nov 17 2010

La pianista: La extravagancia del mundo real no se toca

Que la vida nos lleva hasta lugares extraños y nos convierte, muchas veces, en eso que nunca hubiéramos imaginado, es una realidad. Las personas funcionan, se mueven por el mundo, como buenamente pueden. Cualquier cosa que suceda a nuestro alrededor nos parece posible (tal vez anormal, pero posible). Porque pasa y eso o hace posible. Es así de sencillo. Pasa y es. Todo es posible. Cualquier suceso, cualquier perversión en las personas, cualquier muestra de amor o de odio. El mundo es un lugar extravagantemente original e inopinado.
Pero todo esto forma parte del mundo, de la realidad. La literatura, el cine, la pintura o la música, tienen sus propios códigos, sus propios sistemas internos por los que evolucionan y sobreviven. Lo que puede ser verosímil en el universo no tiene porque ser creíble en una manifestación artística cualquiera. Esto que es tan sencillo de enunciar, que se ha dicho un millón de veces, parece que es desconocido para una serie de autores que, cegados por el afán de provocar y sonar en los foros como transgresores, cometen errores inexplicables, imperdonables y lamentables.
Ya he dicho alguna vez que Michael Haneke es capaz de lo mejor y de lo peor al hacer cine. Encuentra la tensión narrativa exacta para que sus personajes  aparezcan como auténticos y solventes o convierte su película en un encadenamiento de escenas absurdas, vacías, por las que los personajes se mueven incapaces de progresar, de establecer la más mínima relación entre ellos, sin que signifiquen nada. En algunas ocasiones (cuando el desastre marca Haneke aparece arrollador) las interpretaciones de los actores y actrices ocultan un poco el problema. En La pianista, el papel que defiende Isabelle Huppert es imposible aunque ella está sobresaliente. Hace cosas maravillosas con un personaje que se queda en el esperpento.
Dicen que Haneke intenta enfrentar al espectador consigo mismo a través de su cine; que desea provocar con escenas, sin artificios, reacciones ante el mal, ante los límites. Cosas así. Eso está muy bien aunque hay que empezar por conseguir que el espectador crea lo que ve. En La pianista lo que consigue es poco, más bien poco. Y el problema es la falta absoluta de una relación entre los personajes principales que sea mínimamente reconocible por el que mira. En un intento de forzar la máquina, Haneke, lleva a un extremo absurdo tanto a sus personajes como al espectador. Construir personajes con un perfil determinado para que sufran una modificación profunda justificada por algo absurdo no tiene sentido.
Para ser justo, diré que la película tiene cosas muy buenas. Por ejemplo, la presentación de la personaje principal (justo al iniciarse la la película) es original y deja una carga expresiva imponente. Erika Kohut (Isabelle Huppert) es profesora de piano en el conservatorio. Su mundo se presenta alternando las imágenes de manos interpretando piezas en un piano con las de los créditos. Vemos las manos y suena música exquisita. Leemos los créditos en silencio absoluto. Así es ella. O escucha música o se sume en un silencio total. Su mundo está fragmentado, destruido. Ya he dicho que la interpretación de Huppert es magnífica y la de Annie Girardot (es la madre de Erika) más que notable. La dirección actores de Haneke siempre tiende a ser sobresaliente. También resulta interesante la relación de la profesora con una de sus alumnas puesto que es el reflejo de la que ella vive con su madre. Pero eso es todo. El resto es otra cosa.
La profesora de piano vive con su madre. Es una tortura por el carácter posesivo e impertinente de una madre que ve a su hija del mismo modo que vería a una chiquilla. El carácter de Erika es frío, tosco, distante; no es capaz de expresar ningún sentimiento ni mostrar compasión con sus alumnos. Cuando no imparte clases, Erika, dedica su tiempo a visitar establecimientos dedicados a la venta de objetos sexuales para, por ejemplo, ver una película porno (busca en la papelera de la cabina y coge una servilleta usada por el usuario anterior para ir oliendo mientras la película pasa); para pasear entre los vehículos parados -en uno de esos cines en los que se ve la película desde el coche- buscando parejas que mantengan relaciones sexuales, mirar y, llegado el momento, orinar porque le pone la cosa; para cortarse con una cuchilla en algún lugar de la entrepierna (también le pone). En un concierto privado conoce a Walter Klemmer (Benoît Magimel), un joven apuesto que, de inmediato, se siente atraído por la mujer. El jovencito logra un puesto en el conservatorio para poder estar junto a ella. Erika, que es depravada, muestra una postura dura y dominante con el muchacho. Y llega el momento en que entablan una relación de pareja (digo esto por calificar esa relación de alguna forma aunque la relación no existe salvo desde el discurso de los personajes). Intenta que el joven se líe a guantazos con ella, que utilice objetos sado masoquistas y cosas parecidas. Al muchacho le parece que eso es una locura y no consiente algo parecido. Pero, poco después, se presenta en la casa de la pianista, maltrata a la madre, se lía a guantazos con la profesora, la viola y la insulta. Inexplicable. Bueno no, Haneke, aporta una solución. Como la profesora le ha indicado el camino el joven investiga para ver que pasa.
Todo esto lo cuenta el director con planos fijos eternos que no terminan de funcionar y con una sobriedad que termina siendo cargante. Intenta despertar en el espectador esa zona en la que el límite está cerca para que decida si sigue mirando o hasta dónde está dispuesto a llegar; pero, a mí, lo que me despierta es un instinto asesino innato ante la majaderías. Y un bostezo detrás de otro.
En fin, sé que de esta películas se han dicho muchas cosas. Muy buenas. Sin embargo, esta vez no me convence en absoluto. ¿Esta historia es posible? Pues claro. ¿Las propuestas que hace tienen una justificación dentro de la teoría psicológica? Pues seguramente. Pero ¿el cine es lo mismo que la vida real o es una representación de ella? No tengan dudas. Me parece un película de la que se salvan tres cosas. Nada más.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 16 2010

Una chica cortada en dos: La excelencia del detalle

Por lo general, el cine francés acostumbra a gustarme. Cuando lo digo en público algunos creen que es un esnobismo o la intención de dármelas de algo. Sin embargo nada más lejos de eso. El cine francés acostumbra a ser increíblemente detallista, se recrea en la cosa menuda y yo no puedo resistirme a eso. Puede que lo que digo sea sólo por el puro vicio de tirar de lo que tengo más cerca, pero pocos cineastas se entretienen tanto en la configuación de sus personajes como los franceses. No importa, sea por vicio o por cualquier otra cosa, lo cierto es que siento una especial predilección por el cine francés.
Hace un par de meses fallecía Claude Chabrol y con él desaparecía la Nouvelle Vague. Punto y final a un movimiento, a un grupo de directores que crearon escuela y otra manera de hacer cine. No sólo se tenía que ser libre en cuanto al contenido sino también en cuanto a la técnica y la forma. Claude Chabrol fue uno de sus máximos exponente aunque en realidad fuera el director que menos rasgos en común tenía con el resto de directores que han sido englobados en este movimiento. El cine de Chabrol se caracteriza por hacer una elaboradísima creación de sus personajes, cuya presencia y personalidad es incluso más importante que la propia historia que les toca vivir. La trama es lo que menos importa, lo que importa es quienes la conforman. Sus personajes nunca son simples. Los temas recurrentes en el cine de Chabrol son el matrimonio, su sexualidad y la psicología humana y, a partir de ahí, se pueden imaginar.
Una de sus últimas películas fue Una chica cortada en dos, un drama absolutamente perverso donde la duda de una mujer por dos hombres lo centra todo. “Gabrielle Deneige (Ludivine Sagnier) vive en Lyon con su madre Marie (Marie Bunel), una librera que ha criado sola a su hija. Gabrielle, una joven encantadora y espiritual, es la mujer del tiempo en una cadena de televisión de Lyon. Con ocasión del lanzamiento promocional de un nuevo programa, Gabrielle conoce al escritor Charles Saint-Denis (François Berléand), que se había instalado en la región hacía algunos años. Entrado en los cincuenta, brillante, adulador y casado, seduce a la joven nada más conocerla y enseguida se enamora de ella. Por otra parte, Paul Gaudens (Benoît Magimel), un hombre más joven, rico y caprichoso, también intentará conquistar el corazón de Gabrielle”. La sinopsis es la que aparece en la carátula del DVD, pero creo que es más que suficiente para que el lector de este blog pueda hacerse una idea del argumento de la película. Sin embargo, como antes les contaba, lo de menos es la historia que sólo nos sirve de hilo conductor para arrastrarnos hasta unos personajes realmente redondos.
Si la excelencia está en el detalle, creo poder afirmar que estamos ante una película excelente, aunque algunos no lo consideren así. Una película pausada, como todas las de Claude Chabrol, donde la mayoría de las acciones ocurren en lugares cerrados que no dejan lugar a la escapatoria, donde el exterior es algo que está más allá de lo que se puede tocar, como nuestros propios pensamientos, atrapados en nuestro interior. El deseo como eje conductor entre los personajes que son los realmente importante, como motor para el comportamiento egoísta, sórdido, de reacciones desbordadas que buscan la satisfacción inmediata de lo que se quiere, de lo que se desea, sin importar nada más. En definitiva, la satisfacción del impulso que no podemos o no queremos evitar y, en medio de todo ello, la ambigüedad moral con la que jugamos todos.
Puede que esta película no sea de las mejores de este director aunque a mí me parece excelente, pero creo que vale la pena asomarse y contemplar como cada uno de sus personajes se consume en sus complejas personalidades. Busquen una noche de sosiego, apaguen la luz y entren en la película. Pónganse al lado de los personajes como si fueran su sombra y lo gozarán de verdad.
© Del Texto: Anita Noire

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