may 24 2013

El cuerpo: Atar cabos para tener un cabo enorme

En cine o en literatura, nos encontramos con novelas o guiones que tratan de sobrevivir con giros argumentales improbables o increíbles. Naturalmente, el relato o la película que no está instalado sobre una trama sólida o unos personajes bien construidos y desarrollados, no sobrevive con estos intentos desesperados por encontrar una salida digna. Hace falta algo más.
Por otra parte, un guión que deja atados todos los cabos no es, necesariamente, más creíble que otros. Atar cabos, ordenar todo para que encaje, está muy bien; pero si lo que ensamblamos son disparates o tonterías, el resultado final es un enorme disparate o una tontería inmensa.
El cuerpo es una película en la que el realizador y guionista Oriol Paulo procura dejar las cosas en su sitio sin tener en cuenta qué son esas cosas que maneja. Además, los personajes que presenta van de lo superficial a lo prescindible. Si sumamos una dirección actoral espantosa, en la que los actores y actrices terminan ofreciendo un recital de gestos insulsos, el resultado es muy flojo. Casi tedioso en su desarrollo, con un arranque prometedor hacia ninguna parte y un desenlace que resulta estúpido cuando trata de ser una explosión de creatividad narrativa. Y todo gracias a la cantidad de lagunas que nos encontramos en el camino. Para ser más exactos, lodazales que no pueden disimularse con facilidad.
Oriol Paulo monta la película queriendo convertir los flashbacks en fundamentales. Lo que consigue, sin embargo, es ser repetitivo hasta la extenuación. Conocemos que la situación es una y nos la repiten sin saber la razón por la que hacen algo tan aburrido e innecesario. De este modo, el metraje se le antoja excesivo a cualquiera. En noventa minutos o algo menos se puede contar lo mismo. Igual de reiterativa es la banda sonora. Reiterativa y algo violenta con el espectador ya que parece querer obligar a estar en tensión o a sufrir de lo lindo con lo que se ve en pantalla; algo que se debe intentar por otros medios, lógicamente.
José Coronado no pasa del aprobado esta vez. Está muy mal dirigido. Del mismo modo que el guión está lleno de tópicos, su personaje y su actuación están plantados en lugares comunes y sobados. Lo peor de todo es que Coronado no es capaz de escapar de allí. Belén Rueda, desenvuelta y solvente, defiende un personaje absolutamente prescindible. Sin él se podría contar lo mismo. Hugo Silva parece estar dormido, tal lo esté. Y Aura Garrido algo verde.
Demasiadas vueltas sobre la misma cosa, excesivas molestias en minucias. Todo muy previsible incluido un final que se puede ver llegar desde mucho antes. El resultado roza la idea de estar ante una película farfullera, tramposa y sin fondo alguno.
Tendrá que ser en otra ocasión.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 3 2011

No tengas miedo: Agarrados por el estómago

Tal y como está el panorama, ir al cine se está convirtiendo en una actividad que entraña cierto riesgo. Crees que pagas una localidad en la sala de proyección para ver una película de cine y te puedes encontrar con cualquier cosa menos con eso. Hombres y mujeres haciendo muecas en lugar de actuar; tramas sin pies ni cabeza; errores narrativos que convierten en catástrofe cualquier intento de agradar o despropósitos técnicos maquillados con el 3D (parece que utilizar esa técnica permite meter la pata en todo lo demás).
Pero una de esas tardes que entras en la sala te encuentras ante una buena película de cine. Apenas das crédito a lo que ves. Desde el primer minuto lo que vas viendo te ancla a la butaca, la cámara se mueve con acierto y elegancia, los diálogos son precisos (ahora se confunde lo simple con lo preciso), los actores y las actrices disfrutan haciendo su trabajo (eso se palpa), todo fluye en la pantalla porque el punto de vista está perfectamente elegido. Estás viendo una película de las de verdad y los noventa minutos de proyección se pasan volando aunque dejan un poso inconfundible. El del buen cien, el de verdad. El que está realizado por alguien con vocación rodeado de un equipo ilusionado con lo que hace.
No tengas miedo de Montxo Armendariz es una excelente película. Entre otras cosas porque el director arriesga al máximo. No hablo de dinero o de cuestiones técnicas. Arriesga todo lo que es él. Lo que sabe y lo que no. Su forma de ver un aspecto de la realidad. Eso, cuando se trata de crear, es fundamental para que funcione el producto final. Es verdad que también arriesga al indagar un territorio extravagantemente delicado; una zona de la realidad llena de tópicos, de tabúes, de miedos y de silencios que hacen inexplicable razonar para entender. Pero esto lo salva bien Armendariz con sensibilidad y dejando lo evidente en el terreno de lo implícito. Se sabe más por lo que sugiere que por lo que muestra. Este director parece saber bien que una forma magnífica de narrar es guardar silencio, no decir para que quede por debajo de la propia narración la esencia de lo que se quiere contar. Y en ese juego de riesgo, el espectador no tiene más remedio que tomar partido. No con la película sino consigo mismo. Cuando uno entra en el cine no tiene otra obligación más que mirar y dejar que le digan. Pero las consciencias no saben de estas cosas y según van recibiendo información comienzan a girar como centrifugadoras. Ese es el gran acierto del director. Arriesga al máximo y pone a funcionar maquinarias. Nada nuevo para un narrador, pero olvidado por muchos.
El asunto que se trata en No tengas miedo es delicado. El abuso de menores por parte de sujetos que convierten a esas criaturas en personas sin rumbo, gentes con actitudes compulsivas, niños y niñas sin futuro cierto y que no saben llegar a su edad adulta aplastados por una culpa terrible. Un asunto que agarra por el estómago a todo aquel que conserve una pizca de cordura y de humanidad. Trata este asunto Armendariz apoyándose en el punto de vista de Silvia (papel que defienden varias niñas y que termina en manos de una Michelle Jenner estupenda) e intercalando testimonios de personas que sufrieron abusos (no sé si acierto al decir que esos testimonios son reales o casi; por supuesto en pantalla lo que apareen son actores) durante una terapia de grupo. Esta zona expositiva acerca la película hasta el documental para darle una credibilidad a la narración mucho más consistente. El cambio de registro se hace con solvencia, sin trompicones. La sensación de conjunto no se pierde en ningún momento.
Silvia es una niña de la que abusa su padre desde muy pequeña. El padre (Lluis Homar) parece un tipo normal, casi encantador. La madre (Belén Rueda) no quiere saber nada del asunto desde el primer momento. Silvia crece y el mundo es una tortura continua porque no hay hueco para ella. Además, nada para. Por más que haga, nada para.
La tensión narrativa se mantiene desde el principio hasta el final. La sensación de angustia se apodera del espectador sin grandes obligaciones, pero con terquedad. Para ello Armendariz mueve la cámara con acierto sin dejar de mostrar un solo detalle que aporte significado a la narración. Sobre todo en esos momentos de silencio en los que lo explícito desaparece del mapa y deja hueco a lo que merodea la acción y le da sentido. O esos planos en los que la cámara va de un personaje a otro mostrándonos lo que hay entre ambos para que sepamos el universo que les separa.
Fermín Galán en la peluquería y Carlos Hernández con el maquillaje hacen un trabajo francamente bueno. Ya veremos si se acuerdan de ellos en los próximos premios Goya.
El guión es del propio director y María Laura Gargarella. Aquí sí tengo que poner un pero. Es posible que al escribirlo, ambos tuvieran la sensación de tener que decir una serie de cosas sí o sí. Y eso se deja ver a lo largo de la película. Es decir, una persona que ha pasado por este calvario no tiene que acumular todo lo que les ha pasado a todos. Silvia, el personaje principal, acumula todo. Yo no sé si esto es así o no en la realidad. Pero sí sé que esto es ficción y las reglas son otras. Da la sensación de acumular un inventario con todo lo posible que va sumando a medida que pasan los minutos. Pero no crean que es una gran cosa. El conjunto sale más que airoso del intento.
Una excelente película. Lenta en su desarrollo aunque no exenta de un fuerte ritmo narrativo que le llega de la zona expresiva. Desde luego, el que escribe estaba deseando encontrarse sentado en la butaca de un cine para ver eso, cine. No dejen de echar un vistazo a No tengas miedo. No se arrepentirán. Seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 16 2011

Mar Adentro: lágrimas a mogollón

Pretenciosa, tendenciosa y tramposa. No se me ocurre un calificativo diferente para definir una película que costó un montón de dinero y que sólo sirvió para que una historia compleja se redujera a una visión corta de la realidad por parte de Alejandro Amenábar. Bueno, para eso y para celebrar mucho su aparición en un mundillo del cine que anda buscando, sin parar, cosas que festejar aunque sean un paquete. Así las subvenciones parecen más justificadas.
Esta claro que cada cosa se puede contar de distinta forma. Esta claro que algunos asuntos tienen que enfrentarse con valentía por parte de la sociedad para dar solución a los problemas que hacen sufrir a las personas. Pero ¿es el cine la herramienta adecuada para canalizar las corrientes de opinión sobre aspectos determinados de la realidad? ¿Contar una historia con el fin de entender a su protagonista (que puede estar equivocado) tiene algo que ver con el cine? ¿Añadir aspectos lacrimógenos o elegir sólo una parte de la realidad es hacer buen cine? ¿No es más apropiado elegir una alternativa dentro del cine como, por ejemplo, el documental, para ventilar estas cosas?
Jugar a lo fácil -cuando hablamos de cualquier manifestación artística- suele dar como resultado un desastre. Mar Adentro lo es en muchos sentidos.
El guión de la película busca con insistencia un lugar común en el que empatizar con el espectador, en el que el personaje principal sea reflejo de las consciencias a base de filosofía barata y de una explicación del problema de la eutanasia activa bastante sesgada y, casi, vergonzosa. No se busca narrar sino convencer, enseñar la verdad de un problema (¿?). Los directores de cine deben limitarse a mostrar. Sólo eso. Lo demás es cosa de políticos y sacerdotes.
Los aspectos técnicos se quedan (todos) en normaluchos. Igual que las interpretaciones. El siempre sobrevalorado Javier Bardem no pasa de correcto. El resto del elenco, salvo alguna excepción, igual.
Una clara muestra (este Mar Adentro) de lo que es el cine de Amenábar. Salvando Los Otros y Tesis, el resto de películas se quedan en grandes promesas que no se cumplen.
Todo lo que pueda conmover de Mar Adentro se hace empalagoso al instante. Y de segunda clase. Las lágrimas de los personajes y su histrionismo intentan arrancar las de los espectadores añadiendo dosis inmensas de almíbar. Con ese guión no había otro camino, claro. Porque es mediocre y hace que los personajes terminen en la línea de salida. Ni un milímetro de evolución. Al señor Amenábar deberían explicarle que sin personaje no hay nada. No hay mundo que explicar, que no importa ese momento esencial en que el personaje debería sufrir un cambio brutal y el cosmos debería saltar hecho añicos. Si no hay personaje o hay nada.
Tal vez se libra del desastre Belén Rueda. Esta mujer da la talla, siempre. Y su personaje, a pesar del director, se beneficia de ello. El resto es para olvidar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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