oct 9 2011

La noche americana: el cine dentro del cine

La noche americana se llama a la técnica fotográfica que permite grabar de día simulando la noche por medio de filtros azulados o rojos dependiendo de la película. Convertir una escena filmada a pleno sol en una noche de luna llena forma parte de la cadena de falsas realidades en que consiste el cine, desde el decorado del que tan solo es real el primer plano en el que se mueven los actores, hasta la falsificación de cicatrices y heridas o el balanceo de la cámara para simular una borrachera o los movimientos de un barco, la utilización de maquetas para escenas de fuego, terremotos o derrumbamientos, etc.
La noche americana es el ensayo de cine de Fraçois Truffaut como lo es ¿Qué es el cine? de André Bazin.
Desde una, totalmente, irónica perspectiva norteamericana, e interpretando él mismo el papel de director, Truffaut se sirve del rodaje de Les presento a Pamela para descubrirnos todo el intrincado cinematográfico: los efectos especiales, los imprevistos y las peripecias para solventarlos, la dificultad del trabajo en equipo, la metamorfosis de una película escrita al día, los dramas personales paralelos al rodaje, etc. que, finalmente, forman un perfecto trabajo artístico y artesanal.
Son inevitables siempre en Truffaut las referencias literarias y cinematográficas que tuvieron alguna influencia en él, y, esta vez, nos deja caer sobre la mesa una maleta abierta con libros de Godard, Bergman, Howard Hawks, Bazin…
También se refiere a Fellini con la actuación de una vieja heroína italiana que comenta, en la propia película, el efectivo sistema de dirección de actores de Federico.
En definitiva, me parece una película que, aún descubriéndonos que el cine se basa en una cadena de falsas realidades que nos dejan embobados a la pantalla como idiotas, nos produce una satisfacción tan placentera, incluso necesaria, que seguimos viendo cine, seguimos necesitando hacer real lo irreal, asomarnos a balcones de mentira, asustarnos de pistolas de mentira, llorar con infelices de mentira y reírnos con chiflados de mentira porque quizá, lo único cierto sea que todas estas emociones nuestras sí son de verdad. Quizá el cine sea necesario sólo por eso, por emocionarnos aunque sea a base de figuraciones y utopías, eso qué más da. Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con lo ojos abiertos (André Bazin).
Un inciso a todos aquellos que estén pensando en buscar una buena escuela de cine, la más acreditada: lean ¿Qué es el cine? de André Bazin y vean La noche americana, una academia muy completa, teórica y práctica, además de muy barata. Bueno, ya está, les presento a Pamela.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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may 8 2011

Madres e hijas: Relaciones tácitas

Llevo varios días discutiendo con mi madre sin llegar a ningún acuerdo ni conclusión, solo espalda frente a espalda, alejándonos en direcciones opuestas. Creo que antes de hacer las paces entre nosotras, cada una tiene que reconciliarse consigo misma.
Sobre esta línea se construye la historia de Madres e Hijas, escrita y dirigida por Rodrigo García: un largometraje que tiene como protagonistas a varias mujeres para las que la maternidad ha sido, es o será un condicionante en su vida. Entre ellas tenemos a una demacrada Annete Bening, en el papel de Karen, que con 14 años y ante la insistencia de su madre dio en adopción a su hija, Naomi Watts, como Elizabeth, a quien la orfandad la convirtió en una abogada muy segura de sí misma, atrevida de carácter decidido, fuerte, independiente, pero sola. Además de ellas, Rodrigo García nos retrata varios perfiles de mujeres, cada una con una historia particular sobre el amor de madre.
Un mosaico de historias que se entremezclan entre sí con grandes saltos en el tiempo cuando es preciso porque no hay ni una sola imagen gratuita. Cada escena habla por sí sola y transcurre al ritmo que las madres y las hijas necesitan. Las palabras no se malgastan porque los sentimientos son tácitos.
Cada mujer de esta historia lleva una pequeña mochila a la espalda con su deseo de ser madre, o de no serlo, de ser hija o de no querer serlo. La vinculación. Una búsqueda de amor incondicional que afecta a la identidad y en la que los hombres son meros complementos circunstanciales.  Es el momento en que se acepta esa búsqueda cuando la rabia, el dolor, el arrepentimiento y la tristeza  transforman el rencor en humanidad y se abre el camino de la reconciliación. Cuando la escala de grises y negros por la dureza del principio del filme comienza a aclararse a la par que los personajes evolucionan, culminando en el rostro radiante de Karen, iluminado por el sol. Y acaba oliendo como a primavera amarga, a satisfacción y alegría resignadas. A tranquilidad, pero sin final  feliz, ni mucho menos, porque esta película es un gran reflejo de la realidad. Un drama positivo, de arriba abajo, que nos lanza preguntas sobre nuestra identidad, y quién ha tenido que ver en ella.
Por cierto que, a pesar de todo, la vi con mi madre, y dijo: Esta película puede hacer que muchas parejas se planteen tener hijos solo para arreglar sus problemas.
© Del Texto: Coletas


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