ago 8 2013

La delicadeza: De lo vulgar no puede salir nada bueno

David Foenkinos guionista y director (junto a Stéphane Foenkinos) de La delicadeza, intenta lo que ya había hecho en su novela; intenta solventar la papeleta con dos o tres frases ingeniosas y un par de situaciones extraordinarias. La novela funcionó (inexplicablemente al ser un texto bastante vulgar), pero la película no terminó de prosperar en taquilla ni en los comentarios críticos como este que leen. Y es que un par de frases ingeniosas son eso y sólo eso; y es que una escena, sea cual sea, debe ser filmada con corrección (al menos) o no funciona ni a la de tres. Esa originalidad que trata de encontrar el realizador sólo aparece en el último plano secuencia de la película. La idea de Foenkinos, eso que quiere decir y encierra el sentido del trabajo, debería ser el eje de la película, pero no. Ni aparece ni se le espera tras el primer minuto de proyección. La propuesta se queda en nada ya que el riesgo asumido por el director es mínimo; se conforma con repetir a ver si cuela.
Foenkinos coloca frente a la cámara a Audrey Tautou, confía en una adaptación muy literaria de la novela y (supongo) reza todo lo que sabe. Eso es todo. Y eso no suele funcionar bien. Hacer películas de cine es más fácil que
conseguir milagros.
La película cuenta con una buena fotografía -a veces, el empeño por enseñar París como si fuese cosa nueva se hace pesado puesto que no aporta gran cosa a la trama- y con una banda sonora notable. Sin embargo, el movimiento de la cámara resulta insípido y no enseña nada que no supiéramos hace un siglo.
Audrey Tautou hace la que tiene que hacer. Y lo hace bien. Esta mujer tiene un talento especial con el que llena la pantalla aunque aparezca rascándose la nariz. Una pena tanto para tan poco. François Daimiens está correcto. Y el resto pintan poco.
La historia que se cuenta en La delicadeza está muy cercana a los territorios que tanto aburren cuando ya son conocidos y se repiten sin cesar. La delicadeza es eso aunque se disfrace con un muerto, con un sueco o con una bofetada de la empleada a su jefe. La delicadeza es una historia rosa chillón, una historia de chica conoce chico y cuando menos lo espera se enamora. Ni más ni menos. ¿Ya se lo saben? Pues eso es lo que hay.
Además, es inevitable pensar sobre el problema que plantea adaptar una novela para construir un guión de cine. No se escribe una cosa igual que la otra. Si el que adapta ese texto es el propio autor el problema se multiplica, todo se complica. Lo que le parece esencial al autor puede que sea lo más literario y, seguro, no querrá eliminarlo. Problema enorme. No puede encajarse una frase por maravillosa que sea en un guión porque parecerá una garrapata si no deja atrás el código novelesco. No se escribe como se habla. Ni se escribe del mismo modo cuando un actor dará vida a tu personaje. En cine la traducción de la realidad tiene su propio mecanismo.
Foenkinos escribió una novela que funcionó. Dirigió una película que no lo hizo. Debería sacar sus conclusiones.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 16 2012

La delicadeza: Excelente propuesta que fracasa

Cuando en una película podemos prescindir del argumento, de los hechos que se suceden en la misma, y la podemos construir a partir de gestos, es que algo está ocurriendo, algo que va más allá de lo estrictamente argumental. La delicadeza es una película dirigida por David Foenkinos y protagonizada por Audrey Tautou y François Damiens. La bella y la bestia delicada que permite la recuperación de la bella que sufre el golpe mortal de una pérdida definitiva. Y por medio, una amiga incondicional que a la hora de la verdad no lo es tanto, Sophie (Josephine de Meaux) y un jefe rendido a los pies de la inaccesible doliente, Charles (Bruno Todeschini)
Es sin duda una película muy irregular, que tiene algunos golpes geniales, que combina momentos de una intensidad dramáticos con unas pinceladas de humor que permite a la película sobrevivir, y bascular del tedio al interés; pero, esa misma irregularidad, la injustificada combinación de alucinaciones del pasado con dolorosa realidad, la transforma, por una mala utilización de los elementos en algo poco creíble. Existen muchos interrogantes a lo largo de toda la trama y uno no llega a comprender cuál es el motivo, o qué es lo que acerca a la delicada y perdida Natalie, al anodino, inexpresivo, y soso Markus. Dejar ese interrogante abierto, los inexplicables saltos hacia delante en determinados momento, entre otros meandros extraños, hacen que el film cojee y la narración se convierta en inverosímil dejando al espectador sin capacidad para rellenar esos huecos.
Puede que la historia sea conmovedora y permita reflexionar sobre las segundas oportunidades, del valor de lo emocional sobre lo absolutamente superficial. Sobre la necesidad de ser extremadamente delicados con los momentos dolorosos de otro. Pero esa historia que podía haber sido maravillosa, conjugarse bajo dos actuaciones excepcionales, se convierte en extraña cuando el director convierte a la doliente Natalie en un reflejo de Amelie, aquel otro personaje que hizo mundialmente famosa a Audrey Tautou. En este punto la película pierde autenticidad y en un poco agradecido calco, con lo que pierde mucho en sí misma. Los elementos fantásticos y la elaboración del contenido de aquella original película casan fatal con esta historia y el error del director es, en este punto, garrafal.
La ambientación es deliciosa y es difícil substraerse al encanto de París. Ahí el director juega con ventaja aunque, sin embargo, pese a algunos momentos musicales que podrían considerarse deliciosos, también en este punto la filmación flojea y no porque la banda sonora creada por Émilie Simon no sea buena sino porque tiene difícil encaje en la historia.
Sin embargo y pese a ello, puede ser una opción para pasar unas horas en el cine, al fresco, disfrutando de la inalcanzable nuca de Tautou, de los eternos silencios y medidas perdidas, de los delicados gestos de sus protagonistas, de una Torre Eiffel espléndidamente iluminada, de la vista de esos apartamentos de gran ciudad que parecen concebidos para personas de vidas profundas e intentas que en nada se asemejan a la nuestra; para pensar en como sobrellevar la muerte de aquel al que no se ha amado sino que se ha convertido en el eje de nuestra vida. De lo decepcionante de las actitudes de los que creíamos eran un sostén, de la falta de empatía en algunos casos.
Me guardo una frase extraída de una conversación sostenida entre Markus y Charles y la conclusión de Markus cuando reconoce que lo mejor de Natalie es que ha conseguido extraer de él su mejor versión. Y es que en definitiva eso es el amor, creo.
PD: Si leen por ahí que es una comedia romántica, pues como que no, sinceramente.


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mar 3 2010

El día que me enamoré de mí. Amelie.


Lo que diferencia a Amelie del resto del mundo es que se fija en las cosas pequeñas, en lo que nadie se para a contemplar, en su propia fantasía y desde esa fantasía. Imagina que algo puede ser para que sea. La realidad de convierte en algo imaginario para que pueda volver a ser algo conocido. Sin mirar no hay nada.
Amelie es una película original, una película encantadora, una película que juega con el mundo pensado por su protagonista porque es el único modo de tener un mundo, mejor o peor.
Miramos la pantalla. El arte sujeto a la técnica se muere de pena. La literatura que llega desde el copiar lo anterior, la literatura sin fabular, se quiere suicidar. La vida sin cumplir los sueños antiguos se parece a la nuestra, a esa que vivimos. La vida sin esperanza es un mal chiste.

Todo es una gran sorpresa. Y eso lo sabe Amelie. Pero lo otros lo han olvidado. Así que, desde lo pequeñito, provoca que todo sea nuevo. Unos lo ven, lo entienden y lo aprovechan. Otros lo sufren.
Cuando vi la película alguien me preguntó qué me había parecido. Me tomé unos segundos antes de contestar. Podría haberlo hecho como tantas veces. Me ha encantado, es excelente, está muy bien resuelta o algo así. Sin embargo, por una vez desde que me siento adulto, decidí dejarme ver con total trasparencia. Me he vuelto a enamorar, dije. El que preguntaba me miró esperando que continuase. Algo perplejo. De lo que fui, querido, de la forma tan sencilla con la que entendía las cosas cuando era un niño. En realidad, me he enamorado locamente de mí mismo. De Amelie. Porque todo es mágico. También el amor y me puedo enamorar de lo que me dé la gana.
Y no mentía. Me hizo recordar que todo es posible si es que puedo llegar a imaginarlo, que todo es yo si lo miro.
Si no han visto esta película háganlo. Si la han visto ya, repitan. Y si no han logrado tener una mirada más clara, preocúpense. Quizás estén muertos.
© Del Texto: Nirek Sabal