feb 15 2012

J. Edgar: La mitad de la nada

J. Edgar es una película que quiere contar una larga e imposible historia de amor. Y lo hace apoyándose en una maraña de movimientos políticos intrigantes, de complejos de Edipo, de misterios sin resolver. La mezcla se convierte en un tostón que ni cuenta amores ni indaga en las zonas más oscuras del personaje que interpreta Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover). El resultado más descorazonador es que no vemos ni esa historia ni, por supuesto, al personaje. Todo queda reducido a un cúmulo de minutos carentes de la más mínima emoción. Sin personaje no hay nada que hacer. Parece mentira que un director de la talla de Clint Eastwood no sepa algo así.
No voy a poner en duda que la vida de este sujeto fuera fascinante, pero en la película no está nada de eso. Más que nada porque es imposible entender lo que le pasa. Falta información, posibles motivaciones para que veamos con claridad cada cosa y poderla colocar en el sitio justo. La película se vacía de sentido por los cuatro costados cuando lo único que le queda al espectador es esperar que una luz (que nunca llega) ilumine las más de dos horas de duración. Una madre omnipresente y omnipotente, un hombre al que ama el protagonista, una secretaria leal hasta el delirio y poco más. Más ensamblado todo. Insisto que lo más emocionante para el espectador puede llegar a ser saber que la película finaliza y puede salir de la sala deprisa y corriendo.
La interpretación de DiCaprio es bastante normalita. Él, que no es precisamente el mejor actor del mundo, defiende como puede un papel sin alma, sin rasgos que sean relevantes (aunque en la vida real del sujeto en cuestión los fueran. Esto es cine y las reglas son otras). Naomi Watts discreta. Armie Hammer más que discreto (parece una figura de cera cuando está sin maquillar. Maquillado lo es). La dirección actoral del señor Eastwood muy floja. Tanto como el movimiento de la cámara y alguno de los encuadres que, aunque correctos en general, se vuelven insoportables en escenas concretas. Donde se acumula la acción más trepidante no se ve con claridad nada; el operador de cámara se debió poner histérico.
La música pasa desapercibida. Esta es otra de las cosas que deja atónito a cualquier persona que siga de cerca la carrera como director de este hombre (la de Eastwood, no la del jefe del FBI). ¿Dónde ha dejado su exquisito gusto musical este señor?
Lo del maquillaje es algo inexplicable. Todo parece ser de gomaespuma. Rostros, labios, arrugas.
Todo se queda a medias. Y todo se convierte en nada. Además, la figura del personaje protagonista, francamente, no parece despertar mucho interés entre el gran público. Sin negar una vida interesante al máximo es como si quedase un poco lejos.
Muy decepcionante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 4 2010

The Social Network (La Red Social): Causas y efectos

Cuando la poderosa industria (norte) americana del cine dirige bien sus recursos, se crece y demuestra el poder que tiene una buena historia. Porque cuando el dinero no se invierte en los sueldos de las grandes estrellas, ni en los efectos digitales y especiales, ni en la promoción de iridiscentes burbujas mediáticas, se emplea para pagar talento y sobra dinero para más talento. En esta película es el de los guionistas, que construyen una ficción sin una sola fisura, que levanta el vuelo en el minuto cero y se sostiene arriba del todo hasta el rodillo final, con unos diálogos vertiginosos y una construcción de situaciones que no permiten siquiera un parpadeo. El del montajista. Es también el de los actores, desconocidos (al menos para mí) que se pueden dedicar a lo que es su trabajo, realizar una transmigración a otra mente humana, y representarla como si sus cuerpos le pertenecieran.
Destaco a Andrew Garfield (Eduardo Saverin), muy atractivo y con una ejecución perfecta y también –pero después- al protagonista Jesse Eisenberg (Mark Zuckerberg).
La industria, en los Estados Unidos, se basa en la taquilla, y la gente quiere ir al cine a entretenerse, pero también a que le hablen de los mismos temas de siempre, (no hay muchos para elegir) pero de una manera renovada y distinta, angulándolos desde el presente de la sociedad, que la analicen, la diseccionen y si es posible que le ayuden a entenderla. En ese sentido, The Social Network será respaldada por la taquilla, seguramente en todo el mundo, porque su mensaje es transcultural.
La ambición humana y la decepción profunda de la falsedad, el poder corruptor del dinero, la frustración como desencadenante de la lucha por la supervivencia, el poder que nos engaña permitiéndonos pensar que cambia de mano cuando continúa en manos de los mismos (abogados de traje impecable y gafa sin montura que gobiernan el mundo para las multinacionales desde sus falos de cristal), de la inconsciencia y del poder asombroso de la juventud que todo lo puede. Hay que ver la película para comprobar una vez más con qué seguridad y qué dominio se manejan los de siempre, los ricos, las élites wasp de pieles blancas y músculos de acero, los superhombres, porque a pesar de todo en nuestra siguiente reencarnación queremos lo suyo (Soberbio Armie Hammer en la doble interpretación de los gemelos Winklevoss); pero también con que fuerza se abren camino las minorías utilizando todas las ranuras por las que penetrar. Analicen las claves raciales, son palmarias, y no pierdan de vista lo que han reservado para el sexo femenino.

The Social Network nos escupe en la cara dos palabras para que nos las enjuguemos del rostro y las escrutemos en el pañuelo: Red Social, y luego si queremos, buscaremos los agujeros en la trampa. Nos enfrenta a una sociedad en la que los más jóvenes manejan unas herramientas que cambian cada minuto y que hacen bascular el mundo, no sabemos hacia donde.
Ayudado por estas cargas de profundidad, por los actores y por los escritores, David Fincher construye una película que es un espejo sobre el mundo como el de Flaubert, en el que todos y todo giran alrededor de algo, que en realidad, no existe porque es virtual (como el dinero), pero tremendamente poderoso, como el Aleph de Borges; y su arma secreta (la de Fincher y la de Borges) consiste en no mostrar nunca el origen sino su resplandor, su causa y sus efectos.
Sobre el acomodo de la ficción a unos hechos reales y sobre la red social en sí misma podrán saber ustedes mucho más que yo, que he carecido hasta hoy de ganas y de tiempo para interesarme por esa realidad y por esas virtualidades, pero que sé que circula información suficiente, interesante  y accesible, posiblemente en Facebook (libro de rostros, piénsenlo bien). No se dejen enredar.
Si no la han visto ya, deben hacerlo.
A mí me ha gustado mucho.
© Del Texto: Ivor Quelch

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