abr 29 2012

La naranja mecánica: La violencia desde la estética


El ser humano es como es. Nada ni nadie ha logrado que cambie. Ha podido evolucionar aunque la esencia, su condición, sigue intacta. Es verdad que entre individuos existen diferencias, matices. El entorno, el aprendizaje o lo que sea (eso lo saben los profesionales muy bien y yo no) terminan por diferenciarnos.  Todos humanos, todos distintos. La condición humana no se altera. Quiero decir con esto que todos podríamos llegar a un mismo lugar dándose las mismas condiciones. Ya sé que esto no es muy científico aunque lo creo.
¿Podríamos eliminar una característica de algún ser humano para hacer un mundo mejor con ello? ¿Podríamos privar de su libre albedrío a una persona a cambio de mejorar la sociedad? (He dicho libre albedrío y no libertad). Parece que la respuesta es no. Para que una persona sea humana se necesita que todo lo propio a esa condición este presente en el ser. Algo así.
Ahora pensemos en esta situación: una banda de criminales aterroriza a la población. El peligro crece al mismo tiempo que su violencia. Bien. Nos proponen que (utilizando una técnica novedosa) eliminemos los instintos agresivos en los miembros del grupo. Nunca más podrán ejercer la violencia. Habrá desaparecido por completo de sus vidas, no será una alternativa en su día a día. Queda bonito ¿no? El grupo respira sin entender que lo que se limita es la posibilidad entre lo que es bueno y malo, entre lo que un individuo valora de un modo u otro. Imaginemos que la sociedad (la nuestra, no la de una película) acepta algo así. ¿Alguien diría en voz alta que este mundo es maravilloso y magnífico y justo y sano? ¿Quién decide lo que es bondad o maldad? ¿La violencia en un campo de batalla es mejor que la que ejercen grupos ultraviolentos? ¿Acaso no se producen miles de violaciones durante los conflictos bélicos? Además, no poder elegir la violencia como alternativa podría ser causa de abuso por parte de los que quedan enteros. Una antigua víctima de ese grupo podría vengarse de ellos (eso forma parte de la condición humana, no gusta oírlo, pero somos vengativos). En fin, da para escribir un tomo. En cualquier caso, quería exponer buena parte de la tesis que se presenta en La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick, quería preguntarme -mientras escribía- hasta dónde se puede llegar.

El guión de la película está basado en la novela de Anthony Burgees. Ciencia ficción, jerga callejera inventada y calidad literaria muy importante.
Narra la historia de Alex (Malcolm McDowell). El muchacho es una alhaja que disfruta con la violencia, con las violaciones y con no dar un palo al agua nunca. Él es el narrador y la acción se focaliza casi por completo en ese personaje. Después de llegar al asesinato es encarcelado. Dos años después, pide ser incluido en un programa de regeneración que le convertirá en un individuo sin capacidad para mostrarse violento ante cualquier situación. Su reinserción en la sociedad es un desastre. Sus padres no le reconocen como hijo, sus víctimas aprovechan para pasar facturas, los que fueron sus amigos le ven como el peligro que fue y le tratan como tal (ahora policías puesto que el gobierno entiende que la violencia se contrarresta con más violencia  y contrata a lo peor de lo peor para que acabe con lo peor de lo peor). En fin, un desastre absoluto. Sólo cuando recupera su condición anterior logra integrarse en una sociedad lamentable y patética.
Kubrick trabaja con conceptos especialmente delicados en esta película. La violencia ante el libre albedrío ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué puede permitirse, qué no, quién debe hacerlo? ¿Es violento atentar contra la humanidad de las personas aunque sea el Estado el que lo haga? Al espectador le sitúa ante esa doble moral que lo gobierna todo ¿Es la venganza justa, podemos llegar a entender un asesinato por esa razón? ¿No es eso un tipo de violencia que se debería erradicar con otro plan de reinserción? ¿Sin violencia podría el ser humano serlo? ¿Qué mueve el mundo, quién manda aquí? ¿Hasta dónde llega el amor de los padres?
Kubrick muestra lo peor del ser humano apoyándose en escenas de violencia explícita o, por el contrario, dibujando la cara más perversa de esos que no muestran violencia alguna aunque son capaces de conseguir lo que se proponen por otras vías (poder, tranquilidad, dinero…). Enseña, de forma magistral, una sociedad que parece apoyarse en el amor y la caridad, en un amor falso y meloso que hace mala cualquier otra opción. Por ejemplo, el sexo sin estar envuelto de amor caramelizado es algo horrible en esa sociedad. Todo es mentira, todo es una fachada que quieren ocupar unos y otros.
Alex, el protagonista, sienta una enorme debilidad por la música de Beethoven. Todo lo que hace se tiñe de belleza si le acompaña la música de ese compositor. Otra música lo convierte en divertido, pero Bethoven es diferente. Viendo la película, se puede llegar a la misma conclusión. Sí, el espectador. La secuencia en la que Alex se lía a mamporros con sus amigos mientras escuchamos la obertura de la Gazza Ladra de Rossini es, plásticamente, maravillosa. Ese es sólo un ejemplo. El mundo se distorsiona cuando la recepción de las cosas es distinta. Y eso es lo que le pasa a Alex.
Por cierto (esto me está quedando muy largo y, aunque me dejo cosas sin decir, termino) si ven la película comprobarán que lo que nos cuentan es bastante parecido a lo que pasa en nuestras ciudades.
Echen un vistazo a La Naranja Mecánica. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 27 2011

El discurso del rey: Inseguridades

¿Quién no ha temido hablarle a una muchedumbre alguna vez? ¿Quién no se ha quedado en blanco por culpa de eso que llamamos pánico escénico? ¿Quién no la ha cagado a la hora de lanzar un discurso?  Creo que nadie. Todos hemos pasado por esos momentos desde que íbamos a la escuela, era puro miedo el tener que exponer unas ideas, un tema específico o el mero hecho de que estuvieran pendientes de ti cerca de 40 compañeros en un mismo aula, y un profesor también. Terror a caer en el ridículo, o en todo caso, aburrir a los demás. Lo cierto es que muchas veces esos miedos no se van ni siquiera en la madurez, como nos demuestra la historia de esta película basada en una pequeña (y casi desconocida) parte de la vida del monarca Jorge VI de Inglaterra, un hombre que padecía de un tartamudeo feroz y un miedo ininteligible a expresarse en público, o incluso hablar abiertamente de sus sentimientos. Un rey que fue coronado tras la muerte de su padre, Jorge V, y la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Todo ello a marchas forzadas y sin quererlo. Una persona que arrastró gran parte de su vida un absoluto complejo de inferioridad y que logró superar gracias a otras personas, su amada Isabel II (que sería la futura reina madre), y sobretodo, un hombre en la sombra: Lionel Logue, logopeda de profesión. Gracias a estas dos últimas figuras, el monarca inició un viaje en búsqueda de una seguridad y autoridad que necesitaba para hacer frente al poder nazi que se extendía en la década de los treinta y ya con la guerra en los 40; un viaje hacia sus frustraciones más profundas, aquello por lo que se quedaba paralizado y que Lionel libera de manera asombrosa en esta minúscula aunque importante parte de su vida; un viaje de aceptación de lo que realmente es, un hombre más en el mundo.
Es destacable la crítica que, en parte, se hace durante gran parte del film a la aristocracia inglesa, a todo aquello que viene de lo que llamamos sangre azul, ya que todos los personajes de esta clase social se retratan de una manera prácticamente burlesca, con grandes complejos y manías, con demasiados miedos a todo aquello que le rodea y que no responde a su autoridad, de cómo unos hombres con muchísimo poder son, en el fondo, seres inferiores. Para quien la haya visto, le recomendaría que volviera a ver la escena donde Jorge VI y Lionel se ven por primera vez (en la consulta del mismo logopeda), que viene a dar muestra de lo que resumo en líneas anteriores. Cambiando de tercio, lo que el director Tom Hooper nos propone es una película para dejarnos llevar por la ambientación de los años treinta londinenses, de preciosa factura, con unos decorados cuidados al detalle, con una recreación histórica envidiable (trajes, peinados, caracterizaciones), adornado con una planificación compositiva casi perfecta (algunas veces parecerá que estemos viendo lienzos), una música de corte clásico donde primará el piano como instrumento central creada por Alexandre Desplat, y sobretodo, una obra sustentada en todo momento por las magníficas interpretaciones de Colin Firth como el monarca tartamudo y Geoffrey Rush como su asesor y logopeda, dos actores en estado de gracia que hacen que no decaiga una historia con un guión que en manos de otros actores podría llegar al tedio, ya que éste discurso no da para más. Michael Gambon, Helena Bonham Carter o Guy Pearce vienen a completar el reparto.
En definitiva, estamos ante una cinta que podríamos definir como cuento bonito, que no daña la vista ni el cerebro, pero que no viene a contar nada nuevo, es el biopic que toca tragarse todos los años, con un duelo interpretativo soberbio que se llevará muchos premios y que será olvidada este mismo año o en los siguientes. Una pena. Bueno no, no es una pena. Yo me he divertido de lo lindo viendo actuar a Geoffrey Rush, porque ya salga en un castañazo o en una peli de puro entretenimiento, lo borda con su carisma. Otro apunte más: queda terminantemente prohibido verla doblada al castellano, bueno, eso y todas las películas que no sean de habla hispana, las obras hay que verlas tal y como se conciben. Y ya solo me queda decir una última cosa: God save the quee….the King.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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