivamente, en la manera en que, eso tan manido, se va a contar y en cómo finalmente se cuenta.
Crónica de un engaño no es más que una historia de cuernos. No busquen más, no lo hay. Esta película basada en el relato The other man de Bernhard Schlink (escritor, juez en la Corte Constitucional del Estado Federal de Renania del Norte-Westfalia, es el autor, entre otras de la novela espectacular El lector), se queda en película para pasar un ratito. Sin pena ni gloria. No busquen sumergirse en la psicología de los personajes, en el porqué de una infidelidad escondida durante años, en el porqué de la aparente felicidad. Nada nuevo ¿verdad? Pues eso, nada nuevo. La novela, como suele ocurrir, supera con creces a la película que nació con muchas pretensiones, pero se queda en poquita cosa. Y es que su director Richard Eyre generó muchas expectativas con sus anteriores trabajos (Diario de un escándalo, Iris y Belleza prohibida) pero, entiendo, no siempre se puede estar a la altura y eso es precisamente lo que ocurre con Crónica de una engaño.
En síntesis, el argumento de la película, la antesala de una castaña que prometía y no nos dio nada.
Peter (Liam Neeson), empresario de éxito casado con Lisa (Laura Linney), se entera de que su esposa, le ha sido infiel durante año. Tras perder a su esposa, que es cuando se entera del marrón, empieza a intentar destripar la verdad de la relación de ella con Ralph, un playboy español afincado en Milán (Antonio Banderas). Peter le buscará, lo encontrara y establecerá un poco o nada creíble relación de “amistad” con el amante, todo por conocer esa “verdad”.

La película pretendía estar a medio camino entre el un thriller psicológico y un drama y sinceramente no llega ni a uno ni a otro. Se hace lentísima, inconexa, grandilocuente hasta lo triste. Ni siquiera las escenas de bonitos paisajes (en el Lago Como) y ciudades que van a apareciendo, consiguen que olvidemos que estamos ante una nueva estafa cinematográfica. Los actores se muestran fríos y poco creíbles. Liam Nesson estático hasta el paroxismo. Antonio Banderas sobreactuado. Sólo podríamos salvar de la quema a la esposa (Laura Finney). Sin embargo, los diálogos son previsibles y sin ingenio, la música no viene a cuento de nada y todo parece tan mal hilvanado que da hasta grima. Y es, por todo el conjunto, que Eyre nos deja muy mal enfocados, ante el desolador paisaje, triste y fatalmente retratado, de un matrimonio afincado en la mentira.
En definitiva, una película soporífera. Lo mejor, las palomitas que me comí mientras la veía.

© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube